viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 27: El Último Recurso


Por si ya tenían pocas esperanzas de por sí, cuando vieron al ángel-bestia elevarse en el aire y pasar completamente de las sierpes su moral besó el suelo.
-Ahora sí que estamos jodiditos… -dijo Cara Pedrusco.
-¡¿Quién necesita a esa cosa rara con alas?! –Bramó Aarón-. ¡Yo mismo me ocuparé de los bicharracos esos!
-Muchas ya estarán lejos –habló ahora Marcos-. La hemos liado pero bien.
-¡Y todo por tu culpa! –Ladró Aarón, señalando a su hermano-. ¡Ya te puedes ir preparando porque la que te espera luego va a ser de órdago!
Barquín se echó a temblar.
Una sierpe se abalanzó sobre ellos. Aarón enarboló su espada con firmeza y descargó un mandoblazo sobre la parte superior de aquella grotesca boca, causándole a la sierpe un profundo corte. Pero esta, lejos de retroceder, golpeó al bárbaro con su fuerte pecho y este cayó hacia atrás, perdiendo su espada. La sierpe volvió a abalanzarse sobre él. Trataba de engullirlo, pero Aarón, aun en el suelo, sujetaba aquellas fauces entre sus manos, con fuerza.
-Serás hija puta… -gruñía, con sumo esfuerzo.
Pero mientras Aarón estaba enfaenado con su sierpe, otra se abalanzó sobre el resto, dispuesta a devorarles a todos de un bocado.
-Con lo bien que estaba yo trotando por el bosque… -dijo Cara Pedrusco, a modo de últimas palabras.
Cerraron los ojos, a espera del fin, pero… No pasó nada.
Cuando los abrieron pudieron ver que la sierpe que los atacaba se había esfumado, igual que la que atacaba a Aarón. Tan solo escucharon a Barquín eructar.
-¿No te las habrás tragado…? –Preguntó Cara Pedrusco, estupefacto.
Barquín asintió, tan sorprendido por lo ocurrido como el resto.
-¡¿Pero cómo?! –Saltó ahora Marcos, igual de confuso-. Solo el Patriarca puede hacer el hechizo de sellado.
-No sé como lo hecho. Simplemente… desee que estuviesen dentro de mí otra vez–explicó Barquín.
-Eres rarito como tú solo –dijo Aarón-. Bueno, pues ya estas jalándote el resto ¡Y rápido!
-Tal vez el hechizo aún no esté roto, por eso Barquín puede volver a introducirlas en su interior –sopesó Marcos-. ¡Bien, es perfecto! Hazle caso a tu hermano, ponte a tragar sierpes como si no hubiese mañana.
Cuatro sierpes más reptaban hacia ellos. Barquín abrió la boca y, como si de una aspiradora se tratase, empezó a absorber a aquellos monstruos, que empequeñecían al acercarse a la boca del Campeón de la Cábala hasta perderse en su interior.
-Perfecto, ya llevamos seis. Solo nos faltan unas mil –dijo Cara Pedrusco.
-Las sierpes siguen alejándose… -observaba Marcos-. Están empañadas en irse a hacer su vida. Tenemos que hacer que se reúnan aquí. Atraerlas de alguna manera. O esto no servirá de nada. 
Todos (a excepción de Aarón, que estaba muy ocupado gritándole a las sierpes) se pusieron a dilucidar algún tipo de estrategia para atraer a las sierpes hasta ellos.
Entonces Marcos calló en algo.
-Tal vez él pueda ayudarnos –dijo, señalando al cielo, donde la figura del ángel se mantenía fija en el aire.
Cara Pedrusco pareció no entenderle.
-¿Crees que hablará pársel?
-No, pero quizá pueda usar a aquella lucecillas que se metieron en vuestras mentes. Si gracias a ellas las sierpes pudieron ser liberadas tal vez puedan ayudar a encerrarlas otra vez.
