viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 26: Encuentro Predestinado


Con sumo esfuerzo logró incorporarse. Aún sentía un fuerte dolor interno pero se esforzó en sobreponerse. Con una temblorosa mano, Oli tomó su bola de cristal y observó. Tal y como le había ordenado, Willy se enfrentaba a las sierpes de la muerte. Pero eran demasiadas. No lograría acabar con todas antes de que avanzasen, infestando el país. La imagen bajó, como si de una cámara se tratase, enfocando ahora al pequeño y único grupo que quedaba en el sitio del bosque, contemplando la lucha del ángel. Ahí estaba él. El que fuese el mayor enemigo de Oli seguía vivo y había cambiado. Ahora el creador, gracias a su discípulo, había entendido mejor las circunstancias. Barquín tan solo era un vehículo, el verdadero mal había estado todo el tiempo dentro de él. Y ahora estaba libre. Por eso envió a Willy a acabar con las sierpes. Pero en vista del panorama… Poco quedaba que se pudiese hacer.
Sin embargo, a pesar de saberlo ahora todo había una espina que no se podía sacar. Seguía mirando a Barquín con profundo odio.
-¡Es que me da rabia, joder! –Gritó de repente-. ¡Cuando hayamos finiquitado el asunto de las sierpes volveré a ordenarle a Willy que le mate! ¡Porque si!
Pero ahora había un problema mucho más grave del que debía preocuparse.
La sentía. Sentía esa furiosa presencia acercarse a gran velocidad al Palacio de Olus.
-Granicea… -murmuró el creador.
Inmediatamente se asomó al enorme balcón. Allí estaba, acercándose a gran velocidad. Una de las sierpes de la muerte avanzaba directa al castillo. Ya se zambullía en el gran foso y ninguna de las criaturas que Oli creó para salvaguardar la entrada de su palacio podría detener a ese inmenso y furioso monstruo. Solo podía hacer una cosa…
Sacó su móvil y llamó.

En el campo de batalla Willy trataba, con la única ayuda de sus propias manos, de que aquella inmensa boca no se cerrase sobre él cuando su teléfono empezó a sonar.
-¡Vaya, que oportuno! –Gritó el ángel.

