lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 24: El Verdadero Enemigo


Barquín seguía vomitando cucarachas, como una cosa loca.
-¡¿Pero quieres parar ya?! –Le gritaba Aarón, a su lado.
-¡Eh! ¡Mírale bien! –Le señaló Cara Pedrusco.
-¡¿Qué pasa?!
-¿No lo ves? ¿Está cambiando?
-¡Yo no veo nada!
Pero Cara Pedrusco tenía razón. Barquín se veía ahora un poco más pálido, más… ¿normal?
En ese momento llegó Marcos.
-Vaya, esto es lo peor que nos podía pasar.
-¿Sabes lo que está ocurriendo? –Le preguntó Cara Pedrusco.
-Sí, que este tonto ha dejado de ser útil para lo único que era útil.
Marcos recibió un collejón por parte de Aarón.
-¡Explícate o te llevas otra!
-¡Au! Vale, vale, tranquilo. Verás, todo ocurrió hace mucho tiempo. El Patriarca quería una mascota, y como no encontró nada que le llamase la atención por EBay, le pidió ayuda a Cara Huevo.
-¡¿Cara Huevo?! ¡¿El legendario invocador de demencia?! –Saltó Cara Pedrusco, asombrado-. ¡¿El más grande Campeón de la Cábala?! ¡¿Aquel por el que Aarón se volvió famoso al vencerle?!
-¡¿Quién?! –Dijo el bárbaro.
Marcos le dedico una ceñuda mirada y luego volvió a dirigir su atención a Cara Pedrusco.
-El mismo. Mi maestro. Cara Huevo le trajo una sierpe de la muerte del espacio de demencia. La verdad es que tan solo era un bebé. Pero ya sabes cómo funciona esto, los bebés se hacen grandes y… Bueno, el caso es que Juan acabó echándolo por la baza.
-Vaya…
-Pero a los pocos días volvió, más grande. Suponemos que se estuvo alimentado por el camino. Al ver que era tan fiel Juan sintió compasión de él, así que le pidió a Cara Huevo que le buscase una novia. Y así lo hizo. Cara Huevo regresó al espacio de demencia y le trajo una sierpe de la muerte hembra. Y no tardaron en tener serpientitas de la muerte.
-¿Y qué pasó luego? –Quiso saber el centauro.
-Pues que a Juan le hicieron gracia y le pidió a Cara Huevo que le trajese más parejas de sierpes. Su plan era hacer con ellas un circo y ganar mucho dinero. Pero estas criaturas son muy extrañas y a Cara Huevo le costó mucho dar con ellas.
-¿Y luego…?
-Pues… Siguieron teniendo cada vez más serpientitas entre ellas, pero… Juan no sabía cuál era el tamaño que podían llegar a alcanzar y cuando ya no le cabían ni el Coliseo… Decidió librarse de ellas. Su plan era devolverlas al espacio de demencia pero para aquel entonces este bruto se había cargado ya a Cara Huevo –señaló a Aarón, que estaba muy distraído mirando mal e insultando a su dolorido hermano-. Me pidió ayuda a mí, pero eran tan grandes y numerosas que ya no podía devolverlas a su lugar de origen. Tras muchos intentos logré enviar a una de ellas de vuelta. Pero entonces paso algo…
-¡¿El qué?! ¡¿Qué pasó?! –Exigía saber Cara Pedrusco, mientras daba un trago a su coca cola, y cogía un buen puñado de palomitas.
-Que ella solita regresó a nuestro plano. No sabemos cómo, pero al parecer las sierpes de la muerte pueden viajar entre dimensiones y el sabor de la carne humana les había gustado. ¡Esto es culpa del roñoso del Patriarca! ¡Por darlas de comer esclavos en vez de gastar dinero en pienso para sierpes de la muerte! Claro, luego se mal acostumbran y pasa lo que pasa –suspiró-. En fin, como decía. Necesitábamos un lugar para encerrarlas, y entonces apareció Barquín.
-¡¿Barquín?! ¡¿Y porqué Barquín?!
Pero Marcos se encogió hombros.
-No sé si fue gracias a que su cuerpo estaba contaminado por el poder del Gitani tras la herida que Aarón le hizo o porque él es así de desagradable de nacimiento pero… el caso es que hicimos un hechizo para encerrarlas dentro de él y oyes ¡Funcionó!
-Pues sí que es raro…
-No, lo raro no es eso –dijo Marcos, mirando a su alrededor, cada vez había más sierpes creciendo y creciendo. Ya eran centenares-. Nosotros solo teníamos unas cuatro o cinco decenas de ellas. Y ahora son cientos…
-¿Crees que han seguido multiplicándose dentro de Barquín? –Aquello sí que pareció extrañarle al centauro.
-Más o menos. Verás, las sierpes de la muerte se alimentan de vidas. Atrapan las almas de sus víctimas en su interior y así se hacen más grandes y fuertes. Seguramente se fueron alimentando de las personas a las que mato Barquín.
Cara Pedrusco le dedicó una extrañada mirada a Barquín.
-¿A quién va a matar este?
-Créeme, ha causado más de una indigestión mortal.
-Eso sí que me lo creo.
-El caso es que ahora, de alguna forma, esas luces que se metían en vuestras mentes han abierto el sello mágico que mantenía a las sierpes cautivas en su interior. Y ahora… estamos apañaos.
Barquín vomitó un par de cucarachas más y cayó al suelo, completamente debilitado.
-¡Hermana! –Chilló Aarón-. ¡Vueles a ser la de antes!
-¡Que soy un hombre! –Protestó Barquín, y volvió a tenderse, convaleciente y dolorido-. Pero… Sí… Ahora lo recuerdo todo.

