Se había cercado un buen trecho del terreno circundante al coliseo, y allí se presentaban los voluntarios que querían labrarse un futuro en el terreno de la construcción, y nada menos que como mano de obra para el nuevo gran coliseo de Cábala ¿Había una oportunidad mejor?
Unos guardias ocupaban la entrada al recinto, tomando los datos de los voluntarios.
Un chaval, moreno y barbudo, que llevaba –casi a rastras- a un burro, se presentó ante uno de los guardias cuando ya llegó su turno.
-No se permiten animales –le informó el guardia, mirando de reojo al burro.
-Ah, pues me parece muy bien –respondió el chaval, con una radiante sonrisa-. ¿Le doy ya mis datos?
-No podrá pasar con eso –insistió el guardia.
-¿Con qué?
El guardia señaló al burro.
-Con ese burro.
-¡Ah! Pero si no es un burro, es mi hermano.
El guardia se les quedó mirando durante un buen rato, paseando su mirada del burro al chico, del chico al burro.
-Oh, en ese caso está bien –dijo finalmente el guardia, encogiéndose de hombros y centrando ahora su atención en los papeles que tenía en la mano-. ¿Nombres?
-Yo Murga, y él piraña.
-¿Para qué trabajo están capacitados? ¿Alguna especialidad?
Murga sopeso la pregunta durante un momento, en una pose pensativa digna de ver. Pero al final se limitó a negar con la cabeza, enérgicamente.
-No, ninguna. Pero creo que estamos capacitados para cualquier trabajo.
-De acuerdo, peones de mierda –dijo el guardia, mientras terminaba de apuntar datos-. Pueden pasar.
-¡Gracias!
Y así, más feliz que nadie, Murga entró en el recinto, arrastrando a su fiel compañero. Lo cierto era que no sabía si sentirse bien por el hecho de que había logrado engañar al guardia o sentirse profundamente ofendido porque habían confundido al burro con su hermano. En cualquier caso, Murga no pecaba precisamente por su discreción, asique, una vez hubo entrado, se dio la vuelta y comenzó a hacer cortes de mangas a los guardias.
-¡Tontos! –Les decía, riéndose-. ¡Que sepáis que no es mi hermano, es un burro!
Tras unos segundos de silencio absoluto en todo el lugar el guardia que lo había atendido dijo:
-Apresadlo.
Un grupo de cuatro guardias, con sus armas preparadas, se acercaba a ellos.
-Oh-oh…
-¡No están permitidos los animales! –Soltó uno de los guardias, descargando su espada sobre piraña, que cayó al suelo, sangrando abundantemente.
Murga se arrodillo a su lado.
-¡Oh, no! ¡Piraña!
El guardia iba a golpear ahora a Murga cuando algo se lo llevó por delante. El hombre cayó al suelo, fulminado.
Aarón observaba el cuerpo inerte, irritado.
-¡Eh, tú! –Dijo otro de los guardias-. ¡¿Qué crees que estás haciendo?!
-¡¿Quién le manda ponerse en medio?! –Se defendió Aarón.
El bárbaro reparó entonces en la presencia de Murga, a sus pies, tratando de detener la hemorragia del pobre piraña.
Sin saber muy bien porqué, alzó su báculo de madera y cerró los ojos. Imágenes de un frondoso y hermoso bosque llenaron su mente. Asustado, volvió a abrirlos, soltando una maldición y creyendo que se había comido algo en mal estado. Su báculo ahora brillaba con una intensa luz verde.
Encogiéndose de hombros, golpeó al burro con él. Hubo una explosión de destellos verdes que obligó a todos los presentes a protegerse los ojos. Cuando la ola de luz cesó vieron, asombrados, al burro en pie, solo que ahora era el doble de grande.
Murga se puso en pie y observó a piraña, con los ojos como platos, y lo palpó durante un rato antes de volverse hacia Aarón, que estaba mirando su vara con evidente desconcierto.
-¡Gracias! ¡Lo has salvado!
-¡Pero si yo intentaba rematarlo para que no sufriese más!
Uno de los obreros que habían visto lo ocurrido se acercó, señalándolo.
-¡Es un mago!
Una ola de gente se le unió, rodeando a Aarón. Comenzaron a hacerle peticiones.
-¡Cúreme el brazo, señor mago!
-¡Y a mí las cataratas!
-¡Hágame rubio!
-¡Limpie mi casa!
-¡Mate a mi suegra! ¡Y a mí mujer!
-¡Larga vida al mago!
-¡Que me dejéis en paz, joder! ¡Que no soy un mago! –Gritaba Aarón, dando golpes al aire con la vara para alejarlos.
Tras una larga y tendida explicación por parte de Aarón para aclarar que no era un mago (en la que hubo más de un herido), el bárbaro por fin llegaba a la puertas del coliseo. Acompañado de Murga, que había decidido acoplársele.
-A partir de ahora te llamaré tiburón –le decía Murga a su ahora enorme burro. Volvió a centrar su atención en Aarón-. Por cierto ¿Has venido aquí en busca de trabajo? ¿Participarás la construcción del nuevo Coliseo?
