viernes, 1 de junio de 2012

Epílogo: El Principio De Una Nueva Era


Juan se sentía tan feliz como no lo había estado en su vida. El nuevo Coliseo, y su brillante idea de cobrar entrada por ver la batalla de Las Tierras De Pesadilla, le habían dado una cantidad ingente de dinero. Hasta pensó en declararle la guerra a más territorios. Aquello  era un negocio muy lucrativo. Se sentía tan feliz que nada hubiese podido prepararlo para la noticia que acababa de recibir…
Se hallaba revolcándose tanto en su dinero como es un propia crapulencia cuando uno de sus siervos le dijo que Barquín había vuelto… ¡Horror!
Y allí le tenía de nuevo, en su jaula, y parecía bastante enfurruñado.
-Mi hermano ha vuelto a traicionarme… ¡Me vengaré!
-Te estarás quieto –dijo Juan.
-Sí, señor…
Juan dio un largo suspiro. Había estado viendo en su bola de cristal el desarrollo de la batalla en todo momento (Bueno, a ratos, mientras contaba su dinero). Había visto como sus antiguas mascotas, las sierpes, eran liberadas. Rezó a todas las deidades de las que tenía conocimiento para que esos monstruos devorasen a Barquín y al resto que estaba con él, y que luego el servicio de plagas se ocupase del resto. Pero nada, ahí le tenía de nuevo, con las sierpes dentro.
-Qué cruz… -suspiró el dirigente de la Cábala, masajeándose las sienes.
-¿Le pasa algo, señor? –Preguntó Barquín.
-¡Nada! Bueno… ¿Y dónde está Marcos?
-Ah, pues… yo creí que estaría aquí. Se marchó antes que el resto.
-Al menos no todo son malas noticias.
-¿No puede usar su bola de cristal para localizarlo?
-Que va, está rota –dijo Juan, estrellando la bola contra el suelo y haciéndola pedazos.
Mentalmente agotado, el Patriarca de la Cábala se dejó caer sobre su trono de retorcido y negro metal. Había conseguido una gran victoria librándose de Oli pero… Aún quedaban obstáculos en su camino, obstáculos bastante peligrosos. Debía ocuparse de ellos cuanto antes.

Lejos de allí, en el bosque de Froxá. Justo al pie de la cada vez más grande montaña que había emergido alrededor del cadáver de Rafatus, Aarón se encontraba sentado sobre la enorme raíz de un árbol.
-¡No me moveré de aquí hasta que me devuelvas mi espada, voz estúpida! –Demandaba el bárbaro.

Y más lejos de allí, de pie, sobre la terraza de la más alta torre del Palacio de Olus, Willy admiraba lo que ahora era su reino, con una sonrisa de total satisfacción. A los lejos ya divisaba las caravanas de gente que llegaban en busca de una nueva esperanza. La salvación residía en la fe, y la fe solo podía ser suscitada por un ángel.

Las nuevas potencia mundiales ya emergían de entre los escombros de la batalla.