-No entiendo como…
-Ni yo, pero vale la pena intentarlo.
Tanto el invocador como el centauro comenzaron a llamar al ángel, pero estaba demasiado alto y no podía oírles. Lo que si consiguieron fue atraer a más de las sierpes que aún rondaban por los alrededores.
-¡Mierda! –Protestó Cara Pedrusco.
-¡¿Pero cómo se os va a oír con esos gritos de nenaza?! ¡Ahora veréis! –Aarón tomó aire, mucho aire. Llenó sus pulmones y… tomó más aire aún-. ¡EH, TÚ, ÁNGEL ESTÚPIDO, BAJA AQUÍ AHORA MISMO! ¡VENGA! ¡SI, TÚ, BICHO RARO CON PATAS DE GATO Y ALAS DE GAVIOTA! ¡¿ESQUE NO ME OYES?! ¡VAMOS, BAJA, ESPECIE DE PECADO CONTRA LA NATURALEZA! ¡CRIATURA MUTANTE Y FEA! ¡QUE BAJES HE DICHO, BICHARRACO! ¡HOMBRE-GATO-PALOMO –ESTÚPIDO! ¡BAJA! ¡BAJAAAA!
Toda España se había enterado, pero el ángel seguía sin inmutarse. Sin embargo Aarón no iba a rendirse, siguió berreando como un poseso, haciendo que más sierpes de la muerte se aproximasen hacia ellos.
Y allá arriba, en las alturas, la vena de sien de Willy comenzaba a amenazar con una inminente eyección, mientras un acentuado tic aparecía en su ojo. No había querido moverse del sitio, pero había escuchado todas y cada una de las florituras que ese bárbaro estaba lanzado contra su persona. Pensó que acabaría cansándose de dar gritos, después de todo ninguna persona normal podía chillar a tanto volumen y durante tanto tiempo, pero Aarón parecía tener unos pulmones y una garganta fuera de lo normal.
Apretando la mandíbula con fuerza se dejó caer en picado. Aterrizando pesadamente sobre el suelo, justo frente a Aarón.
-¡¿QUÉ?! –Le chillo en ángel-bestia a la cara, rojo de ira.
-Ah, pues… no lo sé –fue la respuesta del bárbaro.
Otro tic apareció en el ojo del ángel.
-Necesitamos tu ayuda –interrumpió Marcos, antes de que aquello terminase en desastre-. Tenemos una manera de acabar con las sierpes, pero vamos a necesitarte.
La mirada de Willy se desvió hacía Barquín.
-¡Tú! –Dijo, desenvainando su espadón y acercándose amenazadoramente hacia él-. ¡Tú! ¡Tú! Tú… -se paró en el sitio, con las cejas alzadas y cara de no saber muy bien como seguir.
-Barquín –dijo Barquín.
-¡Sí, eso! –Y volvió a  adoptar su amenazadora pose y a acercarse hacia él-. No puedo completar mi misión de acabar con los bichos esos, pero bueno. Se supone que fui creado para matarte así que, que no se diga que no serví para nada.
Ya alzaba su espada cuando Aarón se puso por medio, el acero de ambos chocó entre sí.
-¡Que te he dicho que a mi hermana solo la arreo yo!
-Que aburrido me tienes…
-¡Parad ya, leches! –Gritó Marcos-. Tú –dijo señalando al ángel-. Tienes que hacer que Oli venga.
-¿Qué tengo que hacer venir a quién? –Preguntó el ángel, sin entender nada.
-A Oli… ¡Tú creador! –Se vio obligado a añadir al ver que este parecía seguir sin entender.
-Ahhh… Sí, él –dijo finalmente el ángel. Y entonces pareció caer de pronto en algo importante. Ahora ya entendía cual era esa presencia que había dejado de sentir momentos antes-. Creo que esta muerto –dijo, con sencillez.
-¡¿Qué?!
