Penetraron entre la espesa
foresta, en guardia, preparados. Bueno, Aarón, que encabezaba la marcha, se
abría paso a mandoblazo limpio, segando las malezas que se interponían a su
paso.
-Señor, eso era un vendedor
de cupones… -mencionó Cara Pedrusco, cuando una cabeza rodó a sus pies
(cascos).
-¡¿Qué te he dicho antes?!
-Que no abra mi estúpida
boca…
-¡Pues eso!
Llegaron a un enorme claro,
y todo sonido del bosque desapareció.
-Ya no se oye ni a un
triste pájaro –dijo Murga.
-Esto me huele a emboscada
–observó Cara Pedrusco.
-¡Y a mí me huele a caballo
estúpido que se no calla la boca! –Bramó Aarón, con esa delicadeza que le
caracterizaba.
De pronto, el suelo baja
sus pies comenzó a temblar.
-¿Qué os dije?
Pero Cara Pedrusco decidió
no hablar más en buen rato, después de recibir una mirada asesina por parte de
su señor.
Y ahí emergían sus primeros
enemigos. Una especie de escarabajos gigantes salían de debajo de la tierra.
Pero no venían solos. De entre los árboles emergieron toda clase de bestias,
desde enormes leopardos con cuernos de toro (Leotauros), hasta rinocerontes con cola de cocodrilo
(Cococerontes). Y por supuesto no podían faltar los azulifantes de Oli. Pero
esta vasta y variopinta hueste terrestre tampoco venía solo. Aquel claro, libre
de la asfixiante techumbre de los árboles, les dejaba a los presentes poder
divisar el cielo, y al ejército aéreo que se les venía encima. Un contingente
de enormes criaturas marinas que encima volaban. Entre las que podían contarse
medusas inmensas, tiburones y hasta langostas.
Todo el ejército entró en
pánico ante aquella inmensa emboscada. Todos menos Aarón, que se relamía, con
su nuevo espadón entre las manos.
-Que bien, esta noche toca
cenar mariscada –dijo-. ¡Vamos! ¡Empezad a machacar bichos! –Ordenó.
Pero nadie se movió. Ni tan
siquiera los soldados que la Cábala le había prestado a Aarón, que deberían
estar curados de espanto.
Al ver que sus órdenes no
eran acatadas, el bárbaro se dio la vuelta y les encaró con la más furiosa de
sus miradas.
-¡U os movéis u os muevo!
Hubo otro brevísimo
instante de vacilación por parte del ejército aliado pero… Tras sopesar si era
peor lanzarse a las garras de la muerte o enfrentarse a Aarón…
No tardaron en colocarse
todos en guardia, de manera mecánica, justo cuando el ejército de bestias se
les echaba encima.
Aquella era una batalla
perdida. No se enfrentaban a soldados, sino a bestias de proporciones
exageradas, rápidas y terriblemente fuertes. Los soldados de la Cábala y los
mutantes raros de Froxá aguantaban como podían. Menos mal que tenían a Aarón
con ellos…
El bárbaro, esgrimiendo a
Segadora Letal, el arma forjada para matar ángeles y otros estúpidos seres,
estaba dando buena cuenta de todas las bestias. Haciendo alarde de su brutal
estilo de combate, el amo de Froxá dio un enorme salto y aterrizó sobre una de
las medusas voladoras que descendían para tragarse a algún pobre incauto y la
usó como punto de apoyo para saltar hacía otra. Así, poco a poco, una lluvia de
enormes criaturas marinas que caían fulminadas bajo la espada de Aarón llenó el
claro del bosque. Muchos de aquellos enormes cadáveres caín encima del ejército
del propio Aarón.
-¡¿Quiere hacer el favor de
tener más cuidado?! –Demandó Cara Pedrusco, desde el suelo.
Pero Aarón no escuchaba,
estaba muy ocupado cargándose a cuanto se le ponía por delante.
Marcos, que junto con
Murga, se había quedado atrás de la contienda, con la gente que había pagado
para ver el espectáculo, comentaba animadamente la refriego. O mejor dicho, la
masacre que se estaba trayendo el bárbaro.
-¡Observen, damas y caballeros, Aarón, el ex campeón de los fosos y
ahora líder de Froxá y general del ejército aliado están arrasando con el ejército
enemigo! ¡Hagan sus apuestas! ¡¿Cuánto tardará esto en terminar?!
Murga le dio un toquecito.
-¿Hace una birra?
-Hace.
No pasó mucho tiempo cuando
Aarón se los había cargado a todos… Hasta a algunos de los suyos.
Desde la terraza en la
torre más alta del palacio de Olus, Oli observaba la batalla desde una bola de
cristal.
-¡Pero mira que es animal
el tío este! –Tocó la bola con su dedo índice y cerró los ojos,
concentrándose-. Bien, que entre en escena el segundo escuadrón –sonrisa
siniestra-. Es hora de que os enfrentéis a vuestro propio reflejo.
En el campo de batalla
todos celebraban su aplastante victoria. Cara Pedrusco se deshacía en halagos
hacia su señor, que no paraba de decirle que cerrase esa boca que tenía.
Barquín salía de entre los arbustos entre los que se escondió para llorar de
miedo. Marcos y Murga brindaban. Y, muy lejos de allí, Juan, tumbado sobre un
mar de monedas de oro, hacía un ángel entre ellas mientras reía sin parar ante
la fortuna que estaba ganando.
Sí, todo era felicidad
entre los miembros del ejército aliado. O eso pensaban…
-¿Qué es eso que viene por
ahí? –Dijo Cara Pedrusco, oteando en la lejanía.
Un contingente de…
aparentemente humanoides grises que parecían hechos de arcilla se acercaba a
ellos.
-¡Bah! Monigotes de
plastilina –escupió Aarón-. Ahora mismo les chafo a todos.
Los guerreros de masilla de
Oli ya estaban casi frente a ellos cuando de entre los árboles y del cielo una
enorme ola de pequeñas lucecillas azules se lanzó sobre ellos. Aquellos rápidos
destellos se mentían dentro sus cabezas, traspasando sus frentes.
-¡Apartaos, luciérnagas
estúpidas! –Gritaba Aarón, lanzando mandoblazos a diestro y siniestro y
cargándose a varios de sus seguidores en el proceso.
-¡¿Señor, quiere dejar de
cargarse a los nuestros?! –Protestó de nuevo Cara Pedrusco.
-¡Lo haré cuando tú te
calles! ¡Pesao!
Pero aquel instante de
distracción hizo que uno de esos destellos penetrase en la frente de Cara
Pedrusco. El centauro sintió como aquello, fuese lo que fuese, espiaba su mente
impunemente. Aquel destello salió a los pocos segundos por su boca y Cara
Pedrusco trotó tras él.
-¡No puedo dejarte vivo,
sabes demasiado!
Pero el discípulo de Oli no
tenía intención alguna de huir. Se pegó a la frente de uno de los soldados de
masilla y este comenzó a cambiar de forma hasta que resultó ser una copia
exacta del centauro.
Este proceso se repitió con
todos los presentes en la batalla. Incluso Aarón, que se quedó algo extrañado
observando la escena, recibió a uno de los discípulos de Oli dentro de su
cabeza. Aarón no fue consciente de ello hasta que escapó por su boca.
-¡¿Pero serás…?!
Corrió detrás de él. Pero
el discípulo, al igual que el resto de sus compañeros, se fijó a la frente de
uno de los soldados de masilla. Ahora Aarón estaba frente a frente de… Otro
Aarón… Y eso no le gustó nada.
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