Barquín, Aarón, Cara Pedrusco, Murga y Marcos se hallaban en la sala de audiencias del Patriarca, donde el susodicho ocupaba su trono de negro y retorcido metal.
-Bien, hablaré claro –dijo Juan-. Aarón, quiero que tú y yo nos unamos.
-¡Y yo quiero un castillo hecho de oro, no te jode!
-Ahora tenemos un enemigo común, necesitamos unir fuerzas para derrotarle.
-¡No necesito ayuda!
-Deja de ser tan obstinado. Nos enfrentamos a un enemigo muy fuerte. Debemos unirnos y destruir al ángel.
-¿Pero de dónde ha salido? –Preguntó Murga.
-He estado mirando en mi bola de cristal y he dado con sus orígenes –respondió el Patriarca-. En el norte ha emergido, en cuestión de un día, todo un reino.
-¿Pero cómo? –Quiso saber ahora Cara Pedrusco-. ¿Acaso allí hay otro Gitani?
-O eso o ahora venden semillas instantáneas de reinos –rió Murga.
-Ni lo uno ni lo otro –habló de nuevo Juan-. Todo es obra de Oli.
Aquel nombre pareció ser familiar para todos los presentes, excepto para Aarón, que se distraía mirando mal a todos los presentes.
-¿De qué me suena ese nombre? –Se preguntaba Murga.
-Fue el anterior campeón de la Cábala –contestó Marcos-. Hasta que Barquín lo derrotó a él y a su… pelele…
-¿Y cómo es que tiene semejante poder?
-No lo sé –respondió ahora el Patriarca-. Pero ha sido capaz de crear un ser que ha logrado colarse en mi nuevo Coliseo y darles una buena zurra a los dos campeones.
-¡Me pilló distraído! ¡Y encima mi palo se volvió loco! ¡Ya verás cuando le vuelva a pillar! –Estalló Aarón, furioso.
-Sea como sea, debemos acabar con Oli para que no siga extendiendo su reino –declaró Juan-. Y para eso debemos acabar primero con el ángel.
-¿Y cómo hacemos eso? –Preguntó Marcos.
Juan mostró una siniestra sonrisa.
-No os preocupéis, lo tengo todo pensado.
De nuevo, en las arenas del Coliseo, había una gran conmoción. El Patriarca había salido a escena, acompañado de los dos campeones y sus hombres. Al parecer iban a dar una noticia de suma importancia.
Unos ogros enormes hicieron acto de presencia, portaban una enorme fragua, que depositaron en el centro de la arena y encendieron con una antorcha. Después, dos goblins, portando cada uno un enorme estuche negro, los depositaron junto a la fragua.
Juan se situó junto a la ardiente fragua y hablo, proyectando mágicamente su voz a todo el Coliseo:
-Mi querido público. Hoy es un día que pasará a formar parte de nuestra historia. Hoy, en este día, la Cábala y el bosque de Froxá se unirán para hacer frente a un enemigo común.
-¡Eh! ¡Que yo he dicho que no! –Gritó Aarón, pero Juan le ignoró.
-En el norte ha crecido una amenaza como nadie se imagina. Pero no debéis preocuparos. Nosotros la destruiremos.
Aunque no entendían muy bien de qué iba la cosa, el público vitoreaba al Patriarca. Juan prosiguió con su discurso.
-Nuestro enemigo es inmortal pero… -Juan abrió un de los estuches, y extrajo de él una espada negra y retorcida-. He aquí a Espina del Diablo, la espada maldita con la que en su día fui campeón de las arenas –la gente aplaudía, eufórica. Juan abrió el otro estuche y extrajo otra espada, más grande y basta-. Y he aquí a Mata Estúpidos, la espada con la que Aarón se convirtió en una leyenda viva de los fosos.
-¡Eh, mi otra espada! ¡Así que la tenías tú! ¡Ladrón! ¡Dámela!
Pero los ensordecedores gritos del público taparon las sonoras demandas de Aarón.
Juan arrojó ambas espadas al interior de la ardiente fragua. Una columna de luz roja y sombras salieron eyectadas del interior, como un geiser. El público enmudeció ante tan increíble espectáculo.
A los pocos segundos, una nueva y enorme espada negra emergió del interior de la fragua, flotando frente a Juan, rodeada de un aura de fuego y sombras.
Juan la tomó por la empuñadura y la alzó.
-¡Observad a Segadora Letal! ¡En esta espada están aunados el ardiente poder rojo de las montañas y el negro poder de los pantanos de los que emergió la Cábala! ¡Juntos, eclipsaran y destruirán la luz del ángel asesino!
Más gritos de satisfacción por parte del público.
-¡Ahora, la Cábala y Froxá partirán al norte, a las Tierras de Pesadilla, llamadas también Olilandia, el enemigo de esta tierra! ¡Destruiremos al ángel y someteremos a ese reino maldito! ¡Esto es una guerra, mí querido público! Y… ¡Todo el que quiera podrá asistir para verlo en primera fila!
Ahora sí que el griterío se hizo ensordecedor. Aquello sí que merecía la pena ser alabado. Solo al Patriarca podría ocurrírsele convertir una guerra en un espectáculo abierto para los curiosos y los amantes del riesgo.
-¡Señor, esta vez se ha superado a sí mismo! –Saltó Marcos-. ¡Este espectáculo si que será toda un éxito!
-Sí –coincidió el Patriarca, con una sonrisa-. Y no será nada barato. ¡Marcos! ¡Empieza a prepararlo todo!
-¡A sus órdenes!
-¡¿Y yo qué?! ¡¿Qué hago?! –Gritaba Barquín.
-¡A tú jaula!
-Jo…
Todos se marcharon a preparar aquel gran evento. Pero alguien no se movió de allí. Juan sintió la penetrante mirada de Aarón sobre él.
-¿Qué ocurre?
Aarón le mostró su amenazador puño.
-¡Dame mi espada!
Juan sonrió.
-Desde luego, aquí la tienes –y le tendió la espada al bárbaro-. ¿Quién mejor que tú para acabar con el ángel? La gente pagará una fortuna por ver ese encuentro.
-¡Calla! –Aarón miró hacia el cielo, con su amenazadora mirada entrecerrada-. Ahora solo me falta recuperar mi otra espada…