viernes, 1 de junio de 2012

Epílogo: El Principio De Una Nueva Era


Juan se sentía tan feliz como no lo había estado en su vida. El nuevo Coliseo, y su brillante idea de cobrar entrada por ver la batalla de Las Tierras De Pesadilla, le habían dado una cantidad ingente de dinero. Hasta pensó en declararle la guerra a más territorios. Aquello  era un negocio muy lucrativo. Se sentía tan feliz que nada hubiese podido prepararlo para la noticia que acababa de recibir…
Se hallaba revolcándose tanto en su dinero como es un propia crapulencia cuando uno de sus siervos le dijo que Barquín había vuelto… ¡Horror!
Y allí le tenía de nuevo, en su jaula, y parecía bastante enfurruñado.
-Mi hermano ha vuelto a traicionarme… ¡Me vengaré!
-Te estarás quieto –dijo Juan.
-Sí, señor…
Juan dio un largo suspiro. Había estado viendo en su bola de cristal el desarrollo de la batalla en todo momento (Bueno, a ratos, mientras contaba su dinero). Había visto como sus antiguas mascotas, las sierpes, eran liberadas. Rezó a todas las deidades de las que tenía conocimiento para que esos monstruos devorasen a Barquín y al resto que estaba con él, y que luego el servicio de plagas se ocupase del resto. Pero nada, ahí le tenía de nuevo, con las sierpes dentro.
-Qué cruz… -suspiró el dirigente de la Cábala, masajeándose las sienes.
-¿Le pasa algo, señor? –Preguntó Barquín.
-¡Nada! Bueno… ¿Y dónde está Marcos?
-Ah, pues… yo creí que estaría aquí. Se marchó antes que el resto.
-Al menos no todo son malas noticias.
-¿No puede usar su bola de cristal para localizarlo?
-Que va, está rota –dijo Juan, estrellando la bola contra el suelo y haciéndola pedazos.
Mentalmente agotado, el Patriarca de la Cábala se dejó caer sobre su trono de retorcido y negro metal. Había conseguido una gran victoria librándose de Oli pero… Aún quedaban obstáculos en su camino, obstáculos bastante peligrosos. Debía ocuparse de ellos cuanto antes.

Lejos de allí, en el bosque de Froxá. Justo al pie de la cada vez más grande montaña que había emergido alrededor del cadáver de Rafatus, Aarón se encontraba sentado sobre la enorme raíz de un árbol.
-¡No me moveré de aquí hasta que me devuelvas mi espada, voz estúpida! –Demandaba el bárbaro.

Y más lejos de allí, de pie, sobre la terraza de la más alta torre del Palacio de Olus, Willy admiraba lo que ahora era su reino, con una sonrisa de total satisfacción. A los lejos ya divisaba las caravanas de gente que llegaban en busca de una nueva esperanza. La salvación residía en la fe, y la fe solo podía ser suscitada por un ángel.

Las nuevas potencia mundiales ya emergían de entre los escombros de la batalla.

Ya se mascaba una nueva tragedia… 

Capítulo 28: Silencio


-¡Oh! ¡El ángel va a cantar! –Gritaba la gente, en todas partes, presa de la esperanza, el regocijo por la fe, y el fanatismo por una nueva creencia en esa tierra.
 Y de nuevo en Las Tierras De Pesadilla…
Todos con gafas de sol.
-¿Va a cantar? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parece… -respondió Marcos.
-¡No quiero cantos! –Gritó Aarón.
-Yo debería ir pensando un sitio para esconderme… -siguió Barquín.
Willy abrió la boca y…
-¡EH, DISCÍPULOS! ¡YA ESTÁIS ZUMBANDO PARA ACÁ! ¡VAMOS, OS QUIERO AQUÍ A LA DE YA! ¡VENGA!
-Madre de Dios… -dijo Cara Pedrusco, aún con los oídos tapados.
-¡¿Veis?! ¡Así se grita! –Dijo Aarón.
Una oleada de cientos de lucecillas blancas emergieron de todos los rincones de Olilandia a ascendieron al llamado del ángel, rodeándole.
Willy les dio la orden mental y rápidamente descendieron de nuevo, introduciéndose en la cabeza de las sierpes de la muerte.
-¡Lo ha conseguido! –Saltó Marcos.
-Sí, bueno, celébralo luego –dijo Murga-. ¡Vienen todas hacia aquí!
-Habría que ir pensando en irse.
-Señor ¿Qué ordena? –Preguntó Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ordeno que emigres! –Respondió el bárbaro-. ¡Ya me he cansado de oírte!
Murga se montó sobre tiburón.
-Yo también acataré esa orden –se unió Murga.
-Bueno –dijo Marcos-. Pues… ¡Ha sido un placer!
El invocador se esfumó. Se había transportado al especio de demencia. Dentro de aquella oscura y distorsionada dimensión corrió tan rápido como pudo y regresó de nuevo al plano real, apareciendo a varios metros de donde había dejado a sus “compañeros”.
-¡A más ver! –Gritó desde la lejanía, agitando una mano. Y se alejó corriendo de allí.
-Que puto tramposo –dijo Murga-. En fin, nosotros también nos marchamos –miró a Barquín-. Espero… que… podamos… volver a vernos.
-¿En serio? –Dijo Barquín, con ojos húmedos.
-Em… ¡Claro! –Respondió Murga, con una forzadísima sonrisa.
-Señor, prometo volver para buscarle –le dijo Cara Pedrusco a Aarón.
-¡Ni se te ocurra!
Y ambos, tío con barba sobre burro gigante y centauro de proporciones extrañas, salieron al trote de allí, antes de que las sierpes cortasen toda vía de escape.
-Hermano, tú también puedes irte si quieres –le dijo Barquín al bárbaro, una vez estuvieron solos-. Esto puede ponerse peligroso.
-¡Sí, como que te vas a librar de la paliza que te debo!
-…
Las sierpes comenzaron a rodearles, y Barquín fue absorbiéndolas conforme se acercaban.
Conforme iba asimilando más sierpes en su interior más iba cambiando, recuperando aquel matiz tiznado y cochambroso característico del campeón de la Cábala.
-Hermano… lo siento… -decía Barquín, entre sierpe y sierpe-. Siento que vuelvo a cambiar. Vuelvo a perderme a mí mismo. Vuelvo a ser el Campeón de la Cábala. Espero que puedas perdonare, no quería que esto acabase así, pero es la única forma… -Drama y más drama.
-¡Bla, bla, bla! –Rezongaba Aarón, sin siquiera mirarle.
Desde el cielo, Willy observaba tranquilamente como Barquín absorbía las sierpes, a espera de que terminase su valor para así poder acabar con él y matar dos pájaros de un tiro. Pero entonces sintió de nuevo una sensación extraña. Era la misma presencia que sintió momentos antes y que se extinguió. Era una presencia muy familiar pero… ¡No caía en quien! Se esforzó en recordar. Recordar… recodar… ¡Lo recordó! El tío rubio gritón lo había mencionado antes ¡Claro! ¡Se trataba de Oli, su creador!
-¡Pero qué listo soy! –Dijo el ángel-bestia, orgulloso de sí mismo.
Batió sus alas y voló en dirección a aquel etéreo llamado, bastante molesto.
-No entiendo a qué fin estoy haciendo esto –decía por el camino-. Supongo que como es mi creador es lo lógico. Él está en problemas yo voy. Tiene sentido ¿O será algún defecto de fábrica? –Se arrancó una etiqueta a su espalda-. Veamos… instrucciones… -Las leyó un poco por encima-. ¡Aquí no decía nada de estas simbiosis tan raras! En fin… que le vamos a hacer.
Ya se acercaba al palacio de Olus, que parecía bastante dañado.

