sábado, 10 de septiembre de 2011

Capítulo 10: Amenaza Invisible

Juan se encontraba en su palco de honor, desde el que disfrutaba de una vista panorámica de todo el coliseo. La arena, ahora vacía, y las gradas desocupadas, dejaban apreciar la elaborada y cuidadosa ornamentación del coliseo. Las columnas talladas, los símbolos tribales en los palcos, las estatuas demoniacas que decoraban la baranda superior, como si de inmóviles guardianes se tratasen. Todo aquello formaba un dominio digno de un rey. O mejor dicho, de un dios. Y el Patriarca de la Cábala era lo más parecido a un dios que las pobres gentes de aquellas tierras habían visto. Todo era poco para él.

Sin embargo, el amo y señor de aquella impresionante obra arquitectónica no se sentía especialmente feliz a pesar de su poder y sus riquezas. Algo en su interior le perturbaba. Una sensación peligro había crecido dentro de él desde hacía unos días. Una sensación que apelaba a que se mantuviese alerta. ¿Pero qué? ¿O quién? ¿Qué podría haber en aquellas tierras que amenazase su reino? ¿Quién podría existir que pudiese desafiarle? Sinceramente, dudaba que pudiese haber algo que pusiera el peligro lo que había creado. Sin embargo, aquella sensación de inquietud no desaparecía.

Juan se frotaba las manos, cada vez más intranquilo. Algo crecía al Este, en el boque de Froxá. Un poder extraño. Y muy fuerte. El señor de la Cábala sabía de sobra quien se encontraba allí, y aunque siempre lo considero una molestia jamás llegó a catalogarlo como una amenaza. Pero ahora…

¿Qué podría hacer un simple bárbaro en su contra? Por muy campeón imbatido de los fosos que hubiese sido en el pasado no dejaba de ser un simple hombre. Entonces ¿Por qué esa inquietud? Tal vez hubiese más de lo que preocuparse. Fuese lo que fuese, el Patriarca no dejaría que aquello fuese a más. Si de verdad existía algo en ese bosque que en un futuro debería considerar como amenaza lo arrancaría ahora de raíz.

-¡Buenas tardes, mi señor!

Aquel estridente y ensordecedor berrido casi lo hizo dar un bote y precipitarse desde el palco.

Furioso, el Patriarca se giró para encontrarse con la figura de Marcos, que le saludaba con la mano, efusivamente.

-¡¿Cómo coño has entrado aquí?! –Exigió saber el Primero.

-Pues por la puerta –respondió el interpelado, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuese lo más evidente del mundo.

El Patriarca maldijo en silencio a los vagos de sus guardias, con los que ya ajustaría cuentas más tarde.

-¿Qué es lo que quieres?

-¡Ah! ¡Cierto! Que yo venía para algo –rió el invocador-. Traigo el reporte del avance de la construcción del nuevo Coliseo.

El Patriarca se llevó una mano a la frente.

-Dios nos asista… ¿Cuánto hemos perdido?

-Em… Pues… Le resultará extraño, pero la construcción del Coliseo avanza. Y mejor de lo que jamás podríamos haber esperado.

-¡¿Qué?! ¡Imposible!

Pero Marcos asintió enérgicamente con la cabeza.

-El pantano ya ha sido drenado y la infraestructura del Coliseo finalizada.

El Patriarca no cabía en su asombro.

-No puedo creerlo… ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cómo ha sido capaz de cumplir con su cometido?!

Marcos se encogió de hombros.

-Supongo que delegó la supervisión de la construcción en alguien que supiera lo que hacía, tal y como usted mismo predijo. Y tenía razón, él no se atrevería a arruinar la construcción de vuestro nuevo Coliseo. Tal vez no sea tan tonto como creíamos –añadió con una maliciosa sonrisa.

-¡O tal vez algún bocazas ha metido las narices donde no debía!

(Lejos de allí, en el Pantano de la Rabia, Murga dio un fuerte estornudo).

No lo podía creer. Aquello no podía estar pasando. Nervioso, el Patriarca caminaba a gran velocidad de un extremo a otro de la sala, sopesando todo lo que estaba ocurriendo. Marcos tuvo que esquivarle más de una vez para que no se rozasen.

-¡Sigo sin poder creerlo! –Gritó, parándose en seco-. ¡¿Quién es el informante?!

-Uno de los capataces.

-¿Se ha ido?

-No. Necesitaba comer e ir al baño.

-¡Llévame hasta él!

Marcos condujo a su señor hasta una de las posadas adheridas al Coliseo. La gente se apartaba e inclinaba al paso de Juan, presentándole su temor y su respeto. Cuando entraron a la posada muchos de los allí presentes ahogaron un grito de sorpresa o se atragantaron con la comida. No pasaron ni cinco segundos cuando todas las caras estaban besando el suelo.

-Es aquel –señaló Marcos a uno de los pobres desgraciados.

-¡Tú! –El Patriarca fue hasta él casi de un salto-. Tienes un minuto para contarme todo lo que ha pasado en el Pantano de la Rabia desde que os asentasteis –aquel pobre hombre se quedo mudo ante la amenazante proximidad del Primero. Temblaba de pies a cabeza-. ¡Habla!

A pesar de miedo el hombre se obligó a sí mismo a hablar. A cada palabra que aquel desdichado decía la frente del Patriarca se iba arrugando cada vez más, y un tic en su ojo derecho se hacía cada vez más pronunciado.

-¡¿Quién?! –Tronó el Patriarca, y todo el mundo se encogió en el suelo-. ¡¿Quién es ese desgraciado que lo está ayudando?!

-Se llama Murga. Va con un burro gigante que se llama tiburón. Él supervisa la obra e informa a Barquín.

Juan se llevo las manos a la cabeza y empezó a chillar.

-¡Yargh! ¡Maldito Murga! ¡¿Qué se piensa, que ñarghsjdklnadklsjqalndskldjhklansgs?!

-¿Cómo dice? –Preguntó Marcos, con sumo interés.

-¡Que me cago en su estampa! ¡Eso digo!

Y dicho aquello, se quito uno de los negros guantes que cubrían sus manos y le dio un revés con el dorso de esta al pobre capataz en la cara.

El hombre cayó al suelo con un grito, sujetándose el negro estigma que aquel simple contacto le había producido. La descomposición no tardó en extenderse por todo su cuerpo hasta reducirlo a una uniforme y pegajosa masa negra y, instantes después, a simple polvo.

-Eso ha debido de doler… -observó Marcos.

Furioso, el Patriarca salió de allí. Marcos trotó tras él para darle alcance.

Juan se sentía fuera de sí, todo estaba saliendo mal. Marcos decidió no acercarsele mucho.

-Vamos, anímese –le dijo.

-¡¿Qué me anime?! ¡¿Cómo quieres que me anime?! –Estalló el Primero-. ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira lo que hemos conseguido! ¡Y ahora vamos a perderlo todo!

Marcos observó a su alrededor. El Patriarca tenía toda la razón. Gente riendo, niños jugando, ofertas en todos los comercios… Desde que Barquín se marchó de allí todo había sido felicidad y festejo. Nunca antes se había visto algo así en el perímetro que abarcaba la sede de la Cábala. Todas las personas que allí vivían ahora eran felices. Hasta los guerreros de los fosos que sabían que iba a morir iban con una sonrisa en la boca a enfrentarse a esos monstruos gigantes que sabían que iban a devorarlos. Todo era concordia. Todos los viernes el mercado vendía sus productos a mitad de precio y el Coliseo ofrecía un espectáculo gratuito. Y por las noches, se reunían todos y quemaban una imagen gigante de Barquín, y luego bailaban sobre las cenizas hasta al amanecer. Incluso se instauró como nuevo día festivo el día en que él dejó la ciudad.

Y ahora estaban a punto de perder toda esa dicha.

-Tranquilícese –Marcos insistía en sus intentos de animar a su señor-. Aún tenemos tiempo. Como mínimo les tendrá que llevar otra semana terminar de construir el coliseo y prepararle para su inauguración. Podemos pensar en alguna otra cosa para librarnos de él.

-Sí. Pero ahora hay otro asunto más importante del que debo ocuparme.

-¿A qué os referís?

-Algo está creciendo en el bosque de Froxá.

-Hombre, pues imagino, es un bosque, ahí crecen cosas.

-¡No, idiota! Algo peligroso para nosotros. Puedo sentir perfectamente el poder del Gitani. Y sé que Aarón planea vengarse de nosotros.

-¿Aarón y el Gitani…? –Marcos sopeso aquella ecuación-. Es una peligrosa combinación.

-Lo sé. Por eso me encargaré de ello ahora mismo y… -el Patriarca se detuvo de pronto-. Un momento… -se volvió de improviso hacía Marcos, mirándole con ceño-. ¡¿Qué leches hago yo hablando contigo?!

-Ah, pues… no sé –reía el invocador-. Pero la conversación estaba siendo muy amena.

Juan volvió a quitarse el guante y se dispuso a abalanzarse sobre él.

-¡Argh!

-Vaya humor que se gasta, señor –decía Marcos, echando a correr-. ¡Con todo lo que yo lo quiero!

-¡Fuera!

-¡Ya me voy! ¡Ya me voy!

Con un gruñido, el Patriarca regresó al Coliseo y fue directo a sus aposentos. Sus sirvientes seguían sin dar señales de vida asique apunto sus nombres en su lista de gente a la cargarse después. Luego se preparó una mochila de metal con algunas cosas y se ató su espada a la cintura. Había algo en el bosque de Froxá que estaba amenazándolo y él mismo se encargaría de ello. Iría al bosque de Froxá, mataría a Aarón y se haría con el Gitani. Entonces nadie podría detenerle.

Capítulo 9: No Olvidar Ni Perdonar

Aarón no recordaba haber tenido en su vida semejante cabreo. Caminaba a grandes zancadas de nuevo al bosque de Froxá, gruñendo de vez en cuando. Había ido a salvar a su hermana, a la que había creído muerta, y esta le había desdeñado. ¿Cómo podía ser tan desagradecida? Tan solo la había cortado de lado a lado su espada, y sin querer ¡No había sido para tanto! Sin embargo ella era muy rencorosa. Y para colmo, como si no tuviese ya suficientes cosas para cabrearse, esos desgraciados de la Cábala la había convertido en un hombre… ¡¿Cómo había osado?!

