Juan se sentía tan feliz
como no lo había estado en su vida. El nuevo Coliseo, y su brillante idea de
cobrar entrada por ver la batalla de Las Tierras De Pesadilla, le habían dado
una cantidad ingente de dinero. Hasta pensó en declararle la guerra a más
territorios. Aquello era un negocio muy
lucrativo. Se sentía tan feliz que nada hubiese podido prepararlo para la noticia
que acababa de recibir…
Se hallaba revolcándose
tanto en su dinero como es un propia crapulencia cuando uno de sus siervos le
dijo que Barquín había vuelto… ¡Horror!
Y allí le tenía de nuevo,
en su jaula, y parecía bastante enfurruñado.
-Mi hermano ha vuelto a
traicionarme… ¡Me vengaré!
-Te estarás quieto –dijo
Juan.
-Sí, señor…
Juan dio un largo suspiro.
Había estado viendo en su bola de cristal el desarrollo de la batalla en todo
momento (Bueno, a ratos, mientras contaba su dinero). Había visto como sus
antiguas mascotas, las sierpes, eran liberadas. Rezó a todas las deidades de
las que tenía conocimiento para que esos monstruos devorasen a Barquín y al
resto que estaba con él, y que luego el servicio de plagas se ocupase del
resto. Pero nada, ahí le tenía de nuevo, con las sierpes dentro.
-Qué cruz… -suspiró el
dirigente de la Cábala, masajeándose las sienes.
-¿Le pasa algo, señor?
–Preguntó Barquín.
-¡Nada! Bueno… ¿Y dónde
está Marcos?
-Ah, pues… yo creí que
estaría aquí. Se marchó antes que el resto.
-Al menos no todo son malas
noticias.
-¿No puede usar su bola de
cristal para localizarlo?
-Que va, está rota –dijo
Juan, estrellando la bola contra el suelo y haciéndola pedazos.
Mentalmente agotado, el
Patriarca de la Cábala se dejó caer sobre su trono de retorcido y negro metal.
Había conseguido una gran victoria librándose de Oli pero… Aún quedaban
obstáculos en su camino, obstáculos bastante peligrosos. Debía ocuparse de
ellos cuanto antes.
Lejos de allí, en el bosque
de Froxá. Justo al pie de la cada vez más grande montaña que había emergido
alrededor del cadáver de Rafatus, Aarón se encontraba sentado sobre la enorme
raíz de un árbol.
-¡No me moveré de aquí
hasta que me devuelvas mi espada, voz estúpida! –Demandaba el bárbaro.
Y más lejos de allí, de
pie, sobre la terraza de la más alta torre del Palacio de Olus, Willy admiraba
lo que ahora era su reino, con una sonrisa de total satisfacción. A los lejos
ya divisaba las caravanas de gente que llegaban en busca de una nueva
esperanza. La salvación residía en la fe, y la fe solo podía ser suscitada por
un ángel.
Las nuevas potencia
mundiales ya emergían de entre los escombros de la batalla.
Ya se mascaba una nueva
tragedia…
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