viernes, 1 de junio de 2012

Epílogo: El Principio De Una Nueva Era


Juan se sentía tan feliz como no lo había estado en su vida. El nuevo Coliseo, y su brillante idea de cobrar entrada por ver la batalla de Las Tierras De Pesadilla, le habían dado una cantidad ingente de dinero. Hasta pensó en declararle la guerra a más territorios. Aquello  era un negocio muy lucrativo. Se sentía tan feliz que nada hubiese podido prepararlo para la noticia que acababa de recibir…
Se hallaba revolcándose tanto en su dinero como es un propia crapulencia cuando uno de sus siervos le dijo que Barquín había vuelto… ¡Horror!
Y allí le tenía de nuevo, en su jaula, y parecía bastante enfurruñado.
-Mi hermano ha vuelto a traicionarme… ¡Me vengaré!
-Te estarás quieto –dijo Juan.
-Sí, señor…
Juan dio un largo suspiro. Había estado viendo en su bola de cristal el desarrollo de la batalla en todo momento (Bueno, a ratos, mientras contaba su dinero). Había visto como sus antiguas mascotas, las sierpes, eran liberadas. Rezó a todas las deidades de las que tenía conocimiento para que esos monstruos devorasen a Barquín y al resto que estaba con él, y que luego el servicio de plagas se ocupase del resto. Pero nada, ahí le tenía de nuevo, con las sierpes dentro.
-Qué cruz… -suspiró el dirigente de la Cábala, masajeándose las sienes.
-¿Le pasa algo, señor? –Preguntó Barquín.
-¡Nada! Bueno… ¿Y dónde está Marcos?
-Ah, pues… yo creí que estaría aquí. Se marchó antes que el resto.
-Al menos no todo son malas noticias.
-¿No puede usar su bola de cristal para localizarlo?
-Que va, está rota –dijo Juan, estrellando la bola contra el suelo y haciéndola pedazos.
Mentalmente agotado, el Patriarca de la Cábala se dejó caer sobre su trono de retorcido y negro metal. Había conseguido una gran victoria librándose de Oli pero… Aún quedaban obstáculos en su camino, obstáculos bastante peligrosos. Debía ocuparse de ellos cuanto antes.

Lejos de allí, en el bosque de Froxá. Justo al pie de la cada vez más grande montaña que había emergido alrededor del cadáver de Rafatus, Aarón se encontraba sentado sobre la enorme raíz de un árbol.
-¡No me moveré de aquí hasta que me devuelvas mi espada, voz estúpida! –Demandaba el bárbaro.

Y más lejos de allí, de pie, sobre la terraza de la más alta torre del Palacio de Olus, Willy admiraba lo que ahora era su reino, con una sonrisa de total satisfacción. A los lejos ya divisaba las caravanas de gente que llegaban en busca de una nueva esperanza. La salvación residía en la fe, y la fe solo podía ser suscitada por un ángel.

Las nuevas potencia mundiales ya emergían de entre los escombros de la batalla.

Ya se mascaba una nueva tragedia… 

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