Puede que Aarón estuviese cabreado con hermana y esta ya no mereciese ser rescatada por él después de cómo lo trató la última vez. Sin embargo, esa gente de la Cábala pagaría por lo que la habían hecho. Por el simple hecho de tocar lo que no era suyo. Así lo pensó el bárbaro y así lo haría.

Ahora debía volver a ese retorcido bosque parlante y discutir con él hasta que le devolviese su preciada espada. Y usaría la fuerza si fuese necesario. Una vez recuperase su arma volvería al Coliseo y les daría un buen repaso a todos. Eso calmaría su irrefrenable ira.

Cuando Aarón llegó al bosque de Froxá procuró acelerar el paso para llegar a su centro lo antes posible. Según avanzaba entre la espesura fue cayendo en la cuenta de que no estaba como recordaba haberlo dejado. Los árboles se habían multiplicado de forma exagerada, y ahora median docenas de metros más. La maleza lo cubría todo casi como si de verdes arenas movedizas se tratasen. Aquel bosque había crecido y mutado, transformándose en un estrafalario océano de retorcida vegetación.

Pero, por supuesto, no fue el bosque lo único que había cambiado. Las criaturas que lo habitaban también. Se había hechos más grandes y fieras. Incluso algunas se habían cruzado con otras originando extraños variopintos especímenes que parecían sacados de una mente enferma. Había insectos gigantes, ardillas con alas de murciélago y garras de halcón, los tontukos se habían convertido en tontísimos… Y había cientos de especies más que Aarón ni conocía ni tenía el más mínimo interés en conocer. Él continuaba su avance, imperturbable, casi arrastrando las piernas entre aquella profunda alfombra verde. Ni tan siquiera prestaba atención a las alimañas que salían a su encuentro a las que, simplemente, aplastaba. Aunque le advirtiesen que tuviese cuidado por donde pisaba. Y si alguna criatura de mayor tamaño le salía al paso, su vara daba buena cuenta de ella. No paso mucho tiempo hasta que la fauna mutante froxana consideró la opción de no acercarse a él. El propio bosque y sus criaturas habían comenzado a sentir el latente poder que ardía en interior del bárbaro. Un poder que les intimidaba en la misma medida que los atraía. Un poder que el mismísimo bosque le había otorgado. Un poder que lo situaba como el nuevo e indiscutible líder del bosque. (Eso y que era muy bestia).

Finalmente, y después de un largo camino, llegó hasta su destino. Aunque lo que había frente a él no le hizo gracia alguna. El montículo donde estaba el cadáver de Rafatus, que anteriormente había crecido hasta convertirse en una pequeña montaña, ahora era enorme montaña, de forma cónica, muy similar a la de un volcán, y totalmente cubierta de árboles muertos y pútrida vegetación.

-¡Me cawen la…!

Por si no tenía ya bastante con su cabreo ahora tenía escalar aquella montaña. Aquel sí que había sido un mal día.

Aarón trepó la empinada colina con manos y dientes, cagándose en todo lo cagable. Cuando por fin alcanzó la cumbre observó el inmenso agujero ante él, el cráter que albergaba el cuerpo sin vida del Rafatus y… su espada. El epicentro del poder del renacido bosque de Froxá.

-¡Eh! ¡Bosque estúpido! –Gritó Aarón al interior del oscuro agujero-. ¡Quiero mi espada a la de ya!

-Así que has vuelto, Aarón –respondió aquella profunda y mística voz desde sabe dios donde.

-¡Sí! ¡He vuelto a por mí espada! ¡Así que o me la das o bajo a por ella!

-¿Qué hay del regalo que te di?

-¡¿Este palo de mierda?! ¡Toma!

Y lo lanzó al interior de aquel pozo ciego. Sin embargo, no pasaron ni dos segundos cuando el palo emergió de aquellas oscuras profundidades, yendo de nuevo a la mano de Aarón, que con un gruñido volvió a tirarlo dentro, aunque obtuvo el mismo resultado.

-¡Argh!

El barbaró partió la vara en dos con la rodilla y tiró de nuevo ambos trozos al cráter. No obstante, la vara volvió a emerger de igual manera, de nuevo siendo una única pieza.

-¡Se acabó! ¡Ahora verás!

Y dicho esto se lanzó al interior del foso, pero una rama salió de las profundidades, agarrándole, y volvió a dejarlo al borde del cráter. Aarón se llevo las manos a la cabeza y empezó a gritar de furia.

-Cálmate –susurró la voz del bosque-. No puedo dejar que te llevas la Espada del Gitani.

-¡Es mía! ¡Mía!

-Mira a tu alrededor, Aarón. Observa lo que el Gitani ha conseguido. Ha insuflado de nueva vida el seno del bosque. Ahora somos más fuertes. Y mientras la espada siga aquí nuestra fuerza seguirá aumentando.

-¡Que no me cuentes tu vida! ¡Que me des mi espada! ¡Que me voy a cabrear de verdad!

-¡Piensa, bárbaro! Te he otorgado un poder mucho mayor que él que esa espada pueda darte. Ahora eres capaz de prodigios que jamás lograrías con la Espada del Gitani en tus manos.

-¡¿Pero de qué coño hablas?! –Gritaba Aarón, cada vez más exasperado.

-Ahora el poder de Froxá reside en ti. Tú y el bosque, el bosque y tú, ambos sois uno.

-Que cutrez…

-Mientras el poder del bosque crezca tú poder crecerá. Por eso la espada debe permanecer donde está.

-¡Y una mierda! ¡Devuélvemela!

La voz soltó una especie de suspiro, y casi se lo oyó farfullar algunas palaras por lo bajo, algo así como “este tío es muy tonto”.

-Hagamos un trato.

-¡No quiero tratos!

-Usa una vez más el arma que te di.

-¿El palo de mierda? Úsalo tú si quieres.

-Esa vara tiene el poder de la vida. De la creación.

-¡Pero es que yo no necesito crear! ¡Necesito destruir! ¡Tengo que cargarme a esa gentuza de la Cábala por lo que le hicieron a mi hermana!

-Nunca subestimes el poder de la creación, bárbaro. Muy pocos tienen el privilegio si quiera de saber lo que sentiente al poseerlo.

-¡Chorradas!

-Dices que quieres vengarte de la Cábala, pero para eso necesitarás un ejército.

-¡¿Qué ejército ni que ostias?! ¡Tú devuélveme mi espada y ya verás!

-No es solo la Cábala a lo que te enfrentas. Al norte está creciendo un nuevo peligro. Un peligro como no puedes imaginar.

-¡Bla, bla, bla!

-Cuando esa fuerza y la de la Cábala colisionen Froxá estará en medio. Pero tú puedes impedirlo.

-¡Oblígame!

-Ahora eres el señor de Froxa, te ayudaré a crear un ejército y con él podrás destruir a la Cábala y, llegado el momento, impedir que aquel peligro que se está gestando en el norte llegue a extenderse por todo el continente.

-¡Me estás cansado! ¡Devuélveme mi espada, bosque estúpido!

-Haz lo que te he dicho. Usa el poder que te he dado una vez más. Enfréntate cara a cara con tu hermano.

-Hermana.

-Como sea. Hazlo así, y si no obtienes lo que querías, tú espada te será devuelta. Créeme, tienes más poder del que crees. Ahora debes aprender a usarlo…

Y dichas esas últimas palabras la voz se fue alejando, disolviéndose con la brisa en un lejano eco.

-¡Qué no! ¡Que me devuelvas mi espada! ¡Oye! ¡¿Me está escuchando?! ¡¿Eh?! ¡Eh! –Aarón maldijo para sus adentros-. Voz estúpida, ahora se hace el sordo.

De muy mala gana Aarón comenzó a descender de nuevo la montaña. Haría lo que la voz del bosque le dijo, iría a enfrentarse a su hermana (y ya que estaba a la Cábala entera). Pero de no salir las cosas como él que quería, volvería a por su espada y a rendir cuentas con aquella estúpida y tramposa voz.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo 8: Comenzando Las Obras

Tal vez nadie pudiese recordar cuándo fue la última vez que se dio un hecho como aquel; Todos los caminos principales no habían sido transitados desde hacía horas. Nadie osaba circular por ellos, pues una gran comitiva de la Cábala ahora los ocupa. Transportando enromes carromatos tirados por elefantes verdes gigantes y de más grotescas y gargantuescas criaturas.

Y alzando por encima de aquel torrente de fieles a aquella oscura religión se alzaba su campeón. Que con el dedo alzado animaba a sus tropas de obreros a que acelerasen la marcha.

-¡Más rápido! ¡Más rápido! –Gritaba Barquín, alzando por fuera de los barrotes de la jaula en la que lo transportaban, como si él mismo fuese un animal de circo más-. ¡Sí! ¡Yo estoy al mando! –Reía.

Pero de pronto la caravana se detuvo. Un goblin muy feo se acercó a un hombre que, por su aspecto, se presumía que fuese el verdadero líder de la comitiva.

Barquín, cuya jaula se encontraba cerca de ellos, empezó a mover los barrotes, nervioso.

-¡¿Qué ocurre?! ¡¿Por qué nos detenemos?! ¡Reanudad la marcha! ¡Os lo ordeno! ¡Que yo soy el líder! ¡¿Eh?!

Ignorando completamente los alaridos histéricos de su simbólico líder, el goblin se dispuso a reportar ante su señor.

-¿Qué ha ocurrido? –Quiso saber el hombre.

-Uno de los verdefantes ha vomitado en medio del camino, dice que no se encuentra bien y que no puede continuar tirando de su carromato.

-Um… Esto sí que es un problema… -musitó el comandante, pensativo.

-¡Sí! ¡Vamos a tardar horas en fregar toda esa guarrada!

-¡No, imbécil! –Gritó el comandante, dándole un capón al goblin-. No podemos detenernos más tiempo. Necesitamos una solución.

El hombre, adoptando una posición reflexiva, comenzó a sopesar las posibles opciones, que no eran muchas. Entonces su mirada se topó con el campeón, que seguía gritando y colgándose de los barrotes, en un desesperado intento de que le prestasen un mínimo de atención. Una amplía y malévola sonrisa se dibujó en el rostro del comandante.

