Barquín seguía vomitando
cucarachas, como una cosa loca.
-¡¿Pero quieres parar ya?!
–Le gritaba Aarón, a su lado.
-¡Eh! ¡Mírale bien! –Le
señaló Cara Pedrusco.
-¡¿Qué pasa?!
-¿No lo ves? ¿Está
cambiando?
-¡Yo no veo nada!
Pero Cara Pedrusco tenía
razón. Barquín se veía ahora un poco más pálido, más… ¿normal?
En ese momento llegó
Marcos.
-Vaya, esto es lo peor que
nos podía pasar.
-¿Sabes lo que está
ocurriendo? –Le preguntó Cara Pedrusco.
-Sí, que este tonto ha
dejado de ser útil para lo único que era útil.
Marcos recibió un collejón
por parte de Aarón.
-¡Explícate o te llevas
otra!
-¡Au! Vale, vale,
tranquilo. Verás, todo ocurrió hace mucho tiempo. El Patriarca quería una mascota,
y como no encontró nada que le llamase la atención por EBay, le pidió ayuda a
Cara Huevo.
-¡¿Cara Huevo?! ¡¿El
legendario invocador de demencia?! –Saltó Cara Pedrusco, asombrado-. ¡¿El más
grande Campeón de la Cábala?! ¡¿Aquel por el que Aarón se volvió famoso al
vencerle?!
-¡¿Quién?! –Dijo el
bárbaro.
Marcos le dedico una ceñuda
mirada y luego volvió a dirigir su atención a Cara Pedrusco.
-El mismo. Mi maestro. Cara
Huevo le trajo una sierpe de la muerte del espacio de demencia. La verdad es
que tan solo era un bebé. Pero ya sabes cómo funciona esto, los bebés se hacen
grandes y… Bueno, el caso es que Juan acabó echándolo por la baza.
-Vaya…
-Pero a los pocos días
volvió, más grande. Suponemos que se estuvo alimentado por el camino. Al ver
que era tan fiel Juan sintió compasión de él, así que le pidió a Cara Huevo que
le buscase una novia. Y así lo hizo. Cara Huevo regresó al espacio de demencia
y le trajo una sierpe de la muerte hembra. Y no tardaron en tener serpientitas
de la muerte.
-¿Y qué pasó luego? –Quiso
saber el centauro.
-Pues que a Juan le
hicieron gracia y le pidió a Cara Huevo que le trajese más parejas de sierpes.
Su plan era hacer con ellas un circo y ganar mucho dinero. Pero estas criaturas
son muy extrañas y a Cara Huevo le costó mucho dar con ellas.
-¿Y luego…?
-Pues… Siguieron teniendo
cada vez más serpientitas entre ellas, pero… Juan no sabía cuál era el tamaño
que podían llegar a alcanzar y cuando ya no le cabían ni el Coliseo… Decidió
librarse de ellas. Su plan era devolverlas al espacio de demencia pero para
aquel entonces este bruto se había cargado ya a Cara Huevo –señaló a Aarón, que
estaba muy distraído mirando mal e insultando a su dolorido hermano-. Me pidió
ayuda a mí, pero eran tan grandes y numerosas que ya no podía devolverlas a su
lugar de origen. Tras muchos intentos logré enviar a una de ellas de vuelta.
Pero entonces paso algo…
-¡¿El qué?! ¡¿Qué pasó?!
–Exigía saber Cara Pedrusco, mientras daba un trago a su coca cola, y cogía un
buen puñado de palomitas.
-Que ella solita regresó a
nuestro plano. No sabemos cómo, pero al parecer las sierpes de la muerte pueden
viajar entre dimensiones y el sabor de la carne humana les había gustado. ¡Esto
es culpa del roñoso del Patriarca! ¡Por darlas de comer esclavos en vez de
gastar dinero en pienso para sierpes de la muerte! Claro, luego se mal
acostumbran y pasa lo que pasa –suspiró-. En fin, como decía. Necesitábamos un
lugar para encerrarlas, y entonces apareció Barquín.
-¡¿Barquín?! ¡¿Y porqué
Barquín?!
Pero Marcos se encogió hombros.
-No sé si fue gracias a que
su cuerpo estaba contaminado por el poder del Gitani tras la herida que Aarón
le hizo o porque él es así de desagradable de nacimiento pero… el caso es que
hicimos un hechizo para encerrarlas dentro de él y oyes ¡Funcionó!
-Pues sí que es raro…
-No, lo raro no es eso
–dijo Marcos, mirando a su alrededor, cada vez había más sierpes creciendo y
creciendo. Ya eran centenares-. Nosotros solo teníamos unas cuatro o cinco
decenas de ellas. Y ahora son cientos…
-¿Crees que han seguido
multiplicándose dentro de Barquín? –Aquello sí que pareció extrañarle al
centauro.
-Más o menos. Verás, las
sierpes de la muerte se alimentan de vidas. Atrapan las almas de sus víctimas
en su interior y así se hacen más grandes y fuertes. Seguramente se fueron
alimentando de las personas a las que mato Barquín.
Cara Pedrusco le dedicó una
extrañada mirada a Barquín.
-¿A quién va a matar este?
-Créeme, ha causado más de
una indigestión mortal.
-Eso sí que me lo creo.
-El caso es que ahora, de
alguna forma, esas luces que se metían en vuestras mentes han abierto el sello
mágico que mantenía a las sierpes cautivas en su interior. Y ahora… estamos
apañaos.
Barquín vomitó un par de
cucarachas más y cayó al suelo, completamente debilitado.
-¡Hermana! –Chilló Aarón-.
¡Vueles a ser la de antes!
-¡Que soy un hombre!
–Protestó Barquín, y volvió a tenderse, convaleciente y dolorido-. Pero… Sí…
Ahora lo recuerdo todo.
Mientras, en el palacio de
Olus, Oli seguía sobre el suelo de mármol blanco de su terraza, retorciéndose y
gritando de dolor.
Willy irrumpió allí.
-¡¿Quieres dejar de dar
esas voces?! ¡No oigo la tele!
-¡Willy! ¡Willy! –Le
llamaba su creador, desesperado.
El ángel puso los ojos en
blanco y se acercó a él.
-A ver ¿Qué coño te pasa?
-Acércate… ¡Acércate!
Con un suspiro, el
ángel-bestia se hincó sobre sus cuartos traseros.
-Cuéntame.
-¡Sierpes! ¡Sierpes!
¡Sierpes por todas partes!
-Ahá… -Willy se sacó el
móvil del bolsillo y marcó un número, para luego llevarse el auricular a la
oreja-. Hola ¿El manicomio? Verán, necesito que vegan a llevarse a…
Pero Oli le quitó el
teléfono.
-¡Que me escuches, ostias!
–Y volvió a adoptar su pose febril, convaleciente y delirante-. Las sierpes…
Las sierpes… El verdadero enemigo… Tú misión… Sierpes… ¡Sierpes!
-¡Deja de divagar!
Entonces Oli le agarró del
hombro, con fuerza, y le miró fijamente.
-Escucha… Ahora, debes
olvidarte de Barquín.
El ángel desvió su ceñuda
mirada unos segundos, para luego volver a mirar a su creador con una amplia
sonrisa.
-Em… De acuerdo –contestó,
siguiéndole la corriente, sin tener la más mínima idea de quien estaba hablando
su creador.
-Debes acabar con el
verdadero enemigo… Debes librar al mundo de esta maldición… -decía Oli,
mientras seguía retorciéndose de dolor-. Debes matar a las sierpes.
Willy alzó una ceja.
-¿Disculpa?
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