Oli se guardó el teléfono, maldiciendo a su creación.
-¡Que novedad, no me lo coge!
Tendría que salir de allí por sus propios medios. ¿Pero cómo? La presencia de aquella sierpe que tan rápido se acercaba influía en él de forma terrible. Sentía un miedo tan atroz que no se veía capaz de crear nada. Aunque dudó de que se le ocurriera algo lo suficientemente monstruoso como para hacerle frente a ese inmenso ser.
Solo podía hacer lo que mejor sabía hacer… ¡Huir!
Miró a su espalda. Ahí estaban. Sus nueve sombras. Aquellas oscuras siluetas de sí mismo que le servían como portales para poder escapar a otro lugar. Sabía que le serían útiles.
-Solo los usaré como último recurso –decía el creador, para sí-. Utilizaré el pasaje secreto que lleva a la parte de atrás del palacio y desde allí…
No pudo terminar de hablar. Las puertas de cristal que conducían a sus aposentos estallaron en pedazos, y la gigantesca cabeza de la sierpe se lanzó, con sus fauces abiertas, sobre él.
-¡Joder!
Con un gritó, Oli se lanzó sobre una de sus sombras, las otras le siguieron y la sombra que usaron como vía de escape se cerró para siempre.
Oli se encontraba ahora en uno de sus salones principales, en la parte de abajo, acompañado de las ochos sombras restantes.
-Dios… que rápida es la hija puta… -dijo e creador, aún jadeando del susto-. Tengo que salir del castillo y llegar al bosque. Que Willy me lleve volando a  otro estado ¡Que pa algo le cree!
Oli atravesó la enorme sala, hacia los portones que conducían al hall y a la salida del castillo. Solo esperaba que la sierpe no hubiese bajado ya hasta allí.
Ya alcanzaba las puertas cuando estas reventaron y aquella mole negra penetró en el salón.
-¡Su madre!
Oli solo atinó a esquivar los trozos de madera que volaron hacia él, saltando sobre otra de sus sombras, que al igual que la anterior se cerró, cuando las demás ya habían pasado.
Ahora se encontraba en una de las habitaciones de invitados dispuestas en uno de los pisos superiores. Pero ya sentía la presencia de la sierpe acercándose. Esa presencia que lo aterraba tanto como le atraía.
Debía escapar. Por muy grande que fuese el castillo no dejaba de ser una ratonera con ese monstruo suelto dentro.
De pronto, frente a él, la cabeza de la sierpe emergió del suelo, y Oli tuvo que saltar sobre otra de sus sombras, que le llevó de nuevo a la parte de abajo. A unos inmensos baños termales.
Ya sentía a la sierpe acercarse de nuevo, y sabía muy bien que ella también le sentía a él. Solo le quedaban seis portales más, y no podría seguir huyendo por siempre.
La sierpe destrozó aquella impoluta pared de mármol blanco y muchas de las estatuas decorativas allí dispuestas cargándose, además, las cañerías en el proceso.
Un torrente de agua llenó el lugar y Oli tuvo que usar otro de sus portales. Milagrosamente esta vez aquel portal le condujo al exterior. Pero resultó ser la parte externa de los baños termales que acababa de abandonar, a apenas unos metros de donde la sierpe le había atacado momentos antes.
-¡Vaya mierda! –Gritó el creador.
Y la sierpe salió a su encuentro, atravesando la pared.
Oli se lanzó sobre otra de sus sombras y esta vez fue llevado a una especie de mazmorras, en las catacumbas del palacio. Aquel era un lugar del que todavía no había decidido su uso, pero muchas de las cañerías del palacio que hacían funcionar las decenas de cascadas artificiales que caían de los torreones pasaban por allí.
-¡Genial, atrapado como un rata otra vez! –El creador maldecía su suerte-. ¡Debí haber programado los lugares a los que llegar!
Ya sentía a la sierpe acercarse hacía allí, a gran velocidad. Observó a sus sombras. Solo le quedaban tres, y sabía que no servirían de nada. Debía acabar con aquello ya.
La sierpe destrozó una buena parte del techo y de una pared al entrar allí. Enorme chorros de agua comenzaron a inundar el suelo de fría piedra.
El reptil se irguió sobre él, tanteando a su presa, con sus anillos tensados y su cuello encorvado, listo para abalanzase sobre él.
Pero entre todo aquel mar de furia y oscuridad, Oli podía sentir claramente la presencia de su amada. Sí, él lo sabía desde el principio. Desde que descubrió lo que eran las sierpes de la muerte. Aquella era la sierpe que contenía la esencia de su amada, Granizea. Y ella había venido a buscarle.
-Amor mío… -susurró Oli. La sierpe siseó, de forma amenazante. Aquellos enormes ojos negros, vacíos de todo, estaban fijos en él. Oli tragó saliva con fuerza e hizo acopio de todo el valor que le quedaba. Ya había aceptado su destino-. Granizea…
La sierpe abrió sus descomunales fauces y se lanzó sobre el creador.

Y de nuevo en el campo de batalla, Willy había ideado una nueva forma de hacer más rápida la eliminación de las sierpes. Se mantenía fijado sobre la cabeza de una de ellas, haciendo de señuelo, y cuando otra se lanzaba sobre él alzaba el vuelo, dejando que la sierpe atacante golpease a la otra, así podía aprovechar ese momento para hundir su lanza en la sierpe atacante y rematar a la otra (Más o menos. Evidentemente las maniobras nunca están exactas).
Tras librarse de las dos últimas que lo habían atacado se elevó en el aire. Ya llevaba así buen rato, y solo se había cargado a unas sesenta. Comenzó a hacer cálculos mentales: Si había tardado aquel lapso de tiempo en matar a ese número de sierpes, y mantenía aquella dinámica de combate con las demás, solo tardaría en acabar con las restantes…
-Unos dos o tres años… –dijo, con una ceja arqueada-. ¡Se acabó, yo paso ya!
De todas formas tampoco tenía mucho sentido seguir. Ya muchas de las sierpes estaban lejos de allí, y el ángel se sentía ya agotado.
De pronto un extraño sentimiento sacudió a Willy por dentro. Algo había ocurrido. Era como si una presencia muy importante se hubiese esfumado, pero… ¿Quién? El ángel-bestia no entendía nada.
Encogiéndose de hombros, envainó su espadón detrás de su cintura, y se colocó la lanza a la espalda. Aquello ya no tenía sentido. Si esas sierpes querían destruir el mundo que se divirtiesen, él ya estaba aburrido. Se elevó, muy por encima del rango de alcance de aquellos inmensos monstruos, plegó sus alas y se quedó flotando en el aire, observando con neutro semblante el final del país. 

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