Barquín absorbió a las últimas sierpes de la muerte. Un enorme eructo resonó por todo el bosque y… el Campeón de la Cábala se desplomó en el suelo, inconsciente.
Aarón le dio un par de patadas.
-¡Te dije que si te morías te las apañabas tú solo!
Barquín entreabrió los ojos.
-Hermano… ayúdame…
-¡No! –El bárbaro se dio la vuelta y comenzó a alejare de allí-. Tengo que volver al bosque para que esa voz estúpida me devuelva mi otra espada ¡Y en cuanto la tenga ya verás! ¡Qué aún te la tengo guardada! ¡Eres una hermana muy desobediente!
-Hermano… no me dejes… vuelve a estar maldito pero sé que tú puedes salvarme… -imploraba Barquín.
Pero Aarón continuó su avance.
-¡Bla, bla, bla!

Willy sobrevoló el palacio de Olus, que presentaba bastantes desperfectos. Los residuos de la presencia de Oli que aún se mantenían en el ambiente le llevaron desde la terraza de la torre más alta del castillo, hasta los baños termales, y de allí a las catacumbas del palacio.
Sus patas felinas se posaron sobre el encharcado suelo. Allí estaban los últimos vestigios de la presencia de su creador, pero no había rastro de él ni de la sierpe que técnicamente le devoró. Y lo más extraño era que el ángel estaba seguro de que dicha sierpe no fue absorbida por Barquín. Por alguna razón ningún discípulo entró en ella.
Paseó su mirada por todo aquel enorme lugar, hasta que dio con algo. Tres sombras. Tres sombras del creador, que se mantenían inmóviles a unos pocos metros de él. Eran los portales de huida de Oli. O lo que quedaba de ellos.
Pronto Willy llegó a una conclusión: El creador se había ido. Con la desaparición de las sierpes y de aquel que insuflaba de vida a aquellas tierras, Olilandia se vio sumida en el silencio.
El ángel mostró una siniestra sonrisa y se echó a reír. 