Ya se mascaba una nueva tragedia… 

Capítulo 28: Silencio


-¡Oh! ¡El ángel va a cantar! –Gritaba la gente, en todas partes, presa de la esperanza, el regocijo por la fe, y el fanatismo por una nueva creencia en esa tierra.
 Y de nuevo en Las Tierras De Pesadilla…
Todos con gafas de sol.
-¿Va a cantar? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parece… -respondió Marcos.
-¡No quiero cantos! –Gritó Aarón.
-Yo debería ir pensando un sitio para esconderme… -siguió Barquín.
Willy abrió la boca y…
-¡EH, DISCÍPULOS! ¡YA ESTÁIS ZUMBANDO PARA ACÁ! ¡VAMOS, OS QUIERO AQUÍ A LA DE YA! ¡VENGA!
-Madre de Dios… -dijo Cara Pedrusco, aún con los oídos tapados.
-¡¿Veis?! ¡Así se grita! –Dijo Aarón.
Una oleada de cientos de lucecillas blancas emergieron de todos los rincones de Olilandia a ascendieron al llamado del ángel, rodeándole.
Willy les dio la orden mental y rápidamente descendieron de nuevo, introduciéndose en la cabeza de las sierpes de la muerte.
-¡Lo ha conseguido! –Saltó Marcos.
-Sí, bueno, celébralo luego –dijo Murga-. ¡Vienen todas hacia aquí!
-Habría que ir pensando en irse.
-Señor ¿Qué ordena? –Preguntó Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ordeno que emigres! –Respondió el bárbaro-. ¡Ya me he cansado de oírte!
Murga se montó sobre tiburón.
-Yo también acataré esa orden –se unió Murga.
-Bueno –dijo Marcos-. Pues… ¡Ha sido un placer!
El invocador se esfumó. Se había transportado al especio de demencia. Dentro de aquella oscura y distorsionada dimensión corrió tan rápido como pudo y regresó de nuevo al plano real, apareciendo a varios metros de donde había dejado a sus “compañeros”.
-¡A más ver! –Gritó desde la lejanía, agitando una mano. Y se alejó corriendo de allí.
-Que puto tramposo –dijo Murga-. En fin, nosotros también nos marchamos –miró a Barquín-. Espero… que… podamos… volver a vernos.
-¿En serio? –Dijo Barquín, con ojos húmedos.
-Em… ¡Claro! –Respondió Murga, con una forzadísima sonrisa.
-Señor, prometo volver para buscarle –le dijo Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ni se te ocurra!
Y ambos, tío con barba sobre burro gigante y centauro de proporciones extrañas, salieron al trote de allí, antes de que las sierpes cortasen toda vía de escape.
-Hermano, tú también puedes irte si quieres –le dijo Barquín al bárbaro, una vez estuvieron solos-. Esto puede ponerse peligroso.
-¡Sí, como que te vas a librar de la paliza que te debo!
-…
Las sierpes comenzaron a rodearles, y Barquín fue absorbiéndolas conforme se acercaban.
Conforme iba asimilando más sierpes en su interior más iba cambiando, recuperando aquel matiz tiznado y cochambroso característico del campeón de la Cábala.
-Hermano… lo siento… -decía Barquín, entre sierpe y sierpe-. Siento que vuelvo a cambiar. Vuelvo a perderme a mí mismo. Vuelvo a ser el Campeón de la Cábala. Espero que puedas perdonare, no quería que esto acabase así, pero es la única forma… -Drama y más drama.
-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba Aarón, sin siquiera mirarle.
Desde el cielo, Willy observaba tranquilamente como Barquín absorbía las sierpes, a espera de que terminase su valor para así poder acabar con él y matar dos pájaros de un tiro. Pero entonces sintió de nuevo una sensación extraña. Era la misma presencia que sintió momentos antes y que se extinguió. Era una presencia muy familiar pero… ¡No caía en quien! Se esforzó en recordar. Recordar… recodar… ¡Lo recordó! El tío rubio gritón lo había mencionado antes ¡Claro! ¡Se trataba de Oli, su creador!
-¡Pero qué listo soy! –Dijo el ángel-bestia, orgulloso de sí mismo.
Batió sus alas y voló en dirección a aquel etéreo llamado, bastante molesto.
-No entiendo a qué fin estoy haciendo esto –decía por el camino-. Supongo que como es mi creador es lo lógico. Él está en problemas yo voy. Tiene sentido ¿O será algún defecto de fábrica? –Se arrancó una etiqueta a su espalda-. Veamos… instrucciones… -Las leyó un poco por encima-. ¡Aquí no decía nada de estas simbiosis tan raras! En fin… que le vamos a hacer.
Ya se acercaba al palacio de Olus, que parecía bastante dañado.

Barquín absorbió a las últimas sierpes de la muerte. Un enorme eructo resonó por todo el bosque y… el Campeón de la Cábala se desplomó en el suelo, inconsciente.
Aarón le dio un par de patadas.
-¡Te dije que si te morías te las apañabas tú solo!
Barquín entreabrió los ojos.
-Hermano… ayúdame…
-¡No! –El bárbaro se dio la vuelta y comenzó a alejare de allí-. Tengo que volver al bosque para que esa voz estúpida me devuelva mi otra espada ¡Y en cuanto la tenga ya verás! ¡Qué aún te la tengo guardada! ¡Eres una hermana muy desobediente!
-Hermano… no me dejes… vuelve a estar maldito pero sé que tú puedes salvarme… -imploraba Barquín.
Pero Aarón continuó su avance.
-¡Bla, bla, bla!

Willy sobrevoló el palacio de Olus, que presentaba bastantes desperfectos. Los residuos de la presencia de Oli que aún se mantenían en el ambiente le llevaron desde la terraza de la torre más alta del castillo, hasta los baños termales, y de allí a las catacumbas del palacio.
Sus patas felinas se posaron sobre el encharcado suelo. Allí estaban los últimos vestigios de la presencia de su creador, pero no había rastro de él ni de la sierpe que técnicamente le devoró. Y lo más extraño era que el ángel estaba seguro de que dicha sierpe no fue absorbida por Barquín. Por alguna razón ningún discípulo entró en ella.
Paseó su mirada por todo aquel enorme lugar, hasta que dio con algo. Tres sombras. Tres sombras del creador, que se mantenían inmóviles a unos pocos metros de él. Eran los portales de huida de Oli. O lo que quedaba de ellos.
Pronto Willy llegó a una conclusión: El creador se había ido. Con la desaparición de las sierpes y de aquel que insuflaba de vida a aquellas tierras, Olilandia se vio sumida en el silencio.
El ángel mostró una siniestra sonrisa y se echó a reír. 