-Los está haciendo muy bien, señor –animaba el comandante-. Jamás pudimos imaginar tener un líder tan brillante como usted. De no ser por su inestimable ayuda no se que hubiese sido de nosotros.

A pesar de que aquellas palabras le resultabas profundamente halagadoras, Barquín comenzaba a flaquear en su labor de tirar de un carro de más de cien toneladas.

Con un último suspiro de derrota, el campeón se dejó caer cuan largo era sobre el pedregoso camino.

-No puedo más…

-Vamos, ánimo –decía el comandante desde el carro, en el que se hallaba sentado muy cómodamente leyendo una revista. Movió un poco las riendas que sujetaban a Barquín, a ver si este reaccionaba-. Venga, un último esfuerzo. Solo quedan treinta kilómetros.

-No… No… Puedo… Me… Me muero…

-Vaya, que lástima –habló el comandante, con fingida voz lastimera-. Si nos demoramos más no podremos terminar el Coliseo en la fecha prevista y el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade ¿O sí?

Ante aquellas palabras Barquín pareció reaccionar. Pero por muy hondo que le hubiese calado lo cierto era que no podía dar un paso más.

-Yo… Yo…

Se echó a llorar y a patalear en medio del camino.

-Ay… Lo que hay que hacer… -suspiró el comandante, cogiendo una caña de pescar y clavando en ella un mugriento trozo de pan. Lo estiró, colocándolo frente a los ojos de Barquín-. Mira que cosa tan rica hay para ti.

Al ver aquel mohoso y pútrido trozo de pan los ojos de Barquín se le salieron de las orbitas. Llevaban días sin darle de comer, y no entendía por qué…

-¡Comida! –Gritó.

Comenzó a andar a toda velocidad, tratando de dar alcance a ese inquieto trozo de pan ennegrecido, que parecía no querer quedarse quieto en el sitio.

-¡Comida, comida, comida, comida, comida!

El resto de la campaña tuvo que hacer grandes esfuerzos no perder de vista al carromato que se alejaba a gran velocidad de ellos.

Habían pasado tres días desde que llegasen al Pantano de la Rabia y comenzasen la obras, que avanzaban de de una forma que en opinión del jefe Barquín era rápida y eficaz. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas.

-Señor, esto es un desastre, llevamos aquí tres días y no hemos avanzado nada. Ni siquiera hemos empezado a drenar el pantano. A este paso no terminaremos nunca –se quejaba un goblin al comandante.

-¡Ya lo sé! –Respondió el interpelado, de muy mal humor-. ¡¿Pero qué diablos quieres que haga?! ¡Ese imbécil no sabe ni donde esta! –Señaló un montículo sobre el que se había colocado una jaula, con Barquín en su interior, aparentemente muy ocupado en algo-. Iré a hablar con él.

El comandante se sacó una petaca del bolsillo dio un largo trago y comenzó a subir el montículo. Cuando estaba llegando se detuvo, dio media vuelta y descendió un par de metros para luego darle otro trago, aún más largo, a su petaca, y de nuevo volvió a ascender hasta llegar a la jaula.

Cuando notó su presencia Barquín alzo mirada, viéndose feliz ser visitado por alguien después de tres días. Se encontraba sentado, y entre sus piernas había montones de papeles. El comandante no quiso saber que había estado haciendo.

-¡Comandante! –Saludó el campeón, pletórico-. Mire, he estado ayudando con los planos.

Barquín le mostro una de las hojas que había estado garabateando, en la que podía apreciarse una casita unidimensional con una pequeña y humeante chimenea en su triangular tejado y un sonriente sol sobre ella.

El comandante alzó una ceja.

-Maravilloso.

-¡Va a quedar genial! –Gritaba Barquín.

-Señor, me temo que tenemos que ponernos serios.

-¿A qué se refiere?

-Espere un momento.

El comandante se alejó de allí, bajando el montículo a la carrera, encontrándose al goblin con el que acababa de hablar en el mismo sitio que lo dejó.

-Señor ¿Qué le ha dich…?

Pero antes de que el goblin pudiese terminar de formular su pregunta el comandante se puso a vomitar.

-¿Se encuentra bien?

-¿A ti qué te parece? Prueba tú a acercarte a él a ver como se te queda el estómago.

Con un suspiro de resignación el comandante volvió a subir el montículo hasta la jaula, donde Barquín lo esperaba con gesto confundido a causa de su repentina y corta visita.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó el campeón.

-¡Nada! –El comandante carraspeó, para aclararse la garganta-. Veamos. Como le iba diciendo. Hay que ponerse serios. Llevamos tres días en este pantano y no hemos hecho nada. Si en dos días no hemos drenado el pantano y comenzado con la infraestructura del coliseo el Patriarca se enfadara. Y tú no quieres que el Patriarca se enfade… ¿O sí?

-Yo… Yo… -los ojos de Barquín comenzaron a llenarse de lágrimas-. ¡Pero si yo les lance unos planos desde la jaula para que empezasen!

El comandante echó una ojeada a su alrededor. Todo el suelo estaba lleno con hojas pintarrejadas y llenas de dibujos absurdos.

El hombre puso los ojos en blanco y dio un largo suspiro. Se sacó de uno de los bolsillos interiores de su atuendo unos rollos de pergamino y los lanzó dentro de la jaula.

-Ahí están los verdaderos planos. Los que el propio Patriarca solicitó. Tú estás a cargo de la construcción del coliseo asique míralos con cuidado. Dentro de unas horas enviaré a algunos hombres para que les des órdenes.

Y antes de que Barquín pudiese hacer o decir nada el comandante salió corriendo de allí, con intención de volver a vaciar el estómago en el primer sitio que encontrase, que en este caso fue el goblin de antes.

Apesadumbrado, Barquín desenrolló los pergaminos y comenzó a ojearlos. Pronto llegó a una conclusión: ¡No entendía nada! Aquello estaba lleno de rayas, números y símbolos muy raros ¡No tenía sentido!

-Yo… Yo… No entiendo… Yo… -balbuceaba Barquín, entre lágrimas-. Yo... no… no se… no entiendo… yo... yo… ¡Buaaaaaa!

Y de nuevo se echó a llorar.

¡¿Qué iba a hacer?! El Patriarca había confiado en él y ahora él iba a fallarle. Se enfadaría. Se enfadaría mucho con él, y ya no sería su favorito (¿Desde cuándo fue su favorito?). Ante la aterradora idea de ser despreciado por el Patriarca, que tan inmensamente bueno había sido con él, dándole las más lujosas jaulas para su único disfrute, el llanto de Barquín se hizo más fuerte, llenando el pantano.

-¿Hoy era día de matanza? –Preguntó un goblin.

-Pobres cerdos, en mi aldea intentamos que no sufran –respondió otro.

Un chico con un burro gigante que se había presentado voluntario para lo obra escuchó aquellos estridentes y molestos aullidos. Subió el montículo con la idea de liberar de su sufrimiento a la alimaña que estuviese berreando, pero lo que se encontró fue muy distinto.

-¡Agh! –Gritó, escondiéndose detrás de su burro gigante.

Al verle, Barquín pareció calmarse un poco. Y como Murga era una persona abierta y amistosa decidió aguantarse las ganas vomitar hasta haber hablado con él.

-¿Qué te pasa?

-¡Es que… el… obra… tenía… yo… snif… y entonces… pantano… Patriarca… y me tiraron piedras… y dos días para… snif… y no se… y entonces… y me caí… buaaaa!

Murga escuchó muy atentamente los incoherentes balbuceos de Barquín, observándole con serio interés.

-Claro… -respondió, asintiendo-. Oye ¿Por qué no tratas de serenarte un poco y me lo cuentas más despacio? Y rápido, que necesito ir al baño… -reprimió una arcada.

Barquín trató de serenarse un poco.

-Verás. Es que si en dos días no drenamos el pantano y empezamos la obra el Partriarca se enfadara y… y… ¡Es que yo no sé! ¡Buaaa!

-Vale, cálmate, deja de llorar.

-Mira…

Barquín le tendió entre los barrotes los planos. Murga, armándose de todo su valor, estiró la mano y los cogió (luego se las desinfectaría con lejía). Ojeó los planos con ojo experto y luego volvió a mirar a Barquín.

-¿Eres arquitecto? –Preguntó Murga.

-No.

-¿Ingeniero?

-No.

-¿Carpintero?

-No.

-¿Escultor?

-No.

-¿Tienes alguna mínima noción de algún trabajo manual?

-No.

-¿… Sabes sumar…?

-¿Suqué?

Murga lanzó un largo suspiro.

-¿Quién te nombro encargado de esta obra?

-El Patriarca –respondió Barquín, recuperando su buen humor-. Es tan sabio y bueno…

-No… si ya…

-¿Qué puedo hacer? Dentro de un rato vendrán a que les dé órdenes. ¡Y yo no sé ordenar ni mi jaula! –Gritaba un desesperado Barquín.

-Tranquilízate. No es tan complicado. Lo único que tienes que hacer es reunir a los arquitectos y los ingenieros y delegar la supervisión de la obra en ellos.

-¡¿Cómo no lo pensé?!

-Deberías buscar a alguien que se ocupe de que todo funcione correctamente, sino será un caos.

-¡Buena idea! –Respondió Barquín, sacando un brazo entre los barrotes para señalarle-. ¡Tú serás el encargado!

-¡¿Yo?!

-¡Sí! ¡A partir de ahora serás mi capataz! ¡Y mi nuevo amigo! –Añadió, con una sonrisa que a Murga le dio nauseas.

-Que bien… -respondió Murga, forzando su sonrisa hasta casi provocarse llagas.

-¡Muy bien! ¡Lo primero que haremos será…! ¡¿Eh?! ¡Oye! ¡¿A dónde vas?!

-¡Al baño! ¡Ahora vuelvo! –Respondió Murga, alejándose.

-¡¿Pero cómo te llamas?!

La única respuesta que el campeón obtuvo fueron unos extraños y guturales sonidos desde detrás de un matorral.