Capítulo 27: El Último Recurso


Por si ya tenían pocas esperanzas de por sí, cuando vieron al ángel-bestia elevarse en el aire y pasar completamente de las sierpes su moral besó el suelo.
-Ahora sí que estamos jodiditos… -dijo Cara Pedrusco.
-¡¿Quién necesita a esa cosa rara con alas?! –Bramó Aarón-. ¡Yo mismo me ocuparé de los bicharracos esos!
-Muchas ya estarán lejos –habló ahora Marcos-. La hemos liado pero bien.
-¡Y todo por tu culpa! –Ladró Aarón, señalando a su hermano-. ¡Ya te puedes ir preparando porque la que te espera luego va a ser de órdago!
Barquín se echó a temblar.
Una sierpe se abalanzó sobre ellos. Aarón enarboló su espada con firmeza y descargó un mandoblazo sobre la parte superior de aquella grotesca boca, causándole a la sierpe un profundo corte. Pero esta, lejos de retroceder, golpeó al bárbaro con su fuerte pecho y este cayó hacia atrás, perdiendo su espada. La sierpe volvió a abalanzarse sobre él. Trataba de engullirlo, pero Aarón, aun en el suelo, sujetaba aquellas fauces entre sus manos, con fuerza.
-Serás hija puta… -gruñía, con sumo esfuerzo.
Pero mientras Aarón estaba enfaenado con su sierpe, otra se abalanzó sobre el resto, dispuesta a devorarles a todos de un bocado.
-Con lo bien que estaba yo trotando por el bosque… -dijo Cara Pedrusco, a modo de últimas palabras.
Cerraron los ojos, a espera del fin, pero… No pasó nada.
Cuando los abrieron pudieron ver que la sierpe que los atacaba se había esfumado, igual que la que atacaba a Aarón. Tan solo escucharon a Barquín eructar.
-¿No te las habrás tragado…? –Preguntó Cara Pedrusco, estupefacto.
Barquín asintió, tan sorprendido por lo ocurrido como el resto.
-¡¿Pero cómo?! –Saltó ahora Marcos, igual de confuso-. Solo el Patriarca puede hacer el hechizo de sellado.
-No sé como lo hecho. Simplemente… desee que estuviesen dentro de mí otra vez–explicó Barquín.
-Eres rarito como tú solo –dijo Aarón-. Bueno, pues ya estas jalándote el resto ¡Y rápido!
-Tal vez el hechizo aún no esté roto, por eso Barquín puede volver a introducirlas en su interior –sopesó Marcos-. ¡Bien, es perfecto! Hazle caso a tu hermano, ponte a tragar sierpes como si no hubiese mañana.
Cuatro sierpes más reptaban hacia ellos. Barquín abrió la boca y, como si de una aspiradora se tratase, empezó a absorber a aquellos monstruos, que empequeñecían al acercarse a la boca del Campeón de la Cábala hasta perderse en su interior.
-Perfecto, ya llevamos seis. Solo nos faltan unas mil –dijo Cara Pedrusco.
-Las sierpes siguen alejándose… -observaba Marcos-. Están empañadas en irse a hacer su vida. Tenemos que hacer que se reúnan aquí. Atraerlas de alguna manera. O esto no servirá de nada. 
Todos (a excepción de Aarón, que estaba muy ocupado gritándole a las sierpes) se pusieron a dilucidar algún tipo de estrategia para atraer a las sierpes hasta ellos.
Entonces Marcos calló en algo.
-Tal vez él pueda ayudarnos –dijo, señalando al cielo, donde la figura del ángel se mantenía fija en el aire.
Cara Pedrusco pareció no entenderle.
-¿Crees que hablará pársel?
-No, pero quizá pueda usar a aquella lucecillas que se metieron en vuestras mentes. Si gracias a ellas las sierpes pudieron ser liberadas tal vez puedan ayudar a encerrarlas otra vez.
-No entiendo como…
-Ni yo, pero vale la pena intentarlo.
Tanto el invocador como el centauro comenzaron a llamar al ángel, pero estaba demasiado alto y no podía oírles. Lo que si consiguieron fue atraer a más de las sierpes que aún rondaban por los alrededores.
-¡Mierda! –Protestó Cara Pedrusco.
-¡¿Pero cómo se os va a oír con esos gritos de nenaza?! ¡Ahora veréis! –Aarón tomó aire, mucho aire. Llenó sus pulmones y… tomó más aire aún-. ¡EH, TÚ, ÁNGEL ESTÚPIDO, BAJA AQUÍ AHORA MISMO! ¡VENGA! ¡SI, TÚ, BICHO RARO CON PATAS DE GATO Y ALAS DE GAVIOTA! ¡¿ESQUE NO ME OYES?! ¡VAMOS, BAJA, ESPECIE DE PECADO CONTRA LA NATURALEZA! ¡CRIATURA MUTANTE Y FEA! ¡QUE BAJES HE DICHO, BICHARRACO! ¡HOMBRE-GATO-PALOMO –ESTÚPIDO! ¡BAJA! ¡BAJAAAA!
Toda España se había enterado, pero el ángel seguía sin inmutarse. Sin embargo Aarón no iba a rendirse, siguió berreando como un poseso, haciendo que más sierpes de la muerte se aproximasen hacia ellos.
Y allá arriba, en las alturas, la vena de sien de Willy comenzaba a amenazar con una inminente eyección, mientras un acentuado tic aparecía en su ojo. No había querido moverse del sitio, pero había escuchado todas y cada una de las florituras que ese bárbaro estaba lanzado contra su persona. Pensó que acabaría cansándose de dar gritos, después de todo ninguna persona normal podía chillar a tanto volumen y durante tanto tiempo, pero Aarón parecía tener unos pulmones y una garganta fuera de lo normal.
Apretando la mandíbula con fuerza se dejó caer en picado. Aterrizando pesadamente sobre el suelo, justo frente a Aarón.
-¡¿QUÉ?! –Le chillo en ángel-bestia a la cara, rojo de ira.
-Ah, pues… no lo sé –fue la respuesta del bárbaro.
Otro tic apareció en el ojo del ángel.
-Necesitamos tu ayuda –interrumpió Marcos, antes de que aquello terminase en desastre-. Tenemos una manera de acabar con las sierpes, pero vamos a necesitarte.
La mirada de Willy se desvió hacía Barquín.
-¡Tú! –Dijo, desenvainando su espadón y acercándose amenazadoramente hacia él-. ¡Tú! ¡Tú! Tú… -se paró en el sitio, con las cejas alzadas y cara de no saber muy bien como seguir.
-Barquín –dijo Barquín.
-¡Sí, eso! –Y volvió a  adoptar su amenazadora pose y a acercarse hacia él-. No puedo completar mi misión de acabar con los bichos esos, pero bueno. Se supone que fui creado para matarte así que, que no se diga que no serví para nada.
Ya alzaba su espada cuando Aarón se puso por medio, el acero de ambos chocó entre sí.
-¡Que te he dicho que a mi hermana solo la arreo yo!
-Que aburrido me tienes…
-¡Parad ya, leches! –Gritó Marcos-. Tú –dijo señalando al ángel-. Tienes que hacer que Oli venga.
-¿Qué tengo que hacer venir a quién? –Preguntó el ángel, sin entender nada.
-A Oli… ¡Tú creador! –Se vio obligado a añadir al ver que este parecía seguir sin entender.
-Ahhh… Sí, él –dijo finalmente el ángel. Y entonces pareció caer de pronto en algo importante. Ahora ya entendía cual era esa presencia que había dejado de sentir momentos antes-. Creo que esta muerto –dijo, con sencillez.
-¡¿Qué?!
-Sí, hace un rato sentí algo extraño y… Bueno, dejé de sentir su presencia. Fue todo muy raro, supongo que como es mi creador es algo que me viene de fábrica. Creo que fue devorado por uno de los bichos esos –añadió, señalando a las sierpes.
-Jodiditos… Jodiditos del todo… -se lamentaba Cara Pedrusco.
-Esperad, aunque Oli ya no esté quizá el pueda ser de ayuda –dijo Marcos.
Pero Willy le ignoró.
-Bueno –dijo el ángel-. Cómo… -paró un momento-. Oli. Sí, eso, Oli. Cómo Oli está muerto supongo que ahora puedo hacer lo que me dé la gana.
Y volvió a avanzar hacia Barquín, con su arma preparada.
-¡¿Pero que te he hecho yo?! ¡¿No decías que ahora podías hacer lo que te diese la gana?! ¡Oli ya está muerto, no tienes porque hacer lo que te mandó! –Suplicaba Barquín, desesperado.
-Ya, bueno, pero como te dije fui creado para esto y… -se encogió de hombros-. En fin, algo tengo que hacer.
-Entonces cumple el último deseo de tu señor –dijo Marcos, tratando de disuadir al ángel vengador.
Pero Willy le dedicó una mirada asesina.
-A vosotros sí que no tengo porque haceros caso.
-¡Espera! –Dijo Barquín. Y tomando aire adoptó una postura seria, recia y orgullosa. Algo totalmente inusual en él-. Ayúdanos a acabar con las sierpes, por favor. Cuando todo esto haya acabado podrás matarme si quieres.
El ángel pareció pensárselo.
-¡Hermana no puedes hacer eso! –Gritó Aarón.
-Oh, hermano ¿te preocupas por mí?
 -No, me preocupo porque yo no pienso enterrarte ¡Te las apañas tú solito!
Barquín dio un suspiro y centro de nuevo su atención en el ángel, que seguía mascando la idea.
-Vamos, piénsalo. Habrás cumplido el último deseo de tu creador y luego la misión para la que fuiste creado. Lo conseguirás todo ¡Quedarás como Dios!
Dándose por vencido, Willy envainó su espada, con un gruñido.
-¿Y qué puñetas queréis que haga?
Marcos se acercó a él.
-¿Puedes invocar a las lucecillas esas que se meten en la cabeza de la gente? –Quiso saber el invocador.
-¿A los discípulos? Sí, supongo.
-Perfecto, necesitamos que invoques a tantos como sea posible. Los suficientes para que se meten en la cabeza de todas las sierpes y las hagan venir hasta aquí.
-No entiendo que queréis hacer, pero bueno –dijo el ángel-bestia, mientras comenzaba a elevarse en el aire, mascullando protestas-: Mata a nosequién, olvídate de nosequién, mata a las sierpes, ahora me muero yo, ahora hazle caso a la gente esta, llama a los discípulos… ¡No paro de hacer cosas!
Se elevó muchos metros por encima del suelo, hasta detenerse a casi la misma altura a la que había estado momentos antes, observando cómo las sierpes arrasaban todo a su paso.
Una increíble luz blanca comenzó a rielar de todo su cuerpo. Sus alas se abrieron, cuan largas eran. Aquella imagen pudo ser admirada desde toda la región. Muchos se detuvieron a mirar, en mitad del caos. Incluso las propias sierpes fueron llamadas a observar aquel inmenso destello blanco en mitad del cada vez más oscuro cielo.
Más abajo, Marcos se acercó a Barquín.
-No puedo creerlo… ¡Has servido para algo! –Le felicitó-. Y oye ¿De verdad vas a dejar que te mate después?
-¡No! –Respondió Barquín-. Me esconderé en algún sitio…
De nuevo, en el cielo, Willy alzó la cabeza. Parecía que iba a cantar. Toda la región se paró para observar ese momento. La voz principal del coro celestial iba a dejarse oír en aquella caótica tierra. 

Capítulo 26: Encuentro Predestinado


Con sumo esfuerzo logró incorporarse. Aún sentía un fuerte dolor interno pero se esforzó en sobreponerse. Con una temblorosa mano, Oli tomó su bola de cristal y observó. Tal y como le había ordenado, Willy se enfrentaba a las sierpes de la muerte. Pero eran demasiadas. No lograría acabar con todas antes de que avanzasen, infestando el país. La imagen bajó, como si de una cámara se tratase, enfocando ahora al pequeño y único grupo que quedaba en el sitio del bosque, contemplando la lucha del ángel. Ahí estaba él. El que fuese el mayor enemigo de Oli seguía vivo y había cambiado. Ahora el creador, gracias a su discípulo, había entendido mejor las circunstancias. Barquín tan solo era un vehículo, el verdadero mal había estado todo el tiempo dentro de él. Y ahora estaba libre. Por eso envió a Willy a acabar con las sierpes. Pero en vista del panorama… Poco quedaba que se pudiese hacer.
Sin embargo, a pesar de saberlo ahora todo había una espina que no se podía sacar. Seguía mirando a Barquín con profundo odio.
-¡Es que me da rabia, joder! –Gritó de repente-. ¡Cuando hayamos finiquitado el asunto de las sierpes volveré a ordenarle a Willy que le mate! ¡Porque si!
Pero ahora había un problema mucho más grave del que debía preocuparse.
La sentía. Sentía esa furiosa presencia acercarse a gran velocidad al Palacio de Olus.
-Granicea… -murmuró el creador.
Inmediatamente se asomó al enorme balcón. Allí estaba, acercándose a gran velocidad. Una de las sierpes de la muerte avanzaba directa al castillo. Ya se zambullía en el gran foso y ninguna de las criaturas que Oli creó para salvaguardar la entrada de su palacio podría detener a ese inmenso y furioso monstruo. Solo podía hacer una cosa…
Sacó su móvil y llamó.

