-¿No crees que ya hemos llegado lo suficientemente lejos? –Protestaba uno de los goblins que tiraba del carretillo.
-Sí, este lugar es tan perfecto para que se muera como cualquier otro –coincidió su compañero.
Ya llevaban casi un día tirando de aquel carro, caminando bajo es incesante sol. Fueron a la parte de atrás del vehículo y sacaron a rastras a su pasajero, dejándole caer sobre la ardiente arena. El sujeto se quedo allí, tendido, inmóvil.
-Bueno pues… ha sido un placer –se despedía uno de los goblins, volviendo a tomar entre sus manos uno de los tirados del carretillo.
-Que vaya bien –se unió el otro.
Y dicho aquello, partieron de allí, dejando a aquella pobre alma sola, bajo el ardiente sol.
-No… -se quejaba aquella figura parcialmente inerte, tratando de alzar un cansado y dolorido brazo-. Dejadme en la próxima parada… aquí hacer mucho calor…
Más no obtuvo respuesta. Se había quedado solo.
¿Tan triste podía ser el final de aquel que una vez fue una leyenda? Oli, ex campeón de la Cábala, había sido abandonado a su suerte en el cruel desierto. Sin Granizea, su único amor, a su lado, había perdido toda predisposición y motivación para la batalla. Para la Cábala no había representado nunca nada más que el ser una mera herramienta. Y ahora, como herramienta rota, había sido desechado. Pero el ex luchador solo tenía un único pensamiento en la cabeza: Granizea. Bueno, Granizea y una sed terrible. Por no hablar de que el sol ya empezaba a hacerle hervir la piel
No, el era Oli, el campeón. No podía acabar así.
Se irguió rápidamente, alzando un dedo.
-¡Venganza! –Grito-. Ese tal Barquín me arrebató a mi amor y lo pagará. Toda la Cábala lo pagará.
Volvió a dejarse caer sobre aquella arena abrasadora y se arrastró como pudo hacía una dirección al alzar. No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí, pero lo que si sabía era que si no conseguía refugio y agua moriría en poco tiempo.
-¿Mamá, que le pasa a ese señor?
-No te acerques a él, hijo. Ponte los manguitos y vamos al agua.
Aquel inclemente desierto comenzaba a jugar con la cordura de Oli. Hasta llegó a creer ver el mar, frente a él, a tan solo unos pocos metros.
Algo le dio en la cabeza.
-¡Auch!
-¡Eh, colega! ¿No pasas el balón?
Oli siguió gateando, tratando de no caer en los viles espejismos de aquel retorcido infierno de arena.
-Mantén la calma, nada de esto es real… -se repetía a sí mismo.
-¿Qué la pasa a ese tío? –Preguntó uno de los jóvenes, recogiendo el balón.
No pasaron ni cinco minutos cuando Oli detuvo su penoso avance, rendido. Ya no había esperanza. Nada podría salvarlo. Ni ningún dios, ni ese espejismo en forma de impresionante mujer que le pedía que le echase crema en la espalda. Nada.
-Me muero… -masculló, llenándose la boca de arena al hacerlo. Se incorporó para escupirla-. ¡Puaj!
De rodillas sobre la arena, observó a su alrededor. Solo sol y arena, sol y arena. Y espejismos con forma de gente en bañador que iban y venían por todos lados ¡Se volvería loco antes de morir!
Inconscientemente, se puso a trazar con el dedo en la arena el contorno de una botella. Cerró los ojos, desesperado, imaginándose que aquella botella fuese de verdad. Enterró los dedos en la arena, alrededor del dibujo que había hecho y entonces, sintió algo sólido y frío. Abrió rápidamente los ojos, presa del estupor. Ahí estaba. Una botella de agua helada, entre sus dedos. Y ahí donde debería estar su dibujo tan solo un pequeño hoyo en la arena. ¿Cómo había podido suceder semejante milagro? Solo podía haber una explicación lógica.
Oli alzó la botella, de forma triunfal.
