La batalla se había
paralizado. Ambos bandos se habían quedado estáticos. Tanto los reales como las
copias de Oli solo podían centrar su atención en un único punto: el centro del
claro. Donde se encontraba Aarón frente a Aarón.
Incluso desde la torre de
Olus el propio Oli, que seguía observando la batalla desde su bola de cristal
empezó a temerse lo peor y a pensar que, quizá, aquello no había sido tan buena
idea.
-Qué he hecho… -masculló el
creador, casi temblando-. He liberado fuerzas que no puedo controlar…
De nuevo en el campo de
batalla, ambos bárbaros se miraban fijamente, con aquella entrecerrada e
iracunda mirada que tanto caracterizaba al antiguo señor de los fosos.
Ni tan siquiera Marcos se
atrevía a seguir con su labor como comentarista. Aquel momento podría marcar un
antes y un después en la historia del mundo.
-Esto no me gusta… -murmuró
Cara Pedrusco.
-Ni a mí… -murmuró el otro
Cara Pedrusco.
Ambos Aarones avanzaron a
la par hasta quedar uno frente al otro. Apenas unos centímetros les separaban.
Seguían mirándose con aquel semblante que tanta furia destilaba. Todos los
presentes aguantaron la respiración. La sangre se les había helado en las
venas.
Sin previo aviso, uno de
los Aarones le dio semejante ostia a mano desnuda al otro que la onda expansiva
les puso a todos los pelos de punta. El Aarón que había recibido aquel soberano
guantazo se deshizo en una uniforme masa grisácea y el discípulo salió volando,
perdiéndose en el cielo.
Hubo un nuevo y absoluto
mutismo.
-Copias a mí –gruñó el
bárbaro.
Un suspiro de alivio
general rompió el silencio y pronto la batalla continuó.
Todos luchaban contra sus
copias y lo cierto era que no resultaba una tarea sencilla, pues esas copias
conocían todos sus movimientos y su forma de pensar. Había que reconocer que
Oli sabía cómo ser retorcido, ruin, cobarde, patético, rastrero, penoso y
lamentable cuando se lo proponía, pues esa estrategia estaba funcionándole muy
bien.
O así sería de no ser
porque Aarón estaba presente.
El bárbaro, que tras acabar
con su propia copia estaba libre de contrincante, se decidió a echarle “una
mano” al resto de sus tropas.
Empezó por Cara Pedrusco,
que era el que más cerca de él estaba.
-¡¿Cuál es la copia?!
–Exigió saber el bárbaro.
Ambos centauros se
señalaron el uno al otro.
-¡Él! –Dijeron al unísono.
-¡¿O me decís la verdad u
os casco a los dos?!
-¡Le digo que es él, señor!
–Decía uno de los Cara Pedruscos, en tono suplicante-. ¡Créame, por favor!
-¡Miente! –Rebatió el
otro-. ¡Y es más, voy a contarle que…!
-¡No!
El primer Cara Pedrusco que
había hablado se lanzó sobre el otro y le tapó la boca. Así comenzó un
desesperado forcejeo por parte de ambos, ante la severa y cada vez más impaciente
mirada de Aarón, con que tardó en propinarle una buena ostia a cada uno para
que se estuviesen quietos.
Ambos centauros cayeron al
suelo, fulminados, pero solo uno se deshizo. El Cara Pedrusco que había quedado
entero se puso en pie, aguantándose con las manos su dolorida cabeza.
-Ya le vale, señor… ¡Usted
y sus métodos!
-¡¿Pero funciona, no?! ¡Así
que a callar!
Aarón hizo uso del mismo
método para ayudar al resto de sus soldados. La verdad es que era un método
bastante efectivo y la lógica de Aarón era más que clara: Si puedes reconocer
al enemigo, cárgatelos a todos.
Unos minutos después el
suelo del claro estaba cubierto de figuras de arcilla que se deshacían y de
cuerpo de soldados que se retorcían de dolor.
Aarón se sacudía las manos.
-Ala, listo.
Una vez que los sonidos de
la batalla se apagaron, Barquín, que había vuelto a esconderse entre unos
matorrales, salió para ver qué pasaba.
-¿Ya ha acabado todo…?
Un discípulo bajó del cielo
y en internó en su mente.
-¡Ah!
El discípulo salió casi
inmediatamente por su boca. Su luz se veía más pálida y parpadeaba de forma
intermitente mientras volaba lentamente y en círculos. Era como un mosquito al
que hubiesen rociado con insecticida. Hasta emitía que una especia de zumbido
que podría compararse con una pequeña arcada. Resultaba increíble como incluso
un ser insustancial, que únicamente se movía por la voluntad de su creador
pudiese sentir asco. Y además en aquellas proporciones.
