sábado, 10 de septiembre de 2011

Capítulo 10: Amenaza Invisible

Juan se encontraba en su palco de honor, desde el que disfrutaba de una vista panorámica de todo el coliseo. La arena, ahora vacía, y las gradas desocupadas, dejaban apreciar la elaborada y cuidadosa ornamentación del coliseo. Las columnas talladas, los símbolos tribales en los palcos, las estatuas demoniacas que decoraban la baranda superior, como si de inmóviles guardianes se tratasen. Todo aquello formaba un dominio digno de un rey. O mejor dicho, de un dios. Y el Patriarca de la Cábala era lo más parecido a un dios que las pobres gentes de aquellas tierras habían visto. Todo era poco para él.

Sin embargo, el amo y señor de aquella impresionante obra arquitectónica no se sentía especialmente feliz a pesar de su poder y sus riquezas. Algo en su interior le perturbaba. Una sensación peligro había crecido dentro de él desde hacía unos días. Una sensación que apelaba a que se mantuviese alerta. ¿Pero qué? ¿O quién? ¿Qué podría haber en aquellas tierras que amenazase su reino? ¿Quién podría existir que pudiese desafiarle? Sinceramente, dudaba que pudiese haber algo que pusiera el peligro lo que había creado. Sin embargo, aquella sensación de inquietud no desaparecía.

Juan se frotaba las manos, cada vez más intranquilo. Algo crecía al Este, en el boque de Froxá. Un poder extraño. Y muy fuerte. El señor de la Cábala sabía de sobra quien se encontraba allí, y aunque siempre lo considero una molestia jamás llegó a catalogarlo como una amenaza. Pero ahora…

¿Qué podría hacer un simple bárbaro en su contra? Por muy campeón imbatido de los fosos que hubiese sido en el pasado no dejaba de ser un simple hombre. Entonces ¿Por qué esa inquietud? Tal vez hubiese más de lo que preocuparse. Fuese lo que fuese, el Patriarca no dejaría que aquello fuese a más. Si de verdad existía algo en ese bosque que en un futuro debería considerar como amenaza lo arrancaría ahora de raíz.

-¡Buenas tardes, mi señor!

Aquel estridente y ensordecedor berrido casi lo hizo dar un bote y precipitarse desde el palco.

Furioso, el Patriarca se giró para encontrarse con la figura de Marcos, que le saludaba con la mano, efusivamente.

-¡¿Cómo coño has entrado aquí?! –Exigió saber el Primero.

-Pues por la puerta –respondió el interpelado, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuese lo más evidente del mundo.

El Patriarca maldijo en silencio a los vagos de sus guardias, con los que ya ajustaría cuentas más tarde.

-¿Qué es lo que quieres?

-¡Ah! ¡Cierto! Que yo venía para algo –rió el invocador-. Traigo el reporte del avance de la construcción del nuevo Coliseo.

El Patriarca se llevó una mano a la frente.

-Dios nos asista… ¿Cuánto hemos perdido?

-Em… Pues… Le resultará extraño, pero la construcción del Coliseo avanza. Y mejor de lo que jamás podríamos haber esperado.

-¡¿Qué?! ¡Imposible!

Pero Marcos asintió enérgicamente con la cabeza.

-El pantano ya ha sido drenado y la infraestructura del Coliseo finalizada.

El Patriarca no cabía en su asombro.

-No puedo creerlo… ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cómo ha sido capaz de cumplir con su cometido?!

Marcos se encogió de hombros.

-Supongo que delegó la supervisión de la construcción en alguien que supiera lo que hacía, tal y como usted mismo predijo. Y tenía razón, él no se atrevería a arruinar la construcción de vuestro nuevo Coliseo. Tal vez no sea tan tonto como creíamos –añadió con una maliciosa sonrisa.

-¡O tal vez algún bocazas ha metido las narices donde no debía!

(Lejos de allí, en el Pantano de la Rabia, Murga dio un fuerte estornudo).

No lo podía creer. Aquello no podía estar pasando. Nervioso, el Patriarca caminaba a gran velocidad de un extremo a otro de la sala, sopesando todo lo que estaba ocurriendo. Marcos tuvo que esquivarle más de una vez para que no se rozasen.

-¡Sigo sin poder creerlo! –Gritó, parándose en seco-. ¡¿Quién es el informante?!

-Uno de los capataces.

-¿Se ha ido?

-No. Necesitaba comer e ir al baño.

-¡Llévame hasta él!

Marcos condujo a su señor hasta una de las posadas adheridas al Coliseo. La gente se apartaba e inclinaba al paso de Juan, presentándole su temor y su respeto. Cuando entraron a la posada muchos de los allí presentes ahogaron un grito de sorpresa o se atragantaron con la comida. No pasaron ni cinco segundos cuando todas las caras estaban besando el suelo.

-Es aquel –señaló Marcos a uno de los pobres desgraciados.

