jueves, 16 de febrero de 2012

Capítulo 12: Entre Las Sombras

Juan esperó a que anocheciera, cuando su poder era mayor, para salir en su misión. Deslizándose entre las sombras, como un cazador en busca de su presa, avanzó a gran velocidad, invisible y sigiloso, hasta llegar al bosque de Froxa.

El Patriarca no cabía en su asombro. Sabía perfectamente que el Gitani ahora residía en el que corazón del bosque y que su poder estaba cambiando toda la foresta. Pero jamás habría imaginado que el poder de ese artefacto hubiese podido provocar aquello. Estaba claro que el poder desconocido que emanaba el Gitani se había unido al propio poder del bosque, dimanando en una fuerza rebosante de vida que estaba provocando que el bosque creciera de forma exagerada.

Observó la retorcida jungla que se extendía ante él. El camino resultaría difícil para cualquiera pero no para el Patriarca de la Cábala. Con una sonrisa, Juan se quitó los guantes metálicos y se remango las mangas de seda de su oscura túnica. Bastaba un simple roce con cualquier brizna de vegetación para que la podredumbre se extendiese varias hectáreas. Así avanzó el Primero a través de la maleza, abriendo un negro camino de descomposición a su paso que no tardaba en volver a cerrarse a sus espaldas. El poder de la vida que rezumaba aquellas tierras era increíble.

No llevaba demasiado tiempo avanzando cuando divisó la figura de Aarón a lo lejos. Aunque no entraba dentro de sus planes encontrarse con su objetivo tan rápidamente era una oportunidad que debía aprovechar.

El bárbaro avanzaba a grandes zancadas, llevándose por delante literalmente cuanto se interponía en su camino, y con evidente enfado dibujado en el rostro.

El patriarca cerró los ojos, concentrándose, y se elevó por encima de la maleza. Avanzó como una oscura y fría corriente de aire y no tardó en adelantar el bárbaro. Había llegado el momento de tenderle su trampa.

Juan se concentró.

Unas sombras ondulantes comenzaron fluir alrededor de Aarón, como oscuras y retorcidas siluetas que danzaban en torno a él. El bárbaro, que ni tan siquiera se preocupaba en ponerlas atención daba algún que otro manotazo de vez en cuando, intentando disiparlas, como una vaca espantando moscas con el rabo, como si aquel fenómeno fuese simplemente atmosférico, propio de aquel surrealista bosque. El Patriarca, que lo observaba oculto tras la maleza, enfureció. Se concentró aún más y pronto aquellas sombras comenzaron a adquirir una consistencia más sólida, revelándose como horribles bestias de las sombras dispuestas a devorar su presa. Aarón agitó su vara, que refulgió con aquella luz verde cargada de vida, golpeando a los horrores de las sombras y disipándolos.

-¡Maldito bichos! –Gruñó.

Juan no cabía en su asombro. Decidió volver a adelantar al bárbaro y atacarlo de frente. Corrió entre la maleza, literalmente deshaciéndola a su paso, pero algo se interpuso en su camino. Era una criatura enorme que no recordaba haber visto jamás. Su cuerpo era tan grande como el de un verdefante, pero tenía una larga cola anillada y plagada de enormes espinas y un cuello igual de largo terminado en una cabeza similar a la de un camaleón pero de dimensiones enormes y testada con una cornamenta imponente. El Patriarca supuso que ese era otro de los especímenes surgidos del retorcido poder de mutación del Gitani. Aquel artefacto estaba creando bestias tan horribles e inverosímiles como las del plano de demencia.

Los enormes ojos del monstruo estaban fijos en él. Se lanzó sobre la oscura figura del amo y señor de la Cábala, abriendo sus enormes fauces y mostrando dos hileras de colmillos tan largos y afilados como espadas.

El Patriarca se elevó en el aire, esquivando con suma facilidad la arremetida de la bestia y subiéndose en su inmenso lomo. Poso su mano desnuda en la dura y gris piel de la criatura. El contacto mortal no hizo esperar que la maldición se propagase. La bestia emitió un chirriante aullido y se desplomó sobre sus voluminosas patas, ya estaba muerta cuando la descomposición aún devoraba su gigantesco cuerpo. Pero Juan tenía otros planes. Con un simple movimiento de su muñeca hizo que la descomposición se detuviese. Fijo su mirada en el cuerpo semi pútrido de la criatura, concentrando su negra energía, y la bestia se levantó de nuevo, abriendo sus ojos, ahora vacíos de vida. Ese sería el primer siervo del Patriarca en esa nueva y floreciente tierra que parecía querer desafiar su poder.

Con gesto imperturbable, el Patriarca tomó asiento sobre su nueva montura y la ordenó mentalmente ir a por el bárbaro. Debía acabar con aquello. Si era necesario arrancaría de raíz todo rastro de vida de ese bosque para hacerlo después levantarse desde la propia inmundicia sobrante, tal y como acababa de hacer con aquel monstruo. Así actuaba el Patriarca, ese era su poder, la muerte.

Sobre su nueva y grotesca montura y ya algo cansado de aquella situación, el Patriarca ordenó a aquel ser que cargara contra el bárbaro y lo arrollara.

Aarón vio venir a la enorme criatura, más no reparó en su jinete.

-Hoy tenemos el día tonto ¿eh? –Gruñó el bárbaro, preparando su vara.

Cuando la criatura ya iba a llevárselo por delante Aarón le dio un fuerte golpe con la vara (como un jugador de beisbol). Hubo un fogonazo de luz verde. Con un horrible aullido la criatura salió disparada por los aires, junto con el Patriarca.

-¡No tiene graciaaaa…! –Gritó el Primero, perdiéndose en el estrellado cielo.

Aarón se volvió una vez más, algo extrañado.

-Qué raro, me ha parecido oír a alguien –se encogió de hombros, y siguió su camino-. ¡Bah!

A varios kilómetros de allí, Juan yacía en el suelo, con evidentes dolores. Afortunadamente unas rocas afiladas amortiguaron su caída.

-Creo que mejor de esto para otro momento… -murmuró para sí.

Se puso en pie.

Sí, aquello era lo mejor que podía hacer. No tendría gracia matar a Aarón así, sin que nadie lo viese. Debía humillar a ese maldita bárbaro que había osado retar su poder. Y sabía muy bien cómo hacerlo.

Ahora volaría hacia el puerto más cercano y allí tomaría un barco que lo llevase hasta el Pantano de la Rabia, donde vería que tal estaba yendo su obra y donde prepararía el final de Aarón.

Con una sádica risita se frotó las manos y se le elevó en el aire, fundiéndose con las sombras de la noche.

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