En el campo de batalla Willy trataba, con la única ayuda de sus propias manos, de que aquella inmensa boca no se cerrase sobre él cuando su teléfono empezó a sonar.
-¡Vaya, que oportuno! –Gritó el ángel.

Oli se guardó el teléfono, maldiciendo a su creación.
-¡Que novedad, no me lo coge!
Tendría que salir de allí por sus propios medios. ¿Pero cómo? La presencia de aquella sierpe que tan rápido se acercaba influía en él de forma terrible. Sentía un miedo tan atroz que no se veía capaz de crear nada. Aunque dudó de que se le ocurriera algo lo suficientemente monstruoso como para hacerle frente a ese inmenso ser.
Solo podía hacer lo que mejor sabía hacer… ¡Huir!
Miró a su espalda. Ahí estaban. Sus nueve sombras. Aquellas oscuras siluetas de sí mismo que le servían como portales para poder escapar a otro lugar. Sabía que le serían útiles.
-Solo los usaré como último recurso –decía el creador, para sí-. Utilizaré el pasaje secreto que lleva a la parte de atrás del palacio y desde allí…
No pudo terminar de hablar. Las puertas de cristal que conducían a sus aposentos estallaron en pedazos, y la gigantesca cabeza de la sierpe se lanzó, con sus fauces abiertas, sobre él.
-¡Joder!
Con un gritó, Oli se lanzó sobre una de sus sombras, las otras le siguieron y la sombra que usaron como vía de escape se cerró para siempre.
Oli se encontraba ahora en uno de sus salones principales, en la parte de abajo, acompañado de las ochos sombras restantes.
-Dios… que rápida es la hija puta… -dijo e creador, aún jadeando del susto-. Tengo que salir del castillo y llegar al bosque. Que Willy me lleve volando a  otro estado ¡Que pa algo le cree!
Oli atravesó la enorme sala, hacia los portones que conducían al hall y a la salida del castillo. Solo esperaba que la sierpe no hubiese bajado ya hasta allí.
Ya alcanzaba las puertas cuando estas reventaron y aquella mole negra penetró en el salón.
-¡Su madre!
Oli solo atinó a esquivar los trozos de madera que volaron hacia él, saltando sobre otra de sus sombras, que al igual que la anterior se cerró, cuando las demás ya habían pasado.
Ahora se encontraba en una de las habitaciones de invitados dispuestas en uno de los pisos superiores. Pero ya sentía la presencia de la sierpe acercándose. Esa presencia que lo aterraba tanto como le atraía.
Debía escapar. Por muy grande que fuese el castillo no dejaba de ser una ratonera con ese monstruo suelto dentro.
De pronto, frente a él, la cabeza de la sierpe emergió del suelo, y Oli tuvo que saltar sobre otra de sus sombras, que le llevó de nuevo a la parte de abajo. A unos inmensos baños termales.
Ya sentía a la sierpe acercarse de nuevo, y sabía muy bien que ella también le sentía a él. Solo le quedaban seis portales más, y no podría seguir huyendo por siempre.
La sierpe destrozó aquella impoluta pared de mármol blanco y muchas de las estatuas decorativas allí dispuestas cargándose, además, las cañerías en el proceso.
Un torrente de agua llenó el lugar y Oli tuvo que usar otro de sus portales. Milagrosamente esta vez aquel portal le condujo al exterior. Pero resultó ser la parte externa de los baños termales que acababa de abandonar, a apenas unos metros de donde la sierpe le había atacado momentos antes.
-¡Vaya mierda! –Gritó el creador.
Y la sierpe salió a su encuentro, atravesando la pared.
Oli se lanzó sobre otra de sus sombras y esta vez fue llevado a una especie de mazmorras, en las catacumbas del palacio. Aquel era un lugar del que todavía no había decidido su uso, pero muchas de las cañerías del palacio que hacían funcionar las decenas de cascadas artificiales que caían de los torreones pasaban por allí.
-¡Genial, atrapado como un rata otra vez! –El creador maldecía su suerte-. ¡Debí haber programado los lugares a los que llegar!
Ya sentía a la sierpe acercarse hacía allí, a gran velocidad. Observó a sus sombras. Solo le quedaban tres, y sabía que no servirían de nada. Debía acabar con aquello ya.
La sierpe destrozó una buena parte del techo y de una pared al entrar allí. Enorme chorros de agua comenzaron a inundar el suelo de fría piedra.
El reptil se irguió sobre él, tanteando a su presa, con sus anillos tensados y su cuello encorvado, listo para abalanzase sobre él.
Pero entre todo aquel mar de furia y oscuridad, Oli podía sentir claramente la presencia de su amada. Sí, él lo sabía desde el principio. Desde que descubrió lo que eran las sierpes de la muerte. Aquella era la sierpe que contenía la esencia de su amada, Granizea. Y ella había venido a buscarle.
-Amor mío… -susurró Oli. La sierpe siseó, de forma amenazante. Aquellos enormes ojos negros, vacíos de todo, estaban fijos en él. Oli tragó saliva con fuerza e hizo acopio de todo el valor que le quedaba. Ya había aceptado su destino-. Granizea…
La sierpe abrió sus descomunales fauces y se lanzó sobre el creador.

Y de nuevo en el campo de batalla, Willy había ideado una nueva forma de hacer más rápida la eliminación de las sierpes. Se mantenía fijado sobre la cabeza de una de ellas, haciendo de señuelo, y cuando otra se lanzaba sobre él alzaba el vuelo, dejando que la sierpe atacante golpease a la otra, así podía aprovechar ese momento para hundir su lanza en la sierpe atacante y rematar a la otra (Más o menos. Evidentemente las maniobras nunca están exactas).
Tras librarse de las dos últimas que lo habían atacado se elevó en el aire. Ya llevaba así buen rato, y solo se había cargado a unas sesenta. Comenzó a hacer cálculos mentales: Si había tardado aquel lapso de tiempo en matar a ese número de sierpes, y mantenía aquella dinámica de combate con las demás, solo tardaría en acabar con las restantes…
-Unos dos o tres años… –dijo, con una ceja arqueada-. ¡Se acabó, yo paso ya!
De todas formas tampoco tenía mucho sentido seguir. Ya muchas de las sierpes estaban lejos de allí, y el ángel se sentía ya agotado.
De pronto un extraño sentimiento sacudió a Willy por dentro. Algo había ocurrido. Era como si una presencia muy importante se hubiese esfumado, pero… ¿Quién? El ángel-bestia no entendía nada.
Encogiéndose de hombros, envainó su espadón detrás de su cintura, y se colocó la lanza a la espalda. Aquello ya no tenía sentido. Si esas sierpes querían destruir el mundo que se divirtiesen, él ya estaba aburrido. Se elevó, muy por encima del rango de alcance de aquellos inmensos monstruos, plegó sus alas y se quedó flotando en el aire, observando con neutro semblante el final del país. 