-¡Tú! –El Patriarca fue hasta él casi de un salto-. Tienes un minuto para contarme todo lo que ha pasado en el Pantano de la Rabia desde que os asentasteis –aquel pobre hombre se quedo mudo ante la amenazante proximidad del Primero. Temblaba de pies a cabeza-. ¡Habla!

A pesar de miedo el hombre se obligó a sí mismo a hablar. A cada palabra que aquel desdichado decía la frente del Patriarca se iba arrugando cada vez más, y un tic en su ojo derecho se hacía cada vez más pronunciado.

-¡¿Quién?! –Tronó el Patriarca, y todo el mundo se encogió en el suelo-. ¡¿Quién es ese desgraciado que lo está ayudando?!

-Se llama Murga. Va con un burro gigante que se llama tiburón. Él supervisa la obra e informa a Barquín.

Juan se llevo las manos a la cabeza y empezó a chillar.

-¡Yargh! ¡Maldito Murga! ¡¿Qué se piensa, que ñarghsjdklnadklsjqalndskldjhklansgs?!

-¿Cómo dice? –Preguntó Marcos, con sumo interés.

-¡Que me cago en su estampa! ¡Eso digo!

Y dicho aquello, se quito uno de los negros guantes que cubrían sus manos y le dio un revés con el dorso de esta al pobre capataz en la cara.

El hombre cayó al suelo con un grito, sujetándose el negro estigma que aquel simple contacto le había producido. La descomposición no tardó en extenderse por todo su cuerpo hasta reducirlo a una uniforme y pegajosa masa negra y, instantes después, a simple polvo.

-Eso ha debido de doler… -observó Marcos.

Furioso, el Patriarca salió de allí. Marcos trotó tras él para darle alcance.

Juan se sentía fuera de sí, todo estaba saliendo mal. Marcos decidió no acercarsele mucho.

-Vamos, anímese –le dijo.

-¡¿Qué me anime?! ¡¿Cómo quieres que me anime?! –Estalló el Primero-. ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira lo que hemos conseguido! ¡Y ahora vamos a perderlo todo!

Marcos observó a su alrededor. El Patriarca tenía toda la razón. Gente riendo, niños jugando, ofertas en todos los comercios… Desde que Barquín se marchó de allí todo había sido felicidad y festejo. Nunca antes se había visto algo así en el perímetro que abarcaba la sede de la Cábala. Todas las personas que allí vivían ahora eran felices. Hasta los guerreros de los fosos que sabían que iba a morir iban con una sonrisa en la boca a enfrentarse a esos monstruos gigantes que sabían que iban a devorarlos. Todo era concordia. Todos los viernes el mercado vendía sus productos a mitad de precio y el Coliseo ofrecía un espectáculo gratuito. Y por las noches, se reunían todos y quemaban una imagen gigante de Barquín, y luego bailaban sobre las cenizas hasta al amanecer. Incluso se instauró como nuevo día festivo el día en que él dejó la ciudad.

Y ahora estaban a punto de perder toda esa dicha.

-Tranquilícese –Marcos insistía en sus intentos de animar a su señor-. Aún tenemos tiempo. Como mínimo les tendrá que llevar otra semana terminar de construir el coliseo y prepararle para su inauguración. Podemos pensar en alguna otra cosa para librarnos de él.

-Sí. Pero ahora hay otro asunto más importante del que debo ocuparme.

-¿A qué os referís?

-Algo está creciendo en el bosque de Froxá.

-Hombre, pues imagino, es un bosque, ahí crecen cosas.

-¡No, idiota! Algo peligroso para nosotros. Puedo sentir perfectamente el poder del Gitani. Y sé que Aarón planea vengarse de nosotros.

-¿Aarón y el Gitani…? –Marcos sopeso aquella ecuación-. Es una peligrosa combinación.

-Lo sé. Por eso me encargaré de ello ahora mismo y… -el Patriarca se detuvo de pronto-. Un momento… -se volvió de improviso hacía Marcos, mirándole con ceño-. ¡¿Qué leches hago yo hablando contigo?!

-Ah, pues… no sé –reía el invocador-. Pero la conversación estaba siendo muy amena.

Juan volvió a quitarse el guante y se dispuso a abalanzarse sobre él.

-¡Argh!

-Vaya humor que se gasta, señor –decía Marcos, echando a correr-. ¡Con todo lo que yo lo quiero!

-¡Fuera!

-¡Ya me voy! ¡Ya me voy!

Con un gruñido, el Patriarca regresó al Coliseo y fue directo a sus aposentos. Sus sirvientes seguían sin dar señales de vida asique apunto sus nombres en su lista de gente a la cargarse después. Luego se preparó una mochila de metal con algunas cosas y se ató su espada a la cintura. Había algo en el bosque de Froxá que estaba amenazándolo y él mismo se encargaría de ello. Iría al bosque de Froxá, mataría a Aarón y se haría con el Gitani. Entonces nadie podría detenerle.

