jueves, 16 de febrero de 2012

Capítulo 14: El Ejército De Pesadilla

Oli se dejó caer sobre el verde pasto, exhausto. Estaba otra vez cubierto de barro de pies a cabeza. Se había pasado el día metido en una poza, modelando a sus criaturas, pero hasta el momento solo había hecho animales, la mayoría corrientes. Jaguares, rinocerontes, águilas, elefantes azules (azulifantes), y otras que se había inventado sobre la marcha. Pero no eran más que eso, simples animales que poblaran sus densos y espléndidos bosques. ¡Pero necesitaba un contingente bélico! Debía pensarlo con cuidado… Después de todo lo Cábala disponía de las más grotescas y peligrosas criaturas que poblaban aquella tierra y las de más allá. Tenían muertos vivientes y, los invocadores de demencia, podía traer desde aquel plano de oscuridad a los más aberrantes seres. En definitiva, era un enemigo peligroso.

-Esto puede ser peligroso… -se dijo así mismo-. ¡Ya se!

Se sacó de uno de los bolsillos de su túnica un papel y un carboncillo, con el que empezó a garabatear sobre la lámina. Se esteba retratando a sí mismo, de cuerpo entero, más solo trazó su silueta, sin ahondar en detalles. Cuando hubo terminado escribió junto a su retrato un x 9 y cerró los ojos, concentrándose. Cuando los abrió tenía frente a él a unas de sus más prácticas creaciones. Tal y como las había plasmado sobre el papel no eran más que negras siluetas, sombras de sí mismo. Y aquellos seres solo tenían una única y vital función, salvarle de algún aprieto. Aquellos seres eran portales. Si Oli se veía en algún aprieto solo tendría que lanzarse sobre uno de ellos, entonces él, y el resto de sus copias, serían transportados a otro lugar y la copia que usaron como vía de escapa se cerraría para siempre.

-¡Ja! Si me veo mal podré huir. Maniobra cobarde, patética y rastrera 100% Oli –se auto laureaba el creador, pletórico por su rastrera ocurrencia-. Ahora necesito a alguien que me ayude con las tareas del castillo… No pienso limpiar todo eso yo solo.

El creador volvió a meterse en la poza y a modelar con el barro, formando pequeñas figuritas humanoides. Concentrándose, sus pequeñas creaciones fueron creciendo hasta adoptar la estatura de un hombre adulto. No tenían rostro, ni vestiduras, ni ningún tipo de apéndice que los acreditase como humanos salvo su complexión. Su piel era y gris tersa, suave y fría al tacto. Aquellos eran los hombres de masilla.

-Bien, necesito más, muchos más –volvió a concentrarse y sus creaciones pronto se multiplicaron, hasta que fueron decenas-. Bien, y ahora… ¡Desfilando a limpiar!

En absoluto silencio se marcharon de allí.

-Vale, ya tengo mano de obra y vía de escape para perdedores sin orgullo propio, que me falta… -decía pensativo-. ¡Claro! Ahora tengo que ver qué es lo que pasa fuera de aquí. Digo más, quiero saberlo todo. Crearé unos seres que sean capaces de viajar por toda la tierra, y de meterse en las mentes de los demás para sacarles sus más profundos secretos –rió-. ¡Pero qué retorcido y penoso soy! ¡Me encanta!

Esta vez no usó nada para modelar, ya que lo que necesitaba debía ser incorpóreo. Pronto, centenares de pequeñas lucecitas azules aparecieron, danzando a su alrededor.

-¡Vosotros sois mis discípulos! ¡Viajareis por todas estas tierras, reuniendo información, y me las mostrareis! ¡Vamos, empezad!

Y aquellos pequeños destellos se diseminaron a gran velocidad por el cielo.

-¡Oye, pues esto no es tan difícil! Bien, que va ahora… ¡Ah, ya! ¡Guerreros! ¡Fuerza de ataque!

Oli regresó al barro, donde modeló medusas voladoras gigantes, tiburones voladores gigantes, rayas voladoras gigantes… etc.

Luego paso a la fuerza terrestre. Cangrejos gigantes, cocodrilos de dimensiones monstruosas, algunos dragones, mantis del tamaño de una casa…

Y por último llenó sus estanques de sierpes acuáticas devora hombres. ¡Todo era perfecto!

Cuando terminó de elaborar su retorcido ejército uno de sus discípulos regresó. Oli se puso en pie para recibirlo. El discípulo entró por su frente, atravesándola. La mente de Oli se llenó de imágenes. El Pantano de la Rabia había prácticamente desaparecido. En su lugar había un enorme Coliseo y decenas de puestos y pequeños comercios a su alrededor. La mente del creador siguió avanzando por aquel plano de imágenes hasta penetrar en el inmenso Coliseo. ¡Allí estaba él! Barquín, acompañado de otro sujeto barbudo con un burro.

Oli entreabrió la boca, por donde salió el discípulo.

-Parece que ese condenado también ha estado ocupado… -gruñó, y miró a su discípulo, que titilaba frente a él, a espera de más ordenes-. Avisa a los demás, entrad en las mentes de todos los apostados en el Pantano de la Rabia, recabad toda la información posible sobre ese Coliseo.

El discípulo se marchó a gran velocidad de allí para cumplir su cometido.

-Bien. La venganza me sabrá mucho mejor si acabo con ese indeseable en su nuevo Coliseo, frente a todos –giró sobre sí mismo y se encaminó de nuevo hacia el palacio de Olus-. Hay mucho que hacer pero antes… -se miró de arriba abajo-. Tomaré otro baño…

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