Juan se encontraba en su palco de honor, desde el que disfrutaba de una vista panorámica de todo el coliseo. La arena, ahora vacía, y las gradas desocupadas, dejaban apreciar la elaborada y cuidadosa ornamentación del coliseo. Las columnas talladas, los símbolos tribales en los palcos, las estatuas demoniacas que decoraban la baranda superior, como si de inmóviles guardianes se tratasen. Todo aquello formaba un dominio digno de un rey. O mejor dicho, de un dios. Y el Patriarca de la Cábala era lo más parecido a un dios que las pobres gentes de aquellas tierras habían visto. Todo era poco para él.
Sin embargo, el amo y señor de aquella impresionante obra arquitectónica no se sentía especialmente feliz a pesar de su poder y sus riquezas. Algo en su interior le perturbaba. Una sensación peligro había crecido dentro de él desde hacía unos días. Una sensación que apelaba a que se mantuviese alerta. ¿Pero qué? ¿O quién? ¿Qué podría haber en aquellas tierras que amenazase su reino? ¿Quién podría existir que pudiese desafiarle? Sinceramente, dudaba que pudiese haber algo que pusiera el peligro lo que había creado. Sin embargo, aquella sensación de inquietud no desaparecía.
Juan se frotaba las manos, cada vez más intranquilo. Algo crecía al Este, en el boque de Froxá. Un poder extraño. Y muy fuerte. El señor de la Cábala sabía de sobra quien se encontraba allí, y aunque siempre lo considero una molestia jamás llegó a catalogarlo como una amenaza. Pero ahora…
¿Qué podría hacer un simple bárbaro en su contra? Por muy campeón imbatido de los fosos que hubiese sido en el pasado no dejaba de ser un simple hombre. Entonces ¿Por qué esa inquietud? Tal vez hubiese más de lo que preocuparse. Fuese lo que fuese, el Patriarca no dejaría que aquello fuese a más. Si de verdad existía algo en ese bosque que en un futuro debería considerar como amenaza lo arrancaría ahora de raíz.
-¡Buenas tardes, mi señor!
Aquel estridente y ensordecedor berrido casi lo hizo dar un bote y precipitarse desde el palco.
Furioso, el Patriarca se giró para encontrarse con la figura de Marcos, que le saludaba con la mano, efusivamente.
-¡¿Cómo coño has entrado aquí?! –Exigió saber el Primero.
-Pues por la puerta –respondió el interpelado, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuese lo más evidente del mundo.
El Patriarca maldijo en silencio a los vagos de sus guardias, con los que ya ajustaría cuentas más tarde.
-¿Qué es lo que quieres?
-¡Ah! ¡Cierto! Que yo venía para algo –rió el invocador-. Traigo el reporte del avance de la construcción del nuevo Coliseo.
El Patriarca se llevó una mano a la frente.
-Dios nos asista… ¿Cuánto hemos perdido?
-Em… Pues… Le resultará extraño, pero la construcción del Coliseo avanza. Y mejor de lo que jamás podríamos haber esperado.
-¡¿Qué?! ¡Imposible!
Pero Marcos asintió enérgicamente con la cabeza.
-El pantano ya ha sido drenado y la infraestructura del Coliseo finalizada.
El Patriarca no cabía en su asombro.
-No puedo creerlo… ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cómo ha sido capaz de cumplir con su cometido?!
Marcos se encogió de hombros.
-Supongo que delegó la supervisión de la construcción en alguien que supiera lo que hacía, tal y como usted mismo predijo. Y tenía razón, él no se atrevería a arruinar la construcción de vuestro nuevo Coliseo. Tal vez no sea tan tonto como creíamos –añadió con una maliciosa sonrisa.
-¡O tal vez algún bocazas ha metido las narices donde no debía!
(Lejos de allí, en el Pantano de la Rabia, Murga dio un fuerte estornudo).
No lo podía creer. Aquello no podía estar pasando. Nervioso, el Patriarca caminaba a gran velocidad de un extremo a otro de la sala, sopesando todo lo que estaba ocurriendo. Marcos tuvo que esquivarle más de una vez para que no se rozasen.
-¡Sigo sin poder creerlo! –Gritó, parándose en seco-. ¡¿Quién es el informante?!
-Uno de los capataces.
-¿Se ha ido?
-No. Necesitaba comer e ir al baño.
-¡Llévame hasta él!
Marcos condujo a su señor hasta una de las posadas adheridas al Coliseo. La gente se apartaba e inclinaba al paso de Juan, presentándole su temor y su respeto. Cuando entraron a la posada muchos de los allí presentes ahogaron un grito de sorpresa o se atragantaron con la comida. No pasaron ni cinco segundos cuando todas las caras estaban besando el suelo.
-Es aquel –señaló Marcos a uno de los pobres desgraciados.
