Apoyado en la baranda del palco más alto del Coliseo, su amo y señor observaba como su arena se preparaba para un nuevo espectáculo. Las gradas estaban totalmente llenas, y esa espléndida visión solo traía una idea a la cabeza del sumo dirigente, dinero.
El Patriarca de la Cábala, también conocido como el Primero, el Señor Oscuro, el Amo de los Fosos, el portador de la Perdición y, entre sus más allegados, como Juan, veía como aquellas personas engrosaban cada vez más sus ya repletas arcas.
-No hay mayor negocio que la diversión –murmuró para sí mismo. Paso un dedo por el tallo de unas de las plantas decorativas que adornaban su palco de honor, y esta se seco al instante. Observó con una siniestra sonrisa como la planta se pudría y añadió-: Si sabes darles lo que quieren y hacer que quieran lo que tú digas.
Dio media vuelta y descendió los cuatro escalones que conducían a su estancia privada. Allí había dos guardias vestidos de negro, custodiando la puerta de entrada.
Alguien llamó a la puerta y a continuación se oyó una voz del otro lado.
-Se presenta Barquín.
El Patriarca asintió y dio la orden a sus guardias de que abriesen la puerta. Una vez estuvieron abiertas Juan pudo ver como los otros guardias que habían escoltado a Barquín hasta su presencia salían corriendo por el pasillo, como alma que lleva el diablo.
Cuando el nuevo campeón de la Cábala entró los guardias personales del Patriarca también se apartaron a una distancia, con cara de asco.
Barquín se detuvo en el centro de la sala, y se hincó sobre una rodilla.
-Ya está aquí la Cábala –se presentó Barquín, con el saludo protocolario.
-La Cábala está dónde yo diga –respondió Juan.
El Patriarca comenzó a caminar alrededor de él, como un ave carroñera a expensas de que su futuro almuerzo diese su último suspiro. Más por la cara de repugnancia que tenía Juan el plato no era precisamente de su agrado.
Se volvió hacia los guardias.
-Dejadnos.
Como si les hubiesen dado unas vacaciones pagadas, los dos hombres abandonaron la estancia a toda prisa y sumamente contentos, cerrando las puertas tras ellos. Ahora el Patriarca de la Cábala y su campeón estaban solos.
Barquín, abochornado por la presencia de su amo y señor no se atrevía a alzar la vista, aunque eso resultaba una tarea difícil con el Patriarca dando vueltas alrededor suyo, escrutándolo con rostro severo (y asqueado). A pesar de haber sido fichado como luchador por él en persona, era la primera vez que Barquín veía al Patriarca, y se sentía muy contento de que por fin hubiese reparado en su existencia.
-En pie –ordenó el Patriarca.
Barquín obedeció al instante y ambos quedaron de frente el uno del otro.
Juan mostró una sonrisa (que le costó soberanos esfuerzos sacar).
-Dime, hijo mío ¿Sabes por qué te he hecho venir aquí?
-Pues no, aún no me la dicho.
-Eres el nuevo Campeón imbatido de la Cábala, que menos que felicitar en persona a aquel que tanto dine… orgullo nos está trayendo.
Barquín sonrió, de oreja a oreja.
-¡Gracias, señor! No puedo creerlo, el Patriarca me está felicitando en persona ¡Parece un sueño!
-Sin embargo –continuó Juan-. No te he hecho venir solo por eso. Hay algo que quiero pedirte, algo que solo tú puedes hacer.
-¿Yo? –Preguntó Barquín, incrédulo, señalándose a sí mismo.
-Así es.
-¡¿En serio?! ¡Parece un sueño!
El Patriarca volvió a caminar por la estancia mientras seguía hablando (Estar tanto rato cerca de ese tío molestaba bastante).
-¿Sabes, Barquín? La Cábala no es solo una potencia mercantil, y yo no soy un mero empresario. La Cábala es una religión, un estilo de vida, y yo soy su viva representación –se volvió hacía él y alzó su mano-. Yo puedo destruir cualquier cosa viva –o que haya estado viva- que roce mi piel. Salvo una. Tan solo existe una cosa que no puedo destruir, y eres tú.
Barquín no cabía en su asombro.
-¿No puede tocarme?
-No quiero tocarte –le corrigió el Patriarca-. Que es distinto.
-¿Insinúa usted que soy invencible? –Pregunto Barquín, tiñendo sus palabras de viciosa satisfacción.