Capítulo 27: El Último Recurso


Por si ya tenían pocas esperanzas de por sí, cuando vieron al ángel-bestia elevarse en el aire y pasar completamente de las sierpes su moral besó el suelo.
-Ahora sí que estamos jodiditos… -dijo Cara Pedrusco.
-¡¿Quién necesita a esa cosa rara con alas?! –Bramó Aarón-. ¡Yo mismo me ocuparé de los bicharracos esos!
-Muchas ya estarán lejos –habló ahora Marcos-. La hemos liado pero bien.
-¡Y todo por tu culpa! –Ladró Aarón, señalando a su hermano-. ¡Ya te puedes ir preparando porque la que te espera luego va a ser de órdago!
Barquín se echó a temblar.
Una sierpe se abalanzó sobre ellos. Aarón enarboló su espada con firmeza y descargó un mandoblazo sobre la parte superior de aquella grotesca boca, causándole a la sierpe un profundo corte. Pero esta, lejos de retroceder, golpeó al bárbaro con su fuerte pecho y este cayó hacia atrás, perdiendo su espada. La sierpe volvió a abalanzarse sobre él. Trataba de engullirlo, pero Aarón, aun en el suelo, sujetaba aquellas fauces entre sus manos, con fuerza.
-Serás hija puta… -gruñía, con sumo esfuerzo.
Pero mientras Aarón estaba enfaenado con su sierpe, otra se abalanzó sobre el resto, dispuesta a devorarles a todos de un bocado.
-Con lo bien que estaba yo trotando por el bosque… -dijo Cara Pedrusco, a modo de últimas palabras.
Cerraron los ojos, a espera del fin, pero… No pasó nada.
Cuando los abrieron pudieron ver que la sierpe que los atacaba se había esfumado, igual que la que atacaba a Aarón. Tan solo escucharon a Barquín eructar.
-¿No te las habrás tragado…? –Preguntó Cara Pedrusco, estupefacto.
Barquín asintió, tan sorprendido por lo ocurrido como el resto.
-¡¿Pero cómo?! –Saltó ahora Marcos, igual de confuso-. Solo el Patriarca puede hacer el hechizo de sellado.
-No sé como lo hecho. Simplemente… desee que estuviesen dentro de mí otra vez–explicó Barquín.
-Eres rarito como tú solo –dijo Aarón-. Bueno, pues ya estas jalándote el resto ¡Y rápido!
-Tal vez el hechizo aún no esté roto, por eso Barquín puede volver a introducirlas en su interior –sopesó Marcos-. ¡Bien, es perfecto! Hazle caso a tu hermano, ponte a tragar sierpes como si no hubiese mañana.
Cuatro sierpes más reptaban hacia ellos. Barquín abrió la boca y, como si de una aspiradora se tratase, empezó a absorber a aquellos monstruos, que empequeñecían al acercarse a la boca del Campeón de la Cábala hasta perderse en su interior.
-Perfecto, ya llevamos seis. Solo nos faltan unas mil –dijo Cara Pedrusco.
-Las sierpes siguen alejándose… -observaba Marcos-. Están empañadas en irse a hacer su vida. Tenemos que hacer que se reúnan aquí. Atraerlas de alguna manera. O esto no servirá de nada. 
Todos (a excepción de Aarón, que estaba muy ocupado gritándole a las sierpes) se pusieron a dilucidar algún tipo de estrategia para atraer a las sierpes hasta ellos.
Entonces Marcos calló en algo.
-Tal vez él pueda ayudarnos –dijo, señalando al cielo, donde la figura del ángel se mantenía fija en el aire.
Cara Pedrusco pareció no entenderle.
-¿Crees que hablará pársel?
-No, pero quizá pueda usar a aquella lucecillas que se metieron en vuestras mentes. Si gracias a ellas las sierpes pudieron ser liberadas tal vez puedan ayudar a encerrarlas otra vez.
-No entiendo como…
-Ni yo, pero vale la pena intentarlo.
Tanto el invocador como el centauro comenzaron a llamar al ángel, pero estaba demasiado alto y no podía oírles. Lo que si consiguieron fue atraer a más de las sierpes que aún rondaban por los alrededores.
-¡Mierda! –Protestó Cara Pedrusco.
-¡¿Pero cómo se os va a oír con esos gritos de nenaza?! ¡Ahora veréis! –Aarón tomó aire, mucho aire. Llenó sus pulmones y… tomó más aire aún-. ¡EH, TÚ, ÁNGEL ESTÚPIDO, BAJA AQUÍ AHORA MISMO! ¡VENGA! ¡SI, TÚ, BICHO RARO CON PATAS DE GATO Y ALAS DE GAVIOTA! ¡¿ESQUE NO ME OYES?! ¡VAMOS, BAJA, ESPECIE DE PECADO CONTRA LA NATURALEZA! ¡CRIATURA MUTANTE Y FEA! ¡QUE BAJES HE DICHO, BICHARRACO! ¡HOMBRE-GATO-PALOMO –ESTÚPIDO! ¡BAJA! ¡BAJAAAA!
Toda España se había enterado, pero el ángel seguía sin inmutarse. Sin embargo Aarón no iba a rendirse, siguió berreando como un poseso, haciendo que más sierpes de la muerte se aproximasen hacia ellos.
Y allá arriba, en las alturas, la vena de sien de Willy comenzaba a amenazar con una inminente eyección, mientras un acentuado tic aparecía en su ojo. No había querido moverse del sitio, pero había escuchado todas y cada una de las florituras que ese bárbaro estaba lanzado contra su persona. Pensó que acabaría cansándose de dar gritos, después de todo ninguna persona normal podía chillar a tanto volumen y durante tanto tiempo, pero Aarón parecía tener unos pulmones y una garganta fuera de lo normal.
Apretando la mandíbula con fuerza se dejó caer en picado. Aterrizando pesadamente sobre el suelo, justo frente a Aarón.