Capítulo 25: El Principio Del Fin


-Por fin vuelvo a ser yo –decía Barquín, mirándose las manos, tan sorprendido como agotado-. Recuerdo todo lo que pasó. Antes y después de que mi hermano venciese a Rafatus. Recuerdo que…
Pero entonces Aarón comenzó a pisotearle.
-¡¿Y por qué no recuerdas como callarte la boca?! ¡Deja tu viajecito por el callejón de la memoria para más tarde!
Lo cierto era que en esas circunstancias había que darle la razón a Aarón. Ahora se encontraban en medio de un lío bastante gordo. Rodeados de sierpes de la muerte del tamaño de portaaviones.
Cara Pedrusco no sabía hacia donde apuntar con su espada.
-¿Qué vamos a hacer?
Aarón le lanzó una dura mirada.
-¿Es que no está claro? -Y agarró a su hermano, tratando de abrirle la boca a la fuerza-. ¡Venga, ya estás tragándotelas todas otra vez!
-¡Agh! ¡Suéltame, me haces daño!
-No seas animal –dijo Marcos-. Así no conseguirás nada.
-¿Y no puedes hacer el hechizo para volver a encerrarlas en su interior? –Preguntó Cara Pedrusco.
-¡Pero a mi dejadme en paz! –Protestó Barquín, pero nadie le hizo caso.
-No, solo el Patriarca puede.
-¡Pues vamos donde el Patriarca ese! –Gritó Aarón.
-Sí, claro, muy fácil ¿No ves que estamos rodeados? Nos devorarán antes de que salgamos del bosque.
-¡Entonces las mataré yo mismo!
Una de las sierpes reptaba hacia ellos, devastando el camino a su paso. Aarón se lanzó como un poseso hacía ella, y comenzó a darle mandoblazos con Segadora Letal en su enorme cabeza.
-No podrá con todas, son centenares –dijo Cara Pedrusco.
-No, claro que no podrá. Hay que volver a encerrarlas. Pero para cuando el Patriarca quiera llegar hasta aquí ya se habrán diseminado por todo el país. ¡¿Por qué no se compraría un acuario con peces de colores como todo el mundo?!
Mientras Aarón se las veía con su sierpe, otras se acercaban a ellos. Y al mismo tiempo, más sierpes comenzaban a avanzar en todas direcciones. Tal y como dijo Marcos, pronto estarían disgregadas por todas partes.
Un grupo de ellas avanzaba a gran velocidad hacía la caravana del publico que había venido a ser testigo de la batalla. Murga las veía acercarse, con los huevos de corbata.
-Oh, mierda…
Debía hacer lo que dijo Marcos y marcharse de allí con toda la caravana. Pero una de las sierpes ya se cernía sobre ellos. Aquella inmensa mole negra ya abría sus fauces y se lanzaba sobre la gente, que gritaba de terror. Pero entonces algo pasó cortando el aire y golpeó al gigantesco ofidio en su triangular testa.
El público estalló en vítores ante su alado salvador, que surcaba el cielo.
-¿Es un pájaro?
-¿Es un avión?
-¿Es… una manticora?
-¡¿Sois imbéciles?! –Gritó en ángel-bestia, perdiéndose en la lejanía.
Murga dio un suspiro de alivio, pero no podía entretenerse, debían aprovechar ahora que la sierpe estaba atontada por el golpe.
-¡Vamos, debemos volver al Coliseo! –Le ordenó a los conductores de los carromatos-. ¡Suban a sus carromatos! –Ordenó ahora al público.
Y esta vez estaban demasiado acojonados como para  desobedecer. Murga iba a subirse también cuando Tiburón salió como alma que lleva el diablo en dirección a donde el ángel se había ido.
-¡La madre que le echó!
-Señor, no podemos esperar más –dijo uno de los conductores.
-¡Mierda! Bueno, vale, iros. Ya me las apañare.
Murga no había terminado de decir aquello cuando los carromatos salieron disparados de allí.