Capítulo 9: No Olvidar Ni Perdonar

Aarón no recordaba haber tenido en su vida semejante cabreo. Caminaba a grandes zancadas de nuevo al bosque de Froxá, gruñendo de vez en cuando. Había ido a salvar a su hermana, a la que había creído muerta, y esta le había desdeñado. ¿Cómo podía ser tan desagradecida? Tan solo la había cortado de lado a lado su espada, y sin querer ¡No había sido para tanto! Sin embargo ella era muy rencorosa. Y para colmo, como si no tuviese ya suficientes cosas para cabrearse, esos desgraciados de la Cábala la había convertido en un hombre… ¡¿Cómo había osado?!

Puede que Aarón estuviese cabreado con hermana y esta ya no mereciese ser rescatada por él después de cómo lo trató la última vez. Sin embargo, esa gente de la Cábala pagaría por lo que la habían hecho. Por el simple hecho de tocar lo que no era suyo. Así lo pensó el bárbaro y así lo haría.

Ahora debía volver a ese retorcido bosque parlante y discutir con él hasta que le devolviese su preciada espada. Y usaría la fuerza si fuese necesario. Una vez recuperase su arma volvería al Coliseo y les daría un buen repaso a todos. Eso calmaría su irrefrenable ira.

Cuando Aarón llegó al bosque de Froxá procuró acelerar el paso para llegar a su centro lo antes posible. Según avanzaba entre la espesura fue cayendo en la cuenta de que no estaba como recordaba haberlo dejado. Los árboles se habían multiplicado de forma exagerada, y ahora median docenas de metros más. La maleza lo cubría todo casi como si de verdes arenas movedizas se tratasen. Aquel bosque había crecido y mutado, transformándose en un estrafalario océano de retorcida vegetación.

Pero, por supuesto, no fue el bosque lo único que había cambiado. Las criaturas que lo habitaban también. Se había hechos más grandes y fieras. Incluso algunas se habían cruzado con otras originando extraños variopintos especímenes que parecían sacados de una mente enferma. Había insectos gigantes, ardillas con alas de murciélago y garras de halcón, los tontukos se habían convertido en tontísimos… Y había cientos de especies más que Aarón ni conocía ni tenía el más mínimo interés en conocer. Él continuaba su avance, imperturbable, casi arrastrando las piernas entre aquella profunda alfombra verde. Ni tan siquiera prestaba atención a las alimañas que salían a su encuentro a las que, simplemente, aplastaba. Aunque le advirtiesen que tuviese cuidado por donde pisaba. Y si alguna criatura de mayor tamaño le salía al paso, su vara daba buena cuenta de ella. No paso mucho tiempo hasta que la fauna mutante froxana consideró la opción de no acercarse a él. El propio bosque y sus criaturas habían comenzado a sentir el latente poder que ardía en interior del bárbaro. Un poder que les intimidaba en la misma medida que los atraía. Un poder que el mismísimo bosque le había otorgado. Un poder que lo situaba como el nuevo e indiscutible líder del bosque. (Eso y que era muy bestia).

Finalmente, y después de un largo camino, llegó hasta su destino. Aunque lo que había frente a él no le hizo gracia alguna. El montículo donde estaba el cadáver de Rafatus, que anteriormente había crecido hasta convertirse en una pequeña montaña, ahora era enorme montaña, de forma cónica, muy similar a la de un volcán, y totalmente cubierta de árboles muertos y pútrida vegetación.

-¡Me cawen la…!

Por si no tenía ya bastante con su cabreo ahora tenía escalar aquella montaña. Aquel sí que había sido un mal día.

Aarón trepó la empinada colina con manos y dientes, cagándose en todo lo cagable. Cuando por fin alcanzó la cumbre observó el inmenso agujero ante él, el cráter que albergaba el cuerpo sin vida del Rafatus y… su espada. El epicentro del poder del renacido bosque de Froxá.

-¡Eh! ¡Bosque estúpido! –Gritó Aarón al interior del oscuro agujero-. ¡Quiero mi espada a la de ya!

-Así que has vuelto, Aarón –respondió aquella profunda y mística voz desde sabe dios donde.

-¡Sí! ¡He vuelto a por mí espada! ¡Así que o me la das o bajo a por ella!

-¿Qué hay del regalo que te di?

-¡¿Este palo de mierda?! ¡Toma!

Y lo lanzó al interior de aquel pozo ciego. Sin embargo, no pasaron ni dos segundos cuando el palo emergió de aquellas oscuras profundidades, yendo de nuevo a la mano de Aarón, que con un gruñido volvió a tirarlo dentro, aunque obtuvo el mismo resultado.

-¡Argh!

El barbaró partió la vara en dos con la rodilla y tiró de nuevo ambos trozos al cráter. No obstante, la vara volvió a emerger de igual manera, de nuevo siendo una única pieza.

-¡Se acabó! ¡Ahora verás!

