Los gritos de entusiasmo por parte del público aún resonaban en sus oídos. Plenamente satisfecho con su trabajo y pletórico por la fama que tan rápidamente había conseguido, Barquín descansaba plácidamente tumbado sobre su camastro, rememorando sus últimos combates para sus adentros. Ahora él era el nuevo campeón de la Cábala, temido y respetado por todos.
Una voz familiar lo llamó e hizo que se incorporase rápidamente. Por el oscuro y húmedo pasillo llegaba Marcos, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.
Barquín se levantó de un salto y corrió hacia él, con los brazos también abiertos.
-¡Marcos, querido amigo! –Grito, entusiasmado.
-¡Barquín!
-¡Marcos!
¡PAF!
Barquín chocó contra los barrotes de su celda. Marcos se acercó, riéndose a carcajada limpia y señalándole con un dedo.
-¿Cómo lo haces para caer siempre en lo mismo? –Preguntó, entre risas.
Barquín se retorcía en el suelo, gimoteando y agarrándose su dolorida cara con ambos manos.
-Ay… mi pobre cara… que dolor…
-Venga, anímate, que te traigo la manduca.
Marcos se agachó en el suelo y posó sobre este la cesta que traía en un brazo. Al oír hablar de comida el hambriento Barquín se incorporó de golpe y prácticamente se tiró sobre los barrotes, una vez más.
-¡Comida!
-¡Argh! –Gritó Marcos, retrocediendo ante la proximidad del otro-. ¡Atrás! ¡Retrocede o no comes!
Triste, Barquín no tuvo otra opción que obedecer y alejarse de los barrotes. Mientras, Marcos sacó de la cesta una pequeña caja de metal, de la que extrajo una especie de tubo del mismo material, de no más de 20 cm. Luego extrajo otro y lo unió al primero, y lo mismo hizo con otros cinco tubos similares hasta lograr construir una barra bastante larga. Como pieza final enroscó en uno de los extremos el último eslabón, un tenedor. Tras esto, extrajo de la cesta un pedazo de carne, lo clavo en el tenedor y, con extremo cuidado (y repulsión) comenzó a extender la vara de metal entre los barrotes, hacia Barquín.
-Ale, buen provecho.
-¡Bien! –Exclamó Barquín, rumiando gustosamente el pedazo de carne.
-¿Sabes? Tengo una buena noticia para ti –le decía Marcos mientras le colocaba otro pedazo de carne en el tenedor de casi dos metros de longitud y se lo alcanzaba.
-¿Vais a sacarme de aquí? –Preguntó Barquín, ilusionado.
-No… En realidad creo que van a cambiarte la puerta por una sin barrotes, y a tapiar el respiradero.
-Jo…
-Bueno, a lo que iba. El patriarca quiere verte.
-¡¿En serio?! –Salto Barquín, arrastrándose velozmente hasta los barrotes y haciendo que Marcos retrocediera con un grito-. ¡¿A mí?!
-¡Que no te acerques! –Marcos espero a que la distancia que les separaba a ambos fuese notablemente mayor para continuar-. Sí, a ti. Después de todo eres el actual campeón de la Cábala. Seguro que tiene en mente algo grande para ti.
-¡¿En serio?! ¡Parece un sueño!
-Ya sabía yo que algo bueno podríamos sacar de ti.
-¡Quizá quiera convertirme en su mano derecha! –Fantaseaba Barquín-. ¡O en su embajador!
-O ahogarte en un pozo negro…
-¿Y cuando le veré?
-En unas horas, después de tu próximo combate.
-Uhm… Una audiencia con al mismísimo Patriarca… -murmuraba para sí mismo-. Tendré que ponerme presentable.
Ante ese último comentario Marcos se dejó caer al suelo, desternillándose de risa ante la incrédula mirada de Barquín, que no entendía que era tan gracioso.
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