Mientras, en el palacio de Olus, Oli seguía sobre el suelo de mármol blanco de su terraza, retorciéndose y gritando de dolor.
Willy irrumpió allí.
-¡¿Quieres dejar de dar esas voces?! ¡No oigo la tele!
-¡Willy! ¡Willy! –Le llamaba su creador, desesperado.
El ángel puso los ojos en blanco y se acercó a él.
-A ver ¿Qué coño te pasa?
-Acércate… ¡Acércate!
Con un suspiro, el ángel-bestia se hincó sobre sus cuartos traseros.
-Cuéntame.
-¡Sierpes! ¡Sierpes! ¡Sierpes por todas partes!
-Ahá… -Willy se sacó el móvil del bolsillo y marcó un número, para luego llevarse el auricular a la oreja-. Hola ¿El manicomio? Verán, necesito que vegan a llevarse a…
Pero Oli le quitó el teléfono.
-¡Que me escuches, ostias! –Y volvió a adoptar su pose febril, convaleciente y delirante-. Las sierpes… Las sierpes… El verdadero enemigo… Tú misión… Sierpes… ¡Sierpes!
-¡Deja de divagar!
Entonces Oli le agarró del hombro, con fuerza, y le miró fijamente.
-Escucha… Ahora, debes olvidarte de Barquín.
El ángel desvió su ceñuda mirada unos segundos, para luego volver a mirar a su creador con una amplia sonrisa.
-Em… De acuerdo –contestó, siguiéndole la corriente, sin tener la más mínima idea de quien estaba hablando su creador.
-Debes acabar con el verdadero enemigo… Debes librar al mundo de esta maldición… -decía Oli, mientras seguía retorciéndose de dolor-. Debes matar a las sierpes.
Willy alzó una ceja.
-¿Disculpa?