-¡¿QUÉ?! –Le chillo en ángel-bestia a la cara, rojo de ira.
-Ah, pues… no lo sé –fue la respuesta del bárbaro.
Otro tic apareció en el ojo del ángel.
-Necesitamos tu ayuda –interrumpió Marcos, antes de que aquello terminase en desastre-. Tenemos una manera de acabar con las sierpes, pero vamos a necesitarte.
La mirada de Willy se desvió hacía Barquín.
-¡Tú! –Dijo, desenvainando su espadón y acercándose amenazadoramente hacia él-. ¡Tú! ¡Tú! Tú… -se paró en el sitio, con las cejas alzadas y cara de no saber muy bien como seguir.
-Barquín –dijo Barquín.
-¡Sí, eso! –Y volvió a  adoptar su amenazadora pose y a acercarse hacia él-. No puedo completar mi misión de acabar con los bichos esos, pero bueno. Se supone que fui creado para matarte así que, que no se diga que no serví para nada.
Ya alzaba su espada cuando Aarón se puso por medio, el acero de ambos chocó entre sí.
-¡Que te he dicho que a mi hermana solo la arreo yo!
-Que aburrido me tienes…
-¡Parad ya, leches! –Gritó Marcos-. Tú –dijo señalando al ángel-. Tienes que hacer que Oli venga.
-¿Qué tengo que hacer venir a quién? –Preguntó el ángel, sin entender nada.
-A Oli… ¡Tú creador! –Se vio obligado a añadir al ver que este parecía seguir sin entender.
-Ahhh… Sí, él –dijo finalmente el ángel. Y entonces pareció caer de pronto en algo importante. Ahora ya entendía cual era esa presencia que había dejado de sentir momentos antes-. Creo que esta muerto –dijo, con sencillez.
-¡¿Qué?!
-Sí, hace un rato sentí algo extraño y… Bueno, dejé de sentir su presencia. Fue todo muy raro, supongo que como es mi creador es algo que me viene de fábrica. Creo que fue devorado por uno de los bichos esos –añadió, señalando a las sierpes.
-Jodiditos… Jodiditos del todo… -se lamentaba Cara Pedrusco.
-Esperad, aunque Oli ya no esté quizá el pueda ser de ayuda –dijo Marcos.
Pero Willy le ignoró.
-Bueno –dijo el ángel-. Cómo… -paró un momento-. Oli. Sí, eso, Oli. Cómo Oli está muerto supongo que ahora puedo hacer lo que me dé la gana.
Y volvió a avanzar hacia Barquín, con su arma preparada.
-¡¿Pero que te he hecho yo?! ¡¿No decías que ahora podías hacer lo que te diese la gana?! ¡Oli ya está muerto, no tienes porque hacer lo que te mandó! –Suplicaba Barquín, desesperado.
-Ya, bueno, pero como te dije fui creado para esto y… -se encogió de hombros-. En fin, algo tengo que hacer.
-Entonces cumple el último deseo de tu señor –dijo Marcos, tratando de disuadir al ángel vengador.
Pero Willy le dedicó una mirada asesina.
-A vosotros sí que no tengo porque haceros caso.
-¡Espera! –Dijo Barquín. Y tomando aire adoptó una postura seria, recia y orgullosa. Algo totalmente inusual en él-. Ayúdanos a acabar con las sierpes, por favor. Cuando todo esto haya acabado podrás matarme si quieres.
El ángel pareció pensárselo.
-¡Hermana no puedes hacer eso! –Gritó Aarón.
-Oh, hermano ¿te preocupas por mí?
 -No, me preocupo porque yo no pienso enterrarte ¡Te las apañas tú solito!
Barquín dio un suspiro y centro de nuevo su atención en el ángel, que seguía mascando la idea.
-Vamos, piénsalo. Habrás cumplido el último deseo de tu creador y luego la misión para la que fuiste creado. Lo conseguirás todo ¡Quedarás como Dios!
Dándose por vencido, Willy envainó su espada, con un gruñido.
-¿Y qué puñetas queréis que haga?
Marcos se acercó a él.
-¿Puedes invocar a las lucecillas esas que se meten en la cabeza de la gente? –Quiso saber el invocador.
-¿A los discípulos? Sí, supongo.
-Perfecto, necesitamos que invoques a tantos como sea posible. Los suficientes para que se meten en la cabeza de todas las sierpes y las hagan venir hasta aquí.
-No entiendo que queréis hacer, pero bueno –dijo el ángel-bestia, mientras comenzaba a elevarse en el aire, mascullando protestas-: Mata a nosequién, olvídate de nosequién, mata a las sierpes, ahora me muero yo, ahora hazle caso a la gente esta, llama a los discípulos… ¡No paro de hacer cosas!
Se elevó muchos metros por encima del suelo, hasta detenerse a casi la misma altura a la que había estado momentos antes, observando cómo las sierpes arrasaban todo a su paso.
Una increíble luz blanca comenzó a rielar de todo su cuerpo. Sus alas se abrieron, cuan largas eran. Aquella imagen pudo ser admirada desde toda la región. Muchos se detuvieron a mirar, en mitad del caos. Incluso las propias sierpes fueron llamadas a observar aquel inmenso destello blanco en mitad del cada vez más oscuro cielo.
Más abajo, Marcos se acercó a Barquín.
-No puedo creerlo… ¡Has servido para algo! –Le felicitó-. Y oye ¿De verdad vas a dejar que te mate después?
-¡No! –Respondió Barquín-. Me esconderé en algún sitio…
De nuevo, en el cielo, Willy alzó la cabeza. Parecía que iba a cantar. Toda la región se paró para observar ese momento. La voz principal del coro celestial iba a dejarse oír en aquella caótica tierra. 

