Con sumo esfuerzo logró
incorporarse. Aún sentía un fuerte dolor interno pero se esforzó en
sobreponerse. Con una temblorosa mano, Oli tomó su bola de cristal y observó.
Tal y como le había ordenado, Willy se enfrentaba a las sierpes de la muerte.
Pero eran demasiadas. No lograría acabar con todas antes de que avanzasen, infestando
el país. La imagen bajó, como si de una cámara se tratase, enfocando ahora al
pequeño y único grupo que quedaba en el sitio del bosque, contemplando la lucha
del ángel. Ahí estaba él. El que fuese el mayor enemigo de Oli seguía vivo y
había cambiado. Ahora el creador, gracias a su discípulo, había entendido mejor
las circunstancias. Barquín tan solo era un vehículo, el verdadero mal había
estado todo el tiempo dentro de él. Y ahora estaba libre. Por eso envió a Willy
a acabar con las sierpes. Pero en vista del panorama… Poco quedaba que se
pudiese hacer.
Sin embargo, a pesar de
saberlo ahora todo había una espina que no se podía sacar. Seguía mirando a
Barquín con profundo odio.
-¡Es que me da rabia,
joder! –Gritó de repente-. ¡Cuando hayamos finiquitado el asunto de las sierpes
volveré a ordenarle a Willy que le mate! ¡Porque si!
Pero ahora había un
problema mucho más grave del que debía preocuparse.
La sentía. Sentía esa
furiosa presencia acercarse a gran velocidad al Palacio de Olus.
-Granicea… -murmuró el
creador.
Inmediatamente se asomó al
enorme balcón. Allí estaba, acercándose a gran velocidad. Una de las sierpes de
la muerte avanzaba directa al castillo. Ya se zambullía en el gran foso y
ninguna de las criaturas que Oli creó para salvaguardar la entrada de su
palacio podría detener a ese inmenso y furioso monstruo. Solo podía hacer una
cosa…
Sacó su móvil y llamó.
En el campo de batalla
Willy trataba, con la única ayuda de sus propias manos, de que aquella inmensa
boca no se cerrase sobre él cuando su teléfono empezó a sonar.
-¡Vaya, que oportuno!
–Gritó el ángel.
Oli se guardó el teléfono,
maldiciendo a su creación.
-¡Que novedad, no me lo
coge!
Tendría que salir de allí
por sus propios medios. ¿Pero cómo? La presencia de aquella sierpe que tan
rápido se acercaba influía en él de forma terrible. Sentía un miedo tan atroz
que no se veía capaz de crear nada. Aunque dudó de que se le ocurriera algo lo
suficientemente monstruoso como para hacerle frente a ese inmenso ser.
Solo podía hacer lo que
mejor sabía hacer… ¡Huir!
Miró a su espalda. Ahí
estaban. Sus nueve sombras. Aquellas oscuras siluetas de sí mismo que le
servían como portales para poder escapar a otro lugar. Sabía que le serían
útiles.
-Solo los usaré como último
recurso –decía el creador, para sí-. Utilizaré el pasaje secreto que lleva a la
parte de atrás del palacio y desde allí…
No pudo terminar de hablar.
Las puertas de cristal que conducían a sus aposentos estallaron en pedazos, y
la gigantesca cabeza de la sierpe se lanzó, con sus fauces abiertas, sobre él.
-¡Joder!
Con un gritó, Oli se lanzó
sobre una de sus sombras, las otras le siguieron y la sombra que usaron como
vía de escape se cerró para siempre.
Oli se encontraba ahora en
uno de sus salones principales, en la parte de abajo, acompañado de las ochos
sombras restantes.
-Dios… que rápida es la
hija puta… -dijo e creador, aún jadeando del susto-. Tengo que salir del
castillo y llegar al bosque. Que Willy me lleve volando a otro estado ¡Que pa algo le cree!
Oli atravesó la enorme
sala, hacia los portones que conducían al hall y a la salida del castillo. Solo
esperaba que la sierpe no hubiese bajado ya hasta allí.
Ya alcanzaba las puertas
cuando estas reventaron y aquella mole negra penetró en el salón.
-¡Su madre!
Oli solo atinó a esquivar
los trozos de madera que volaron hacia él, saltando sobre otra de sus sombras,
que al igual que la anterior se cerró, cuando las demás ya habían pasado.
Ahora se encontraba en una
de las habitaciones de invitados dispuestas en uno de los pisos superiores.
Pero ya sentía la presencia de la sierpe acercándose. Esa presencia que lo
aterraba tanto como le atraía.