Capítulo 23: Las Sierpes De La Muerte


La batalla se había paralizado. Ambos bandos se habían quedado estáticos. Tanto los reales como las copias de Oli solo podían centrar su atención en un único punto: el centro del claro. Donde se encontraba Aarón frente a Aarón.
Incluso desde la torre de Olus el propio Oli, que seguía observando la batalla desde su bola de cristal empezó a temerse lo peor y a pensar que, quizá, aquello no había sido tan buena idea.
-Qué he hecho… -masculló el creador, casi temblando-. He liberado fuerzas que no puedo controlar…

De nuevo en el campo de batalla, ambos bárbaros se miraban fijamente, con aquella entrecerrada e iracunda mirada que tanto caracterizaba al antiguo señor de los fosos.
Ni tan siquiera Marcos se atrevía a seguir con su labor como comentarista. Aquel momento podría marcar un antes y un después en la historia del mundo.
-Esto no me gusta… -murmuró Cara Pedrusco.
-Ni a mí… -murmuró el otro Cara Pedrusco.
Ambos Aarones avanzaron a la par hasta quedar uno frente al otro. Apenas unos centímetros les separaban. Seguían mirándose con aquel semblante que tanta furia destilaba. Todos los presentes aguantaron la respiración. La sangre se les había helado en las venas.
Sin previo aviso, uno de los Aarones le dio semejante ostia a mano desnuda al otro que la onda expansiva les puso a todos los pelos de punta. El Aarón que había recibido aquel soberano guantazo se deshizo en una uniforme masa grisácea y el discípulo salió volando, perdiéndose en el cielo.
Hubo un nuevo y absoluto mutismo.
-Copias a mí –gruñó el bárbaro.
Un suspiro de alivio general rompió el silencio y pronto la batalla continuó.
Todos luchaban contra sus copias y lo cierto era que no resultaba una tarea sencilla, pues esas copias conocían todos sus movimientos y su forma de pensar. Había que reconocer que Oli sabía cómo ser retorcido, ruin, cobarde, patético, rastrero, penoso y lamentable cuando se lo proponía, pues esa estrategia estaba funcionándole muy bien. 
O así sería de no ser porque Aarón estaba presente.
El bárbaro, que tras acabar con su propia copia estaba libre de contrincante, se decidió a echarle “una mano” al resto de sus tropas.
Empezó por Cara Pedrusco, que era el que más cerca de él estaba.
-¡¿Cuál es la copia?! –Exigió saber el bárbaro.
Ambos centauros se señalaron el uno al otro.
-¡Él! –Dijeron al unísono.
-¡¿O me decís la verdad u os casco a los dos?!
-¡Le digo que es él, señor! –Decía uno de los Cara Pedruscos, en tono suplicante-. ¡Créame, por favor!
-¡Miente! –Rebatió el otro-. ¡Y es más, voy a contarle que…!
-¡No!
El primer Cara Pedrusco que había hablado se lanzó sobre el otro y le tapó la boca. Así comenzó un desesperado forcejeo por parte de ambos, ante la severa y cada vez más impaciente mirada de Aarón, con que tardó en propinarle una buena ostia a cada uno para que se estuviesen quietos.
Ambos centauros cayeron al suelo, fulminados, pero solo uno se deshizo. El Cara Pedrusco que había quedado entero se puso en pie, aguantándose con las manos su dolorida cabeza.
-Ya le vale, señor… ¡Usted y sus métodos!
-¡¿Pero funciona, no?! ¡Así que a callar!
Aarón hizo uso del mismo método para ayudar al resto de sus soldados. La verdad es que era un método bastante efectivo y la lógica de Aarón era más que clara: Si puedes reconocer al enemigo, cárgatelos a todos.
Unos minutos después el suelo del claro estaba cubierto de figuras de arcilla que se deshacían y de cuerpo de soldados que se retorcían de dolor.
Aarón se sacudía las manos.
-Ala, listo.
Una vez que los sonidos de la batalla se apagaron, Barquín, que había vuelto a esconderse entre unos matorrales, salió para ver qué pasaba.
-¿Ya ha acabado todo…?
Un discípulo bajó del cielo y en internó en su mente.
-¡Ah!
El discípulo salió casi inmediatamente por su boca. Su luz se veía más pálida y parpadeaba de forma intermitente mientras volaba lentamente y en círculos. Era como un mosquito al que hubiesen rociado con insecticida. Hasta emitía que una especia de zumbido que podría compararse con una pequeña arcada. Resultaba increíble como incluso un ser insustancial, que únicamente se movía por la voluntad de su creador pudiese sentir asco. Y además en aquellas proporciones.
El moribundo discípulo se pegó a la frente de uno de los soldados de masilla que quedaba en pie, pero este, en vez de cambiar de forma como los demás, directamente comenzó a derretirse, como un muñeco de nieve al sol. Incluso el discípulo se en su frente se apagó, desapareciendo.
Todos se quedaron estupefactos por la escena.
-¡¿Pero cómo ha sido eso posible?! –Dijo Murga, que observaba la contienda desde la lejanía con unos prismáticos.
-¿De verdad te extraña? –Habló la voz de Marcos a su lado-. ¿Hace otra birra?
-Hace.