Capítulo 26: Encuentro Predestinado


Con sumo esfuerzo logró incorporarse. Aún sentía un fuerte dolor interno pero se esforzó en sobreponerse. Con una temblorosa mano, Oli tomó su bola de cristal y observó. Tal y como le había ordenado, Willy se enfrentaba a las sierpes de la muerte. Pero eran demasiadas. No lograría acabar con todas antes de que avanzasen, infestando el país. La imagen bajó, como si de una cámara se tratase, enfocando ahora al pequeño y único grupo que quedaba en el sitio del bosque, contemplando la lucha del ángel. Ahí estaba él. El que fuese el mayor enemigo de Oli seguía vivo y había cambiado. Ahora el creador, gracias a su discípulo, había entendido mejor las circunstancias. Barquín tan solo era un vehículo, el verdadero mal había estado todo el tiempo dentro de él. Y ahora estaba libre. Por eso envió a Willy a acabar con las sierpes. Pero en vista del panorama… Poco quedaba que se pudiese hacer.
Sin embargo, a pesar de saberlo ahora todo había una espina que no se podía sacar. Seguía mirando a Barquín con profundo odio.
-¡Es que me da rabia, joder! –Gritó de repente-. ¡Cuando hayamos finiquitado el asunto de las sierpes volveré a ordenarle a Willy que le mate! ¡Porque si!
Pero ahora había un problema mucho más grave del que debía preocuparse.
La sentía. Sentía esa furiosa presencia acercarse a gran velocidad al Palacio de Olus.
-Granicea… -murmuró el creador.
Inmediatamente se asomó al enorme balcón. Allí estaba, acercándose a gran velocidad. Una de las sierpes de la muerte avanzaba directa al castillo. Ya se zambullía en el gran foso y ninguna de las criaturas que Oli creó para salvaguardar la entrada de su palacio podría detener a ese inmenso y furioso monstruo. Solo podía hacer una cosa…
Sacó su móvil y llamó.

En el campo de batalla Willy trataba, con la única ayuda de sus propias manos, de que aquella inmensa boca no se cerrase sobre él cuando su teléfono empezó a sonar.
-¡Vaya, que oportuno! –Gritó el ángel.