Barquín se quedo pensativo. ¿Qué le pasaba a todo el mundo ese día que tenían que ir al baño? ¿Habría algún tipo de virus? Seguramente serán los vapores del pantano, pensó Barquín, feliz, mientras volvía a dibujar en sus papeles a la espera de que su nuevo mejor amigo y mano derecha regresase.

Capítulo 7: Desierto De Arena Y Pena

-¿No crees que ya hemos llegado lo suficientemente lejos? –Protestaba uno de los goblins que tiraba del carretillo.

-Sí, este lugar es tan perfecto para que se muera como cualquier otro –coincidió su compañero.

Ya llevaban casi un día tirando de aquel carro, caminando bajo es incesante sol. Fueron a la parte de atrás del vehículo y sacaron a rastras a su pasajero, dejándole caer sobre la ardiente arena. El sujeto se quedo allí, tendido, inmóvil.

-Bueno pues… ha sido un placer –se despedía uno de los goblins, volviendo a tomar entre sus manos uno de los tirados del carretillo.

-Que vaya bien –se unió el otro.

Y dicho aquello, partieron de allí, dejando a aquella pobre alma sola, bajo el ardiente sol.

-No… -se quejaba aquella figura parcialmente inerte, tratando de alzar un cansado y dolorido brazo-. Dejadme en la próxima parada… aquí hacer mucho calor…

Más no obtuvo respuesta. Se había quedado solo.

¿Tan triste podía ser el final de aquel que una vez fue una leyenda? Oli, ex campeón de la Cábala, había sido abandonado a su suerte en el cruel desierto. Sin Granizea, su único amor, a su lado, había perdido toda predisposición y motivación para la batalla. Para la Cábala no había representado nunca nada más que el ser una mera herramienta. Y ahora, como herramienta rota, había sido desechado. Pero el ex luchador solo tenía un único pensamiento en la cabeza: Granizea. Bueno, Granizea y una sed terrible. Por no hablar de que el sol ya empezaba a hacerle hervir la piel

No, el era Oli, el campeón. No podía acabar así.

Se irguió rápidamente, alzando un dedo.

-¡Venganza! –Grito-. Ese tal Barquín me arrebató a mi amor y lo pagará. Toda la Cábala lo pagará.

Volvió a dejarse caer sobre aquella arena abrasadora y se arrastró como pudo hacía una dirección al alzar. No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí, pero lo que si sabía era que si no conseguía refugio y agua moriría en poco tiempo.

-¿Mamá, que le pasa a ese señor?

-No te acerques a él, hijo. Ponte los manguitos y vamos al agua.

Aquel inclemente desierto comenzaba a jugar con la cordura de Oli. Hasta llegó a creer ver el mar, frente a él, a tan solo unos pocos metros.

Algo le dio en la cabeza.

-¡Auch!

-¡Eh, colega! ¿No pasas el balón?

Oli siguió gateando, tratando de no caer en los viles espejismos de aquel retorcido infierno de arena.

-Mantén la calma, nada de esto es real… -se repetía a sí mismo.

-¿Qué la pasa a ese tío? –Preguntó uno de los jóvenes, recogiendo el balón.

No pasaron ni cinco minutos cuando Oli detuvo su penoso avance, rendido. Ya no había esperanza. Nada podría salvarlo. Ni ningún dios, ni ese espejismo en forma de impresionante mujer que le pedía que le echase crema en la espalda. Nada.

-Me muero… -masculló, llenándose la boca de arena al hacerlo. Se incorporó para escupirla-. ¡Puaj!

De rodillas sobre la arena, observó a su alrededor. Solo sol y arena, sol y arena. Y espejismos con forma de gente en bañador que iban y venían por todos lados ¡Se volvería loco antes de morir!

Inconscientemente, se puso a trazar con el dedo en la arena el contorno de una botella. Cerró los ojos, desesperado, imaginándose que aquella botella fuese de verdad. Enterró los dedos en la arena, alrededor del dibujo que había hecho y entonces, sintió algo sólido y frío. Abrió rápidamente los ojos, presa del estupor. Ahí estaba. Una botella de agua helada, entre sus dedos. Y ahí donde debería estar su dibujo tan solo un pequeño hoyo en la arena. ¿Cómo había podido suceder semejante milagro? Solo podía haber una explicación lógica.

Oli alzó la botella, de forma triunfal.

-¡Soy Dios!

Un nuevo balón le dio en la cabeza.

-Perdona, tío –se disculpó el dueño del esférico, recogiéndolo y volviendo con los demás espejismos.

-Sera mejor que beba antes de que la deshidratación termine con mi salud mental –decía Oli mientras se pasaba la mano por el chichón-. Estos espejismos cada vez son más reales.

Bebió hasta saciarse. Ahora se sentía con más fuerzas. Podía comenzar a explorar con mayor profundidad su nuevo e impresionante poder.

Ahora dibujó con el dedo el contorno de un bocadillo, cerró los ojos y repitió el mismo proceso de antes, enterrando sus dedos alrededor de las profundas líneas mientras imaginaba con todas su fuerzas que aquello era real. Y una vez más extrajo lo que quería de la arena. ¡Un bocadillo enorme! Ilusionado, le dio un gran bocado.

-¡Puaj! –Escupió. Y tiró el bocadillo bien lejos-. Es de sardinas…

Oli volvió a repetir la operación una vez más, teniendo esta vez especial cuidado en imaginarse su bocadillo de bacon y queso.

-¡Ahá!

Triunfante, devoró el bocadillo. Ahora volvía a sentirse a fuerte. Había logrado sacar comida y agua de la nada, asique pensó que no sería difícil crear sombra. Caviló durante unos instantes ¿Sombra? ¿Para limitarse a algo tan sencillo? Podía hacer cualquier cosa. Estaba seguro de que podría convertir ese horrible y despiadado desierto en lugar habitable ¿Por qué conformarse con pequeñeces? Convertiría ese infierno en su reino, lo llamaría Olilandia, y él sería su único e indiscutible soberano. Crearía un ejército, el más grande y mortífero que hubiese pisado esas tierras, y con él aplastaría a la Cábala. ¡A la Cábala e incluso al ayuntamiento de Corrales!

Mientras pensaba en todo aquello una siniestra sonrisa se dibujo en sus labios. Solo un Dios podría convertir un lugar tan árido como un desierto en paraíso, y él era un Dios, de eso estaba seguro. Comenzó a imaginar en su cabeza aquel indeseable lugar como un centro vacacional. Agua, verde, gente…

Se puso en pie, fijándose en el mar que tenía en frente, en los bañistas que reían, en el camión de los helados…

-Vaya… Tengo más poder del que creía… -murmuró Oli, para sí-. He hecho que todos esos espejismos que antes me atormentaban se volviesen realidad…

Caminó en dirección a la verde pradera que se extendía tras él, allá donde terminaba aquella playa, antes desierto. Un cartel que rezaba “Liencres” le hizo sopesar algunas cosas.

-No recuerdo haberle dado nombre aún a todo esto…

Un poco más adelante, un chiringuito con una placa en la que podía leerse claramente “Desde 1985” le hizo caer en la cuenta de que tal vez aquel lugar no había sido del todo obra suya.

-¡Me da igual! –Dijo de mal humor-. De todas formas pensaba cambiar muchas cosas. No me gusta como esta esto distribuido…

Siguió caminando, pasando junto a la carretera que conducía al pueblo, y luego entrando en una amplia y hermosa zona verde no urbanizable, desde la que se podían ver algunas casas a lo lejos. Aquel hermoso lugar era el sitio perfecto para empezar, y además tenía unas vistas al mar de la leche.

Pero ahora no tenía arena sobre la que dibujar ¿Cómo lo haría? Aún llevaba en la mano la botella de agua… Comenzó a arrancar hierba del suelo y a cavar como un vulgar chucho hasta sacar tierra suficiente. La mezcló con el agua que le quedaba hasta conseguir algo de arcilla, con la que comenzó a modelar.

Ahora, el suelo sobre el que se apoyaba comenzaba a temblar. Oli reía y reía, demente, triunfante. Pronto todos verían de lo que era capaz, y lamentarían el día que le privaron de la presencia de su único amor.

viernes, 17 de junio de 2011

Capítulo 6: Reencuentro Fraternal

Se había cercado un buen trecho del terreno circundante al coliseo, y allí se presentaban los voluntarios que querían labrarse un futuro en el terreno de la construcción, y nada menos que como mano de obra para el nuevo gran coliseo de Cábala ¿Había una oportunidad mejor?

Unos guardias ocupaban la entrada al recinto, tomando los datos de los voluntarios.

Un chaval, moreno y barbudo, que llevaba –casi a rastras- a un burro, se presentó ante uno de los guardias cuando ya llegó su turno.

-No se permiten animales –le informó el guardia, mirando de reojo al burro.

-Ah, pues me parece muy bien –respondió el chaval, con una radiante sonrisa-. ¿Le doy ya mis datos?

-No podrá pasar con eso –insistió el guardia.

-¿Con qué?

El guardia señaló al burro.

-Con ese burro.

-¡Ah! Pero si no es un burro, es mi hermano.

El guardia se les quedó mirando durante un buen rato, paseando su mirada del burro al chico, del chico al burro.

-Oh, en ese caso está bien –dijo finalmente el guardia, encogiéndose de hombros y centrando ahora su atención en los papeles que tenía en la mano-. ¿Nombres?

-Yo Murga, y él piraña.

-¿Para qué trabajo están capacitados? ¿Alguna especialidad?

Murga sopeso la pregunta durante un momento, en una pose pensativa digna de ver. Pero al final se limitó a negar con la cabeza, enérgicamente.

-No, ninguna. Pero creo que estamos capacitados para cualquier trabajo.

-De acuerdo, peones de mierda –dijo el guardia, mientras terminaba de apuntar datos-. Pueden pasar.

-¡Gracias!

Y así, más feliz que nadie, Murga entró en el recinto, arrastrando a su fiel compañero. Lo cierto era que no sabía si sentirse bien por el hecho de que había logrado engañar al guardia o sentirse profundamente ofendido porque habían confundido al burro con su hermano. En cualquier caso, Murga no pecaba precisamente por su discreción, asique, una vez hubo entrado, se dio la vuelta y comenzó a hacer cortes de mangas a los guardias.