En lo más alto de la torre más alta de Olus, Oli yacía retorciéndose en el suelo. Prese de un dolor, un miedo y un sentimiento de repulsión que rozaban la locura. El creador, que estaba empáticamente conectado a sus discípulos había sentido aquello que estaba dentro de Barquín. Muchas cosas comenzaron a cobrar sentido en su ahora asustada y febril mente. Su discípulo hubiese fallado, pero había liberado algo mucho más peligroso.

En el campo de batalla, Barquín había caído de rodillas en el suelo, y se sujetaba el estómago con fuerza.
-¡Me duele! ¡Me duele! –Gimoteaba.
-¡Deja de hacer el tonto y levanta! –Bramó Aarón-. ¡Tenemos que ir a patear al estúpido ese con rizos y a su estúpido ángel!
-¡Hermano, no puedo! ¡Me muero de dolor! ¡Ayúdame!
-¡Que te levantes he dicho!
Entonces vino una arcada y…
-¡¿Qué cojones es eso?! –Dijo Cara Pedrusco, con asco.
-Parece una cucaracha –dijo Murga, aún observando por los primaticos-. Esta potando cucarachas.
-Insisto ¿Te extraña? –Dijo Marcos-. ¿Otra birra?
Murga dejó los prismáticos y le miró, muy serio.
-Otra birra.
Barquín seguía lloriqueando, encorvado el suelo, pero sus llantos eran interrumpidos por constantes arcadas. El Campeón de la Cábala no dejaba de vomitar cucarachas negras, que correteaban a su alrededor.
-¡Asco de bichos! –Decía Aarón, mientras pisoteaba a cuantos se ponían a su alcance.
-¡Señor, mire! –Gritó Cara Pedrusco, señalando a uno de ellas.
Aquel insecto, tan negro como el carbón, comenzaba a cambiar, estirándose, perdiendo su negro exoesqueleto, haciéndose cada vez más grande, más y más y más grande. Más grande…
-¡La madre que me parió! –Saltó Aarón, al ver la monstruosidad que se había formado ante él.
Aquella cucaracha se había convertido en una serpiente negra inmensa, debía medir más de un kilometro de largo, y su cabeza era tan grande como una casa.
Pero no estaba sola… Las demás cucarachas estaban sufriendo la misma metamorfosis, y había ya decenas de ellas por el suelo. Y Barquín no dejaba de vomitar.
-Ay, Dios… -murmuró Cara Pedrusco, reculando.

