-Por fin vuelvo a ser yo
–decía Barquín, mirándose las manos, tan sorprendido como agotado-. Recuerdo
todo lo que pasó. Antes y después de que mi hermano venciese a Rafatus.
Recuerdo que…
Pero entonces Aarón comenzó
a pisotearle.
-¡¿Y por qué no recuerdas
como callarte la boca?! ¡Deja tu viajecito por el callejón de la memoria para
más tarde!
Lo cierto era que en esas
circunstancias había que darle la razón a Aarón. Ahora se encontraban en medio
de un lío bastante gordo. Rodeados de sierpes de la muerte del tamaño de
portaaviones.
Cara Pedrusco no sabía
hacia donde apuntar con su espada.
-¿Qué vamos a hacer?
Aarón le lanzó una dura
mirada.
-¿Es que no está claro? -Y
agarró a su hermano, tratando de abrirle la boca a la fuerza-. ¡Venga, ya estás
tragándotelas todas otra vez!
-¡Agh! ¡Suéltame, me haces
daño!
-No seas animal –dijo
Marcos-. Así no conseguirás nada.
-¿Y no puedes hacer el
hechizo para volver a encerrarlas en su interior? –Preguntó Cara Pedrusco.
-¡Pero a mi dejadme en paz!
–Protestó Barquín, pero nadie le hizo caso.
-No, solo el Patriarca
puede.
-¡Pues vamos donde el
Patriarca ese! –Gritó Aarón.
-Sí, claro, muy fácil ¿No
ves que estamos rodeados? Nos devorarán antes de que salgamos del bosque.
-¡Entonces las mataré yo
mismo!
Una de las sierpes reptaba
hacia ellos, devastando el camino a su paso. Aarón se lanzó como un poseso
hacía ella, y comenzó a darle mandoblazos con Segadora Letal en su enorme
cabeza.
-No podrá con todas, son
centenares –dijo Cara Pedrusco.
-No, claro que no podrá.
Hay que volver a encerrarlas. Pero para cuando el Patriarca quiera llegar hasta
aquí ya se habrán diseminado por todo el país. ¡¿Por qué no se compraría un
acuario con peces de colores como todo el mundo?!
Mientras Aarón se las veía
con su sierpe, otras se acercaban a ellos. Y al mismo tiempo, más sierpes
comenzaban a avanzar en todas direcciones. Tal y como dijo Marcos, pronto
estarían disgregadas por todas partes.
Un grupo de ellas avanzaba
a gran velocidad hacía la caravana del publico que había venido a ser testigo
de la batalla. Murga las veía acercarse, con los huevos de corbata.
-Oh, mierda…
Debía hacer lo que dijo
Marcos y marcharse de allí con toda la caravana. Pero una de las sierpes ya se
cernía sobre ellos. Aquella inmensa mole negra ya abría sus fauces y se lanzaba
sobre la gente, que gritaba de terror. Pero entonces algo pasó cortando el aire
y golpeó al gigantesco ofidio en su triangular testa.
El público estalló en
vítores ante su alado salvador, que surcaba el cielo.
-¿Es un pájaro?
-¿Es un avión?
-¿Es… una manticora?
-¡¿Sois imbéciles?! –Gritó
en ángel-bestia, perdiéndose en la lejanía.
Murga dio un suspiro de
alivio, pero no podía entretenerse, debían aprovechar ahora que la sierpe
estaba atontada por el golpe.
-¡Vamos, debemos volver al
Coliseo! –Le ordenó a los conductores de los carromatos-. ¡Suban a sus
carromatos! –Ordenó ahora al público.
Y esta vez estaban
demasiado acojonados como para
desobedecer. Murga iba a subirse también cuando Tiburón salió como alma
que lleva el diablo en dirección a donde el ángel se había ido.
-¡La madre que le echó!
-Señor, no podemos esperar
más –dijo uno de los conductores.
-¡Mierda! Bueno, vale,
iros. Ya me las apañare.