Y dicho esto se lanzó al interior del foso, pero una rama salió de las profundidades, agarrándole, y volvió a dejarlo al borde del cráter. Aarón se llevo las manos a la cabeza y empezó a gritar de furia.

-Cálmate –susurró la voz del bosque-. No puedo dejar que te llevas la Espada del Gitani.

-¡Es mía! ¡Mía!

-Mira a tu alrededor, Aarón. Observa lo que el Gitani ha conseguido. Ha insuflado de nueva vida el seno del bosque. Ahora somos más fuertes. Y mientras la espada siga aquí nuestra fuerza seguirá aumentando.

-¡Que no me cuentes tu vida! ¡Que me des mi espada! ¡Que me voy a cabrear de verdad!

-¡Piensa, bárbaro! Te he otorgado un poder mucho mayor que él que esa espada pueda darte. Ahora eres capaz de prodigios que jamás lograrías con la Espada del Gitani en tus manos.

-¡¿Pero de qué coño hablas?! –Gritaba Aarón, cada vez más exasperado.

-Ahora el poder de Froxá reside en ti. Tú y el bosque, el bosque y tú, ambos sois uno.

-Que cutrez…

-Mientras el poder del bosque crezca tú poder crecerá. Por eso la espada debe permanecer donde está.

-¡Y una mierda! ¡Devuélvemela!

La voz soltó una especie de suspiro, y casi se lo oyó farfullar algunas palaras por lo bajo, algo así como “este tío es muy tonto”.

-Hagamos un trato.

-¡No quiero tratos!

-Usa una vez más el arma que te di.

-¿El palo de mierda? Úsalo tú si quieres.

-Esa vara tiene el poder de la vida. De la creación.

-¡Pero es que yo no necesito crear! ¡Necesito destruir! ¡Tengo que cargarme a esa gentuza de la Cábala por lo que le hicieron a mi hermana!

-Nunca subestimes el poder de la creación, bárbaro. Muy pocos tienen el privilegio si quiera de saber lo que sentiente al poseerlo.

-¡Chorradas!

-Dices que quieres vengarte de la Cábala, pero para eso necesitarás un ejército.

-¡¿Qué ejército ni que ostias?! ¡Tú devuélveme mi espada y ya verás!

-No es solo la Cábala a lo que te enfrentas. Al norte está creciendo un nuevo peligro. Un peligro como no puedes imaginar.

-¡Bla, bla, bla!

-Cuando esa fuerza y la de la Cábala colisionen Froxá estará en medio. Pero tú puedes impedirlo.

-¡Oblígame!

-Ahora eres el señor de Froxa, te ayudaré a crear un ejército y con él podrás destruir a la Cábala y, llegado el momento, impedir que aquel peligro que se está gestando en el norte llegue a extenderse por todo el continente.

-¡Me estás cansado! ¡Devuélveme mi espada, bosque estúpido!

-Haz lo que te he dicho. Usa el poder que te he dado una vez más. Enfréntate cara a cara con tu hermano.

-Hermana.

-Como sea. Hazlo así, y si no obtienes lo que querías, tú espada te será devuelta. Créeme, tienes más poder del que crees. Ahora debes aprender a usarlo…

Y dichas esas últimas palabras la voz se fue alejando, disolviéndose con la brisa en un lejano eco.

-¡Qué no! ¡Que me devuelvas mi espada! ¡Oye! ¡¿Me está escuchando?! ¡¿Eh?! ¡Eh! –Aarón maldijo para sus adentros-. Voz estúpida, ahora se hace el sordo.

De muy mala gana Aarón comenzó a descender de nuevo la montaña. Haría lo que la voz del bosque le dijo, iría a enfrentarse a su hermana (y ya que estaba a la Cábala entera). Pero de no salir las cosas como él que quería, volvería a por su espada y a rendir cuentas con aquella estúpida y tramposa voz.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo 8: Comenzando Las Obras

Tal vez nadie pudiese recordar cuándo fue la última vez que se dio un hecho como aquel; Todos los caminos principales no habían sido transitados desde hacía horas. Nadie osaba circular por ellos, pues una gran comitiva de la Cábala ahora los ocupa. Transportando enromes carromatos tirados por elefantes verdes gigantes y de más grotescas y gargantuescas criaturas.

Y alzando por encima de aquel torrente de fieles a aquella oscura religión se alzaba su campeón. Que con el dedo alzado animaba a sus tropas de obreros a que acelerasen la marcha.

-¡Más rápido! ¡Más rápido! –Gritaba Barquín, alzando por fuera de los barrotes de la jaula en la que lo transportaban, como si él mismo fuese un animal de circo más-. ¡Sí! ¡Yo estoy al mando! –Reía.

Pero de pronto la caravana se detuvo. Un goblin muy feo se acercó a un hombre que, por su aspecto, se presumía que fuese el verdadero líder de la comitiva.