-¡No! ¡Si hasta el más mínimo roce podría…!
-Invencible… -le cortó el campeón, sumido en sus propias fantasías.
El Patriarca dejó escapar un suspiro y le dio por perdido.
-Como te iba diciendo, la Cábala es una religión, y como buena religión, también es un negocio. Debemos expandir nuestras fronteras y nuestras arcas, debemos ganar más fieles y beneficios ¡Debemos ser objeto de adoración y de inversión!
-Entiendo –mintió Barquín.
-Por eso, hijo mío, convertiremos la Cábala en el mayor espectáculo del mundo. La gente que adora religiones que solo exigen sacrificios acaban aburriéndose de ellas y caen inevitablemente en el olvido. Pero nuestra religión es distinta, porque ella da –y recibe aún más- lo que la gente de verdad quiere: diversión. Ha llegado la hora de hacer llegar nuestro nombre a oídos de todos.
-¿Y cómo haremos eso?
Juan fue hasta su escritorio de metal y tomó un par de guantes del mismo material allí dispuestos, a continuación se sacó un papel del algún bolsillo interno de la túnica y lo checó.
-De momento construyendo un nuevo coliseo, grande y hermoso. Aquí tengo el presupuesto. Lo construiremos sobre el pantano de la Rabia.
-¿No es demasiado complicado construirlo sobre un pantano? –Se atrevió a preguntar Barquín, con algo de temor.
-Sí, bueno, pero la zona es muy bonita.
-¿Y qué tengo que hacer yo?
-Tú serás el encargado de construirlo.
-¡¿Yo solo?!
-Sí, tú solo, piedra a piedra, aunque primero tendrás que drenar el pantano. Y no quiero una maldita queja.
-Pero… si yo… no…
Se echó a llorar.
-¡Vale, está bien! ¡Te daré mano de obra y materiales! ¡Pero deja de llorar!
Barquín pasó del llanto a la felicidad en cuestión de milésimas.
-¡Es usted tan bueno!
-Y ahora vete. Pronto te daré más indicaciones.
-¡Sí, señor!
Y salió de allí dando brincos de alegría.
En cuando cerró la puerta el Patriarca se puso a vomitar en una maceta.
Volvieron a llamar a la puerta.
-¡¿Qué?!
-Soy Marcos.
El Patriarca puso los ojos en blanco al oír la voz del invocador.
-Pasa anda…
Marcos entró con una pletórica sonrisa.
-Acabo de cruzarme con Barquín (y casi me roza). Al parecer ya se lo has contado.
-Sí.
-Ha sido una gran idea. Tardará cientos de miles de años en construirlo él solo –decía Marcos, con una más que evidente complacencia-. No le volveremos a ver el muuuuucho tiempo.
-Le he dicho que le daría mano de obra y materiales.
-¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!
-¡Porque no aguantaba más tenerle delante! Me da mucho yuyu. Encima se puso a llorar y se pone muy feo.
-Vaya chasco…
-Es igual, un coliseo no se construye de un día para otro. Tendremos tiempo de sobra para pensar en otra misión imposible que le aleje cuantos más años mejor.
-No creo que tenga idea alguna de dirigir una obra. Vamos a perder mucho dinero con esta inversión –observó Marcos, con preocupación.
-¿Quieres acompañarle?
-¡Agh! ¡No!
-En cualquier caso, seguro que terminará delegando la supervisión de la construcción en alguno de los arquitectos, no creo que sea tan estúpido como para arruinar mi coliseo.
-Otro coliseo… ¡Sera un bombazo! ¡No forraremos!
-Pronto la Cábala dominara el mundo.
-¿No había una frase más tipificada?
Juan se le quedo mirando, pensativo, y de pronto pareció llegar a la conclusión de algo.
-¡Un momento!
-¿Qué pasa? –Preguntó Marcos, extrañado.
-¡¿Qué coño hago yo hablando contigo?!
-¡Ah! Pues no sé, yo te estaba dando coba y como me seguiste el juego… -Trataba de explicarse Marcos, entre risitas nerviosas.
-¡Largo de aquí!
-Joe, macho, como te pones por nada.
Juan se quitó un guante y fue hacia él, dispuesto a ponerle la mano encima.
-¡Que te vayas!
Marcos salió corriendo por la puerta, agitando los brazos.
-¡Ya me voy, ya me voy!
No hay comentarios:
Publicar un comentario