Debía escapar. Por muy
grande que fuese el castillo no dejaba de ser una ratonera con ese monstruo
suelto dentro.
De pronto, frente a él, la
cabeza de la sierpe emergió del suelo, y Oli tuvo que saltar sobre otra de sus
sombras, que le llevó de nuevo a la parte de abajo. A unos inmensos baños
termales.
Ya sentía a la sierpe
acercarse de nuevo, y sabía muy bien que ella también le sentía a él. Solo le
quedaban seis portales más, y no podría seguir huyendo por siempre.
La sierpe destrozó aquella
impoluta pared de mármol blanco y muchas de las estatuas decorativas allí
dispuestas cargándose, además, las cañerías en el proceso.
Un torrente de agua llenó
el lugar y Oli tuvo que usar otro de sus portales. Milagrosamente esta vez
aquel portal le condujo al exterior. Pero resultó ser la parte externa de los
baños termales que acababa de abandonar, a apenas unos metros de donde la
sierpe le había atacado momentos antes.
-¡Vaya mierda! –Gritó el
creador.
Y la sierpe salió a su
encuentro, atravesando la pared.
Oli se lanzó sobre otra de
sus sombras y esta vez fue llevado a una especie de mazmorras, en las
catacumbas del palacio. Aquel era un lugar del que todavía no había decidido su
uso, pero muchas de las cañerías del palacio que hacían funcionar las decenas
de cascadas artificiales que caían de los torreones pasaban por allí.
-¡Genial, atrapado como un
rata otra vez! –El creador maldecía su suerte-. ¡Debí haber programado los
lugares a los que llegar!
Ya sentía a la sierpe
acercarse hacía allí, a gran velocidad. Observó a sus sombras. Solo le quedaban
tres, y sabía que no servirían de nada. Debía acabar con aquello ya.
La sierpe destrozó una
buena parte del techo y de una pared al entrar allí. Enorme chorros de agua
comenzaron a inundar el suelo de fría piedra.
El reptil se irguió sobre
él, tanteando a su presa, con sus anillos tensados y su cuello encorvado, listo
para abalanzase sobre él.
Pero entre todo aquel mar
de furia y oscuridad, Oli podía sentir claramente la presencia de su amada. Sí,
él lo sabía desde el principio. Desde que descubrió lo que eran las sierpes de
la muerte. Aquella era la sierpe que contenía la esencia de su amada, Granizea.
Y ella había venido a buscarle.
-Amor mío… -susurró Oli. La
sierpe siseó, de forma amenazante. Aquellos enormes ojos negros, vacíos de
todo, estaban fijos en él. Oli tragó saliva con fuerza e hizo acopio de todo el
valor que le quedaba. Ya había aceptado su destino-. Granizea…
La sierpe abrió sus
descomunales fauces y se lanzó sobre el creador.
Y de nuevo en el campo de
batalla, Willy había ideado una nueva forma de hacer más rápida la eliminación
de las sierpes. Se mantenía fijado sobre la cabeza de una de ellas, haciendo de
señuelo, y cuando otra se lanzaba sobre él alzaba el vuelo, dejando que la
sierpe atacante golpease a la otra, así podía aprovechar ese momento para
hundir su lanza en la sierpe atacante y rematar a la otra (Más o menos.
Evidentemente las maniobras nunca están exactas).
Tras librarse de las dos
últimas que lo habían atacado se elevó en el aire. Ya llevaba así buen rato, y
solo se había cargado a unas sesenta. Comenzó a hacer cálculos mentales: Si
había tardado aquel lapso de tiempo en matar a ese número de sierpes, y
mantenía aquella dinámica de combate con las demás, solo tardaría en acabar con
las restantes…
-Unos dos o tres años…
–dijo, con una ceja arqueada-. ¡Se acabó, yo paso ya!
De todas formas tampoco
tenía mucho sentido seguir. Ya muchas de las sierpes estaban lejos de allí, y
el ángel se sentía ya agotado.
De pronto un extraño
sentimiento sacudió a Willy por dentro. Algo había ocurrido. Era como si una
presencia muy importante se hubiese esfumado, pero… ¿Quién? El ángel-bestia no
entendía nada.
Encogiéndose de hombros,
envainó su espadón detrás de su cintura, y se colocó la lanza a la espalda.
Aquello ya no tenía sentido. Si esas sierpes querían destruir el mundo que se
divirtiesen, él ya estaba aburrido. Se elevó, muy por encima del rango de
alcance de aquellos inmensos monstruos, plegó sus alas y se quedó flotando en
el aire, observando con neutro semblante el final del país.
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