-¡Oh! ¡El ángel va a
cantar! –Gritaba la gente, en todas partes, presa de la esperanza, el regocijo
por la fe, y el fanatismo por una nueva creencia en esa tierra.
Y de nuevo en Las Tierras De Pesadilla…
Todos con gafas de sol.
-¿Va a cantar? –Preguntó
Cara Pedrusco.
-Eso parece… -respondió
Marcos.
-¡No quiero cantos! –Gritó
Aarón.
-Yo debería ir pensando un
sitio para esconderme… -siguió Barquín.
Willy abrió la boca y…
-¡EH, DISCÍPULOS! ¡YA ESTÁIS
ZUMBANDO PARA ACÁ! ¡VAMOS, OS QUIERO AQUÍ A LA DE YA! ¡VENGA!
-Madre de Dios… -dijo Cara
Pedrusco, aún con los oídos tapados.
-¡¿Veis?! ¡Así se grita!
–Dijo Aarón.
Una oleada de cientos de
lucecillas blancas emergieron de todos los rincones de Olilandia a ascendieron
al llamado del ángel, rodeándole.
Willy les dio la orden
mental y rápidamente descendieron de nuevo, introduciéndose en la cabeza de las
sierpes de la muerte.
-¡Lo ha conseguido! –Saltó
Marcos.
-Sí, bueno, celébralo luego
–dijo Murga-. ¡Vienen todas hacia aquí!
-Habría que ir pensando en
irse.
-Señor ¿Qué ordena?
–Preguntó Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ordeno que emigres!
–Respondió el bárbaro-. ¡Ya me he cansado de oírte!
Murga se montó sobre
tiburón.
-Yo también acataré esa
orden –se unió Murga.
-Bueno –dijo Marcos-. Pues…
¡Ha sido un placer!
El invocador se esfumó. Se
había transportado al especio de demencia. Dentro de aquella oscura y
distorsionada dimensión corrió tan rápido como pudo y regresó de nuevo al plano
real, apareciendo a varios metros de donde había dejado a sus “compañeros”.
-¡A más ver! –Gritó desde
la lejanía, agitando una mano. Y se alejó corriendo de allí.
-Que puto tramposo –dijo
Murga-. En fin, nosotros también nos marchamos –miró a Barquín-. Espero… que…
podamos… volver a vernos.
-¿En serio? –Dijo Barquín,
con ojos húmedos.
-Em… ¡Claro! –Respondió
Murga, con una forzadísima sonrisa.
-Señor, prometo volver para
buscarle –le dijo Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ni se te ocurra!
Y ambos, tío con barba
sobre burro gigante y centauro de proporciones extrañas, salieron al trote de
allí, antes de que las sierpes cortasen toda vía de escape.
-Hermano, tú también puedes
irte si quieres –le dijo Barquín al bárbaro, una vez estuvieron solos-. Esto
puede ponerse peligroso.
-¡Sí, como que te vas a
librar de la paliza que te debo!
-…
Las sierpes comenzaron a
rodearles, y Barquín fue absorbiéndolas conforme se acercaban.
Conforme iba asimilando más
sierpes en su interior más iba cambiando, recuperando aquel matiz tiznado y
cochambroso característico del campeón de la Cábala.
-Hermano… lo siento… -decía
Barquín, entre sierpe y sierpe-. Siento que vuelvo a cambiar. Vuelvo a perderme
a mí mismo. Vuelvo a ser el Campeón de la Cábala. Espero que puedas perdonare,
no quería que esto acabase así, pero es la única forma… -Drama y más drama.
-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba
Aarón, sin siquiera mirarle.
Desde el cielo, Willy
observaba tranquilamente como Barquín absorbía las sierpes, a espera de que
terminase su valor para así poder acabar con él y matar dos pájaros de un tiro.
Pero entonces sintió de nuevo una sensación extraña. Era la misma presencia que
sintió momentos antes y que se extinguió. Era una presencia muy familiar pero…
¡No caía en quien! Se esforzó en recordar. Recordar… recodar… ¡Lo recordó! El
tío rubio gritón lo había mencionado antes ¡Claro! ¡Se trataba de Oli, su
creador!
-¡Pero qué listo soy! –Dijo
el ángel-bestia, orgulloso de sí mismo.
Batió sus alas y voló en
dirección a aquel etéreo llamado, bastante molesto.
-No entiendo a qué fin estoy
haciendo esto –decía por el camino-. Supongo que como es mi creador es lo
lógico. Él está en problemas yo voy. Tiene sentido ¿O será algún defecto de
fábrica? –Se arrancó una etiqueta a su espalda-. Veamos… instrucciones… -Las
leyó un poco por encima-. ¡Aquí no decía nada de estas simbiosis tan raras! En
fin… que le vamos a hacer.
Ya se acercaba al palacio
de Olus, que parecía bastante dañado.
Barquín absorbió a las
últimas sierpes de la muerte. Un enorme eructo resonó por todo el bosque y… el
Campeón de la Cábala se desplomó en el suelo, inconsciente.
Aarón le dio un par de
patadas.
-¡Te dije que si te morías
te las apañabas tú solo!
Barquín entreabrió los
ojos.
-Hermano… ayúdame…
-¡No! –El bárbaro se dio la
vuelta y comenzó a alejare de allí-. Tengo que volver al bosque para que esa
voz estúpida me devuelva mi otra espada ¡Y en cuanto la tenga ya verás! ¡Qué
aún te la tengo guardada! ¡Eres una hermana muy desobediente!
-Hermano… no me dejes…
vuelve a estar maldito pero sé que tú puedes salvarme… -imploraba Barquín.
Pero Aarón continuó su
avance.
-¡Bla, bla, bla!
Willy sobrevoló el palacio
de Olus, que presentaba bastantes desperfectos. Los residuos de la presencia de
Oli que aún se mantenían en el ambiente le llevaron desde la terraza de la
torre más alta del castillo, hasta los baños termales, y de allí a las
catacumbas del palacio.
Sus patas felinas se
posaron sobre el encharcado suelo. Allí estaban los últimos vestigios de la
presencia de su creador, pero no había rastro de él ni de la sierpe que técnicamente
le devoró. Y lo más extraño era que el ángel estaba seguro de que dicha sierpe
no fue absorbida por Barquín. Por alguna razón ningún discípulo entró en ella.
Paseó su mirada por todo
aquel enorme lugar, hasta que dio con algo. Tres sombras. Tres sombras del
creador, que se mantenían inmóviles a unos pocos metros de él. Eran los
portales de huida de Oli. O lo que quedaba de ellos.
Pronto Willy llegó a una
conclusión: El creador se había ido. Con la desaparición de las sierpes y de
aquel que insuflaba de vida a aquellas tierras, Olilandia se vio sumida en el
silencio.
El ángel mostró una
siniestra sonrisa y se echó a reír.
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