Murga no había terminado de
decir aquello cuando los carromatos salieron disparados de allí.
Mientras, Aarón seguía
enzarzado con su sierpe. El grotesco monstruo chorreaba oscura sangre por las
múltiples heridas que Aarón le había causado en la cabeza. Ya desesperado, el
monstruo se lanzó de nuevo sobre él, pero Aarón hizo lo mismo, pasando por
debajo de aquella cabezota y hundiendo su espadón en la garganta de la
criatura.
-¡Ja! ¡Sierpes de la muerte
a mí! –Saltó el bárbaro, triunfante.
Pero otra sierpe ya se
cernía sobre él, desencajando su ya de por si exagerada mandíbula, y lanzándose
sobre el bárbaro para devorarle de un
solo bocado, a él y a cuantos estaban a su alrededor.
-¡Cuidado, hermano! –Le
gritó Barquín.
Aarón se giró, con una
amplia y sádica sonrisa.
-¡Ah! ¡¿Tú también quieres,
eh?!
Preparó su espada para
contraatacar. Pero algo se le adelantó. Willy, que volaba a ras de suelo como
una bala, ya con su espadón preparado, llegó hasta ellos, ganando rápidamente
altura para pasar sobre Aarón y darle un golpe de revés con su arma al reptil,
cuya cabeza giró a causa del impacto y sus mandíbulas se cerraron. En ángel
cogió un poco más de altura y se dio la vuelta, al mismo tiempo que se sacaba
la lanza que llevaba a la espalda. Plegó sus alas y se lanzó en picado sobre el
aún aturullado monstruo, hundiendo la lanza en su cráneo. La cabeza del reptil
calló con pesadez al suelo, provocado un ligero temblor en el suelo, y la lanza
atravesó la tierra.
Aarón se quedó mirando al
nuevo integrante de la lucha con su mirada asesina, y entonces le apuntó con su
puño de amenazar.
-¡Ese era mío!
Pero el ángel no le hizo el
menor caso. Estaba demasiado ocupado arrancando su lanza del suelo y del cráneo
de la sierpe, mientras farfullaba maldiciones.
-Mata a nosequién, me dijo.
Olvídate de nosequién, me dijo después
–con un último tirón recuperó su arma-. Mata a las sierpes, se le ocurrió
decirme más tarde. ¡No soy su puto criado!
Y con espada y lanza en
mano, alzó el vuelo en pos de otra sierpe que se acercaba.
-¿Ese no era el ángel de Oli?
–Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parecía –respondió
Marcos.
-Pues se ve que las
ortopedias estaban cerradas y tuvo que ir a un zoo.
En ese momento llegó
Tiburón, rebuznando como un poseso, y poco después Murga.
-¡¿No te dije que sacaras a
la gente de aquí?! –Dijo Marcos.
-Si ya se han largao. Yo he
tenido que ir a buscar a este tonto, que ha salido por patas –tomó las riendas
de Tiburón para que no se escapase de nuevo-. Por cierto ¿Habéis visto al ángel
de Oli?
-Sí.
Murga se rió.
-¿Y habéis visto las patas
que le han puesto?
Los demás también se
rieron.
-Sí.
Todos dirigieron su mirada
al ángel-bestia, que seguía luchando contra una de las sierpes.
Aquellos animales eran
verdaderamente rápidos. Y ese en particular estaba, además, realmente furioso,
repartiendo dentelladas de forma tan veloz que Willy no encontraba ningún punto
ciego donde contraatacar. El ángel se decidió entonces por otra estrategia.