-Sí, hace un rato sentí algo extraño y… Bueno, dejé de sentir su presencia. Fue todo muy raro, supongo que como es mi creador es algo que me viene de fábrica. Creo que fue devorado por uno de los bichos esos –añadió, señalando a las sierpes.
-Jodiditos… Jodiditos del todo… -se lamentaba Cara Pedrusco.
-Esperad, aunque Oli ya no esté quizá el pueda ser de ayuda –dijo Marcos.
Pero Willy le ignoró.
-Bueno –dijo el ángel-. Cómo… -paró un momento-. Oli. Sí, eso, Oli. Cómo Oli está muerto supongo que ahora puedo hacer lo que me dé la gana.
Y volvió a avanzar hacia Barquín, con su arma preparada.
-¡¿Pero que te he hecho yo?! ¡¿No decías que ahora podías hacer lo que te diese la gana?! ¡Oli ya está muerto, no tienes porque hacer lo que te mandó! –Suplicaba Barquín, desesperado.
-Ya, bueno, pero como te dije fui creado para esto y… -se encogió de hombros-. En fin, algo tengo que hacer.
-Entonces cumple el último deseo de tu señor –dijo Marcos, tratando de disuadir al ángel vengador.
Pero Willy le dedicó una mirada asesina.
-A vosotros sí que no tengo porque haceros caso.
-¡Espera! –Dijo Barquín. Y tomando aire adoptó una postura seria, recia y orgullosa. Algo totalmente inusual en él-. Ayúdanos a acabar con las sierpes, por favor. Cuando todo esto haya acabado podrás matarme si quieres.
El ángel pareció pensárselo.
-¡Hermana no puedes hacer eso! –Gritó Aarón.
-Oh, hermano ¿te preocupas por mí?
 -No, me preocupo porque yo no pienso enterrarte ¡Te las apañas tú solito!
Barquín dio un suspiro y centro de nuevo su atención en el ángel, que seguía mascando la idea.
-Vamos, piénsalo. Habrás cumplido el último deseo de tu creador y luego la misión para la que fuiste creado. Lo conseguirás todo ¡Quedarás como Dios!
Dándose por vencido, Willy envainó su espada, con un gruñido.
-¿Y qué puñetas queréis que haga?
Marcos se acercó a él.
-¿Puedes invocar a las lucecillas esas que se meten en la cabeza de la gente? –Quiso saber el invocador.
-¿A los discípulos? Sí, supongo.
-Perfecto, necesitamos que invoques a tantos como sea posible. Los suficientes para que se meten en la cabeza de todas las sierpes y las hagan venir hasta aquí.
-No entiendo que queréis hacer, pero bueno –dijo el ángel-bestia, mientras comenzaba a elevarse en el aire, mascullando protestas-: Mata a nosequién, olvídate de nosequién, mata a las sierpes, ahora me muero yo, ahora hazle caso a la gente esta, llama a los discípulos… ¡No paro de hacer cosas!
Se elevó muchos metros por encima del suelo, hasta detenerse a casi la misma altura a la que había estado momentos antes, observando cómo las sierpes arrasaban todo a su paso.
Una increíble luz blanca comenzó a rielar de todo su cuerpo. Sus alas se abrieron, cuan largas eran. Aquella imagen pudo ser admirada desde toda la región. Muchos se detuvieron a mirar, en mitad del caos. Incluso las propias sierpes fueron llamadas a observar aquel inmenso destello blanco en mitad del cada vez más oscuro cielo.
Más abajo, Marcos se acercó a Barquín.
-No puedo creerlo… ¡Has servido para algo! –Le felicitó-. Y oye ¿De verdad vas a dejar que te mate después?
-¡No! –Respondió Barquín-. Me esconderé en algún sitio…
De nuevo, en el cielo, Willy alzó la cabeza. Parecía que iba a cantar. Toda la región se paró para observar ese momento. La voz principal del coro celestial iba a dejarse oír en aquella caótica tierra. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario