viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 25: El Principio Del Fin


-Por fin vuelvo a ser yo –decía Barquín, mirándose las manos, tan sorprendido como agotado-. Recuerdo todo lo que pasó. Antes y después de que mi hermano venciese a Rafatus. Recuerdo que…
Pero entonces Aarón comenzó a pisotearle.
-¡¿Y por qué no recuerdas como callarte la boca?! ¡Deja tu viajecito por el callejón de la memoria para más tarde!
Lo cierto era que en esas circunstancias había que darle la razón a Aarón. Ahora se encontraban en medio de un lío bastante gordo. Rodeados de sierpes de la muerte del tamaño de portaaviones.
Cara Pedrusco no sabía hacia donde apuntar con su espada.
-¿Qué vamos a hacer?
Aarón le lanzó una dura mirada.
-¿Es que no está claro? -Y agarró a su hermano, tratando de abrirle la boca a la fuerza-. ¡Venga, ya estás tragándotelas todas otra vez!
-¡Agh! ¡Suéltame, me haces daño!
-No seas animal –dijo Marcos-. Así no conseguirás nada.
-¿Y no puedes hacer el hechizo para volver a encerrarlas en su interior? –Preguntó Cara Pedrusco.
-¡Pero a mi dejadme en paz! –Protestó Barquín, pero nadie le hizo caso.
-No, solo el Patriarca puede.
-¡Pues vamos donde el Patriarca ese! –Gritó Aarón.
-Sí, claro, muy fácil ¿No ves que estamos rodeados? Nos devorarán antes de que salgamos del bosque.
-¡Entonces las mataré yo mismo!
Una de las sierpes reptaba hacia ellos, devastando el camino a su paso. Aarón se lanzó como un poseso hacía ella, y comenzó a darle mandoblazos con Segadora Letal en su enorme cabeza.
-No podrá con todas, son centenares –dijo Cara Pedrusco.
-No, claro que no podrá. Hay que volver a encerrarlas. Pero para cuando el Patriarca quiera llegar hasta aquí ya se habrán diseminado por todo el país. ¡¿Por qué no se compraría un acuario con peces de colores como todo el mundo?!
Mientras Aarón se las veía con su sierpe, otras se acercaban a ellos. Y al mismo tiempo, más sierpes comenzaban a avanzar en todas direcciones. Tal y como dijo Marcos, pronto estarían disgregadas por todas partes.
Un grupo de ellas avanzaba a gran velocidad hacía la caravana del publico que había venido a ser testigo de la batalla. Murga las veía acercarse, con los huevos de corbata.
-Oh, mierda…
Debía hacer lo que dijo Marcos y marcharse de allí con toda la caravana. Pero una de las sierpes ya se cernía sobre ellos. Aquella inmensa mole negra ya abría sus fauces y se lanzaba sobre la gente, que gritaba de terror. Pero entonces algo pasó cortando el aire y golpeó al gigantesco ofidio en su triangular testa.
El público estalló en vítores ante su alado salvador, que surcaba el cielo.
-¿Es un pájaro?
-¿Es un avión?
-¿Es… una manticora?
-¡¿Sois imbéciles?! –Gritó en ángel-bestia, perdiéndose en la lejanía.
Murga dio un suspiro de alivio, pero no podía entretenerse, debían aprovechar ahora que la sierpe estaba atontada por el golpe.
-¡Vamos, debemos volver al Coliseo! –Le ordenó a los conductores de los carromatos-. ¡Suban a sus carromatos! –Ordenó ahora al público.
Y esta vez estaban demasiado acojonados como para  desobedecer. Murga iba a subirse también cuando Tiburón salió como alma que lleva el diablo en dirección a donde el ángel se había ido.
-¡La madre que le echó!
-Señor, no podemos esperar más –dijo uno de los conductores.
-¡Mierda! Bueno, vale, iros. Ya me las apañare.
Murga no había terminado de decir aquello cuando los carromatos salieron disparados de allí.