Aarón lo miro, molesto.
-¡No! He venido aquí a buscar a mí hermana.
-¿Es que ella quiere trabajar en la obra?
-¡Que nadie quiere trabajar en la puta obra! He venido a salvarla. La Cábala la secuestro.
-Ams… ¿Y cómo piensas rescatarla?
-Entrando y llevándomela.
-Buen plan.
Y allí estaban. Los grandes y oscuros portones que conducían al coliseo. Dos guardias los custodiaban.
-El Coliseo aún no abre sus puertas –informó uno.
-¡Y a mí que me importa! –Le escupió Aarón-. He venido a por mi hermana.
Ambos guardias se miraron, confundidos.
-¿Acaso su hermana trabaja aquí? ¿Es la tiquera?
-Es la campeona, por lo que he oído.
Los guardias le miraron, con ceño.
-¡Soy Aarón!
Ante esa revelación los guardias retrocedieron y llevaron su mano a la empuñadura de su espada.
-¡El hermano de Barquín! –Dijo uno de ellos.
-Entonces finalmente ha venido.
-Pero no sabía que tuviese otra hermana.
-¡Que no, que mi hermana es ella! –Aclaró Aarón, comenzando de exasperarse una vez más.
-¿Hermana? –Dijeron los guardias, al unísono, evidentemente confundidos.
-¡Me vais a dejar pasar o tendré que echar la puerta abajo! –Amenazó el bárbaro.
Los guardias volvieron a mirarse, se susurraron algo y asintieron.
-Está bien. La Cábala esperaba tu llegada.
-¡Sandeces!
Los enormes portones se abrieron.
-Bueno, yo mejor me quedo aquí –se despedía Murga, moviendo una mano-. Buena suerte con lo de rescatar a tu hermana y todo eso. Salúdala de mi parte. ¡Ah! Y gracias otras vez por salvar a tiburón.
-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba Aarón mientras penetraba en el coliseo.
Aarón cruzaba un enrome pasillos flanqueados por infinidad de puertas. Un montón de trabajadores de la Cábala iban y venían, preparando el próximo espectáculo.
-¡HERMANA! –Rugía Aarón, y su voz llenaba todos los pasillos-. ¡HERMANA!
No muy lejos de allí Marcos se acercaba a la celda del campeón.
-Creo que tienes visita –dijo, abriendo la puerta de la celda y haciéndose a un lado.
Barquín salió del zulo y observó el pasillo con una sonrisa.
-Sí. Tenemos asuntos de zanjar.
-¡Hermana! –Insistía Aarón-. ¡No me hagas ir a buscarte!
Aarón vio como una marejada de gente corría hacia él, chillando. No tardo en ver aparecer a su hermano, que caminaba con paso decidido hacia él. La gente a su paso se apartaba, gritando, vomitando, suicidándose.
Ambos hermanos volvían estar frente a frente.
Aarón lanzo un grito y lo señalo.
-¡Agh! ¡Hermana! ¡¿Qué te han hecho?! –Preguntaba Aarón. Barquín lo miraba sin entender-. ¡Ya no llevas pendientes! ¡Esos bastardos te han convertido en un hombre! ¡Me las pagarán! –Alzó su amenazante puño.
-Ay… Dios… -suspiró Barquín.
-Ya planearemos nuestra venganza más tarde, ahora vámonos.
-No –respondió Barquín, tajante, sin moverse un ápice de donde estaba.
-¡¿Cómo que no?!
-Yo ya no soy tu hermano. Tú mataste a tu hermano. Tu hermano murió el día que… ¡Ay!
La voz de Barquín fue interrumpida cuando Aarón le agarro de la oreja y tiró de él.
-¡Deja de decir tonterías! ¡No vamos!
-¡Que no!
Barquín logró zafarse de él y retrocedió. Todos los allí presentes miraban asombrados a Aarón, que había osado tocar a aquel a quien nadie quería tocar ¡¿Cómo era posible?!
-¡Vámonos ya! ¡No me hagas tener que sacarte de los pelos! –Insistía Aarón, perdiendo la paciencia por momentos. Su color era cada vez más rojo y la vena de su sien amenazaba con una inminente eyección.
-¡Tú hermano a muerto! –Repitió Barquín-. Tuviste la oportunidad de salvarlo y lo dejaste. Ahora ya es demasiado tarde… -añadió, con cierto matiz teatral, para darle más emoción al momento.
-¡Cuento hasta tres!
¡Que no me voy contigo, que me dejes en paz! ¡Ahora soy el campeón de la Cábala y se me ha concedido un trabajo muy importante! ¡Vuelve a tu bosque y olvídate de mí!
-¡Vale, haz lo que te dé la gana! –Tronó Aarón-. ¡Pero ni se te ocurra volverme luego llorando!
Y dicho esto dio media vuelta y se fue de allí.
Salió del Coliseo y atravesó el recinto de los obreros. Cuando llegó a la salida un sonriente guardia le salió al paso.
-¿Quiere que le selle la mano para que pueda volver a entrar?
Aarón lo apartó de un soberano empujón.
-¡Quita, coño!