lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 23: Las Sierpes De La Muerte


La batalla se había paralizado. Ambos bandos se habían quedado estáticos. Tanto los reales como las copias de Oli solo podían centrar su atención en un único punto: el centro del claro. Donde se encontraba Aarón frente a Aarón.
Incluso desde la torre de Olus el propio Oli, que seguía observando la batalla desde su bola de cristal empezó a temerse lo peor y a pensar que, quizá, aquello no había sido tan buena idea.
-Qué he hecho… -masculló el creador, casi temblando-. He liberado fuerzas que no puedo controlar…

De nuevo en el campo de batalla, ambos bárbaros se miraban fijamente, con aquella entrecerrada e iracunda mirada que tanto caracterizaba al antiguo señor de los fosos.
Ni tan siquiera Marcos se atrevía a seguir con su labor como comentarista. Aquel momento podría marcar un antes y un después en la historia del mundo.
-Esto no me gusta… -murmuró Cara Pedrusco.
-Ni a mí… -murmuró el otro Cara Pedrusco.
Ambos Aarones avanzaron a la par hasta quedar uno frente al otro. Apenas unos centímetros les separaban. Seguían mirándose con aquel semblante que tanta furia destilaba. Todos los presentes aguantaron la respiración. La sangre se les había helado en las venas.
Sin previo aviso, uno de los Aarones le dio semejante ostia a mano desnuda al otro que la onda expansiva les puso a todos los pelos de punta. El Aarón que había recibido aquel soberano guantazo se deshizo en una uniforme masa grisácea y el discípulo salió volando, perdiéndose en el cielo.
Hubo un nuevo y absoluto mutismo.
-Copias a mí –gruñó el bárbaro.
Un suspiro de alivio general rompió el silencio y pronto la batalla continuó.
Todos luchaban contra sus copias y lo cierto era que no resultaba una tarea sencilla, pues esas copias conocían todos sus movimientos y su forma de pensar. Había que reconocer que Oli sabía cómo ser retorcido, ruin, cobarde, patético, rastrero, penoso y lamentable cuando se lo proponía, pues esa estrategia estaba funcionándole muy bien. 
O así sería de no ser porque Aarón estaba presente.
El bárbaro, que tras acabar con su propia copia estaba libre de contrincante, se decidió a echarle “una mano” al resto de sus tropas.
Empezó por Cara Pedrusco, que era el que más cerca de él estaba.
-¡¿Cuál es la copia?! –Exigió saber el bárbaro.
Ambos centauros se señalaron el uno al otro.
-¡Él! –Dijeron al unísono.
-¡¿O me decís la verdad u os casco a los dos?!
-¡Le digo que es él, señor! –Decía uno de los Cara Pedruscos, en tono suplicante-. ¡Créame, por favor!
-¡Miente! –Rebatió el otro-. ¡Y es más, voy a contarle que…!
-¡No!
El primer Cara Pedrusco que había hablado se lanzó sobre el otro y le tapó la boca. Así comenzó un desesperado forcejeo por parte de ambos, ante la severa y cada vez más impaciente mirada de Aarón, con que tardó en propinarle una buena ostia a cada uno para que se estuviesen quietos.
Ambos centauros cayeron al suelo, fulminados, pero solo uno se deshizo. El Cara Pedrusco que había quedado entero se puso en pie, aguantándose con las manos su dolorida cabeza.
-Ya le vale, señor… ¡Usted y sus métodos!
-¡¿Pero funciona, no?! ¡Así que a callar!
Aarón hizo uso del mismo método para ayudar al resto de sus soldados. La verdad es que era un método bastante efectivo y la lógica de Aarón era más que clara: Si puedes reconocer al enemigo, cárgatelos a todos.
Unos minutos después el suelo del claro estaba cubierto de figuras de arcilla que se deshacían y de cuerpo de soldados que se retorcían de dolor.
Aarón se sacudía las manos.
-Ala, listo.
Una vez que los sonidos de la batalla se apagaron, Barquín, que había vuelto a esconderse entre unos matorrales, salió para ver qué pasaba.
-¿Ya ha acabado todo…?
Un discípulo bajó del cielo y en internó en su mente.
-¡Ah!
El discípulo salió casi inmediatamente por su boca. Su luz se veía más pálida y parpadeaba de forma intermitente mientras volaba lentamente y en círculos. Era como un mosquito al que hubiesen rociado con insecticida. Hasta emitía que una especia de zumbido que podría compararse con una pequeña arcada. Resultaba increíble como incluso un ser insustancial, que únicamente se movía por la voluntad de su creador pudiese sentir asco. Y además en aquellas proporciones.
El moribundo discípulo se pegó a la frente de uno de los soldados de masilla que quedaba en pie, pero este, en vez de cambiar de forma como los demás, directamente comenzó a derretirse, como un muñeco de nieve al sol. Incluso el discípulo se en su frente se apagó, desapareciendo.
Todos se quedaron estupefactos por la escena.
-¡¿Pero cómo ha sido eso posible?! –Dijo Murga, que observaba la contienda desde la lejanía con unos prismáticos.
-¿De verdad te extraña? –Habló la voz de Marcos a su lado-. ¿Hace otra birra?
-Hace.