Ahora Marcos también observaba desde lo lejos con unos prismáticos, aunque con el tamaño de esos bichos ya no eran necesarios. La gente que había pagado por la batalla comenzó a preocuparse.
-Uhm… esto me huele a demanda… -dijo el invocador, volviéndose hacia Murga-. Como Juan tenga que indemnizar por bajas a los familiares de esta gente nos la vamos a cargar con todo el equipo.
-¿Y qué hacemos? –Preguntó Murga.
-Tú vete llevándote a la gente de nuevo al nuevo Coliseo. Yo iré a hablar con Aarón –entonces usó el hechizo de proyección de voz para dirigirse al público de nuevo-. ¡Bien, damas y caballeros! ¡Parece que los acontecimientos han dado un giro inesperado que escapa a nuestro control! ¡Así que, para mayor seguridad les iremos escoltando de nuevo al Coliseo, donde se les obsequiará con un granizado gratis por las molestias! ¡Pero no teman nada! ¡Ahora yo, Marcos, uno de los mejores invocadores de demencia de la Cábala tomaré parte en esta refriega para asegurar su seguridad!
Pero hubo quejas por parte de muchos de los presentes, que exigían seguir viendo el espectáculo después del dineral que se habían dejado.
-¡De acuerdo, como quieran! ¡Pero por favor, no se acerquen más a la zona de la batalla!
Marcos se preparó para irse, pero Murga se acercó a él.
-¿Crees que esos bichos se van a quedar quietos donde están?
-Lo dudo ¿Pero qué quieres que haga? El cliente siempre tiene la razón –miró hacía el sitio del bosque, donde cada vez aparecían más y más serpientes negras inmensas-. Uf… que mal… En cuanto empiecen a avanzar llévate a la gente, o Juan nos mata.
-Vale.
Y Marcos salió corriendo hacía allí.

Capítulo 22: La Batalla De Olilandia


Penetraron entre la espesa foresta, en guardia, preparados. Bueno, Aarón, que encabezaba la marcha, se abría paso a mandoblazo limpio, segando las malezas que se interponían a su paso.
-Señor, eso era un vendedor de cupones… -mencionó Cara Pedrusco, cuando una cabeza rodó a sus pies (cascos).
-¡¿Qué te he dicho antes?!
-Que no abra mi estúpida boca…
-¡Pues eso!
Llegaron a un enorme claro, y todo sonido del bosque desapareció.
-Ya no se oye ni a un triste pájaro –dijo Murga.
-Esto me huele a emboscada –observó Cara Pedrusco.
-¡Y a mí me huele a caballo estúpido que se no calla la boca! –Bramó Aarón, con esa delicadeza que le caracterizaba.
De pronto, el suelo baja sus pies comenzó a temblar.
-¿Qué os dije?
Pero Cara Pedrusco decidió no hablar más en buen rato, después de recibir una mirada asesina por parte de su señor.
Y ahí emergían sus primeros enemigos. Una especie de escarabajos gigantes salían de debajo de la tierra. Pero no venían solos. De entre los árboles emergieron toda clase de bestias, desde enormes leopardos con cuernos de toro (Leotauros), hasta  rinocerontes con cola de cocodrilo (Cococerontes). Y por supuesto no podían faltar los azulifantes de Oli. Pero esta vasta y variopinta hueste terrestre tampoco venía solo. Aquel claro, libre de la asfixiante techumbre de los árboles, les dejaba a los presentes poder divisar el cielo, y al ejército aéreo que se les venía encima. Un contingente de enormes criaturas marinas que encima volaban. Entre las que podían contarse medusas inmensas, tiburones y hasta langostas.
Todo el ejército entró en pánico ante aquella inmensa emboscada. Todos menos Aarón, que se relamía, con su nuevo espadón entre las manos.
-Que bien, esta noche toca cenar mariscada –dijo-. ¡Vamos! ¡Empezad a machacar bichos! –Ordenó.
Pero nadie se movió. Ni tan siquiera los soldados que la Cábala le había prestado a Aarón, que deberían estar curados de espanto.
Al ver que sus órdenes no eran acatadas, el bárbaro se dio la vuelta y les encaró con la más furiosa de sus miradas.
-¡U os movéis u os muevo!
Hubo otro brevísimo instante de vacilación por parte del ejército aliado pero… Tras sopesar si era peor lanzarse a las garras de la muerte o enfrentarse a Aarón…
No tardaron en colocarse todos en guardia, de manera mecánica, justo cuando el ejército de bestias se les echaba encima.
Aquella era una batalla perdida. No se enfrentaban a soldados, sino a bestias de proporciones exageradas, rápidas y terriblemente fuertes. Los soldados de la Cábala y los mutantes raros de Froxá aguantaban como podían. Menos mal que tenían a Aarón con ellos…
El bárbaro, esgrimiendo a Segadora Letal, el arma forjada para matar ángeles y otros estúpidos seres, estaba dando buena cuenta de todas las bestias. Haciendo alarde de su brutal estilo de combate, el amo de Froxá dio un enorme salto y aterrizó sobre una de las medusas voladoras que descendían para tragarse a algún pobre incauto y la usó como punto de apoyo para saltar hacía otra. Así, poco a poco, una lluvia de enormes criaturas marinas que caían fulminadas bajo la espada de Aarón llenó el claro del bosque. Muchos de aquellos enormes cadáveres caín encima del ejército del propio Aarón.
-¡¿Quiere hacer el favor de tener más cuidado?! –Demandó Cara Pedrusco, desde el suelo.
Pero Aarón no escuchaba, estaba muy ocupado cargándose a cuanto se le ponía por delante.
Marcos, que junto con Murga, se había quedado atrás de la contienda, con la gente que había pagado para ver el espectáculo, comentaba animadamente la refriego. O mejor dicho, la masacre que se estaba trayendo el bárbaro.
-¡Observen, damas y caballeros, Aarón, el ex campeón de los fosos y ahora líder de Froxá y general del ejército aliado están arrasando con el ejército enemigo! ¡Hagan sus apuestas! ¡¿Cuánto tardará esto en terminar?!
Murga le dio un toquecito.
-¿Hace una birra?
-Hace.