Barquín, cuya jaula se encontraba cerca de ellos, empezó a mover los barrotes, nervioso.

-¡¿Qué ocurre?! ¡¿Por qué nos detenemos?! ¡Reanudad la marcha! ¡Os lo ordeno! ¡Que yo soy el líder! ¡¿Eh?!

Ignorando completamente los alaridos histéricos de su simbólico líder, el goblin se dispuso a reportar ante su señor.

-¿Qué ha ocurrido? –Quiso saber el hombre.

-Uno de los verdefantes ha vomitado en medio del camino, dice que no se encuentra bien y que no puede continuar tirando de su carromato.

-Um… Esto sí que es un problema… -musitó el comandante, pensativo.

-¡Sí! ¡Vamos a tardar horas en fregar toda esa guarrada!

-¡No, imbécil! –Gritó el comandante, dándole un capón al goblin-. No podemos detenernos más tiempo. Necesitamos una solución.

El hombre, adoptando una posición reflexiva, comenzó a sopesar las posibles opciones, que no eran muchas. Entonces su mirada se topó con el campeón, que seguía gritando y colgándose de los barrotes, en un desesperado intento de que le prestasen un mínimo de atención. Una amplía y malévola sonrisa se dibujó en el rostro del comandante.

-Los está haciendo muy bien, señor –animaba el comandante-. Jamás pudimos imaginar tener un líder tan brillante como usted. De no ser por su inestimable ayuda no se que hubiese sido de nosotros.

A pesar de que aquellas palabras le resultabas profundamente halagadoras, Barquín comenzaba a flaquear en su labor de tirar de un carro de más de cien toneladas.

Con un último suspiro de derrota, el campeón se dejó caer cuan largo era sobre el pedregoso camino.

-No puedo más…

-Vamos, ánimo –decía el comandante desde el carro, en el que se hallaba sentado muy cómodamente leyendo una revista. Movió un poco las riendas que sujetaban a Barquín, a ver si este reaccionaba-. Venga, un último esfuerzo. Solo quedan treinta kilómetros.

-No… No… Puedo… Me… Me muero…

-Vaya, que lástima –habló el comandante, con fingida voz lastimera-. Si nos demoramos más no podremos terminar el Coliseo en la fecha prevista y el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade ¿O sí?

Ante aquellas palabras Barquín pareció reaccionar. Pero por muy hondo que le hubiese calado lo cierto era que no podía dar un paso más.

-Yo… Yo…

Se echó a llorar y a patalear en medio del camino.

-Ay… Lo que hay que hacer… -suspiró el comandante, cogiendo una caña de pescar y clavando en ella un mugriento trozo de pan. Lo estiró, colocándolo frente a los ojos de Barquín-. Mira que cosa tan rica hay para ti.

Al ver aquel mohoso y pútrido trozo de pan los ojos de Barquín se le salieron de las orbitas. Llevaban días sin darle de comer, y no entendía por qué…

-¡Comida! –Gritó.

Comenzó a andar a toda velocidad, tratando de dar alcance a ese inquieto trozo de pan ennegrecido, que parecía no querer quedarse quieto en el sitio.

-¡Comida, comida, comida, comida, comida!

El resto de la campaña tuvo que hacer grandes esfuerzos no perder de vista al carromato que se alejaba a gran velocidad de ellos.

Habían pasado tres días desde que llegasen al Pantano de la Rabia y comenzasen la obras, que avanzaban de de una forma que en opinión del jefe Barquín era rápida y eficaz. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas.

-Señor, esto es un desastre, llevamos aquí tres días y no hemos avanzado nada. Ni siquiera hemos empezado a drenar el pantano. A este paso no terminaremos nunca –se quejaba un goblin al comandante.

-¡Ya lo sé! –Respondió el interpelado, de muy mal humor-. ¡¿Pero qué diablos quieres que haga?! ¡Ese imbécil no sabe ni donde esta! –Señaló un montículo sobre el que se había colocado una jaula, con Barquín en su interior, aparentemente muy ocupado en algo-. Iré a hablar con él.

El comandante se sacó una petaca del bolsillo dio un largo trago y comenzó a subir el montículo. Cuando estaba llegando se detuvo, dio media vuelta y descendió un par de metros para luego darle otro trago, aún más largo, a su petaca, y de nuevo volvió a ascender hasta llegar a la jaula.

Cuando notó su presencia Barquín alzo mirada, viéndose feliz ser visitado por alguien después de tres días. Se encontraba sentado, y entre sus piernas había montones de papeles. El comandante no quiso saber que había estado haciendo.

-¡Comandante! –Saludó el campeón, pletórico-. Mire, he estado ayudando con los planos.

Barquín le mostro una de las hojas que había estado garabateando, en la que podía apreciarse una casita unidimensional con una pequeña y humeante chimenea en su triangular tejado y un sonriente sol sobre ella.

El comandante alzó una ceja.

-Maravilloso.