Aterrizó sobre el enorme cuerpo de la bestia, a medio camino de la cabeza, y
trotó hacia ella. Pero cuando ya alcanzaba el cuello la sierpe se giró, ya con
sus fauces abiertas, mostrando aquellos colmillos más grandes que un hombre. En
el último instante Willy tomó impulso sobre sus patas felinas y saltó,
esquivando aquella gigantesca boca y aterrizando sobre el cráneo del reptil. La
sierpe agitaba la cabeza de forma frenética, tratando de librarse de aquel
parásito blanco. Pero Willy se había fijado muy bien, clavando sus cuatro
garras sobre aquellas duras escamas. Alzó su espadón y lo hundió en la cabeza
de la sierpe, llegando al cerebro y matándola. Antes de que el cadáver tocase
el suelo, otra sierpe se abalanzaba sobre él, con sus fauces abiertas,
dispuesta a devorarle de un solo bocado. La espada de Willy aún seguía clavada
en la cabeza de la otra sierpe, así que tuvo que alzar de manera inmediata su
lanza, que atravesó el paladar del nuevo atacante, pero este contuvo su
arremetida antes de que la punta del arma tocase el cerebro. La nueva sierpe
sacudió su cabeza y Willy, que no tenía intención alguna de soltar su lanza,
fue separado de la cabeza del otro reptil, justo cuando ya se desplomaba sobre el
suelo. La sierpe que ahora atacaba al ángel abrió aún más sus fauces,
dificultado que Willy pudiese terminar de clavar su lanza. La bífida lengua del
monstruo le rodeo por la cintura, tirando de él hacía la oscura garganta. Pero
la espada del ángel ya estaba libre, así que, de un mandoblazo, la cortó, y tomando
impulso, se giró y saltó fuera de la boca, sacando la lanza en el proceso.
Aunque no fue lo bastante rápido. La boca de la sierpe se cerró, atrapándole su
cola de jaguar.
-¡Au! –Gritó en
ángel-bestia, que se giró y comenzó a hundir su espada varias veces sobre la
cabeza de la sierpe-. ¡Suelta, suelta, suelta, suelta!
Y como si de un torero se
tratase, clavó su lanza y luego su espadón en la cabeza de la sierpe,
derribándola. Batió sus alas, tratando de ganar un poco más de altura, pero dos
nuevas sierpes se abalanzaron sobre él.
-¡¿La madre que las…?!
Desde abajo, aquellos que
quedaban en el centro del claro, seguían observando la pelea del ángel-bestia
con las sierpes.
-No aguantará mucho más
así… -Observaba Marcos-. Son demasiadas.
-Creo que ahora deberíamos
preocuparnos por nosotros mismos –dijo Cara Pedrusco.
Más sierpes se acercaban a
ellos.
-Creo que en estos momentos
lo de pelear… no me parece una opción –observó Murga.
-¡Lo dirás tú! –Respondió
Aarón.
-Señor, tiene razón,
debemos huir. Puede que haya muchas, pero tal vez logremos encontrar un
resquicio por donde escapar.
-No lo creo –rebatió
Marcos-. Observad bien.
Pronto todos entendieron a
lo que el invocador se refería. Las bestias del ejército de Oli que quedaban
diseminadas por el bosque habían salido en estampida, espantadas por las
sierpes de la muerte. Matando a su paso a los soldados de la Cábala y del
Bosque de Froxá que intentaban escapar.
-Estamos jodiditos…
-comenzó a murmurar Cara Pedrusco, con la mirada ida-. Estamos
jodiditos…jodiditos… ¡Estamos jodiditos, jodiditos, jodiditos! ¡Estamos
jodiditos! ¡Jodiditos, jodiditos!
Pero Aarón le tomó por los
hombros y le dio un bofetón.
-¡Controladito! ¡Leches!
Cara Pedrusco pareció
reaccionar y calmarse.
-Gracias, señor, no sé que
me pasó.
Pero Aarón siguió dándole
sonoras bofetadas.
-Esto… creo que ya está
bien –dijo Murga.
-¡Lo sé! Pero me gusta
darle sopapos.
-Será mejor que estéis
atentos –dijo Marcos, retrocediendo.
Las sierpes ya se les
venían encima.
Decidido, Barquín se puso
en pie.
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