viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo 8: Comenzando Las Obras

Tal vez nadie pudiese recordar cuándo fue la última vez que se dio un hecho como aquel; Todos los caminos principales no habían sido transitados desde hacía horas. Nadie osaba circular por ellos, pues una gran comitiva de la Cábala ahora los ocupa. Transportando enromes carromatos tirados por elefantes verdes gigantes y de más grotescas y gargantuescas criaturas.

Y alzando por encima de aquel torrente de fieles a aquella oscura religión se alzaba su campeón. Que con el dedo alzado animaba a sus tropas de obreros a que acelerasen la marcha.

-¡Más rápido! ¡Más rápido! –Gritaba Barquín, alzando por fuera de los barrotes de la jaula en la que lo transportaban, como si él mismo fuese un animal de circo más-. ¡Sí! ¡Yo estoy al mando! –Reía.

Pero de pronto la caravana se detuvo. Un goblin muy feo se acercó a un hombre que, por su aspecto, se presumía que fuese el verdadero líder de la comitiva.

Barquín, cuya jaula se encontraba cerca de ellos, empezó a mover los barrotes, nervioso.

-¡¿Qué ocurre?! ¡¿Por qué nos detenemos?! ¡Reanudad la marcha! ¡Os lo ordeno! ¡Que yo soy el líder! ¡¿Eh?!

Ignorando completamente los alaridos histéricos de su simbólico líder, el goblin se dispuso a reportar ante su señor.

-¿Qué ha ocurrido? –Quiso saber el hombre.

-Uno de los verdefantes ha vomitado en medio del camino, dice que no se encuentra bien y que no puede continuar tirando de su carromato.

-Um… Esto sí que es un problema… -musitó el comandante, pensativo.

-¡Sí! ¡Vamos a tardar horas en fregar toda esa guarrada!

-¡No, imbécil! –Gritó el comandante, dándole un capón al goblin-. No podemos detenernos más tiempo. Necesitamos una solución.

El hombre, adoptando una posición reflexiva, comenzó a sopesar las posibles opciones, que no eran muchas. Entonces su mirada se topó con el campeón, que seguía gritando y colgándose de los barrotes, en un desesperado intento de que le prestasen un mínimo de atención. Una amplía y malévola sonrisa se dibujó en el rostro del comandante.

-Los está haciendo muy bien, señor –animaba el comandante-. Jamás pudimos imaginar tener un líder tan brillante como usted. De no ser por su inestimable ayuda no se que hubiese sido de nosotros.

A pesar de que aquellas palabras le resultabas profundamente halagadoras, Barquín comenzaba a flaquear en su labor de tirar de un carro de más de cien toneladas.

Con un último suspiro de derrota, el campeón se dejó caer cuan largo era sobre el pedregoso camino.

-No puedo más…

-Vamos, ánimo –decía el comandante desde el carro, en el que se hallaba sentado muy cómodamente leyendo una revista. Movió un poco las riendas que sujetaban a Barquín, a ver si este reaccionaba-. Venga, un último esfuerzo. Solo quedan treinta kilómetros.

-No… No… Puedo… Me… Me muero…

-Vaya, que lástima –habló el comandante, con fingida voz lastimera-. Si nos demoramos más no podremos terminar el Coliseo en la fecha prevista y el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade ¿O sí?

Ante aquellas palabras Barquín pareció reaccionar. Pero por muy hondo que le hubiese calado lo cierto era que no podía dar un paso más.

-Yo… Yo…

Se echó a llorar y a patalear en medio del camino.

-Ay… Lo que hay que hacer… -suspiró el comandante, cogiendo una caña de pescar y clavando en ella un mugriento trozo de pan. Lo estiró, colocándolo frente a los ojos de Barquín-. Mira que cosa tan rica hay para ti.

Al ver aquel mohoso y pútrido trozo de pan los ojos de Barquín se le salieron de las orbitas. Llevaban días sin darle de comer, y no entendía por qué…

-¡Comida! –Gritó.

Comenzó a andar a toda velocidad, tratando de dar alcance a ese inquieto trozo de pan ennegrecido, que parecía no querer quedarse quieto en el sitio.

-¡Comida, comida, comida, comida, comida!