Mientras, Aarón seguía enzarzado con su sierpe. El grotesco monstruo chorreaba oscura sangre por las múltiples heridas que Aarón le había causado en la cabeza. Ya desesperado, el monstruo se lanzó de nuevo sobre él, pero Aarón hizo lo mismo, pasando por debajo de aquella cabezota y hundiendo su espadón en la garganta de la criatura.
-¡Ja! ¡Sierpes de la muerte a mí! –Saltó el bárbaro, triunfante.
Pero otra sierpe ya se cernía sobre él, desencajando su ya de por si exagerada mandíbula, y lanzándose sobre el bárbaro para devorarle de un  solo bocado, a él y a cuantos estaban a su alrededor.
-¡Cuidado, hermano! –Le gritó Barquín.
Aarón se giró, con una amplia y sádica sonrisa.
-¡Ah! ¡¿Tú también quieres, eh?!
Preparó su espada para contraatacar. Pero algo se le adelantó. Willy, que volaba a ras de suelo como una bala, ya con su espadón preparado, llegó hasta ellos, ganando rápidamente altura para pasar sobre Aarón y darle un golpe de revés con su arma al reptil, cuya cabeza giró a causa del impacto y sus mandíbulas se cerraron. En ángel cogió un poco más de altura y se dio la vuelta, al mismo tiempo que se sacaba la lanza que llevaba a la espalda. Plegó sus alas y se lanzó en picado sobre el aún aturullado monstruo, hundiendo la lanza en su cráneo. La cabeza del reptil calló con pesadez al suelo, provocado un ligero temblor en el suelo, y la lanza atravesó la tierra.
Aarón se quedó mirando al nuevo integrante de la lucha con su mirada asesina, y entonces le apuntó con su puño de amenazar.
-¡Ese era mío!
Pero el ángel no le hizo el menor caso. Estaba demasiado ocupado arrancando su lanza del suelo y del cráneo de la sierpe, mientras farfullaba maldiciones.
-Mata a nosequién, me dijo. Olvídate de  nosequién, me dijo después –con un último tirón recuperó su arma-. Mata a las sierpes, se le ocurrió decirme más tarde. ¡No soy su puto criado!
Y con espada y lanza en mano, alzó el vuelo en pos de otra sierpe que se acercaba.
-¿Ese no era el ángel de Oli? –Preguntó Cara Pedrusco.
-Eso parecía –respondió Marcos.
-Pues se ve que las ortopedias estaban cerradas y tuvo que ir a un zoo.
En ese momento llegó Tiburón, rebuznando como un poseso, y poco después Murga.
-¡¿No te dije que sacaras a la gente de aquí?! –Dijo Marcos.
-Si ya se han largao. Yo he tenido que ir a buscar a este tonto, que ha salido por patas –tomó las riendas de Tiburón para que no se escapase de nuevo-. Por cierto ¿Habéis visto al ángel de Oli?
-Sí.
Murga se rió.
-¿Y habéis visto las patas que le han puesto?
Los demás también se rieron.
-Sí.
Todos dirigieron su mirada al ángel-bestia, que seguía luchando contra una de las sierpes.
Aquellos animales eran verdaderamente rápidos. Y ese en particular estaba, además, realmente furioso, repartiendo dentelladas de forma tan veloz que Willy no encontraba ningún punto ciego donde contraatacar. El ángel se decidió entonces por otra estrategia. Aterrizó sobre el enorme cuerpo de la bestia, a medio camino de la cabeza, y trotó hacia ella. Pero cuando ya alcanzaba el cuello la sierpe se giró, ya con sus fauces abiertas, mostrando aquellos colmillos más grandes que un hombre. En el último instante Willy tomó impulso sobre sus patas felinas y saltó, esquivando aquella gigantesca boca y aterrizando sobre el cráneo del reptil. La sierpe agitaba la cabeza de forma frenética, tratando de librarse de aquel parásito blanco. Pero Willy se había fijado muy bien, clavando sus cuatro garras sobre aquellas duras escamas. Alzó su espadón y lo hundió en la cabeza de la sierpe, llegando al cerebro y matándola. Antes de que el cadáver tocase el suelo, otra sierpe se abalanzaba sobre él, con sus fauces abiertas, dispuesta a devorarle de un solo bocado. La espada de Willy aún seguía clavada en la cabeza de la otra sierpe, así que tuvo que alzar de manera inmediata su lanza, que atravesó el paladar del nuevo atacante, pero este contuvo su arremetida antes de que la punta del arma tocase el cerebro. La nueva sierpe sacudió su cabeza y Willy, que no tenía intención alguna de soltar su lanza, fue separado de la cabeza del otro reptil, justo cuando ya se desplomaba sobre el suelo. La sierpe que ahora atacaba al ángel abrió aún más sus fauces, dificultado que Willy pudiese terminar de clavar su lanza. La bífida lengua del monstruo le rodeo por la cintura, tirando de él hacía la oscura garganta. Pero la espada del ángel ya estaba libre, así que, de un mandoblazo, la cortó, y tomando impulso, se giró y saltó fuera de la boca, sacando la lanza en el proceso. Aunque no fue lo bastante rápido. La boca de la sierpe se cerró, atrapándole su cola de jaguar.
-¡Au! –Gritó en ángel-bestia, que se giró y comenzó a hundir su espada varias veces sobre la cabeza de la sierpe-. ¡Suelta, suelta, suelta, suelta!
Y como si de un torero se tratase, clavó su lanza y luego su espadón en la cabeza de la sierpe, derribándola. Batió sus alas, tratando de ganar un poco más de altura, pero dos nuevas sierpes se abalanzaron sobre él.
-¡¿La madre que las…?!
Desde abajo, aquellos que quedaban en el centro del claro, seguían observando la pelea del ángel-bestia con las sierpes.
-No aguantará mucho más así… -Observaba Marcos-. Son demasiadas.
-Creo que ahora deberíamos preocuparnos por nosotros mismos –dijo Cara Pedrusco.
Más sierpes se acercaban a ellos.
-Creo que en estos momentos lo de pelear… no me parece una opción –observó Murga.
-¡Lo dirás tú! –Respondió Aarón.
-Señor, tiene razón, debemos huir. Puede que haya muchas, pero tal vez logremos encontrar un resquicio por donde escapar.
-No lo creo –rebatió Marcos-. Observad bien.
Pronto todos entendieron a lo que el invocador se refería. Las bestias del ejército de Oli que quedaban diseminadas por el bosque habían salido en estampida, espantadas por las sierpes de la muerte. Matando a su paso a los soldados de la Cábala y del Bosque de Froxá que intentaban escapar.
-Estamos jodiditos… -comenzó a murmurar Cara Pedrusco, con la mirada ida-. Estamos jodiditos…jodiditos… ¡Estamos jodiditos, jodiditos, jodiditos! ¡Estamos jodiditos! ¡Jodiditos, jodiditos!
Pero Aarón le tomó por los hombros y le dio un bofetón.
-¡Controladito! ¡Leches!
Cara Pedrusco pareció reaccionar y calmarse.
-Gracias, señor, no sé que me pasó.
Pero Aarón siguió dándole sonoras bofetadas.
-Esto… creo que ya está bien –dijo Murga.
-¡Lo sé! Pero me gusta darle sopapos.
-Será mejor que estéis atentos –dijo Marcos, retrocediendo.
Las sierpes ya se les venían encima.
Decidido, Barquín se puso en pie. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 24: El Verdadero Enemigo


Barquín seguía vomitando cucarachas, como una cosa loca.
-¡¿Pero quieres parar ya?! –Le gritaba Aarón, a su lado.
-¡Eh! ¡Mírale bien! –Le señaló Cara Pedrusco.
-¡¿Qué pasa?!
-¿No lo ves? ¿Está cambiando?
-¡Yo no veo nada!
Pero Cara Pedrusco tenía razón. Barquín se veía ahora un poco más pálido, más… ¿normal?
En ese momento llegó Marcos.
-Vaya, esto es lo peor que nos podía pasar.
-¿Sabes lo que está ocurriendo? –Le preguntó Cara Pedrusco.
-Sí, que este tonto ha dejado de ser útil para lo único que era útil.
Marcos recibió un collejón por parte de Aarón.
-¡Explícate o te llevas otra!
-¡Au! Vale, vale, tranquilo. Verás, todo ocurrió hace mucho tiempo. El Patriarca quería una mascota, y como no encontró nada que le llamase la atención por EBay, le pidió ayuda a Cara Huevo.
-¡¿Cara Huevo?! ¡¿El legendario invocador de demencia?! –Saltó Cara Pedrusco, asombrado-. ¡¿El más grande Campeón de la Cábala?! ¡¿Aquel por el que Aarón se volvió famoso al vencerle?!
-¡¿Quién?! –Dijo el bárbaro.
Marcos le dedico una ceñuda mirada y luego volvió a dirigir su atención a Cara Pedrusco.
-El mismo. Mi maestro. Cara Huevo le trajo una sierpe de la muerte del espacio de demencia. La verdad es que tan solo era un bebé. Pero ya sabes cómo funciona esto, los bebés se hacen grandes y… Bueno, el caso es que Juan acabó echándolo por la baza.
-Vaya…
-Pero a los pocos días volvió, más grande. Suponemos que se estuvo alimentado por el camino. Al ver que era tan fiel Juan sintió compasión de él, así que le pidió a Cara Huevo que le buscase una novia. Y así lo hizo. Cara Huevo regresó al espacio de demencia y le trajo una sierpe de la muerte hembra. Y no tardaron en tener serpientitas de la muerte.
-¿Y qué pasó luego? –Quiso saber el centauro.
-Pues que a Juan le hicieron gracia y le pidió a Cara Huevo que le trajese más parejas de sierpes. Su plan era hacer con ellas un circo y ganar mucho dinero. Pero estas criaturas son muy extrañas y a Cara Huevo le costó mucho dar con ellas.
-¿Y luego…?
-Pues… Siguieron teniendo cada vez más serpientitas entre ellas, pero… Juan no sabía cuál era el tamaño que podían llegar a alcanzar y cuando ya no le cabían ni el Coliseo… Decidió librarse de ellas. Su plan era devolverlas al espacio de demencia pero para aquel entonces este bruto se había cargado ya a Cara Huevo –señaló a Aarón, que estaba muy distraído mirando mal e insultando a su dolorido hermano-. Me pidió ayuda a mí, pero eran tan grandes y numerosas que ya no podía devolverlas a su lugar de origen. Tras muchos intentos logré enviar a una de ellas de vuelta. Pero entonces paso algo…
-¡¿El qué?! ¡¿Qué pasó?! –Exigía saber Cara Pedrusco, mientras daba un trago a su coca cola, y cogía un buen puñado de palomitas.
-Que ella solita regresó a nuestro plano. No sabemos cómo, pero al parecer las sierpes de la muerte pueden viajar entre dimensiones y el sabor de la carne humana les había gustado. ¡Esto es culpa del roñoso del Patriarca! ¡Por darlas de comer esclavos en vez de gastar dinero en pienso para sierpes de la muerte! Claro, luego se mal acostumbran y pasa lo que pasa –suspiró-. En fin, como decía. Necesitábamos un lugar para encerrarlas, y entonces apareció Barquín.
-¡¿Barquín?! ¡¿Y porqué Barquín?!
Pero Marcos se encogió hombros.
-No sé si fue gracias a que su cuerpo estaba contaminado por el poder del Gitani tras la herida que Aarón le hizo o porque él es así de desagradable de nacimiento pero… el caso es que hicimos un hechizo para encerrarlas dentro de él y oyes ¡Funcionó!
-Pues sí que es raro…
-No, lo raro no es eso –dijo Marcos, mirando a su alrededor, cada vez había más sierpes creciendo y creciendo. Ya eran centenares-. Nosotros solo teníamos unas cuatro o cinco decenas de ellas. Y ahora son cientos…
-¿Crees que han seguido multiplicándose dentro de Barquín? –Aquello sí que pareció extrañarle al centauro.
-Más o menos. Verás, las sierpes de la muerte se alimentan de vidas. Atrapan las almas de sus víctimas en su interior y así se hacen más grandes y fuertes. Seguramente se fueron alimentando de las personas a las que mato Barquín.
Cara Pedrusco le dedicó una extrañada mirada a Barquín.
-¿A quién va a matar este?
-Créeme, ha causado más de una indigestión mortal.
-Eso sí que me lo creo.
-El caso es que ahora, de alguna forma, esas luces que se metían en vuestras mentes han abierto el sello mágico que mantenía a las sierpes cautivas en su interior. Y ahora… estamos apañaos.
Barquín vomitó un par de cucarachas más y cayó al suelo, completamente debilitado.
-¡Hermana! –Chilló Aarón-. ¡Vueles a ser la de antes!
-¡Que soy un hombre! –Protestó Barquín, y volvió a tenderse, convaleciente y dolorido-. Pero… Sí… Ahora lo recuerdo todo.