-¡Tontos! –Les decía, riéndose-. ¡Que sepáis que no es mi hermano, es un burro!

Tras unos segundos de silencio absoluto en todo el lugar el guardia que lo había atendido dijo:

-Apresadlo.

Un grupo de cuatro guardias, con sus armas preparadas, se acercaba a ellos.

-Oh-oh…

-¡No están permitidos los animales! –Soltó uno de los guardias, descargando su espada sobre piraña, que cayó al suelo, sangrando abundantemente.

Murga se arrodillo a su lado.

-¡Oh, no! ¡Piraña!

El guardia iba a golpear ahora a Murga cuando algo se lo llevó por delante. El hombre cayó al suelo, fulminado.

Aarón observaba el cuerpo inerte, irritado.

-¡Eh, tú! –Dijo otro de los guardias-. ¡¿Qué crees que estás haciendo?!

-¡¿Quién le manda ponerse en medio?! –Se defendió Aarón.

El bárbaro reparó entonces en la presencia de Murga, a sus pies, tratando de detener la hemorragia del pobre piraña.

Sin saber muy bien porqué, alzó su báculo de madera y cerró los ojos. Imágenes de un frondoso y hermoso bosque llenaron su mente. Asustado, volvió a abrirlos, soltando una maldición y creyendo que se había comido algo en mal estado. Su báculo ahora brillaba con una intensa luz verde.

Encogiéndose de hombros, golpeó al burro con él. Hubo una explosión de destellos verdes que obligó a todos los presentes a protegerse los ojos. Cuando la ola de luz cesó vieron, asombrados, al burro en pie, solo que ahora era el doble de grande.

Murga se puso en pie y observó a piraña, con los ojos como platos, y lo palpó durante un rato antes de volverse hacia Aarón, que estaba mirando su vara con evidente desconcierto.

-¡Gracias! ¡Lo has salvado!

-¡Pero si yo intentaba rematarlo para que no sufriese más!

Uno de los obreros que habían visto lo ocurrido se acercó, señalándolo.

-¡Es un mago!

Una ola de gente se le unió, rodeando a Aarón. Comenzaron a hacerle peticiones.

-¡Cúreme el brazo, señor mago!

-¡Y a mí las cataratas!

-¡Hágame rubio!

-¡Limpie mi casa!

-¡Mate a mi suegra! ¡Y a mí mujer!

-¡Larga vida al mago!

-¡Que me dejéis en paz, joder! ¡Que no soy un mago! –Gritaba Aarón, dando golpes al aire con la vara para alejarlos.

Tras una larga y tendida explicación por parte de Aarón para aclarar que no era un mago (en la que hubo más de un herido), el bárbaro por fin llegaba a la puertas del coliseo. Acompañado de Murga, que había decidido acoplársele.

-A partir de ahora te llamaré tiburón –le decía Murga a su ahora enorme burro. Volvió a centrar su atención en Aarón-. Por cierto ¿Has venido aquí en busca de trabajo? ¿Participarás la construcción del nuevo Coliseo?

Aarón lo miro, molesto.

-¡No! He venido aquí a buscar a mí hermana.

-¿Es que ella quiere trabajar en la obra?

-¡Que nadie quiere trabajar en la puta obra! He venido a salvarla. La Cábala la secuestro.

-Ams… ¿Y cómo piensas rescatarla?

-Entrando y llevándomela.

-Buen plan.

Y allí estaban. Los grandes y oscuros portones que conducían al coliseo. Dos guardias los custodiaban.

-El Coliseo aún no abre sus puertas –informó uno.

-¡Y a mí que me importa! –Le escupió Aarón-. He venido a por mi hermana.

Ambos guardias se miraron, confundidos.

-¿Acaso su hermana trabaja aquí? ¿Es la tiquera?

-Es la campeona, por lo que he oído.

Los guardias le miraron, con ceño.

-¡Soy Aarón!

Ante esa revelación los guardias retrocedieron y llevaron su mano a la empuñadura de su espada.

-¡El hermano de Barquín! –Dijo uno de ellos.

-Entonces finalmente ha venido.

-Pero no sabía que tuviese otra hermana.

-¡Que no, que mi hermana es ella! –Aclaró Aarón, comenzando de exasperarse una vez más.

-¿Hermana? –Dijeron los guardias, al unísono, evidentemente confundidos.

-¡Me vais a dejar pasar o tendré que echar la puerta abajo! –Amenazó el bárbaro.

Los guardias volvieron a mirarse, se susurraron algo y asintieron.

-Está bien. La Cábala esperaba tu llegada.

-¡Sandeces!

Los enormes portones se abrieron.

-Bueno, yo mejor me quedo aquí –se despedía Murga, moviendo una mano-. Buena suerte con lo de rescatar a tu hermana y todo eso. Salúdala de mi parte. ¡Ah! Y gracias otras vez por salvar a tiburón.

-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba Aarón mientras penetraba en el coliseo.

Aarón cruzaba un enrome pasillos flanqueados por infinidad de puertas. Un montón de trabajadores de la Cábala iban y venían, preparando el próximo espectáculo.

-¡HERMANA! –Rugía Aarón, y su voz llenaba todos los pasillos-. ¡HERMANA!

No muy lejos de allí Marcos se acercaba a la celda del campeón.

-Creo que tienes visita –dijo, abriendo la puerta de la celda y haciéndose a un lado.

Barquín salió del zulo y observó el pasillo con una sonrisa.

-Sí. Tenemos asuntos de zanjar.

-¡Hermana! –Insistía Aarón-. ¡No me hagas ir a buscarte!

Aarón vio como una marejada de gente corría hacia él, chillando. No tardo en ver aparecer a su hermano, que caminaba con paso decidido hacia él. La gente a su paso se apartaba, gritando, vomitando, suicidándose.

Ambos hermanos volvían estar frente a frente.

Aarón lanzo un grito y lo señalo.

-¡Agh! ¡Hermana! ¡¿Qué te han hecho?! –Preguntaba Aarón. Barquín lo miraba sin entender-. ¡Ya no llevas pendientes! ¡Esos bastardos te han convertido en un hombre! ¡Me las pagarán! –Alzó su amenazante puño.

-Ay… Dios… -suspiró Barquín.

-Ya planearemos nuestra venganza más tarde, ahora vámonos.

-No –respondió Barquín, tajante, sin moverse un ápice de donde estaba.

-¡¿Cómo que no?!

-Yo ya no soy tu hermano. Tú mataste a tu hermano. Tu hermano murió el día que… ¡Ay!

La voz de Barquín fue interrumpida cuando Aarón le agarro de la oreja y tiró de él.

-¡Deja de decir tonterías! ¡No vamos!

-¡Que no!

Barquín logró zafarse de él y retrocedió. Todos los allí presentes miraban asombrados a Aarón, que había osado tocar a aquel a quien nadie quería tocar ¡¿Cómo era posible?!

-¡Vámonos ya! ¡No me hagas tener que sacarte de los pelos! –Insistía Aarón, perdiendo la paciencia por momentos. Su color era cada vez más rojo y la vena de su sien amenazaba con una inminente eyección.

-¡Tú hermano a muerto! –Repitió Barquín-. Tuviste la oportunidad de salvarlo y lo dejaste. Ahora ya es demasiado tarde… -añadió, con cierto matiz teatral, para darle más emoción al momento.

-¡Cuento hasta tres!

¡Que no me voy contigo, que me dejes en paz! ¡Ahora soy el campeón de la Cábala y se me ha concedido un trabajo muy importante! ¡Vuelve a tu bosque y olvídate de mí!

-¡Vale, haz lo que te dé la gana! –Tronó Aarón-. ¡Pero ni se te ocurra volverme luego llorando!

Y dicho esto dio media vuelta y se fue de allí.

Salió del Coliseo y atravesó el recinto de los obreros. Cuando llegó a la salida un sonriente guardia le salió al paso.

-¿Quiere que le selle la mano para que pueda volver a entrar?

Aarón lo apartó de un soberano empujón.

-¡Quita, coño!


Capítulo 5: Audiencia Con El Patriarca

Apoyado en la baranda del palco más alto del Coliseo, su amo y señor observaba como su arena se preparaba para un nuevo espectáculo. Las gradas estaban totalmente llenas, y esa espléndida visión solo traía una idea a la cabeza del sumo dirigente, dinero.

El Patriarca de la Cábala, también conocido como el Primero, el Señor Oscuro, el Amo de los Fosos, el portador de la Perdición y, entre sus más allegados, como Juan, veía como aquellas personas engrosaban cada vez más sus ya repletas arcas.

-No hay mayor negocio que la diversión –murmuró para sí mismo. Paso un dedo por el tallo de unas de las plantas decorativas que adornaban su palco de honor, y esta se seco al instante. Observó con una siniestra sonrisa como la planta se pudría y añadió-: Si sabes darles lo que quieren y hacer que quieran lo que tú digas.

Dio media vuelta y descendió los cuatro escalones que conducían a su estancia privada. Allí había dos guardias vestidos de negro, custodiando la puerta de entrada.

Alguien llamó a la puerta y a continuación se oyó una voz del otro lado.

-Se presenta Barquín.

El Patriarca asintió y dio la orden a sus guardias de que abriesen la puerta. Una vez estuvieron abiertas Juan pudo ver como los otros guardias que habían escoltado a Barquín hasta su presencia salían corriendo por el pasillo, como alma que lleva el diablo.

Cuando el nuevo campeón de la Cábala entró los guardias personales del Patriarca también se apartaron a una distancia, con cara de asco.

Barquín se detuvo en el centro de la sala, y se hincó sobre una rodilla.

-Ya está aquí la Cábala –se presentó Barquín, con el saludo protocolario.

-La Cábala está dónde yo diga –respondió Juan.

El Patriarca comenzó a caminar alrededor de él, como un ave carroñera a expensas de que su futuro almuerzo diese su último suspiro. Más por la cara de repugnancia que tenía Juan el plato no era precisamente de su agrado.

Se volvió hacia los guardias.

-Dejadnos.

Como si les hubiesen dado unas vacaciones pagadas, los dos hombres abandonaron la estancia a toda prisa y sumamente contentos, cerrando las puertas tras ellos. Ahora el Patriarca de la Cábala y su campeón estaban solos.

Barquín, abochornado por la presencia de su amo y señor no se atrevía a alzar la vista, aunque eso resultaba una tarea difícil con el Patriarca dando vueltas alrededor suyo, escrutándolo con rostro severo (y asqueado). A pesar de haber sido fichado como luchador por él en persona, era la primera vez que Barquín veía al Patriarca, y se sentía muy contento de que por fin hubiese reparado en su existencia.

-En pie –ordenó el Patriarca.

Barquín obedeció al instante y ambos quedaron de frente el uno del otro.

Juan mostró una sonrisa (que le costó soberanos esfuerzos sacar).

-Dime, hijo mío ¿Sabes por qué te he hecho venir aquí?

-Pues no, aún no me la dicho.

-Eres el nuevo Campeón imbatido de la Cábala, que menos que felicitar en persona a aquel que tanto dine… orgullo nos está trayendo.

Barquín sonrió, de oreja a oreja.

-¡Gracias, señor! No puedo creerlo, el Patriarca me está felicitando en persona ¡Parece un sueño!

-Sin embargo –continuó Juan-. No te he hecho venir solo por eso. Hay algo que quiero pedirte, algo que solo tú puedes hacer.

-¿Yo? –Preguntó Barquín, incrédulo, señalándose a sí mismo.

-Así es.

-¡¿En serio?! ¡Parece un sueño!

El Patriarca volvió a caminar por la estancia mientras seguía hablando (Estar tanto rato cerca de ese tío molestaba bastante).

-¿Sabes, Barquín? La Cábala no es solo una potencia mercantil, y yo no soy un mero empresario. La Cábala es una religión, un estilo de vida, y yo soy su viva representación –se volvió hacía él y alzó su mano-. Yo puedo destruir cualquier cosa viva –o que haya estado viva- que roce mi piel. Salvo una. Tan solo existe una cosa que no puedo destruir, y eres tú.

Barquín no cabía en su asombro.

-¿No puede tocarme?

-No quiero tocarte –le corrigió el Patriarca-. Que es distinto.

-¿Insinúa usted que soy invencible? –Pregunto Barquín, tiñendo sus palabras de viciosa satisfacción.

-¡No! ¡Si hasta el más mínimo roce podría…!

-Invencible… -le cortó el campeón, sumido en sus propias fantasías.

El Patriarca dejó escapar un suspiro y le dio por perdido.

-Como te iba diciendo, la Cábala es una religión, y como buena religión, también es un negocio. Debemos expandir nuestras fronteras y nuestras arcas, debemos ganar más fieles y beneficios ¡Debemos ser objeto de adoración y de inversión!

-Entiendo –mintió Barquín.

-Por eso, hijo mío, convertiremos la Cábala en el mayor espectáculo del mundo. La gente que adora religiones que solo exigen sacrificios acaban aburriéndose de ellas y caen inevitablemente en el olvido. Pero nuestra religión es distinta, porque ella da –y recibe aún más- lo que la gente de verdad quiere: diversión. Ha llegado la hora de hacer llegar nuestro nombre a oídos de todos.

-¿Y cómo haremos eso?

Juan fue hasta su escritorio de metal y tomó un par de guantes del mismo material allí dispuestos, a continuación se sacó un papel del algún bolsillo interno de la túnica y lo checó.

-De momento construyendo un nuevo coliseo, grande y hermoso. Aquí tengo el presupuesto. Lo construiremos sobre el pantano de la Rabia.

-¿No es demasiado complicado construirlo sobre un pantano? –Se atrevió a preguntar Barquín, con algo de temor.

-Sí, bueno, pero la zona es muy bonita.

-¿Y qué tengo que hacer yo?

-Tú serás el encargado de construirlo.

-¡¿Yo solo?!

-Sí, tú solo, piedra a piedra, aunque primero tendrás que drenar el pantano. Y no quiero una maldita queja.

-Pero… si yo… no…

Se echó a llorar.

-¡Vale, está bien! ¡Te daré mano de obra y materiales! ¡Pero deja de llorar!

Barquín pasó del llanto a la felicidad en cuestión de milésimas.

-¡Es usted tan bueno!

-Y ahora vete. Pronto te daré más indicaciones.

-¡Sí, señor!

Y salió de allí dando brincos de alegría.

En cuando cerró la puerta el Patriarca se puso a vomitar en una maceta.

Volvieron a llamar a la puerta.

-¡¿Qué?!

-Soy Marcos.

El Patriarca puso los ojos en blanco al oír la voz del invocador.

-Pasa anda…

Marcos entró con una pletórica sonrisa.

-Acabo de cruzarme con Barquín (y casi me roza). Al parecer ya se lo has contado.

-Sí.

-Ha sido una gran idea. Tardará cientos de miles de años en construirlo él solo –decía Marcos, con una más que evidente complacencia-. No le volveremos a ver el muuuuucho tiempo.

-Le he dicho que le daría mano de obra y materiales.

-¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

-¡Porque no aguantaba más tenerle delante! Me da mucho yuyu. Encima se puso a llorar y se pone muy feo.

-Vaya chasco…

-Es igual, un coliseo no se construye de un día para otro. Tendremos tiempo de sobra para pensar en otra misión imposible que le aleje cuantos más años mejor.

-No creo que tenga idea alguna de dirigir una obra. Vamos a perder mucho dinero con esta inversión –observó Marcos, con preocupación.

-¿Quieres acompañarle?

-¡Agh! ¡No!

-En cualquier caso, seguro que terminará delegando la supervisión de la construcción en alguno de los arquitectos, no creo que sea tan estúpido como para arruinar mi coliseo.

-Otro coliseo… ¡Sera un bombazo! ¡No forraremos!

-Pronto la Cábala dominara el mundo.

-¿No había una frase más tipificada?

Juan se le quedo mirando, pensativo, y de pronto pareció llegar a la conclusión de algo.

-¡Un momento!

-¿Qué pasa? –Preguntó Marcos, extrañado.

-¡¿Qué coño hago yo hablando contigo?!

-¡Ah! Pues no sé, yo te estaba dando coba y como me seguiste el juego… -Trataba de explicarse Marcos, entre risitas nerviosas.

-¡Largo de aquí!

-Joe, macho, como te pones por nada.

Juan se quitó un guante y fue hacia él, dispuesto a ponerle la mano encima.

-¡Que te vayas!

Marcos salió corriendo por la puerta, agitando los brazos.

-¡Ya me voy, ya me voy!


sábado, 11 de junio de 2011

Capítulo 4: En El Corazón De Froxa

Aarón, sentado sobre una roca, observaba en silencio y algo apesadumbrado el cadáver de 3ga, ahora devorado por las moscas. Cuando había vuelto a por su hermana esta ya no se encontraba donde él la había dejado, y por más que la había buscado, llamado, gritado, insultado y amenazado, esta no había aparecido ¿Dónde se habría metido?

Aarón…

Una voz, como de ultratumba le llamaba. Al oír su nombre se levantó de un salto, mirando en todas direcciones.

Aarón…

Por más que buscaba no encontraba a quién fuese que le estuviese llamando.

-¡¿Qué?! –Soltó por fin, molesto-. ¡¿Qué quieres?!

Te necesitamos, Aarón…

-¡¿A mí?! ¡¿Pa qué?!

Aarón, te necesitamos…

-¡¿Quién coño eres?!

Una especie de hombrecillo, menudo y de piel grisácea y, aparentemente, dura, salió de entre los arbustos tras él. Moviendo por delante de su rostro sus manos, que parecían casi una especie de pinzas.

-¡Agh! ¡¿Qué coño se supone que eres tú?!

-Soy un tontuko.

Aarón se echo a reír a carcajadas y eso no parecía gustarle mucho al tontuko.

-¿Y que es un tontuko? ¿Los habitantes de centro especial que hay allí detrás?

Más risas.

-No, los tontukos somos seres que habitamos este bosque. Y ahora te necesitamos.

-¿Y para que me necesitáis a mí?

-Para que salves Froxa. Salva Froxaaa –añadió, adoptando de nuevo ese tono fantasmal con el que se había presentando y moviendo las pinzas como si tratara hipnotizar a Aarón con ellas.

Aarón lo miró por unos segundos.

-¡No quiero! –Saltó de pronto.

-Pero debes hacerlo, insistió el tontuko. Debes destruir la Cábala y así podrás también rescatar a tu hermano –volvió a hacer bailotear sus pinzas para añadir con su tono fantasmagórico-: Destruye la Cáaaaabalaaaa…

-¡¿Mi hermana?!

-Tu hermano.

-¡¿Y qué tiene que ver ella con la Cábala?!

-Ellos se le llevaron. Se le llevaaaaroooon…

-¡Malditos sean esos de la Cábala! –Dijo, cerrando con fuerza un puño y entrecerrando los ojos-. Se llevaron a mi hermana, herida. ¡Tengo que salvarla!

-Sí –coincidió el tontuko, con agradable calma-. Pero en el proceso no olvides destruir la Cábala. Destruuuyelaaaa…

-¡Cállate de una vez! –Aarón intentó reflexionar durante un momento, mientras el tontuko danzaba a su alrededor agitando las pinzas-. Primero tengo que recuperar mi espada… Aunque…

Aquello no le hacía mucha gracia. Después de ver lo que le había a Rafa, a su hermana, a cientos de criaturas del bosque inocentes y posiblemente a 3ga, Aarón se había prometido no volver a empuñar un arma (blanca). Pero ahora no podía mantener esa promesa, no si quería rescatar a su hermana. Estaba decidido, sacaría la espada del cadáver de Rafa e iría a rescatar a su pobre hermana.

Caminó entre la espesura, seguido muy de cerca por el tontuko, que caminaba agitando las pinzas y emitiendo una especie gorgoteo muy molesto.

Cuando por fin Aarón llego hasta donde se suponía que debía de estar el cuerpo de Rafa se quedó petrificado. Donde supuestamente debía estar el cadáver había crecido una pequeña montaña, no demasiado alta, quizá diez metros, pero más que notable, pues Aarón estaba más que seguro de que ese montículo horas antes no estaba ahí.

-Genial ¿Y ahora como recupero mi espada?

-Sube a la cima de la montaña –le dijo el tontuko.

-¿La espada está allí?

-Sí, esa montaña ha nacido de la espada. El bosque ha empezado a cambiar por esa espada.

-¡Chorradas!

Aarón comenzó a caminar hacia el montículo.

-¡Buena suerte, Aarón, salvador de Froxa! –Se despedía el tontuko, agitando las pinzas mientras veía como Aarón se alejaba.

Conforme más se acercaba esta parecía más alta, y Aarón soltó un gruñido de molestia.

-¿Y ahora tengo que subir esto?

Sin muchas ganas avanzó hasta llegar al pie de la montaña y alzo la cabeza para ver su cima. Tampoco era tan alta.

Destrúyelaaa… Destrúyelaaa…

-¡¿Quieres lárgate ya?! –Gritó Aarón dándose la vuelta y mostrándole un puño amenazador al tontuko, que puso pies en polvorosa, agitando las pinzas y chillando como una loca.

Aarón centró de nuevo su atención a la pequeña montaña y empezó a subirla, sin mucho esfuerzo.

Una vez llegó a la cima estuvo a punto de caer en el cráter que había en el centro. Aquello era como el cono de un volcán. El bárbaro hecho un ojo al interior de aquel cráter y entre la oscuridad pudo ver una débil y titilante luz. Debía ser el pomo de la espada del Gitani. Maldiciendo, empezó a dilucidar una manera de descender sin partirse la crisma.

¡Alto, Aarón!

Una voz resonó por todo el bosque. O eso le pareció a Aarón.

Rápidamente, se giró en todas direcciones, con su amenazador puño cerrado preparado y su mirada asesina en ristre.

-¡Como vuelvas a ser tú te la cargas!

-No. No soy el tontuko –respondió la voz.

-¿Pues quién eres?

-El corazón de Froxa.

-¡Anda ya!

-No debes llevarte la espada de Gitani.

-¡Es mía!

-Déjala donde está.

-¡Oblígame!

-Escucha. Esa espada está haciendo crecer al bosque. Gracias a ella está ganando poder. No puedes llevártela.

-¡Ni tú impedírmelo!

-Espera. Te daré algo mejor.

Un tallado de madera emergió del pozo negro, envuelto en una brillante luz verde, y se quedó flotando frente a Aarón.

-¡¿Y qué coño quieres que haga con este palo?! –Espetó Aarón, molesto.

-No es un palo, esta vara contiene todo el poder de Froxa. El poder del bosque. Con el podrás invocar su poder allá donde vayas. En él está el poder de la vida.

-¡¿Me ves cara de atacar haciendo crecer plantas y lanzando floripondios?! ¡Dame mi espada!

-Nadie podrá igualarte mientras portes esta vara y creas en el poder de Froxa. Ve con ella al coliseo de la Cábala y salva a tu hermano. Te prometo que con esta vara podrás ayudarlo.

Ante ese último detalle Aarón se vio obligando a sopesar aquella oferta. Si de verdad podía ayudar a su hermano con esa vara tendría al menos que intentarlo ¿no?

-Está bien, está bien –accedió finalmente, de mala gana-. La probaré.

-Buena suerte, Aarón, puño de Froxa.

-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba el bárbaro, mientras se alejaba.

Capítulo 3: Entre Bastidores En El Coliseo

Los gritos de entusiasmo por parte del público aún resonaban en sus oídos. Plenamente satisfecho con su trabajo y pletórico por la fama que tan rápidamente había conseguido, Barquín descansaba plácidamente tumbado sobre su camastro, rememorando sus últimos combates para sus adentros. Ahora él era el nuevo campeón de la Cábala, temido y respetado por todos.

Una voz familiar lo llamó e hizo que se incorporase rápidamente. Por el oscuro y húmedo pasillo llegaba Marcos, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.

Barquín se levantó de un salto y corrió hacia él, con los brazos también abiertos.

-¡Marcos, querido amigo! –Grito, entusiasmado.

-¡Barquín!

-¡Marcos!

¡PAF!

Barquín chocó contra los barrotes de su celda. Marcos se acercó, riéndose a carcajada limpia y señalándole con un dedo.

-¿Cómo lo haces para caer siempre en lo mismo? –Preguntó, entre risas.

Barquín se retorcía en el suelo, gimoteando y agarrándose su dolorida cara con ambos manos.

-Ay… mi pobre cara… que dolor…

-Venga, anímate, que te traigo la manduca.

Marcos se agachó en el suelo y posó sobre este la cesta que traía en un brazo. Al oír hablar de comida el hambriento Barquín se incorporó de golpe y prácticamente se tiró sobre los barrotes, una vez más.

-¡Comida!

-¡Argh! –Gritó Marcos, retrocediendo ante la proximidad del otro-. ¡Atrás! ¡Retrocede o no comes!

Triste, Barquín no tuvo otra opción que obedecer y alejarse de los barrotes. Mientras, Marcos sacó de la cesta una pequeña caja de metal, de la que extrajo una especie de tubo del mismo material, de no más de 20 cm. Luego extrajo otro y lo unió al primero, y lo mismo hizo con otros cinco tubos similares hasta lograr construir una barra bastante larga. Como pieza final enroscó en uno de los extremos el último eslabón, un tenedor. Tras esto, extrajo de la cesta un pedazo de carne, lo clavo en el tenedor y, con extremo cuidado (y repulsión) comenzó a extender la vara de metal entre los barrotes, hacia Barquín.

-Ale, buen provecho.

-¡Bien! –Exclamó Barquín, rumiando gustosamente el pedazo de carne.

-¿Sabes? Tengo una buena noticia para ti –le decía Marcos mientras le colocaba otro pedazo de carne en el tenedor de casi dos metros de longitud y se lo alcanzaba.

-¿Vais a sacarme de aquí? –Preguntó Barquín, ilusionado.

-No… En realidad creo que van a cambiarte la puerta por una sin barrotes, y a tapiar el respiradero.

-Jo…

-Bueno, a lo que iba. El patriarca quiere verte.

-¡¿En serio?! –Salto Barquín, arrastrándose velozmente hasta los barrotes y haciendo que Marcos retrocediera con un grito-. ¡¿A mí?!

-¡Que no te acerques! –Marcos espero a que la distancia que les separaba a ambos fuese notablemente mayor para continuar-. Sí, a ti. Después de todo eres el actual campeón de la Cábala. Seguro que tiene en mente algo grande para ti.

-¡¿En serio?! ¡Parece un sueño!

-Ya sabía yo que algo bueno podríamos sacar de ti.

-¡Quizá quiera convertirme en su mano derecha! –Fantaseaba Barquín-. ¡O en su embajador!

-O ahogarte en un pozo negro…

-¿Y cuando le veré?

-En unas horas, después de tu próximo combate.

-Uhm… Una audiencia con al mismísimo Patriarca… -murmuraba para sí mismo-. Tendré que ponerme presentable.

Ante ese último comentario Marcos se dejó caer al suelo, desternillándose de risa ante la incrédula mirada de Barquín, que no entendía que era tan gracioso.

domingo, 5 de junio de 2011

Capítulo 2: Rompiendo Los Esquemas

Explicar el funcionamiento y finalidad del Coliseo de la Cábala no es complicado. Solo hay que pensar en los míticos Circos Romanos. Solo que además de gladiadores y leones tenemos hechiceros y bichos muy raros y feos venidos de oscuras dimensiones. Lo normal. Y la finalidad, como pasa con todo en el mundo, es el dinero.

Aquel día el Coliseo estaba especialmente abarrotado, pues los actuales campeones de la Cábala, Oli y Granizea, estaban a punto de batir un record de victorias.

La pareja favorita del coliseo se preparaba para su próximo combate mientras en la arena tenía lugar un duelo titánico. Un hechicero, ataviado con una gran capa roja, hacía pareja con una enorme serpiente con cabeza de cerdo (la serpicerdo) y se enfrentaban a un guerrero de brillante armadura plateada y a su pareja, un avestruz con un gorrito de fiesta en su pequeña cabeza.

Oli observaba el encarnizado encuentro en silencio.

-Los combates cada vez son más duros… -observó, en una actitud tan solemne como sería, sin apartar su mirada de la ventanilla desde la que veía el combate-. Cada día la Cábala recluta guerreros mas bravos y poderosos –En ningún momento el chico obtuvo respuesta alguna, por lo que sonrió-. No tienes por qué estar tan callada, sé que estás nerviosa, yo también. Pero recuerda lo que hemos estado hablando. Este será nuestro último combate. Solo este y obtendremos el record de victorias, nos darán un pastón y podremos dejar las arenas para irnos a vivir a una isla paradisiaca –se giro para volverse hacia el banco que tenía detrás, donde se encontraba sentada su fiel compañera-.Tú y yo.

No obtuvo respuesta. Con un suspiro de resignación Oli se acercó a ella y se sentó a su lado. Tomó entre sus brazos a Granizea, que no era más que un muñeco de tamaño humano. Una especie de espantapájaros ataviado con un largo vestido blanco. Su cabeza era un enorme balón de goma con una cara sonriente pintada en el centro, enmarcada por las guedejas negras de la peluca que tenía pegada.

-Jo, Granizea ¿Por qué no me hablas últimamente? Vamos, anímate, pronto saldremos de aquí y todo cambiará.

Cuando la serpicerdo se comió al guerrero y al avestruz el árbitro considero dar el encuentro por terminado, haciendo sonar la campana que marcaba el fin de la lucha.

Oli se puso en pie y tomó aire.

-Nos toca –dijo, con serio talante.

Tomó a Granizea de la mano y la arrastró hasta la arena.

Marcos, el comentarista más dicharachero del coliseo comenzó a hacer la presentación del próximo combate a través de una megafonía venida de sabe dios donde.

-Damas y caballeros. El momento que tanto habían estado esperando por fin ha llegado. El combate final de la modalidad por parejas en la que tendremos a los campeones imbatidos de la Cábala: ¡Oli y Granizea!

El coliseo estalló en aplausos y bitores.

El enorme portón enrejado de oscuro metal comenzó a alzarse y de él salió Oli, arrastrando a la inerte Granizea de un brazo y saludando efusivamente al público con una mano.

Se colocó en el centro de la pista e hizo que Granizea moviese un brazo.

-Saluda, Granizea, mira lo que nos quieren.

La voz de Marcos continuó con la presentación.

-Pero eso no es todo, señoras y señores, no señor. Bien saben ustedes que a la Cábala le gusta sorprender ¿Y que mejor manera de ponerle la guinda a este campeonato que dándoles a todos los presentes un espectáculo totalmente innovador en este esperadísimo encuentro final?

Los gritos no se hicieron de esperar, el eufórico público estallo en una ola de alabanzas hacia la Cábala.

-Tal y como lo han oído, hoy serán testigos de un nuevo capítulo en la historia de las arenas de la Cábala. La pareja imbatida y favorita de la Cábala se enfrentara a un único combatiente, nuestro nuevo campeón ¡Barquín!

La gente, por supuesto, no conocía el nombre. Ni les sonaba de lejos. Pero igualmente y como ya habían entrado en calor, continuaron con aquel ánimo levantado, aplaudiendo y vitoreando desde la gradas. Después de todo Marcos sabía cómo animar el ambiente (o el que le escribía lo que tenía que decir), y además un cambio injustificado en el reglamento siempre era algo nuevo y emocionante. Nunca se había enfrentado una pareja a un luchador individual. Y eso, unido a que al parecer la Cábala tenía un nuevo campeón, prometía ofrecer un espectáculo digno de ver. Después de todo, era bien conocida la habilidad de la imbatida pareja, por lo que ese sujeto, fuese quien fuese, debía ser fuerte.

-Mira tú que bien –suspiro Oli-. Cambian las normas y no nos dicen ni mu.

Pero Granizea tenía aquel día poco hablador.

-¡¿Cuánto tiempo piensas estar sin hablarme?!

No había tiempo para discutir. El otro portón enrejado ya se alzaba, y no tardó de emerger de la oscuridad que había tras él una figura, que caminaba calmadamente hacia ellos. Todo el coliseo guardó silencio, muy atento de quién era el nuevo fichaje de la Cábala.

Un chico, de complexión... vamos a decir normal, vestimentas negras y piel notablemente sucia, se acercó hasta el centro y se colocó ante la pareja.

-¡Agh! ¡¿Quién es este tío?!

Pero como respuesta Oli solo obtuvo una altanera sonrisa por parte de Barquín.

La campana que indicaba el inicio del combate sonó de repente, pillando a Oli por sorpresa que, aterrado, vio como Barquín se lanzaba contra él.

-¡No me toques! –Chilló Oli, haciéndose a un lado.

Barquín movía las manos con rapidez, tratando de alcanzar a Oli, que solo retrocedía, esquivándolo como podía, sin soltar a Granizea de la mano.

-¡¿Qué hacemos?! –Pero no obtuvo respuesta-. ¡Así no me ayudas!

La mano de Barquín estuvo a punto de rozarle la cara.

-¡Mierda! ¡Así no aguantaremos mucho! ¡Vale, estrategia número 5! ¡¿De acuerdo?! –Oli tiro del brazo de Granizea y la lanzo en el aire. Barquín observo como aquella extraña figura se elevaba en el aire. Oli aprovecho esa distracción para agarrarla por los tobillos cuando comenzaba a caer y acto seguido comenzó a sacudir golpes como un loco con el inanimado cuerpo de Granizea-. ¡Estrategia número 5! –Gritó-. ¡Danza devastadora!

Oli descargaba el cuerpo de su amada contra Barquín, como si en vez de en una lucha en el coliseo estuviese en mitad de una lucha de almohadas. Pero tenía fe, esa estrategia ya les había dado muchas victorias.

Barquín lo esquivaba cada vez con más dificultad, los golpes de Oli eran cada vez más rápidos y fuertes.

-¡Estas acabado!

Pero la euforia le duro poco a Oli. Una piedrecilla se le cruzo en el camino, y como no iba mirando por donde iba dio un traspiés, perdiendo momentáneamente el equilibrio pero logrando no caer al suelo.

Barquín aprovecho aquello para hacerse a un lado y agarrar a Oli de un brazo.

Oli lo vio, miro a Barquín, horrorizado, y aparto el brazo violentamente, lanzado un grito y soltando a Granizea en el proceso.

Barquín agarro el cuerpo de Granizea y empezó a hacerle pedazos, con manos y dientes.

Una lluvia de tela y algodón calló sobre Oli, que observaba, helado, la horrible escena.

Barquín dejo caer los últimos restos de Granizea, unos girones de tela, a los pies de Oli, que seguía con la mirada fija en él. Aún sin poder creérselo.

-Granizea… -masculló, presa del shock.

Y de nuevo Barquín aprovecho ese momento de distracción para abalanzarse sobre él y tomar su rostro entre sus dos manos, obligándolo a mirarlo.

-¡Hola! –Le saludo, muy animado.

Durante unos instantes Oli le observó, confuso, pero pronto regreso a la realidad y se aparto rápidamente.

-¡Aaaagh! ¡Me ha tocado! ¡Me ha tocado! –Gritaba mientras se frotaba la cara con las manos, en un desesperado intento por limpiársela.

Mareado y con nauseas se desplomó sobre la arena. Había perdido el combate, y aún peor, había perdido a su único amor. Pero, por encima de todo aquello, ese tal Barquín le había tocado. Deseo morir allí mismo o darse un baño de lejía. Esos fueron sus últimos pensamientos antes de perder la consciencia.

Capítulo 1: Fin De Una Batalla Jamás Contada

En los lindes del bosque de Froxa concluía una épica batalla que ahora no apetece contar ni resumir. Aarón, el legendaria bárbaro del monte Dobra, había terminado con la vida del coloso Rafa, o también conocido como Rafatus. Aún no está muy claro el motivo de la disputa, pero se habla de apuestas perdidas, deudas monetarias y mucho alcohol de por medio…

Ahora que había terminado con su mortal enemigo, la sangre de Aarón empezó a bajársele de la cabeza, y fue entonces consciente del escarnio que había producido.

-¡Ay, la leche! ¡Que me he cargado Rafa!

Alguien yacía cerca de él, retorciéndose de dolor en el suelo. Era Barquín, su hermano.

-Ay… que dolor… -gimoteaba.

Aarón corrió hasta él.

-¡Hermana!

-¡Que no soy tu hermana, anormal! –Volvió a tenderse y a poner cara de enfermo terminal-. Ay… Hermano… me muero… me has dado un mandoblazo que me has arreglao…

-¿Yo?

-¡Si, tú, puto animal! ¡Qué estás loco! –Adopto de nuevo su pose convaleciente-. Ay… Hermano… Creo que no me queda mucho tiempo…

Aarón lo observaba, turbado, presa de la culpa y la impotencia.

-Pero que he hecho… -dijo mirándose las manos que, momentos antes, empuñaron la espada que ahora empalaba el cuerpo de Rafatus.

Barquín volvió a incorporarse y a fulminarlo con la mirada.

-¡¿Que qué has hecho?! ¡Casi me matas! ¡¿Estas sordo?! –Volvió a retorcerse de dolor-. Ay… pobre de mí… La magia de esa espada me está afectando…

Aarón sopeso durante unos instantes sus posibilidades, que no eran muchas. Y como no voy solución posible en su mano decidió ir a preguntar a alguien.

-¡Aguarda, hermana, se quien puede ayudarnos!

-¡Y dale! ¡Que no soy una mujer!

-¡Pero si llevas pendientes!

-¡Porque es lo habitual en nuestra tribu!

-¡Chorradas!

-Ains…

-¡Espérame aquí, hermana, iré a buscar a 3ga, el poni-centauro! ¡Él sabrá que hacer!

Y dicho esto se perdió entre la espesura del bosque de Froxa.

Barquín se quedó observando el lugar por el que su hermano se había ido.

-Y se va… -enfoco su cansada vista hacia el cielo, ahora semicubierto por la techumbre de hojas que proporcionaban los árboles-. Que mala suerte tengo… La historia está empezando y yo ya me muero…

Unos matorrales se movieron junto a él. Barquín los observó, asustado. ¿Sería un animal salvaje? No, no lo era. De entre la maleza salió un chaval rubio, vestido con ropa negra muy rara y unas gafotas sobre la cabeza, de estás estilo las de los portas de digimon.

-¡Anda, queda uno vivo!

-No por mucho…

-Tío ¿Qué te ha pasado?

-Esa mala bestia que tengo por hermano. Se puso a dar mandoblazos con su espada endemoniada a diestro y siniestro y me pillo dentro de su perímetro de arremetida.

-Anda que… -el tío rubio se puso a pensar durante unos momentos, y entonces pareció haber caído en la cuenta de algo-. ¡¿Tú eres el hermano de Aarón?!

-Eso nos decían en la tribu…

Esa respuesta pareció gustarle al rubio, que se frotaba las manos, con cara de enfermo mental.

-Entonces eso quiere decir que te ha herido con la espada del Gitani. Si su poder ha entrado dentro de ti tal vez podamos hacer algo provechoso contigo.

-¿Eh?

-Te llevaré a la Cábala, allí te curarán.

-No hace falta, mi hermano ha ido a buscar al poni-centauro 3ga, uno de los señores del bosque. Que sabe de medicina y esas cosas.

Marcos alzó los brazos hacía el cielo y comenzó a reír exageradamente ante la confusa y asustada mirada de Barquín.

-¡Muahahaha! Pues buena suerte en su búsqueda ¡Yo acabo de matar a 3ga!

Barquín lo miró, atónito.

-¿Por qué?

-Porque soy malo. Y ahora tú te unirás a nosotros.

-¿Pero quién eres?

-Marcos. Un invocador de demencia.

-Me lo creo…

Aarón se abría paso entre la enmarañada maleza del bosque a estocada limpia. Segando ramas, enredaderas, pequeños animales, y algún turista despistado.

-¡3ga! ¡3ga! –Gritaba. Entonces tropezó con algo que estuvo a punto de hacerlo caer-. Mierda de pedruscos…

Pero cuando Aarón se dio cuenta de aquel pedrusco tenía forma de centauro en miniatura y de que le salía sangre llegó a la conclusión de que algo no iba bien.

Impactado, se agacho rápidamente a su lado.

-¡3ga! ¡Ay, dios! ¡¿No me digas que también te maté yo?! ¡Vaya día llevo!