-¡Va a quedar genial! –Gritaba Barquín.

-Señor, me temo que tenemos que ponernos serios.

-¿A qué se refiere?

-Espere un momento.

El comandante se alejó de allí, bajando el montículo a la carrera, encontrándose al goblin con el que acababa de hablar en el mismo sitio que lo dejó.

-Señor ¿Qué le ha dich…?

Pero antes de que el goblin pudiese terminar de formular su pregunta el comandante se puso a vomitar.

-¿Se encuentra bien?

-¿A ti qué te parece? Prueba tú a acercarte a él a ver como se te queda el estómago.

Con un suspiro de resignación el comandante volvió a subir el montículo hasta la jaula, donde Barquín lo esperaba con gesto confundido a causa de su repentina y corta visita.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó el campeón.

-¡Nada! –El comandante carraspeó, para aclararse la garganta-. Veamos. Como le iba diciendo. Hay que ponerse serios. Llevamos tres días en este pantano y no hemos hecho nada. Si en dos días no hemos drenado el pantano y comenzado con la infraestructura del coliseo el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade… ¿O sí?

-Yo… Yo… -los ojos de Barquín comenzaron a llenarse de lágrimas-. ¡Pero si yo les lance unos planos desde la jaula para que empezasen!

El comandante echó una ojeada a su alrededor. Todo el suelo estaba lleno con hojas pintarrejadas y llenas de dibujos absurdos.

El hombre puso los ojos en blanco y dio un largo suspiro. Se sacó de uno de los bolsillos interiores de su atuendo unos rollos de pergamino y los lanzó dentro de la jaula.

-Ahí están los verdaderos planos. Los que el propio Patriarca solicitó. Tú estás a cargo de la construcción del coliseo asique míralos con cuidado. Dentro de unas horas enviaré a algunos hombres para que les des órdenes.

Y antes de que Barquín pudiese hacer o decir nada el comandante salió corriendo de allí, con intención de volver a vaciar el estómago en el primer sitio que encontrase, que en este caso fue el goblin de antes.

Apesadumbrado, Barquín desenrolló los pergaminos y comenzó a ojearlos. Pronto llegó a una conclusión: ¡No entendía nada! Aquello estaba lleno de rayas, números y símbolos muy raros ¡No tenía sentido!

-Yo… Yo… No entiendo… Yo… -balbuceaba Barquín, entre lágrimas-. Yo... no… no se… no entiendo… yo... yo… ¡Buaaaaaa!

Y de nuevo se echó a llorar.

¡¿Qué iba a hacer?! El Patriarca había confiado en él y ahora él iba a fallarle. Se enfadaría. Se enfadaría mucho con él, y ya no sería su favorito (¿Desde cuándo fue su favorito?). Ante la aterradora idea de ser despreciado por el Patriarca, que tan inmensamente bueno había sido con él, dándole las más lujosas jaulas para su único disfrute, el llanto de Barquín se hizo más fuerte, llenando el pantano.

-¿Hoy era día de matanza? –Preguntó un goblin.

-Pobres cerdos, en mi aldea intentamos que no sufran –respondió otro.

Un chico con un burro gigante que se había presentado voluntario para lo obra escuchó aquellos estridentes y molestos aullidos. Subió el montículo con la idea de liberar de su sufrimiento a la alimaña que estuviese berreando, pero lo que se encontró fue muy distinto.

-¡Agh! –Gritó, escondiéndose detrás de su burro gigante.

Al verle, Barquín pareció calmarse un poco. Y como Murga era una persona abierta y amistosa decidió aguantarse las ganas vomitar hasta haber hablado con él.

-¿Qué te pasa?

-¡Es que… el… obra… tenía… yo… snif… y entonces… pantano… Patriarca… y me tiraron piedras… y dos días para… snif… y no se… y entonces… y me caí… buaaaa!

Murga escuchó muy atentamente los incoherentes balbuceos de Barquín, observándole con serio interés.

-Claro… -respondió, asintiendo-. Oye ¿Por qué no tratas de serenarte un poco y me lo cuentas más despacio? Y rápido, que necesito ir al baño… -reprimió una arcada.

Barquín trató de serenarse un poco.

-Verás. Es que si en dos días no drenamos el pantano y empezamos la obra el Partriarca se enfadara y… y… ¡Es que yo no sé! ¡Buaaa!

-Vale, cálmate, deja de llorar.

-Mira…

Barquín le tendió entre los barrotes los planos. Murga, armándose de todo su valor, estiró la mano y los cogió (luego se las desinfectaría con lejía). Ojeó los planos con ojo experto y luego volvió a mirar a Barquín.

-¿Eres arquitecto? –Preguntó Murga.

-No.

-¿Ingeniero?

-No.

-¿Carpintero?

-No.

-¿Escultor?

-No.

-¿Tienes alguna mínima noción de algún trabajo manual?

-No.

-¿… Sabes sumar…?