Oli se guardó el teléfono, maldiciendo a su creación.
-¡Que novedad, no me lo coge!
Tendría que salir de allí por sus propios medios. ¿Pero cómo? La presencia de aquella sierpe que tan rápido se acercaba influía en él de forma terrible. Sentía un miedo tan atroz que no se veía capaz de crear nada. Aunque dudó de que se le ocurriera algo lo suficientemente monstruoso como para hacerle frente a ese inmenso ser.
Solo podía hacer lo que mejor sabía hacer… ¡Huir!
Miró a su espalda. Ahí estaban. Sus nueve sombras. Aquellas oscuras siluetas de sí mismo que le servían como portales para poder escapar a otro lugar. Sabía que le serían útiles.
-Solo los usaré como último recurso –decía el creador, para sí-. Utilizaré el pasaje secreto que lleva a la parte de atrás del palacio y desde allí…
No pudo terminar de hablar. Las puertas de cristal que conducían a sus aposentos estallaron en pedazos, y la gigantesca cabeza de la sierpe se lanzó, con sus fauces abiertas, sobre él.
-¡Joder!
Con un gritó, Oli se lanzó sobre una de sus sombras, las otras le siguieron y la sombra que usaron como vía de escape se cerró para siempre.
Oli se encontraba ahora en uno de sus salones principales, en la parte de abajo, acompañado de las ochos sombras restantes.
-Dios… que rápida es la hija puta… -dijo e creador, aún jadeando del susto-. Tengo que salir del castillo y llegar al bosque. Que Willy me lleve volando a  otro estado ¡Que pa algo le cree!
Oli atravesó la enorme sala, hacia los portones que conducían al hall y a la salida del castillo. Solo esperaba que la sierpe no hubiese bajado ya hasta allí.
Ya alcanzaba las puertas cuando estas reventaron y aquella mole negra penetró en el salón.
-¡Su madre!
Oli solo atinó a esquivar los trozos de madera que volaron hacia él, saltando sobre otra de sus sombras, que al igual que la anterior se cerró, cuando las demás ya habían pasado.
Ahora se encontraba en una de las habitaciones de invitados dispuestas en uno de los pisos superiores. Pero ya sentía la presencia de la sierpe acercándose. Esa presencia que lo aterraba tanto como le atraía.
Debía escapar. Por muy grande que fuese el castillo no dejaba de ser una ratonera con ese monstruo suelto dentro.
De pronto, frente a él, la cabeza de la sierpe emergió del suelo, y Oli tuvo que saltar sobre otra de sus sombras, que le llevó de nuevo a la parte de abajo. A unos inmensos baños termales.
Ya sentía a la sierpe acercarse de nuevo, y sabía muy bien que ella también le sentía a él. Solo le quedaban seis portales más, y no podría seguir huyendo por siempre.
La sierpe destrozó aquella impoluta pared de mármol blanco y muchas de las estatuas decorativas allí dispuestas cargándose, además, las cañerías en el proceso.
Un torrente de agua llenó el lugar y Oli tuvo que usar otro de sus portales. Milagrosamente esta vez aquel portal le condujo al exterior. Pero resultó ser la parte externa de los baños termales que acababa de abandonar, a apenas unos metros de donde la sierpe le había atacado momentos antes.
-¡Vaya mierda! –Gritó el creador.
Y la sierpe salió a su encuentro, atravesando la pared.
Oli se lanzó sobre otra de sus sombras y esta vez fue llevado a una especie de mazmorras, en las catacumbas del palacio. Aquel era un lugar del que todavía no había decidido su uso, pero muchas de las cañerías del palacio que hacían funcionar las decenas de cascadas artificiales que caían de los torreones pasaban por allí.
-¡Genial, atrapado como un rata otra vez! –El creador maldecía su suerte-. ¡Debí haber programado los lugares a los que llegar!
Ya sentía a la sierpe acercarse hacía allí, a gran velocidad. Observó a sus sombras. Solo le quedaban tres, y sabía que no servirían de nada. Debía acabar con aquello ya.
La sierpe destrozó una buena parte del techo y de una pared al entrar allí. Enorme chorros de agua comenzaron a inundar el suelo de fría piedra.
El reptil se irguió sobre él, tanteando a su presa, con sus anillos tensados y su cuello encorvado, listo para abalanzase sobre él.
Pero entre todo aquel mar de furia y oscuridad, Oli podía sentir claramente la presencia de su amada. Sí, él lo sabía desde el principio. Desde que descubrió lo que eran las sierpes de la muerte. Aquella era la sierpe que contenía la esencia de su amada, Granizea. Y ella había venido a buscarle.
-Amor mío… -susurró Oli. La sierpe siseó, de forma amenazante. Aquellos enormes ojos negros, vacíos de todo, estaban fijos en él. Oli tragó saliva con fuerza e hizo acopio de todo el valor que le quedaba. Ya había aceptado su destino-. Granizea…
La sierpe abrió sus descomunales fauces y se lanzó sobre el creador.

Y de nuevo en el campo de batalla, Willy había ideado una nueva forma de hacer más rápida la eliminación de las sierpes. Se mantenía fijado sobre la cabeza de una de ellas, haciendo de señuelo, y cuando otra se lanzaba sobre él alzaba el vuelo, dejando que la sierpe atacante golpease a la otra, así podía aprovechar ese momento para hundir su lanza en la sierpe atacante y rematar a la otra (Más o menos. Evidentemente las maniobras nunca están exactas).
Tras librarse de las dos últimas que lo habían atacado se elevó en el aire. Ya llevaba así buen rato, y solo se había cargado a unas sesenta. Comenzó a hacer cálculos mentales: Si había tardado aquel lapso de tiempo en matar a ese número de sierpes, y mantenía aquella dinámica de combate con las demás, solo tardaría en acabar con las restantes…
-Unos dos o tres años… –dijo, con una ceja arqueada-. ¡Se acabó, yo paso ya!
De todas formas tampoco tenía mucho sentido seguir. Ya muchas de las sierpes estaban lejos de allí, y el ángel se sentía ya agotado.
De pronto un extraño sentimiento sacudió a Willy por dentro. Algo había ocurrido. Era como si una presencia muy importante se hubiese esfumado, pero… ¿Quién? El ángel-bestia no entendía nada.
Encogiéndose de hombros, envainó su espadón detrás de su cintura, y se colocó la lanza a la espalda. Aquello ya no tenía sentido. Si esas sierpes querían destruir el mundo que se divirtiesen, él ya estaba aburrido. Se elevó, muy por encima del rango de alcance de aquellos inmensos monstruos, plegó sus alas y se quedó flotando en el aire, observando con neutro semblante el final del país. 