-¡Tú! –El Patriarca fue hasta él casi de un salto-. Tienes un minuto para contarme todo lo que ha pasado en el Pantano de la Rabia desde que os asentasteis –aquel pobre hombre se quedo mudo ante la amenazante proximidad del Primero. Temblaba de pies a cabeza-. ¡Habla!
A pesar de miedo el hombre se obligó a sí mismo a hablar. A cada palabra que aquel desdichado decía la frente del Patriarca se iba arrugando cada vez más, y un tic en su ojo derecho se hacía cada vez más pronunciado.
-¡¿Quién?! –Tronó el Patriarca, y todo el mundo se encogió en el suelo-. ¡¿Quién es ese desgraciado que lo está ayudando?!
-Se llama Murga. Va con un burro gigante que se llama tiburón. Él supervisa la obra e informa a Barquín.
Juan se llevo las manos a la cabeza y empezó a chillar.
-¡Yargh! ¡Maldito Murga! ¡¿Qué se piensa, que ñarghsjdklnadklsjqalndskldjhklansgs?!
-¿Cómo dice? –Preguntó Marcos, con sumo interés.
-¡Que me cago en su estampa! ¡Eso digo!
Y dicho aquello, se quito uno de los negros guantes que cubrían sus manos y le dio un revés con el dorso de esta al pobre capataz en la cara.
El hombre cayó al suelo con un grito, sujetándose el negro estigma que aquel simple contacto le había producido. La descomposición no tardó en extenderse por todo su cuerpo hasta reducirlo a una uniforme y pegajosa masa negra y, instantes después, a simple polvo.
-Eso ha debido de doler… -observó Marcos.
Furioso, el Patriarca salió de allí. Marcos trotó tras él para darle alcance.
Juan se sentía fuera de sí, todo estaba saliendo mal. Marcos decidió no acercarsele mucho.
-Vamos, anímese –le dijo.
-¡¿Qué me anime?! ¡¿Cómo quieres que me anime?! –Estalló el Primero-. ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira lo que hemos conseguido! ¡Y ahora vamos a perderlo todo!
Marcos observó a su alrededor. El Patriarca tenía toda la razón. Gente riendo, niños jugando, ofertas en todos los comercios… Desde que Barquín se marchó de allí todo había sido felicidad y festejo. Nunca antes se había visto algo así en el perímetro que abarcaba la sede de la Cábala. Todas las personas que allí vivían ahora eran felices. Hasta los guerreros de los fosos que sabían que iba a morir iban con una sonrisa en la boca a enfrentarse a esos monstruos gigantes que sabían que iban a devorarlos. Todo era concordia. Todos los viernes el mercado vendía sus productos a mitad de precio y el Coliseo ofrecía un espectáculo gratuito. Y por las noches, se reunían todos y quemaban una imagen gigante de Barquín, y luego bailaban sobre las cenizas hasta al amanecer. Incluso se instauró como nuevo día festivo el día en que él dejó la ciudad.
Y ahora estaban a punto de perder toda esa dicha.
-Tranquilícese –Marcos insistía en sus intentos de animar a su señor-. Aún tenemos tiempo. Como mínimo les tendrá que llevar otra semana terminar de construir el coliseo y prepararle para su inauguración. Podemos pensar en alguna otra cosa para librarnos de él.
-Sí. Pero ahora hay otro asunto más importante del que debo ocuparme.
-¿A qué os referís?
-Algo está creciendo en el bosque de Froxá.
-Hombre, pues imagino, es un bosque, ahí crecen cosas.
-¡No, idiota! Algo peligroso para nosotros. Puedo sentir perfectamente el poder del Gitani. Y sé que Aarón planea vengarse de nosotros.
-¿Aarón y el Gitani…? –Marcos sopeso aquella ecuación-. Es una peligrosa combinación.
-Lo sé. Por eso me encargaré de ello ahora mismo y… -el Patriarca se detuvo de pronto-. Un momento… -se volvió de improviso hacía Marcos, mirándole con ceño-. ¡¿Qué leches hago yo hablando contigo?!
-Ah, pues… no sé –reía el invocador-. Pero la conversación estaba siendo muy amena.
Juan volvió a quitarse el guante y se dispuso a abalanzarse sobre él.
-¡Argh!
-Vaya humor que se gasta, señor –decía Marcos, echando a correr-. ¡Con todo lo que yo lo quiero!
-¡Fuera!
-¡Ya me voy! ¡Ya me voy!
Con un gruñido, el Patriarca regresó al Coliseo y fue directo a sus aposentos. Sus sirvientes seguían sin dar señales de vida asique apunto sus nombres en su lista de gente a la cargarse después. Luego se preparó una mochila de metal con algunas cosas y se ató su espada a la cintura. Había algo en el bosque de Froxá que estaba amenazándolo y él mismo se encargaría de ello. Iría al bosque de Froxá, mataría a Aarón y se haría con el Gitani. Entonces nadie podría detenerle.