Mientras, en el palacio de Olus, Oli seguía sobre el suelo de mármol blanco de su terraza, retorciéndose y gritando de dolor.
Willy irrumpió allí.
-¡¿Quieres dejar de dar esas voces?! ¡No oigo la tele!
-¡Willy! ¡Willy! –Le llamaba su creador, desesperado.
El ángel puso los ojos en blanco y se acercó a él.
-A ver ¿Qué coño te pasa?
-Acércate… ¡Acércate!
Con un suspiro, el ángel-bestia se hincó sobre sus cuartos traseros.
-Cuéntame.
-¡Sierpes! ¡Sierpes! ¡Sierpes por todas partes!
-Ahá… -Willy se sacó el móvil del bolsillo y marcó un número, para luego llevarse el auricular a la oreja-. Hola ¿El manicomio? Verán, necesito que vegan a llevarse a…
Pero Oli le quitó el teléfono.
-¡Que me escuches, ostias! –Y volvió a adoptar su pose febril, convaleciente y delirante-. Las sierpes… Las sierpes… El verdadero enemigo… Tú misión… Sierpes… ¡Sierpes!
-¡Deja de divagar!
Entonces Oli le agarró del hombro, con fuerza, y le miró fijamente.
-Escucha… Ahora, debes olvidarte de Barquín.
El ángel desvió su ceñuda mirada unos segundos, para luego volver a mirar a su creador con una amplia sonrisa.
-Em… De acuerdo –contestó, siguiéndole la corriente, sin tener la más mínima idea de quien estaba hablando su creador.
-Debes acabar con el verdadero enemigo… Debes librar al mundo de esta maldición… -decía Oli, mientras seguía retorciéndose de dolor-. Debes matar a las sierpes.
Willy alzó una ceja.
-¿Disculpa?

Capítulo 23: Las Sierpes De La Muerte


La batalla se había paralizado. Ambos bandos se habían quedado estáticos. Tanto los reales como las copias de Oli solo podían centrar su atención en un único punto: el centro del claro. Donde se encontraba Aarón frente a Aarón.
Incluso desde la torre de Olus el propio Oli, que seguía observando la batalla desde su bola de cristal empezó a temerse lo peor y a pensar que, quizá, aquello no había sido tan buena idea.
-Qué he hecho… -masculló el creador, casi temblando-. He liberado fuerzas que no puedo controlar…

De nuevo en el campo de batalla, ambos bárbaros se miraban fijamente, con aquella entrecerrada e iracunda mirada que tanto caracterizaba al antiguo señor de los fosos.
Ni tan siquiera Marcos se atrevía a seguir con su labor como comentarista. Aquel momento podría marcar un antes y un después en la historia del mundo.
-Esto no me gusta… -murmuró Cara Pedrusco.
-Ni a mí… -murmuró el otro Cara Pedrusco.
Ambos Aarones avanzaron a la par hasta quedar uno frente al otro. Apenas unos centímetros les separaban. Seguían mirándose con aquel semblante que tanta furia destilaba. Todos los presentes aguantaron la respiración. La sangre se les había helado en las venas.
Sin previo aviso, uno de los Aarones le dio semejante ostia a mano desnuda al otro que la onda expansiva les puso a todos los pelos de punta. El Aarón que había recibido aquel soberano guantazo se deshizo en una uniforme masa grisácea y el discípulo salió volando, perdiéndose en el cielo.
Hubo un nuevo y absoluto mutismo.
-Copias a mí –gruñó el bárbaro.
Un suspiro de alivio general rompió el silencio y pronto la batalla continuó.
Todos luchaban contra sus copias y lo cierto era que no resultaba una tarea sencilla, pues esas copias conocían todos sus movimientos y su forma de pensar. Había que reconocer que Oli sabía cómo ser retorcido, ruin, cobarde, patético, rastrero, penoso y lamentable cuando se lo proponía, pues esa estrategia estaba funcionándole muy bien. 
O así sería de no ser porque Aarón estaba presente.
El bárbaro, que tras acabar con su propia copia estaba libre de contrincante, se decidió a echarle “una mano” al resto de sus tropas.
Empezó por Cara Pedrusco, que era el que más cerca de él estaba.
-¡¿Cuál es la copia?! –Exigió saber el bárbaro.
Ambos centauros se señalaron el uno al otro.
-¡Él! –Dijeron al unísono.
-¡¿O me decís la verdad u os casco a los dos?!
-¡Le digo que es él, señor! –Decía uno de los Cara Pedruscos, en tono suplicante-. ¡Créame, por favor!
-¡Miente! –Rebatió el otro-. ¡Y es más, voy a contarle que…!
-¡No!
El primer Cara Pedrusco que había hablado se lanzó sobre el otro y le tapó la boca. Así comenzó un desesperado forcejeo por parte de ambos, ante la severa y cada vez más impaciente mirada de Aarón, con que tardó en propinarle una buena ostia a cada uno para que se estuviesen quietos.
Ambos centauros cayeron al suelo, fulminados, pero solo uno se deshizo. El Cara Pedrusco que había quedado entero se puso en pie, aguantándose con las manos su dolorida cabeza.
-Ya le vale, señor… ¡Usted y sus métodos!
-¡¿Pero funciona, no?! ¡Así que a callar!
Aarón hizo uso del mismo método para ayudar al resto de sus soldados. La verdad es que era un método bastante efectivo y la lógica de Aarón era más que clara: Si puedes reconocer al enemigo, cárgatelos a todos.
Unos minutos después el suelo del claro estaba cubierto de figuras de arcilla que se deshacían y de cuerpo de soldados que se retorcían de dolor.
Aarón se sacudía las manos.
-Ala, listo.
Una vez que los sonidos de la batalla se apagaron, Barquín, que había vuelto a esconderse entre unos matorrales, salió para ver qué pasaba.
-¿Ya ha acabado todo…?
Un discípulo bajó del cielo y en internó en su mente.
-¡Ah!
El discípulo salió casi inmediatamente por su boca. Su luz se veía más pálida y parpadeaba de forma intermitente mientras volaba lentamente y en círculos. Era como un mosquito al que hubiesen rociado con insecticida. Hasta emitía que una especia de zumbido que podría compararse con una pequeña arcada. Resultaba increíble como incluso un ser insustancial, que únicamente se movía por la voluntad de su creador pudiese sentir asco. Y además en aquellas proporciones.
El moribundo discípulo se pegó a la frente de uno de los soldados de masilla que quedaba en pie, pero este, en vez de cambiar de forma como los demás, directamente comenzó a derretirse, como un muñeco de nieve al sol. Incluso el discípulo se en su frente se apagó, desapareciendo.
Todos se quedaron estupefactos por la escena.
-¡¿Pero cómo ha sido eso posible?! –Dijo Murga, que observaba la contienda desde la lejanía con unos prismáticos.
-¿De verdad te extraña? –Habló la voz de Marcos a su lado-. ¿Hace otra birra?
-Hace.

