Describir la creación de todo un reino (y más teniendo en cuenta que ha salido de una mente perturbada), tomaría demasiado tiempo y detalle. Así que omitiremos esta parte de la historia y la dejaremos a vuestra imaginación.
Oli, completamente lleno de barro de pies a cabeza, alzó la vista. Lucía una expresión exultante y esbozaba una sonrisa triunfo. Frente a él se alzaba su obra maestra. Su primera creación. O mejor dicho, el epicentro de una maravilla que se extendería hasta los confines de mundo. Su legado.
-¡Olilandia! –Chilló el ex luchador, agitando los brazos.
Se hallaba sobre una pequeña elevación de tierra cubierta de verde pasto. Tan solo el principio del verde mar de vida que se extendía frente a él. Tal y como había lo había planeado, había convertido aquella pequeña zona de playa en un vergel que exhalaba vida por cada rincón. La vegetación había destruido y cubierto las antiguas cosas del pueblo (provocando la huída de sus habitantes). Arboles inmensos lo cubrían todo, de todas las clases, incluso algunos jamás vistos en aquel mundo. Todo ello salido de la mente de su hacedor. Que también había cambiado la propia geografía del lugar, haciendo emerger montes que escupían cataratas que relucían con los rayos del sol que la verde techumbre de aquella demencial jungla permitía pasar. Aquella mezcla de bosque y jungla podía resultar retorcida e incomprensible, pero indudablemente hermosa.
Oli se giró para observar ahora a sus espaldas la cúspide de su utopía. La inmensa fortaleza blanca, Olus, que se erguía, imponente, sobre la meseta central del bosque. Un conjunto de desiguales torres de imponente tamaño fortificadas con un inmenso muro que rodeaba toda la parte baja. Decorado con gárgolas en forma de criaturas angelicales o dragones que exhalaban grandes chorros de agua que iban a parar al foso que rodeaba aquella obra maestra.
Oli bajó del montículo en que se encontraba y caminó hacía su nuevo hogar. El enorme puente levadizo cayó ante él automáticamente. El creador se adentró en su impoluta morada. Caminaba por el patio central admirando su obra, impresionado. Ni él mismo recordaba haber modelado aquello con tanto detalle, pero lo cierto era que no se quejaba. Aquella impresionante fortaleza, hecha enteramente de puro mármol blanco que relucía al sol, ofrecía a la vista todo un espectáculo de maravillas. Cada torre estaba pulida y rematada con símbolos que parecían cincelados al milímetro. Todo era desigual y caótico en su conjunto, pero detallado y minucioso en sus partes. Incluso de algunas de las torres caían cascadas de agua cristalina de daban a parar a pequeños pozos en el fondo. Todo el patio estaba lleno de fuentes y estatuas en forma de angelicales seres, muchas de ellas tenían la forma de mujeres de belleza hipnótica (según Oli representaciones de Granizea). Si Dios tenía una morada desde luego era algo muy parecido a eso. O al menos, así lo pensaba el creador.
Las enormes puertas dobles de blanca piedra se abrieron, permitiéndole el paso a su señor al centro de aquella enorme base.
Oli camino por la entrada, observando las maravillas que seguía sin recordar haber creado. Después de todo él modelo todo aquello desde la arcilla, dándole forma en su mente. Pero aunque no recordase haber imaginado tanto detalle lo cierto era que no resultaba descabellado pensar que tal vez todo aquello si hubiese salido de su mente, aunque fuese de forma inconsciente para él. Tal vez su poder podía hacer emerger de su mente ideas que él mismo ocultaba sin saberlo. En cualquier caso esas minucias no importaban, su castillo molaba, y mucho.
Todo el interior era del mismo e impoluto mármol que el exterior. La decoración era abundante y vistosa. Estatuas que flanqueaban los largos pasillos, como silenciosos centinelas. Tapices con grabados de celestiales criaturas aladas. Frescos con representaciones de querubines o dragones blancos sobrevolando azules cielos cubiertos de nubes. Todo se aunaba en una desigual, pero al mismo tiempo perfecta, armonía. Todo era brillo y pureza. Luz y vida. Tal y como Granizea habría querido (o eso pensaba Oli).
Oli ascendió –con mucho esfuerzo- la enorme escalera principal, que subía en espiral hasta la titánica torre central. Aquella se erguía por encima de sus hermanas menores. Allí, en lo alto, estaban sus aposentos, ya preparados y provistos de todo. Una enorme cama ya provista de suaves sabanas de seda azul de la mejor calidad y armarios repletos de las más elegantes galas. Había dos puertas, una a cada lado de la habitación. Una conducía a un baño, y la otra a un estudio provisto de todo. Mesas llenas de pergaminos en blanco, pinceles y pinturas para crear más arte vivo, arcilla, piedra para escupir… Todo lo que necesitaba para seguir creando.
Atravesó la habitación hasta las grandes puertas dobles de cristal que conducían al balcón. Oli se asomó, y desde la torre más alta admiró su creación. Desde allí podía ver incluso las tierras de más allá de lo que ahora era su reino. Sonrió, con complacencia. Ya había creado su propio imperio, ahora podría atacar a la Cábala y destruirla. Asestaría un único y letal golpe y borraría todo indicio de la existencia de aquella retorcida secta de dementes.
-Hay mucho que hacer –dijo para sí mismo, apartando las manos de la baranda de brillante platino. Alzó un dedo, adoptando una resuelta pose en actitud triunfante-. ¡Mañana mismo atacaremos!
Silencio. El viento le azuzo los rizos y fue consciente de un muy importante detalle que hasta ahora había parecido escapársele de las manos.
-¡¿Atacaremos?! ¡¿Quiénes?! ¡Si estoy yo solo!
Se dejó caer de rodillas al suelo de mármol. ¿Cómo podía ser tan imbécil? Había creado un reino, sí, pero excepto él mismo nadie más lo habitaba. ¿Cómo iba a destruir a la Cábala él solo? Necesitaba un ejército.
-¡¿Y de donde puñetas me saco un ejército?! –Se lamentó.
Pero entonces volvió a caer en la cuenta de otro importantísimo detalle.
Una vez más se puso en pie y alzó su dedo de triunfo.
-¡Soy un creador! –Declaró, a voz en grito-. ¡Así que yo mismo me crearé un ejercitó igual que he creado este paraíso! –Volvió a asomarse al balcón, apoyándose en la baranda para mirar en lontananza-. ¡Prepárate Barquín! ¡Preparaos todos los de la Cábala! ¡Pronto seréis destruidos! ¡Pagareis por arrebatarme a Granizea! Pero… -se miró de arriba abajo, aún seguía cubierto de barro enteramente-. Primero tomaré un baño.
Y dicho todo lo que tenía de decir, se echó a reír como un loco.
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