-¿Suqué?

Murga lanzó un largo suspiro.

-¿Quién te nombro encargado de esta obra?

-El Patriarca –respondió Barquín, recuperando su buen humor-. Es tan sabio y bueno…

-No… si ya…

-¿Qué puedo hacer? Dentro de un rato vendrán a que les dé órdenes. ¡Y yo no sé ordenar ni mi jaula! –Gritaba un desesperado Barquín.

-Tranquilízate. No es tan complicado. Lo único que tienes que hacer es reunir a los arquitectos y los ingenieros y delegar la supervisión de la obra en ellos.

-¡¿Cómo no lo pensé?!

-Deberías buscar a alguien que se ocupe de que todo funcione correctamente, sino será un caos.

-¡Buena idea! –Respondió Barquín, sacando un brazo entre los barrotes para señalarle-. ¡Tú serás el encargado!

-¡¿Yo?!

-¡Sí! ¡A partir de ahora serás mi capataz! ¡Y mi nuevo amigo! –Añadió, con una sonrisa que a Murga le dio nauseas.

-Que bien… -respondió Murga, forzando su sonrisa hasta casi provocarse llagas.

-¡Muy bien! ¡Lo primero que haremos será…! ¡¿Eh?! ¡Oye! ¡¿A dónde vas?!

-¡Al baño! ¡Ahora vuelvo! –Respondió Murga, alejándose.

-¡¿Pero cómo te llamas?!

La única respuesta que el campeón obtuvo fueron unos extraños y guturales sonidos desde detrás de un matorral.

Barquín se quedo pensativo. ¿Qué le pasaba a todo el mundo ese día que tenían que ir al baño? ¿Habría algún tipo de virus? Seguramente serán los vapores del pantano, pensó Barquín, feliz, mientras volvía a dibujar en sus papeles a la espera de que su nuevo mejor amigo y mano derecha regresase.

Capítulo 7: Desierto De Arena Y Pena

-¿No crees que ya hemos llegado lo suficientemente lejos? –Protestaba uno de los goblins que tiraba del carretillo.

-Sí, este lugar es tan perfecto para que se muera como cualquier otro –coincidió su compañero.

Ya llevaban casi un día tirando de aquel carro, caminando bajo es incesante sol. Fueron a la parte de atrás del vehículo y sacaron a rastras a su pasajero, dejándole caer sobre la ardiente arena. El sujeto se quedo allí, tendido, inmóvil.

-Bueno pues… ha sido un placer –se despedía uno de los goblins, volviendo a tomar entre sus manos uno de los tirados del carretillo.

-Que vaya bien –se unió el otro.

Y dicho aquello, partieron de allí, dejando a aquella pobre alma sola, bajo el ardiente sol.

-No… -se quejaba aquella figura parcialmente inerte, tratando de alzar un cansado y dolorido brazo-. Dejadme en la próxima parada… aquí hacer mucho calor…

Más no obtuvo respuesta. Se había quedado solo.

¿Tan triste podía ser el final de aquel que una vez fue una leyenda? Oli, ex campeón de la Cábala, había sido abandonado a su suerte en el cruel desierto. Sin Granizea, su único amor, a su lado, había perdido toda predisposición y motivación para la batalla. Para la Cábala no había representado nunca nada más que el ser una mera herramienta. Y ahora, como herramienta rota, había sido desechado. Pero el ex luchador solo tenía un único pensamiento en la cabeza: Granizea. Bueno, Granizea y una sed terrible. Por no hablar de que el sol ya empezaba a hacerle hervir la piel

No, el era Oli, el campeón. No podía acabar así.

Se irguió rápidamente, alzando un dedo.

-¡Venganza! –Grito-. Ese tal Barquín me arrebató a mi amor y lo pagará. Toda la Cábala lo pagará.

Volvió a dejarse caer sobre aquella arena abrasadora y se arrastró como pudo hacía una dirección al alzar. No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí, pero lo que si sabía era que si no conseguía refugio y agua moriría en poco tiempo.

-¿Mamá, que le pasa a ese señor?

-No te acerques a él, hijo. Ponte los manguitos y vamos al agua.

Aquel inclemente desierto comenzaba a jugar con la cordura de Oli. Hasta llegó a creer ver el mar, frente a él, a tan solo unos pocos metros.

Algo le dio en la cabeza.

-¡Auch!

-¡Eh, colega! ¿No pasas el balón?

Oli siguió gateando, tratando de no caer en los viles espejismos de aquel retorcido infierno de arena.

-Mantén la calma, nada de esto es real… -se repetía a sí mismo.

-¿Qué la pasa a ese tío? –Preguntó uno de los jóvenes, recogiendo el balón.

No pasaron ni cinco minutos cuando Oli detuvo su penoso avance, rendido. Ya no había esperanza. Nada podría salvarlo. Ni ningún dios, ni ese espejismo en forma de impresionante mujer que le pedía que le echase crema en la espalda. Nada.