Capítulo 25: El Principio Del Fin


-Por fin vuelvo a ser yo –decía Barquín, mirándose las manos, tan sorprendido como agotado-. Recuerdo todo lo que pasó. Antes y después de que mi hermano venciese a Rafatus. Recuerdo que…
Pero entonces Aarón comenzó a pisotearle.
-¡¿Y por qué no recuerdas como callarte la boca?! ¡Deja tu viajecito por el callejón de la memoria para más tarde!
Lo cierto era que en esas circunstancias había que darle la razón a Aarón. Ahora se encontraban en medio de un lío bastante gordo. Rodeados de sierpes de la muerte del tamaño de portaaviones.
Cara Pedrusco no sabía hacia donde apuntar con su espada.
-¿Qué vamos a hacer?
Aarón le lanzó una dura mirada.
-¿Es que no está claro? -Y agarró a su hermano, tratando de abrirle la boca a la fuerza-. ¡Venga, ya estás tragándotelas todas otra vez!
-¡Agh! ¡Suéltame, me haces daño!
-No seas animal –dijo Marcos-. Así no conseguirás nada.
-¿Y no puedes hacer el hechizo para volver a encerrarlas en su interior? –Preguntó Cara Pedrusco.
-¡Pero a mi dejadme en paz! –Protestó Barquín, pero nadie le hizo caso.
-No, solo el Patriarca puede.
-¡Pues vamos donde el Patriarca ese! –Gritó Aarón.
-Sí, claro, muy fácil ¿No ves que estamos rodeados? Nos devorarán antes de que salgamos del bosque.
-¡Entonces las mataré yo mismo!
Una de las sierpes reptaba hacia ellos, devastando el camino a su paso. Aarón se lanzó como un poseso hacía ella, y comenzó a darle mandoblazos con Segadora Letal en su enorme cabeza.
-No podrá con todas, son centenares –dijo Cara Pedrusco.
-No, claro que no podrá. Hay que volver a encerrarlas. Pero para cuando el Patriarca quiera llegar hasta aquí ya se habrán diseminado por todo el país. ¡¿Por qué no se compraría un acuario con peces de colores como todo el mundo?!
Mientras Aarón se las veía con su sierpe, otras se acercaban a ellos. Y al mismo tiempo, más sierpes comenzaban a avanzar en todas direcciones. Tal y como dijo Marcos, pronto estarían disgregadas por todas partes.
Un grupo de ellas avanzaba a gran velocidad hacía la caravana del publico que había venido a ser testigo de la batalla. Murga las veía acercarse, con los huevos de corbata.
-Oh, mierda…
Debía hacer lo que dijo Marcos y marcharse de allí con toda la caravana. Pero una de las sierpes ya se cernía sobre ellos. Aquella inmensa mole negra ya abría sus fauces y se lanzaba sobre la gente, que gritaba de terror. Pero entonces algo pasó cortando el aire y golpeó al gigantesco ofidio en su triangular testa.
El público estalló en vítores ante su alado salvador, que surcaba el cielo.
-¿Es un pájaro?
-¿Es un avión?
-¿Es… una manticora?
-¡¿Sois imbéciles?! –Gritó en ángel-bestia, perdiéndose en la lejanía.
Murga dio un suspiro de alivio, pero no podía entretenerse, debían aprovechar ahora que la sierpe estaba atontada por el golpe.
-¡Vamos, debemos volver al Coliseo! –Le ordenó a los conductores de los carromatos-. ¡Suban a sus carromatos! –Ordenó ahora al público.
Y esta vez estaban demasiado acojonados como para  desobedecer. Murga iba a subirse también cuando Tiburón salió como alma que lleva el diablo en dirección a donde el ángel se había ido.
-¡La madre que le echó!
-Señor, no podemos esperar más –dijo uno de los conductores.
-¡Mierda! Bueno, vale, iros. Ya me las apañare.
Murga no había terminado de decir aquello cuando los carromatos salieron disparados de allí.