En lo más alto de la torre más alta de Olus, Oli yacía retorciéndose en el suelo. Prese de un dolor, un miedo y un sentimiento de repulsión que rozaban la locura. El creador, que estaba empáticamente conectado a sus discípulos había sentido aquello que estaba dentro de Barquín. Muchas cosas comenzaron a cobrar sentido en su ahora asustada y febril mente. Su discípulo hubiese fallado, pero había liberado algo mucho más peligroso.

En el campo de batalla, Barquín había caído de rodillas en el suelo, y se sujetaba el estómago con fuerza.
-¡Me duele! ¡Me duele! –Gimoteaba.
-¡Deja de hacer el tonto y levanta! –Bramó Aarón-. ¡Tenemos que ir a patear al estúpido ese con rizos y a su estúpido ángel!
-¡Hermano, no puedo! ¡Me muero de dolor! ¡Ayúdame!
-¡Que te levantes he dicho!
Entonces vino una arcada y…
-¡¿Qué cojones es eso?! –Dijo Cara Pedrusco, con asco.
-Parece una cucaracha –dijo Murga, aún observando por los primaticos-. Esta potando cucarachas.
-Insisto ¿Te extraña? –Dijo Marcos-. ¿Otra birra?
Murga dejó los prismáticos y le miró, muy serio.
-Otra birra.
Barquín seguía lloriqueando, encorvado el suelo, pero sus llantos eran interrumpidos por constantes arcadas. El Campeón de la Cábala no dejaba de vomitar cucarachas negras, que correteaban a su alrededor.
-¡Asco de bichos! –Decía Aarón, mientras pisoteaba a cuantos se ponían a su alcance.
-¡Señor, mire! –Gritó Cara Pedrusco, señalando a uno de ellas.
Aquel insecto, tan negro como el carbón, comenzaba a cambiar, estirándose, perdiendo su negro exoesqueleto, haciéndose cada vez más grande, más y más y más grande. Más grande…
-¡La madre que me parió! –Saltó Aarón, al ver la monstruosidad que se había formado ante él.
Aquella cucaracha se había convertido en una serpiente negra inmensa, debía medir más de un kilometro de largo, y su cabeza era tan grande como una casa.
Pero no estaba sola… Las demás cucarachas estaban sufriendo la misma metamorfosis, y había ya decenas de ellas por el suelo. Y Barquín no dejaba de vomitar.
-Ay, Dios… -murmuró Cara Pedrusco, reculando.

Ahora Marcos también observaba desde lo lejos con unos prismáticos, aunque con el tamaño de esos bichos ya no eran necesarios. La gente que había pagado por la batalla comenzó a preocuparse.
-Uhm… esto me huele a demanda… -dijo el invocador, volviéndose hacia Murga-. Como Juan tenga que indemnizar por bajas a los familiares de esta gente nos la vamos a cargar con todo el equipo.
-¿Y qué hacemos? –Preguntó Murga.
-Tú vete llevándote a la gente de nuevo al nuevo Coliseo. Yo iré a hablar con Aarón –entonces usó el hechizo de proyección de voz para dirigirse al público de nuevo-. ¡Bien, damas y caballeros! ¡Parece que los acontecimientos han dado un giro inesperado que escapa a nuestro control! ¡Así que, para mayor seguridad les iremos escoltando de nuevo al Coliseo, donde se les obsequiará con un granizado gratis por las molestias! ¡Pero no teman nada! ¡Ahora yo, Marcos, uno de los mejores invocadores de demencia de la Cábala tomaré parte en esta refriega para asegurar su seguridad!
Pero hubo quejas por parte de muchos de los presentes, que exigían seguir viendo el espectáculo después del dineral que se habían dejado.
-¡De acuerdo, como quieran! ¡Pero por favor, no se acerquen más a la zona de la batalla!
Marcos se preparó para irse, pero Murga se acercó a él.
-¿Crees que esos bichos se van a quedar quietos donde están?
-Lo dudo ¿Pero qué quieres que haga? El cliente siempre tiene la razón –miró hacía el sitio del bosque, donde cada vez aparecían más y más serpientes negras inmensas-. Uf… que mal… En cuanto empiecen a avanzar llévate a la gente, o Juan nos mata.
-Vale.
Y Marcos salió corriendo hacía allí.

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