Mientras, Aarón seguía enzarzado con su sierpe. El grotesco monstruo chorreaba oscura sangre por las múltiples heridas que Aarón le había causado en la cabeza. Ya desesperado, el monstruo se lanzó de nuevo sobre él, pero Aarón hizo lo mismo, pasando por debajo de aquella cabezota y hundiendo su espadón en la garganta de la criatura.
-¡Ja! ¡Sierpes de la muerte a mí! –Saltó el bárbaro, triunfante.
Pero otra sierpe ya se cernía sobre él, desencajando su ya de por si exagerada mandíbula, y lanzándose sobre el bárbaro para devorarle de un  solo bocado, a él y a cuantos estaban a su alrededor.
-¡Cuidado, hermano! –Le gritó Barquín.
Aarón se giró, con una amplia y sádica sonrisa.
-¡Ah! ¡¿Tú también quieres, eh?!
Preparó su espada para contraatacar. Pero algo se le adelantó. Willy, que volaba a ras de suelo como una bala, ya con su espadón preparado, llegó hasta ellos, ganando rápidamente altura para pasar sobre Aarón y darle un golpe de revés con su arma al reptil, cuya cabeza giró a causa del impacto y sus mandíbulas se cerraron. En ángel cogió un poco más de altura y se dio la vuelta, al mismo tiempo que se sacaba la lanza que llevaba a la espalda. Plegó sus alas y se lanzó en picado sobre el aún aturullado monstruo, hundiendo la lanza en su cráneo. La cabeza del reptil calló con pesadez al suelo, provocado un ligero temblor en el suelo, y la lanza atravesó la tierra.
Aarón se quedó mirando al nuevo integrante de la lucha con su mirada asesina, y entonces le apuntó con su puño de amenazar.
-¡Ese era mío!
Pero el ángel no le hizo el menor caso. Estaba demasiado ocupado arrancando su lanza del suelo y del cráneo de la sierpe, mientras farfullaba maldiciones.
-Mata a nosequién, me dijo. Olvídate de  nosequién, me dijo después –con un último tirón recuperó su arma-. Mata a las sierpes, se le ocurrió decirme más tarde. ¡No soy su puto criado!
Y con espada y lanza en mano, alzó el vuelo en pos de otra sierpe que se acercaba.
-¿Ese no era el ángel de Oli? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parecía –respondió Marcos.
-Pues se ve que las ortopedias estaban cerradas y tuvo que ir a un zoo.
En ese momento llegó Tiburón, rebuznando como un poseso, y poco después Murga.
-¡¿No te dije que sacaras a la gente de aquí?! –Dijo Marcos.
-Si ya se han largao. Yo he tenido que ir a buscar a este tonto, que ha salido por patas –tomó las riendas de Tiburón para que no se escapase de nuevo-. Por cierto ¿Habéis visto al ángel de Oli?
-Sí.
Murga se rió.
-¿Y habéis visto las patas que le han puesto?
Los demás también se rieron.
-Sí.
Todos dirigieron su mirada al ángel-bestia, que seguía luchando contra una de las sierpes.
Aquellos animales eran verdaderamente rápidos. Y ese en particular estaba, además, realmente furioso, repartiendo dentelladas de forma tan veloz que Willy no encontraba ningún punto ciego donde contraatacar. El ángel se decidió entonces por otra estrategia. Aterrizó sobre el enorme cuerpo de la bestia, a medio camino de la cabeza, y trotó hacia ella. Pero cuando ya alcanzaba el cuello la sierpe se giró, ya con sus fauces abiertas, mostrando aquellos colmillos más grandes que un hombre. En el último instante Willy tomó impulso sobre sus patas felinas y saltó, esquivando aquella gigantesca boca y aterrizando sobre el cráneo del reptil. La sierpe agitaba la cabeza de forma frenética, tratando de librarse de aquel parásito blanco. Pero Willy se había fijado muy bien, clavando sus cuatro garras sobre aquellas duras escamas. Alzó su espadón y lo hundió en la cabeza de la sierpe, llegando al cerebro y matándola. Antes de que el cadáver tocase el suelo, otra sierpe se abalanzaba sobre él, con sus fauces abiertas, dispuesta a devorarle de un solo bocado. La espada de Willy aún seguía clavada en la cabeza de la otra sierpe, así que tuvo que alzar de manera inmediata su lanza, que atravesó el paladar del nuevo atacante, pero este contuvo su arremetida antes de que la punta del arma tocase el cerebro. La nueva sierpe sacudió su cabeza y Willy, que no tenía intención alguna de soltar su lanza, fue separado de la cabeza del otro reptil, justo cuando ya se desplomaba sobre el suelo. La sierpe que ahora atacaba al ángel abrió aún más sus fauces, dificultado que Willy pudiese terminar de clavar su lanza. La bífida lengua del monstruo le rodeo por la cintura, tirando de él hacía la oscura garganta. Pero la espada del ángel ya estaba libre, así que, de un mandoblazo, la cortó, y tomando impulso, se giró y saltó fuera de la boca, sacando la lanza en el proceso. Aunque no fue lo bastante rápido. La boca de la sierpe se cerró, atrapándole su cola de jaguar.
-¡Au! –Gritó en ángel-bestia, que se giró y comenzó a hundir su espada varias veces sobre la cabeza de la sierpe-. ¡Suelta, suelta, suelta, suelta!
Y como si de un torero se tratase, clavó su lanza y luego su espadón en la cabeza de la sierpe, derribándola. Batió sus alas, tratando de ganar un poco más de altura, pero dos nuevas sierpes se abalanzaron sobre él.
-¡¿La madre que las…?!
Desde abajo, aquellos que quedaban en el centro del claro, seguían observando la pelea del ángel-bestia con las sierpes.
-No aguantará mucho más así… -Observaba Marcos-. Son demasiadas.
-Creo que ahora deberíamos preocuparnos por nosotros mismos –dijo Cara Pedrusco.
Más sierpes se acercaban a ellos.
-Creo que en estos momentos lo de pelear… no me parece una opción –observó Murga.
-¡Lo dirás tú! –Respondió Aarón.
-Señor, tiene razón, debemos huir. Puede que haya muchas, pero tal vez logremos encontrar un resquicio por donde escapar.
-No lo creo –rebatió Marcos-. Observad bien.
Pronto todos entendieron a lo que el invocador se refería. Las bestias del ejército de Oli que quedaban diseminadas por el bosque habían salido en estampida, espantadas por las sierpes de la muerte. Matando a su paso a los soldados de la Cábala y del Bosque de Froxá que intentaban escapar.
-Estamos jodiditos… -comenzó a murmurar Cara Pedrusco, con la mirada ida-. Estamos jodiditos…jodiditos… ¡Estamos jodiditos, jodiditos, jodiditos! ¡Estamos jodiditos! ¡Jodiditos, jodiditos!
Pero Aarón le tomó por los hombros y le dio un bofetón.
-¡Controladito! ¡Leches!
Cara Pedrusco pareció reaccionar y calmarse.
-Gracias, señor, no sé que me pasó.
Pero Aarón siguió dándole sonoras bofetadas.
-Esto… creo que ya está bien –dijo Murga.
-¡Lo sé! Pero me gusta darle sopapos.
-Será mejor que estéis atentos –dijo Marcos, retrocediendo.
Las sierpes ya se les venían encima.
Decidido, Barquín se puso en pie. 

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