El resto de la campaña tuvo que hacer grandes esfuerzos no perder de vista al carromato que se alejaba a gran velocidad de ellos.

Habían pasado tres días desde que llegasen al Pantano de la Rabia y comenzasen la obras, que avanzaban de de una forma que en opinión del jefe Barquín era rápida y eficaz. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas.

-Señor, esto es un desastre, llevamos aquí tres días y no hemos avanzado nada. Ni siquiera hemos empezado a drenar el pantano. A este paso no terminaremos nunca –se quejaba un goblin al comandante.

-¡Ya lo sé! –Respondió el interpelado, de muy mal humor-. ¡¿Pero qué diablos quieres que haga?! ¡Ese imbécil no sabe ni donde esta! –Señaló un montículo sobre el que se había colocado una jaula, con Barquín en su interior, aparentemente muy ocupado en algo-. Iré a hablar con él.

El comandante se sacó una petaca del bolsillo dio un largo trago y comenzó a subir el montículo. Cuando estaba llegando se detuvo, dio media vuelta y descendió un par de metros para luego darle otro trago, aún más largo, a su petaca, y de nuevo volvió a ascender hasta llegar a la jaula.

Cuando notó su presencia Barquín alzo mirada, viéndose feliz ser visitado por alguien después de tres días. Se encontraba sentado, y entre sus piernas había montones de papeles. El comandante no quiso saber que había estado haciendo.

-¡Comandante! –Saludó el campeón, pletórico-. Mire, he estado ayudando con los planos.

Barquín le mostro una de las hojas que había estado garabateando, en la que podía apreciarse una casita unidimensional con una pequeña y humeante chimenea en su triangular tejado y un sonriente sol sobre ella.

El comandante alzó una ceja.

-Maravilloso.

-¡Va a quedar genial! –Gritaba Barquín.

-Señor, me temo que tenemos que ponernos serios.

-¿A qué se refiere?

-Espere un momento.

El comandante se alejó de allí, bajando el montículo a la carrera, encontrándose al goblin con el que acababa de hablar en el mismo sitio que lo dejó.

-Señor ¿Qué le ha dich…?

Pero antes de que el goblin pudiese terminar de formular su pregunta el comandante se puso a vomitar.

-¿Se encuentra bien?

-¿A ti qué te parece? Prueba tú a acercarte a él a ver como se te queda el estómago.

Con un suspiro de resignación el comandante volvió a subir el montículo hasta la jaula, donde Barquín lo esperaba con gesto confundido a causa de su repentina y corta visita.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó el campeón.

-¡Nada! –El comandante carraspeó, para aclararse la garganta-. Veamos. Como le iba diciendo. Hay que ponerse serios. Llevamos tres días en este pantano y no hemos hecho nada. Si en dos días no hemos drenado el pantano y comenzado con la infraestructura del coliseo el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade… ¿O sí?

-Yo… Yo… -los ojos de Barquín comenzaron a llenarse de lágrimas-. ¡Pero si yo les lance unos planos desde la jaula para que empezasen!

El comandante echó una ojeada a su alrededor. Todo el suelo estaba lleno con hojas pintarrejadas y llenas de dibujos absurdos.

El hombre puso los ojos en blanco y dio un largo suspiro. Se sacó de uno de los bolsillos interiores de su atuendo unos rollos de pergamino y los lanzó dentro de la jaula.

-Ahí están los verdaderos planos. Los que el propio Patriarca solicitó. Tú estás a cargo de la construcción del coliseo asique míralos con cuidado. Dentro de unas horas enviaré a algunos hombres para que les des órdenes.

Y antes de que Barquín pudiese hacer o decir nada el comandante salió corriendo de allí, con intención de volver a vaciar el estómago en el primer sitio que encontrase, que en este caso fue el goblin de antes.

Apesadumbrado, Barquín desenrolló los pergaminos y comenzó a ojearlos. Pronto llegó a una conclusión: ¡No entendía nada! Aquello estaba lleno de rayas, números y símbolos muy raros ¡No tenía sentido!

-Yo… Yo… No entiendo… Yo… -balbuceaba Barquín, entre lágrimas-. Yo... no… no se… no entiendo… yo... yo… ¡Buaaaaaa!

Y de nuevo se echó a llorar.