El moribundo discípulo se
pegó a la frente de uno de los soldados de masilla que quedaba en pie, pero
este, en vez de cambiar de forma como los demás, directamente comenzó a
derretirse, como un muñeco de nieve al sol. Incluso el discípulo se en su
frente se apagó, desapareciendo.
Todos se quedaron
estupefactos por la escena.
-¡¿Pero cómo ha sido eso
posible?! –Dijo Murga, que observaba la contienda desde la lejanía con unos
prismáticos.
-¿De verdad te extraña?
–Habló la voz de Marcos a su lado-. ¿Hace otra birra?
-Hace.
En lo más alto de la torre
más alta de Olus, Oli yacía retorciéndose en el suelo. Prese de un dolor, un
miedo y un sentimiento de repulsión que rozaban la locura. El creador, que
estaba empáticamente conectado a sus discípulos había sentido aquello que
estaba dentro de Barquín. Muchas cosas comenzaron a cobrar sentido en su ahora
asustada y febril mente. Su discípulo hubiese fallado, pero había liberado algo
mucho más peligroso.
En el campo de batalla,
Barquín había caído de rodillas en el suelo, y se sujetaba el estómago con
fuerza.
-¡Me duele! ¡Me duele!
–Gimoteaba.
-¡Deja de hacer el tonto y
levanta! –Bramó Aarón-. ¡Tenemos que ir a patear al estúpido ese con rizos y a
su estúpido ángel!
-¡Hermano, no puedo! ¡Me
muero de dolor! ¡Ayúdame!
-¡Que te levantes he dicho!
Entonces vino una arcada y…
-¡¿Qué cojones es eso?!
–Dijo Cara Pedrusco, con asco.
-Parece una cucaracha –dijo
Murga, aún observando por los primaticos-. Esta potando cucarachas.
-Insisto ¿Te extraña? –Dijo
Marcos-. ¿Otra birra?
Murga dejó los prismáticos
y le miró, muy serio.
-Otra birra.
Barquín seguía
lloriqueando, encorvado el suelo, pero sus llantos eran interrumpidos por
constantes arcadas. El Campeón de la Cábala no dejaba de vomitar cucarachas
negras, que correteaban a su alrededor.
-¡Asco de bichos! –Decía
Aarón, mientras pisoteaba a cuantos se ponían a su alcance.
-¡Señor, mire! –Gritó Cara
Pedrusco, señalando a uno de ellas.
Aquel insecto, tan negro
como el carbón, comenzaba a cambiar, estirándose, perdiendo su negro
exoesqueleto, haciéndose cada vez más grande, más y más y más grande. Más grande…
-¡La madre que me parió!
–Saltó Aarón, al ver la monstruosidad que se había formado ante él.
Aquella cucaracha se había
convertido en una serpiente negra inmensa, debía medir más de un kilometro de
largo, y su cabeza era tan grande como una casa.
Pero no estaba sola… Las
demás cucarachas estaban sufriendo la misma metamorfosis, y había ya decenas de
ellas por el suelo. Y Barquín no dejaba de vomitar.
-Ay, Dios… -murmuró Cara
Pedrusco, reculando.
Ahora Marcos también
observaba desde lo lejos con unos prismáticos, aunque con el tamaño de esos
bichos ya no eran necesarios. La gente que había pagado por la batalla comenzó
a preocuparse.
-Uhm… esto me huele a
demanda… -dijo el invocador, volviéndose hacia Murga-. Como Juan tenga que
indemnizar por bajas a los familiares de esta gente nos la vamos a cargar con
todo el equipo.
-¿Y qué hacemos? –Preguntó
Murga.
-Tú vete llevándote a la
gente de nuevo al nuevo Coliseo. Yo iré a hablar con Aarón –entonces usó el
hechizo de proyección de voz para dirigirse al público de nuevo-. ¡Bien, damas y caballeros! ¡Parece que los
acontecimientos han dado un giro inesperado que escapa a nuestro control! ¡Así
que, para mayor seguridad les iremos escoltando de nuevo al Coliseo, donde se
les obsequiará con un granizado gratis por las molestias! ¡Pero no teman nada!
¡Ahora yo, Marcos, uno de los mejores invocadores de demencia de la Cábala
tomaré parte en esta refriega para asegurar su seguridad!
Pero hubo quejas por parte
de muchos de los presentes, que exigían seguir viendo el espectáculo después
del dineral que se habían dejado.
-¡De acuerdo, como quieran! ¡Pero por favor, no se acerquen más a la
zona de la batalla!
Marcos se preparó para
irse, pero Murga se acercó a él.
-¿Crees que esos bichos se
van a quedar quietos donde están?
-Lo dudo ¿Pero qué quieres
que haga? El cliente siempre tiene la razón –miró hacía el sitio del bosque,
donde cada vez aparecían más y más serpientes negras inmensas-. Uf… que mal… En
cuanto empiecen a avanzar llévate a la gente, o Juan nos mata.
-Vale.
Y Marcos salió corriendo
hacía allí.
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