-Me muero… -masculló, llenándose la boca de arena al hacerlo. Se incorporó para escupirla-. ¡Puaj!

De rodillas sobre la arena, observó a su alrededor. Solo sol y arena, sol y arena. Y espejismos con forma de gente en bañador que iban y venían por todos lados ¡Se volvería loco antes de morir!

Inconscientemente, se puso a trazar con el dedo en la arena el contorno de una botella. Cerró los ojos, desesperado, imaginándose que aquella botella fuese de verdad. Enterró los dedos en la arena, alrededor del dibujo que había hecho y entonces, sintió algo sólido y frío. Abrió rápidamente los ojos, presa del estupor. Ahí estaba. Una botella de agua helada, entre sus dedos. Y ahí donde debería estar su dibujo tan solo un pequeño hoyo en la arena. ¿Cómo había podido suceder semejante milagro? Solo podía haber una explicación lógica.

Oli alzó la botella, de forma triunfal.

-¡Soy Dios!

Un nuevo balón le dio en la cabeza.

-Perdona, tío –se disculpó el dueño del esférico, recogiéndolo y volviendo con los demás espejismos.

-Sera mejor que beba antes de que la deshidratación termine con mi salud mental –decía Oli mientras se pasaba la mano por el chichón-. Estos espejismos cada vez son más reales.

Bebió hasta saciarse. Ahora se sentía con más fuerzas. Podía comenzar a explorar con mayor profundidad su nuevo e impresionante poder.

Ahora dibujó con el dedo el contorno de un bocadillo, cerró los ojos y repitió el mismo proceso de antes, enterrando sus dedos alrededor de las profundas líneas mientras imaginaba con todas su fuerzas que aquello era real. Y una vez más extrajo lo que quería de la arena. ¡Un bocadillo enorme! Ilusionado, le dio un gran bocado.

-¡Puaj! –Escupió. Y tiró el bocadillo bien lejos-. Es de sardinas…

Oli volvió a repetir la operación una vez más, teniendo esta vez especial cuidado en imaginarse su bocadillo de bacon y queso.

-¡Ahá!

Triunfante, devoró el bocadillo. Ahora volvía a sentirse a fuerte. Había logrado sacar comida y agua de la nada, asique pensó que no sería difícil crear sombra. Caviló durante unos instantes ¿Sombra? ¿Para limitarse a algo tan sencillo? Podía hacer cualquier cosa. Estaba seguro de que podría convertir ese horrible y despiadado desierto en lugar habitable ¿Por qué conformarse con pequeñeces? Convertiría ese infierno en su reino, lo llamaría Olilandia, y él sería su único e indiscutible soberano. Crearía un ejército, el más grande y mortífero que hubiese pisado esas tierras, y con él aplastaría a la Cábala. ¡A la Cábala e incluso al ayuntamiento de Corrales!

Mientras pensaba en todo aquello una siniestra sonrisa se dibujo en sus labios. Solo un Dios podría convertir un lugar tan árido como un desierto en paraíso, y él era un Dios, de eso estaba seguro. Comenzó a imaginar en su cabeza aquel indeseable lugar como un centro vacacional. Agua, verde, gente…

Se puso en pie, fijándose en el mar que tenía en frente, en los bañistas que reían, en el camión de los helados…

-Vaya… Tengo más poder del que creía… -murmuró Oli, para sí-. He hecho que todos esos espejismos que antes me atormentaban se volviesen realidad…

Caminó en dirección a la verde pradera que se extendía tras él, allá donde terminaba aquella playa, antes desierto. Un cartel que rezaba “Liencres” le hizo sopesar algunas cosas.

-No recuerdo haberle dado nombre aún a todo esto…

Un poco más adelante, un chiringuito con una placa en la que podía leerse claramente “Desde 1985” le hizo caer en la cuenta de que tal vez aquel lugar no había sido del todo obra suya.

-¡Me da igual! –Dijo de mal humor-. De todas formas pensaba cambiar muchas cosas. No me gusta como esta esto distribuido…

Siguió caminando, pasando junto a la carretera que conducía al pueblo, y luego entrando en una amplia y hermosa zona verde no urbanizable, desde la que se podían ver algunas casas a lo lejos. Aquel hermoso lugar era el sitio perfecto para empezar, y además tenía unas vistas al mar de la leche.

Pero ahora no tenía arena sobre la que dibujar ¿Cómo lo haría? Aún llevaba en la mano la botella de agua… Comenzó a arrancar hierba del suelo y a cavar como un vulgar chucho hasta sacar tierra suficiente. La mezcló con el agua que le quedaba hasta conseguir algo de arcilla, con la que comenzó a modelar.

Ahora, el suelo sobre el que se apoyaba comenzaba a temblar. Oli reía y reía, demente, triunfante. Pronto todos verían de lo que era capaz, y lamentarían el día que le privaron de la presencia de su único amor.