¡¿Qué iba a hacer?! El Patriarca había confiado en él y ahora él iba a fallarle. Se enfadaría. Se enfadaría mucho con él, y ya no sería su favorito (¿Desde cuándo fue su favorito?). Ante la aterradora idea de ser despreciado por el Patriarca, que tan inmensamente bueno había sido con él, dándole las más lujosas jaulas para su único disfrute, el llanto de Barquín se hizo más fuerte, llenando el pantano.

-¿Hoy era día de matanza? –Preguntó un goblin.

-Pobres cerdos, en mi aldea intentamos que no sufran –respondió otro.

Un chico con un burro gigante que se había presentado voluntario para lo obra escuchó aquellos estridentes y molestos aullidos. Subió el montículo con la idea de liberar de su sufrimiento a la alimaña que estuviese berreando, pero lo que se encontró fue muy distinto.

-¡Agh! –Gritó, escondiéndose detrás de su burro gigante.

Al verle, Barquín pareció calmarse un poco. Y como Murga era una persona abierta y amistosa decidió aguantarse las ganas vomitar hasta haber hablado con él.

-¿Qué te pasa?

-¡Es que… el… obra… tenía… yo… snif… y entonces… pantano… Patriarca… y me tiraron piedras… y dos días para… snif… y no se… y entonces… y me caí… buaaaa!

Murga escuchó muy atentamente los incoherentes balbuceos de Barquín, observándole con serio interés.

-Claro… -respondió, asintiendo-. Oye ¿Por qué no tratas de serenarte un poco y me lo cuentas más despacio? Y rápido, que necesito ir al baño… -reprimió una arcada.

Barquín trató de serenarse un poco.

-Verás. Es que si en dos días no drenamos el pantano y empezamos la obra el Partriarca se enfadara y… y… ¡Es que yo no sé! ¡Buaaa!

-Vale, cálmate, deja de llorar.

-Mira…

Barquín le tendió entre los barrotes los planos. Murga, armándose de todo su valor, estiró la mano y los cogió (luego se las desinfectaría con lejía). Ojeó los planos con ojo experto y luego volvió a mirar a Barquín.

-¿Eres arquitecto? –Preguntó Murga.

-No.

-¿Ingeniero?

-No.

-¿Carpintero?

-No.

-¿Escultor?

-No.

-¿Tienes alguna mínima noción de algún trabajo manual?

-No.

-¿… Sabes sumar…?

-¿Suqué?

Murga lanzó un largo suspiro.

-¿Quién te nombro encargado de esta obra?

-El Patriarca –respondió Barquín, recuperando su buen humor-. Es tan sabio y bueno…

-No… si ya…

-¿Qué puedo hacer? Dentro de un rato vendrán a que les dé órdenes. ¡Y yo no sé ordenar ni mi jaula! –Gritaba un desesperado Barquín.

-Tranquilízate. No es tan complicado. Lo único que tienes que hacer es reunir a los arquitectos y los ingenieros y delegar la supervisión de la obra en ellos.

-¡¿Cómo no lo pensé?!

-Deberías buscar a alguien que se ocupe de que todo funcione correctamente, sino será un caos.

-¡Buena idea! –Respondió Barquín, sacando un brazo entre los barrotes para señalarle-. ¡Tú serás el encargado!

-¡¿Yo?!

-¡Sí! ¡A partir de ahora serás mi capataz! ¡Y mi nuevo amigo! –Añadió, con una sonrisa que a Murga le dio nauseas.

-Que bien… -respondió Murga, forzando su sonrisa hasta casi provocarse llagas.

-¡Muy bien! ¡Lo primero que haremos será…! ¡¿Eh?! ¡Oye! ¡¿A dónde vas?!

-¡Al baño! ¡Ahora vuelvo! –Respondió Murga, alejándose.

-¡¿Pero cómo te llamas?!

La única respuesta que el campeón obtuvo fueron unos extraños y guturales sonidos desde detrás de un matorral.

Barquín se quedo pensativo. ¿Qué le pasaba a todo el mundo ese día que tenían que ir al baño? ¿Habría algún tipo de virus? Seguramente serán los vapores del pantano, pensó Barquín, feliz, mientras volvía a dibujar en sus papeles a la espera de que su nuevo mejor amigo y mano derecha regresase.

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