No pasó mucho tiempo cuando Aarón se los había cargado a todos… Hasta a algunos de los suyos.

Desde la terraza en la torre más alta del palacio de Olus, Oli observaba la batalla desde una bola de cristal.
-¡Pero mira que es animal el tío este! –Tocó la bola con su dedo índice y cerró los ojos, concentrándose-. Bien, que entre en escena el segundo escuadrón –sonrisa siniestra-. Es hora de que os enfrentéis a vuestro propio reflejo.
En el campo de batalla todos celebraban su aplastante victoria. Cara Pedrusco se deshacía en halagos hacia su señor, que no paraba de decirle que cerrase esa boca que tenía. Barquín salía de entre los arbustos entre los que se escondió para llorar de miedo. Marcos y Murga brindaban. Y, muy lejos de allí, Juan, tumbado sobre un mar de monedas de oro, hacía un ángel entre ellas mientras reía sin parar ante la fortuna que estaba ganando.
Sí, todo era felicidad entre los miembros del ejército aliado. O eso pensaban…
-¿Qué es eso que viene por ahí? –Dijo Cara Pedrusco, oteando en la lejanía.
Un contingente de… aparentemente humanoides grises que parecían hechos de arcilla se acercaba a ellos.
-¡Bah! Monigotes de plastilina –escupió Aarón-. Ahora mismo les chafo a todos.
Los guerreros de masilla de Oli ya estaban casi frente a ellos cuando de entre los árboles y del cielo una enorme ola de pequeñas lucecillas azules se lanzó sobre ellos. Aquellos rápidos destellos se mentían dentro sus cabezas, traspasando sus frentes.
-¡Apartaos, luciérnagas estúpidas! –Gritaba Aarón, lanzando mandoblazos a diestro y siniestro y cargándose a varios de sus seguidores en el proceso.
-¡¿Señor, quiere dejar de cargarse a los nuestros?! –Protestó de nuevo Cara Pedrusco.
-¡Lo haré cuando tú te calles! ¡Pesao!
Pero aquel instante de distracción hizo que uno de esos destellos penetrase en la frente de Cara Pedrusco. El centauro sintió como aquello, fuese lo que fuese, espiaba su mente impunemente. Aquel destello salió a los pocos segundos por su boca y Cara Pedrusco trotó tras él.
-¡No puedo dejarte vivo, sabes demasiado!
Pero el discípulo de Oli no tenía intención alguna de huir. Se pegó a la frente de uno de los soldados de masilla y este comenzó a cambiar de forma hasta que resultó ser una copia exacta del centauro.
Este proceso se repitió con todos los presentes en la batalla. Incluso Aarón, que se quedó algo extrañado observando la escena, recibió a uno de los discípulos de Oli dentro de su cabeza. Aarón no fue consciente de ello hasta que escapó por su boca.
-¡¿Pero serás…?!
Corrió detrás de él. Pero el discípulo, al igual que el resto de sus compañeros, se fijó a la frente de uno de los soldados de masilla. Ahora Aarón estaba frente a frente de… Otro Aarón… Y eso no le gustó nada. 

