viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 28: Silencio


-¡Oh! ¡El ángel va a cantar! –Gritaba la gente, en todas partes, presa de la esperanza, el regocijo por la fe, y el fanatismo por una nueva creencia en esa tierra.
 Y de nuevo en Las Tierras De Pesadilla…
Todos con gafas de sol.
-¿Va a cantar? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parece… -respondió Marcos.
-¡No quiero cantos! –Gritó Aarón.
-Yo debería ir pensando un sitio para esconderme… -siguió Barquín.
Willy abrió la boca y…
-¡EH, DISCÍPULOS! ¡YA ESTÁIS ZUMBANDO PARA ACÁ! ¡VAMOS, OS QUIERO AQUÍ A LA DE YA! ¡VENGA!
-Madre de Dios… -dijo Cara Pedrusco, aún con los oídos tapados.
-¡¿Veis?! ¡Así se grita! –Dijo Aarón.
Una oleada de cientos de lucecillas blancas emergieron de todos los rincones de Olilandia a ascendieron al llamado del ángel, rodeándole.
Willy les dio la orden mental y rápidamente descendieron de nuevo, introduciéndose en la cabeza de las sierpes de la muerte.
-¡Lo ha conseguido! –Saltó Marcos.
-Sí, bueno, celébralo luego –dijo Murga-. ¡Vienen todas hacia aquí!
-Habría que ir pensando en irse.
-Señor ¿Qué ordena? –Preguntó Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ordeno que emigres! –Respondió el bárbaro-. ¡Ya me he cansado de oírte!
Murga se montó sobre tiburón.
-Yo también acataré esa orden –se unió Murga.
-Bueno –dijo Marcos-. Pues… ¡Ha sido un placer!
El invocador se esfumó. Se había transportado al especio de demencia. Dentro de aquella oscura y distorsionada dimensión corrió tan rápido como pudo y regresó de nuevo al plano real, apareciendo a varios metros de donde había dejado a sus “compañeros”.
-¡A más ver! –Gritó desde la lejanía, agitando una mano. Y se alejó corriendo de allí.
-Que puto tramposo –dijo Murga-. En fin, nosotros también nos marchamos –miró a Barquín-. Espero… que… podamos… volver a vernos.
-¿En serio? –Dijo Barquín, con ojos húmedos.
-Em… ¡Claro! –Respondió Murga, con una forzadísima sonrisa.
-Señor, prometo volver para buscarle –le dijo Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ni se te ocurra!
Y ambos, tío con barba sobre burro gigante y centauro de proporciones extrañas, salieron al trote de allí, antes de que las sierpes cortasen toda vía de escape.
-Hermano, tú también puedes irte si quieres –le dijo Barquín al bárbaro, una vez estuvieron solos-. Esto puede ponerse peligroso.
-¡Sí, como que te vas a librar de la paliza que te debo!
-…
Las sierpes comenzaron a rodearles, y Barquín fue absorbiéndolas conforme se acercaban.
Conforme iba asimilando más sierpes en su interior más iba cambiando, recuperando aquel matiz tiznado y cochambroso característico del campeón de la Cábala.
-Hermano… lo siento… -decía Barquín, entre sierpe y sierpe-. Siento que vuelvo a cambiar. Vuelvo a perderme a mí mismo. Vuelvo a ser el Campeón de la Cábala. Espero que puedas perdonare, no quería que esto acabase así, pero es la única forma… -Drama y más drama.
-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba Aarón, sin siquiera mirarle.
Desde el cielo, Willy observaba tranquilamente como Barquín absorbía las sierpes, a espera de que terminase su valor para así poder acabar con él y matar dos pájaros de un tiro. Pero entonces sintió de nuevo una sensación extraña. Era la misma presencia que sintió momentos antes y que se extinguió. Era una presencia muy familiar pero… ¡No caía en quien! Se esforzó en recordar. Recordar… recodar… ¡Lo recordó! El tío rubio gritón lo había mencionado antes ¡Claro! ¡Se trataba de Oli, su creador!
-¡Pero qué listo soy! –Dijo el ángel-bestia, orgulloso de sí mismo.
Batió sus alas y voló en dirección a aquel etéreo llamado, bastante molesto.
-No entiendo a qué fin estoy haciendo esto –decía por el camino-. Supongo que como es mi creador es lo lógico. Él está en problemas yo voy. Tiene sentido ¿O será algún defecto de fábrica? –Se arrancó una etiqueta a su espalda-. Veamos… instrucciones… -Las leyó un poco por encima-. ¡Aquí no decía nada de estas simbiosis tan raras! En fin… que le vamos a hacer.
Ya se acercaba al palacio de Olus, que parecía bastante dañado.

Barquín absorbió a las últimas sierpes de la muerte. Un enorme eructo resonó por todo el bosque y… el Campeón de la Cábala se desplomó en el suelo, inconsciente.
Aarón le dio un par de patadas.
-¡Te dije que si te morías te las apañabas tú solo!
Barquín entreabrió los ojos.
-Hermano… ayúdame…
-¡No! –El bárbaro se dio la vuelta y comenzó a alejare de allí-. Tengo que volver al bosque para que esa voz estúpida me devuelva mi otra espada ¡Y en cuanto la tenga ya verás! ¡Qué aún te la tengo guardada! ¡Eres una hermana muy desobediente!
-Hermano… no me dejes… vuelve a estar maldito pero sé que tú puedes salvarme… -imploraba Barquín.
Pero Aarón continuó su avance.
-¡Bla, bla, bla!

Willy sobrevoló el palacio de Olus, que presentaba bastantes desperfectos. Los residuos de la presencia de Oli que aún se mantenían en el ambiente le llevaron desde la terraza de la torre más alta del castillo, hasta los baños termales, y de allí a las catacumbas del palacio.
Sus patas felinas se posaron sobre el encharcado suelo. Allí estaban los últimos vestigios de la presencia de su creador, pero no había rastro de él ni de la sierpe que técnicamente le devoró. Y lo más extraño era que el ángel estaba seguro de que dicha sierpe no fue absorbida por Barquín. Por alguna razón ningún discípulo entró en ella.
Paseó su mirada por todo aquel enorme lugar, hasta que dio con algo. Tres sombras. Tres sombras del creador, que se mantenían inmóviles a unos pocos metros de él. Eran los portales de huida de Oli. O lo que quedaba de ellos.
Pronto Willy llegó a una conclusión: El creador se había ido. Con la desaparición de las sierpes y de aquel que insuflaba de vida a aquellas tierras, Olilandia se vio sumida en el silencio.
El ángel mostró una siniestra sonrisa y se echó a reír. 

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