Mientras, Aarón seguía enzarzado con su sierpe. El grotesco monstruo chorreaba oscura sangre por las múltiples heridas que Aarón le había causado en la cabeza. Ya desesperado, el monstruo se lanzó de nuevo sobre él, pero Aarón hizo lo mismo, pasando por debajo de aquella cabezota y hundiendo su espadón en la garganta de la criatura.
-¡Ja! ¡Sierpes de la muerte a mí! –Saltó el bárbaro, triunfante.
Pero otra sierpe ya se cernía sobre él, desencajando su ya de por si exagerada mandíbula, y lanzándose sobre el bárbaro para devorarle de un  solo bocado, a él y a cuantos estaban a su alrededor.
-¡Cuidado, hermano! –Le gritó Barquín.
Aarón se giró, con una amplia y sádica sonrisa.
-¡Ah! ¡¿Tú también quieres, eh?!
Preparó su espada para contraatacar. Pero algo se le adelantó. Willy, que volaba a ras de suelo como una bala, ya con su espadón preparado, llegó hasta ellos, ganando rápidamente altura para pasar sobre Aarón y darle un golpe de revés con su arma al reptil, cuya cabeza giró a causa del impacto y sus mandíbulas se cerraron. En ángel cogió un poco más de altura y se dio la vuelta, al mismo tiempo que se sacaba la lanza que llevaba a la espalda. Plegó sus alas y se lanzó en picado sobre el aún aturullado monstruo, hundiendo la lanza en su cráneo. La cabeza del reptil calló con pesadez al suelo, provocado un ligero temblor en el suelo, y la lanza atravesó la tierra.
Aarón se quedó mirando al nuevo integrante de la lucha con su mirada asesina, y entonces le apuntó con su puño de amenazar.
-¡Ese era mío!
Pero el ángel no le hizo el menor caso. Estaba demasiado ocupado arrancando su lanza del suelo y del cráneo de la sierpe, mientras farfullaba maldiciones.
-Mata a nosequién, me dijo. Olvídate de  nosequién, me dijo después –con un último tirón recuperó su arma-. Mata a las sierpes, se le ocurrió decirme más tarde. ¡No soy su puto criado!
Y con espada y lanza en mano, alzó el vuelo en pos de otra sierpe que se acercaba.
-¿Ese no era el ángel de Oli? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parecía –respondió Marcos.
-Pues se ve que las ortopedias estaban cerradas y tuvo que ir a un zoo.
En ese momento llegó Tiburón, rebuznando como un poseso, y poco después Murga.
-¡¿No te dije que sacaras a la gente de aquí?! –Dijo Marcos.
-Si ya se han largao. Yo he tenido que ir a buscar a este tonto, que ha salido por patas –tomó las riendas de Tiburón para que no se escapase de nuevo-. Por cierto ¿Habéis visto al ángel de Oli?
-Sí.
Murga se rió.
-¿Y habéis visto las patas que le han puesto?
Los demás también se rieron.
-Sí.
Todos dirigieron su mirada al ángel-bestia, que seguía luchando contra una de las sierpes.
Aquellos animales eran verdaderamente rápidos. Y ese en particular estaba, además, realmente furioso, repartiendo dentelladas de forma tan veloz que Willy no encontraba ningún punto ciego donde contraatacar. El ángel se decidió entonces por otra estrategia. Aterrizó sobre el enorme cuerpo de la bestia, a medio camino de la cabeza, y trotó hacia ella. Pero cuando ya alcanzaba el cuello la sierpe se giró, ya con sus fauces abiertas, mostrando aquellos colmillos más grandes que un hombre. En el último instante Willy tomó impulso sobre sus patas felinas y saltó, esquivando aquella gigantesca boca y aterrizando sobre el cráneo del reptil. La sierpe agitaba la cabeza de forma frenética, tratando de librarse de aquel parásito blanco. Pero Willy se había fijado muy bien, clavando sus cuatro garras sobre aquellas duras escamas. Alzó su espadón y lo hundió en la cabeza de la sierpe, llegando al cerebro y matándola. Antes de que el cadáver tocase el suelo, otra sierpe se abalanzaba sobre él, con sus fauces abiertas, dispuesta a devorarle de un solo bocado. La espada de Willy aún seguía clavada en la cabeza de la otra sierpe, así que tuvo que alzar de manera inmediata su lanza, que atravesó el paladar del nuevo atacante, pero este contuvo su arremetida antes de que la punta del arma tocase el cerebro. La nueva sierpe sacudió su cabeza y Willy, que no tenía intención alguna de soltar su lanza, fue separado de la cabeza del otro reptil, justo cuando ya se desplomaba sobre el suelo. La sierpe que ahora atacaba al ángel abrió aún más sus fauces, dificultado que Willy pudiese terminar de clavar su lanza. La bífida lengua del monstruo le rodeo por la cintura, tirando de él hacía la oscura garganta. Pero la espada del ángel ya estaba libre, así que, de un mandoblazo, la cortó, y tomando impulso, se giró y saltó fuera de la boca, sacando la lanza en el proceso. Aunque no fue lo bastante rápido. La boca de la sierpe se cerró, atrapándole su cola de jaguar.
-¡Au! –Gritó en ángel-bestia, que se giró y comenzó a hundir su espada varias veces sobre la cabeza de la sierpe-. ¡Suelta, suelta, suelta, suelta!
Y como si de un torero se tratase, clavó su lanza y luego su espadón en la cabeza de la sierpe, derribándola. Batió sus alas, tratando de ganar un poco más de altura, pero dos nuevas sierpes se abalanzaron sobre él.
-¡¿La madre que las…?!
Desde abajo, aquellos que quedaban en el centro del claro, seguían observando la pelea del ángel-bestia con las sierpes.
-No aguantará mucho más así… -Observaba Marcos-. Son demasiadas.
-Creo que ahora deberíamos preocuparnos por nosotros mismos –dijo Cara Pedrusco.
Más sierpes se acercaban a ellos.
-Creo que en estos momentos lo de pelear… no me parece una opción –observó Murga.
-¡Lo dirás tú! –Respondió Aarón.
-Señor, tiene razón, debemos huir. Puede que haya muchas, pero tal vez logremos encontrar un resquicio por donde escapar.
-No lo creo –rebatió Marcos-. Observad bien.
Pronto todos entendieron a lo que el invocador se refería. Las bestias del ejército de Oli que quedaban diseminadas por el bosque habían salido en estampida, espantadas por las sierpes de la muerte. Matando a su paso a los soldados de la Cábala y del Bosque de Froxá que intentaban escapar.
-Estamos jodiditos… -comenzó a murmurar Cara Pedrusco, con la mirada ida-. Estamos jodiditos…jodiditos… ¡Estamos jodiditos, jodiditos, jodiditos! ¡Estamos jodiditos! ¡Jodiditos, jodiditos!
Pero Aarón le tomó por los hombros y le dio un bofetón.
-¡Controladito! ¡Leches!
Cara Pedrusco pareció reaccionar y calmarse.
-Gracias, señor, no sé que me pasó.
Pero Aarón siguió dándole sonoras bofetadas.
-Esto… creo que ya está bien –dijo Murga.
-¡Lo sé! Pero me gusta darle sopapos.
-Será mejor que estéis atentos –dijo Marcos, retrocediendo.
Las sierpes ya se les venían encima.
Decidido, Barquín se puso en pie.