Capítulo 21: Se Inicia La Guerra


¡Destruiremos al ángel y someteremos a ese reino maldito! ¡Esto es una guerra…!
El mando a distancia destrozó la pantalla de la nueva tele de plasma.
-Creo que debería dejar de hacer eso… -se dijo Oli, enclaustrado en su sillón. Hecho una furia se levantó-. No se saldrán con la suya… ¡Willy! ¿Willy…?
El ángel ya se disponía  a salir por la puerta, llevaba una maleta en la mano con una pegatina en la que podía leerse “Abu Dabi”.
-¡Eh! ¡¿A dónde crees que vas?!
-¡¿Cómo que ha donde voy?! ¡Lejos! ¡Muy lejos!
-Vamos, ni que fuese tan grave.
El ángel dejó caer la maleta, alucinado de la gilipollez que acababa de escuchar.
-¡¿Que no es tan grave?! ¡¿Es que no lo has visto?! ¡Esos cabrones han convencido a todo el mundo para acabar conmigo! ¡Hasta han forjado un arma para matarme! ¡Y por tu culpa! ¡Por mandarme ir a matar a comosellame!
-No te preocupes, tengo un plan.
-Y yo. Me iré a vivir a otro continente. Me cambiaré el nombre y empezaré una nueva vida. Con las pintas que tengo ahora quizá me den trabajo en un circo o algo así.
-Joder, mira que eres melodramático.
-¡¿Y qué ostias sugieres que haga?!
-Primero dejar de preocuparte. ¿Es que no lo ves? Ellos vendrán aquí, a mi territorio. Un territorio que yo mismo he creado y en el que soy invencible.  Aquí tengo material suficiente para crear lo que quiera. Además ¿Para qué coño te piensas que creé un ejército?
-Porque te aburrías.
-En parte. Pero también por si esto pasaba. Bien, esos pobres infelices pronto estarán aquí. Yo mismo saldré a darles a la bienvenida y a hacerles una advertencia (que eso le dará más chicha a la historia). Y como Aarón es tan cabezota no me escuchará y entrarán en Olilandia y entonces… -risa retorcida de malo cabrón-. ¡Entonces se darán de morros con mi ejército! ¡Mi ejercito de seres invencibles! ¡Es fantástico! ¡Acabaré con la Cábala y con Aarón de un solo golpe! ¡Y sin moverme de casa! ¡Esta vez mi pueril venganza carente de sentido será consumada! ¡Acabaré con Barquín!
Willy, que había hecho como que escuchaba muy atentamente con una fingida sonrisa, ladeo la cabeza y frunció el ceño.
-¿Con quién?