-¡Soy Dios!
Un nuevo balón le dio en la cabeza.
-Perdona, tío –se disculpó el dueño del esférico, recogiéndolo y volviendo con los demás espejismos.
-Sera mejor que beba antes de que la deshidratación termine con mi salud mental –decía Oli mientras se pasaba la mano por el chichón-. Estos espejismos cada vez son más reales.
Bebió hasta saciarse. Ahora se sentía con más fuerzas. Podía comenzar a explorar con mayor profundidad su nuevo e impresionante poder.
Ahora dibujó con el dedo el contorno de un bocadillo, cerró los ojos y repitió el mismo proceso de antes, enterrando sus dedos alrededor de las profundas líneas mientras imaginaba con todas su fuerzas que aquello era real. Y una vez más extrajo lo que quería de la arena. ¡Un bocadillo enorme! Ilusionado, le dio un gran bocado.
-¡Puaj! –Escupió. Y tiró el bocadillo bien lejos-. Es de sardinas…
Oli volvió a repetir la operación una vez más, teniendo esta vez especial cuidado en imaginarse su bocadillo de bacon y queso.
-¡Ahá!
Triunfante, devoró el bocadillo. Ahora volvía a sentirse a fuerte. Había logrado sacar comida y agua de la nada, asique pensó que no sería difícil crear sombra. Caviló durante unos instantes ¿Sombra? ¿Para limitarse a algo tan sencillo? Podía hacer cualquier cosa. Estaba seguro de que podría convertir ese horrible y despiadado desierto en lugar habitable ¿Por qué conformarse con pequeñeces? Convertiría ese infierno en su reino, lo llamaría Olilandia, y él sería su único e indiscutible soberano. Crearía un ejército, el más grande y mortífero que hubiese pisado esas tierras, y con él aplastaría a la Cábala. ¡A la Cábala e incluso al ayuntamiento de Corrales!
Mientras pensaba en todo aquello una siniestra sonrisa se dibujo en sus labios. Solo un Dios podría convertir un lugar tan árido como un desierto en paraíso, y él era un Dios, de eso estaba seguro. Comenzó a imaginar en su cabeza aquel indeseable lugar como un centro vacacional. Agua, verde, gente…
Se puso en pie, fijándose en el mar que tenía en frente, en los bañistas que reían, en el camión de los helados…
-Vaya… Tengo más poder del que creía… -murmuró Oli, para sí-. He hecho que todos esos espejismos que antes me atormentaban se volviesen realidad…
Caminó en dirección a la verde pradera que se extendía tras él, allá donde terminaba aquella playa, antes desierto. Un cartel que rezaba “Liencres” le hizo sopesar algunas cosas.
-No recuerdo haberle dado nombre aún a todo esto…
Un poco más adelante, un chiringuito con una placa en la que podía leerse claramente “Desde 1985” le hizo caer en la cuenta de que tal vez aquel lugar no había sido del todo obra suya.
-¡Me da igual! –Dijo de mal humor-. De todas formas pensaba cambiar muchas cosas. No me gusta como esta esto distribuido…
Siguió caminando, pasando junto a la carretera que conducía al pueblo, y luego entrando en una amplia y hermosa zona verde no urbanizable, desde la que se podían ver algunas casas a lo lejos. Aquel hermoso lugar era el sitio perfecto para empezar, y además tenía unas vistas al mar de la leche.
Pero ahora no tenía arena sobre la que dibujar ¿Cómo lo haría? Aún llevaba en la mano la botella de agua… Comenzó a arrancar hierba del suelo y a cavar como un vulgar chucho hasta sacar tierra suficiente. La mezcló con el agua que le quedaba hasta conseguir algo de arcilla, con la que comenzó a modelar.
Ahora, el suelo sobre el que se apoyaba comenzaba a temblar. Oli reía y reía, demente, triunfante. Pronto todos verían de lo que era capaz, y lamentarían el día que le privaron de la presencia de su único amor.
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