(Tres días después…)
-Pues si que tardan los chiquillos… -murmuró Oli, que llevaba tres días sentado sobre una roca en los lindes del bosque de Olilandia.
-¡QUE VAYAIS MÁS RAPIDO HE DICHO!
Aquel atronador ladrido llegó a oídos de Oli. Esos estridentes alaridos solo podían provenir de dos sitios: De una panchonera pejina en pleno ataque de histeria, o de Aarón.
Oli se quitó las telarañas de encima y se levantó de un salto.
-¡Ya están aquí! ¡Ja! ¡Están perdidos!
El ejército de la alianza entre Froxá y la Cábala se cernía ya sobre las Tierras de Pesadilla, vulgarmente conocidas como Olilandia.
Aarón abría la marcha, montando a Jerry (Tom seguía de baja por empacho). Cara Pedrusco iba a su lado. Detrás de ellos, Tiburón, el burro gigante, tiraba del carromato con la jaula de Barquín, en la cual el susodicho se entretenía haciendo un collar de macarrones. Murga, caminaba delante de Tiburón, tirando de sus riendas y calmándole cada vez que la compañía de su “carga” se volvía demasiado difícil de sobrellevar. Varios metros más atrás (lo más lejos que podían de Barquín), desfilaba el resto del ejército y, por detrás de este, iba Marcos, liderando la caravana de carromatos que transportaban a todos aquellos que habían pagado por ver la batalla en primera fila (Sí, iba a ser una guerra con público y puestos de comida rápida…). Marcos hacía gala de su labia para animar a sus clientes, haciendo de guía turístico y animador a través de aquellas tierras (que por cierto no conocía). La única persona que no acudió a la guerra fue Juan, que se había quedado en el Coliseo contando el dinero que habían recaudado con su brillante idea de cobrar entrada para ver la masacre.
Aarón tiró de las riendas de Jerry y la serpiente gigante se detuvo, frente a los lindes del bosque de Olilandia.
Aarón, haciendo gala de su delicadeza y su don con las palabras tomó aire y…:
-¡EH, TÚ, EL QUE HA CREADO EL ESTÚPIDO REINO ESTE! ¡SAL INMEDIATAMENTE PARA QUE TE DÉ UNA PALIZA A TI A TU ESTÚPIDO ÁNGEL! ¡VAMOS! ¡NO ME HAGAIS ENTRAR O SERÁ PEOR!
-Evocadoras palabras… -dijo Cara Pedrusco, con el dedo metido en su ensordecida oreja.
-¡Gracias!
A los pocos segundos una figura emergió de entre la espesura. Un tío con rizos y una larga túnica azul se acercaba a ellos flotando sobre una especie de nube, a ras de suelo, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro.
Marcos se acercó.
-Vaya, vaya, mira por donde, es Oli –dijo, con una sonrisa. Y usó el hechizo de proyección de voz para que todo el público lo escuchase-. ¡Damas y caballeros, parece ser que Oli, ex campeón de la Cábala y creador y soberano de las tierras de pesadilla ha hecho su entrada en escena! ¡La batalla es inminente!
Aarón le dio un capón.
-¡Deja de graznar, comentarista estúpido!
Oli se detuvo ante ellos, flotando sobre su nube mágica. Le dedicó a Barquín la más desdeñosa, asqueada y furiosa de las miradas. Por su parte, Barquín le saludó cariñosamente con la mano desde su jaula.
-Sed bienvenidos a mi reino –saludó Oli, con una burlona sonrisa y leve reverencia-. Antes de que cometáis el inmenso error de adentraros en mis tierras, dejad que os advierta de…
-¡Que te calles!  -Le cortó Aarón-. ¡Ven aquí para que pueda darte un par de buenas bofetadas!
El bárbaro se acercó a él con paso decidido, pero la nube de Oli se elevó lo suficiente para que Aarón no pudiese alcanzarlo.
-Bien, como os decía –prosiguió Oli-, Si os atrevéis a entrar en mis dominios os espera una serie de terribles…
El creador detuvo lo que iba a ser una arenga al ver que el líder del ejército invasor no le hacía el menos caso. Aarón estaba muy ocupado tratando de darle alcance a saltos.
-¡Baja! ¡Baja aquí! ¡Ya verás la somanta de guantazos que te voy a dar! ¡Que bajes he dicho!
Oli dio suspiro.
-Haced lo que queráis.
Y su nube retrocedió, perdiéndose entre la oscura espesura del bosque.
-¡Bien, lao habéis oído! –Rugió Aarón-. ¡Ha dicho que hagamos lo que queramos! ¡Así que, desfilando todo el mundo pa dentro! ¡Apalead a todo el que os encontréis!
Cara Pedrusco se acercó a él.
-Señor, creo que sería conveniente que antes trazásemos un…
Un minuto después Cara Pedrusco, con un chichón en la cabeza, y el resto del ejército entraban en las Tierras de Pesadilla.