En lo más alto de la torre más alta de Olus, Oli yacía retorciéndose en el suelo. Prese de un dolor, un miedo y un sentimiento de repulsión que rozaban la locura. El creador, que estaba empáticamente conectado a sus discípulos había sentido aquello que estaba dentro de Barquín. Muchas cosas comenzaron a cobrar sentido en su ahora asustada y febril mente. Su discípulo hubiese fallado, pero había liberado algo mucho más peligroso.

En el campo de batalla, Barquín había caído de rodillas en el suelo, y se sujetaba el estómago con fuerza.
-¡Me duele! ¡Me duele! –Gimoteaba.
-¡Deja de hacer el tonto y levanta! –Bramó Aarón-. ¡Tenemos que ir a patear al estúpido ese con rizos y a su estúpido ángel!
-¡Hermano, no puedo! ¡Me muero de dolor! ¡Ayúdame!
-¡Que te levantes he dicho!
Entonces vino una arcada y…
-¡¿Qué cojones es eso?! –Dijo Cara Pedrusco, con asco.
-Parece una cucaracha –dijo Murga, aún observando por los primaticos-. Esta potando cucarachas.
-Insisto ¿Te extraña? –Dijo Marcos-. ¿Otra birra?
Murga dejó los prismáticos y le miró, muy serio.
-Otra birra.
Barquín seguía lloriqueando, encorvado el suelo, pero sus llantos eran interrumpidos por constantes arcadas. El Campeón de la Cábala no dejaba de vomitar cucarachas negras, que correteaban a su alrededor.
-¡Asco de bichos! –Decía Aarón, mientras pisoteaba a cuantos se ponían a su alcance.
-¡Señor, mire! –Gritó Cara Pedrusco, señalando a uno de ellas.
Aquel insecto, tan negro como el carbón, comenzaba a cambiar, estirándose, perdiendo su negro exoesqueleto, haciéndose cada vez más grande, más y más y más grande. Más grande…
-¡La madre que me parió! –Saltó Aarón, al ver la monstruosidad que se había formado ante él.
Aquella cucaracha se había convertido en una serpiente negra inmensa, debía medir más de un kilometro de largo, y su cabeza era tan grande como una casa.
Pero no estaba sola… Las demás cucarachas estaban sufriendo la misma metamorfosis, y había ya decenas de ellas por el suelo. Y Barquín no dejaba de vomitar.
-Ay, Dios… -murmuró Cara Pedrusco, reculando.

Ahora Marcos también observaba desde lo lejos con unos prismáticos, aunque con el tamaño de esos bichos ya no eran necesarios. La gente que había pagado por la batalla comenzó a preocuparse.
-Uhm… esto me huele a demanda… -dijo el invocador, volviéndose hacia Murga-. Como Juan tenga que indemnizar por bajas a los familiares de esta gente nos la vamos a cargar con todo el equipo.
-¿Y qué hacemos? –Preguntó Murga.
-Tú vete llevándote a la gente de nuevo al nuevo Coliseo. Yo iré a hablar con Aarón –entonces usó el hechizo de proyección de voz para dirigirse al público de nuevo-. ¡Bien, damas y caballeros! ¡Parece que los acontecimientos han dado un giro inesperado que escapa a nuestro control! ¡Así que, para mayor seguridad les iremos escoltando de nuevo al Coliseo, donde se les obsequiará con un granizado gratis por las molestias! ¡Pero no teman nada! ¡Ahora yo, Marcos, uno de los mejores invocadores de demencia de la Cábala tomaré parte en esta refriega para asegurar su seguridad!
Pero hubo quejas por parte de muchos de los presentes, que exigían seguir viendo el espectáculo después del dineral que se habían dejado.
-¡De acuerdo, como quieran! ¡Pero por favor, no se acerquen más a la zona de la batalla!
Marcos se preparó para irse, pero Murga se acercó a él.
-¿Crees que esos bichos se van a quedar quietos donde están?
-Lo dudo ¿Pero qué quieres que haga? El cliente siempre tiene la razón –miró hacía el sitio del bosque, donde cada vez aparecían más y más serpientes negras inmensas-. Uf… que mal… En cuanto empiecen a avanzar llévate a la gente, o Juan nos mata.
-Vale.
Y Marcos salió corriendo hacía allí.

Capítulo 22: La Batalla De Olilandia


Penetraron entre la espesa foresta, en guardia, preparados. Bueno, Aarón, que encabezaba la marcha, se abría paso a mandoblazo limpio, segando las malezas que se interponían a su paso.
-Señor, eso era un vendedor de cupones… -mencionó Cara Pedrusco, cuando una cabeza rodó a sus pies (cascos).
-¡¿Qué te he dicho antes?!
-Que no abra mi estúpida boca…
-¡Pues eso!
Llegaron a un enorme claro, y todo sonido del bosque desapareció.
-Ya no se oye ni a un triste pájaro –dijo Murga.
-Esto me huele a emboscada –observó Cara Pedrusco.
-¡Y a mí me huele a caballo estúpido que se no calla la boca! –Bramó Aarón, con esa delicadeza que le caracterizaba.
De pronto, el suelo baja sus pies comenzó a temblar.
-¿Qué os dije?
Pero Cara Pedrusco decidió no hablar más en buen rato, después de recibir una mirada asesina por parte de su señor.
Y ahí emergían sus primeros enemigos. Una especie de escarabajos gigantes salían de debajo de la tierra. Pero no venían solos. De entre los árboles emergieron toda clase de bestias, desde enormes leopardos con cuernos de toro (Leotauros), hasta  rinocerontes con cola de cocodrilo (Cococerontes). Y por supuesto no podían faltar los azulifantes de Oli. Pero esta vasta y variopinta hueste terrestre tampoco venía solo. Aquel claro, libre de la asfixiante techumbre de los árboles, les dejaba a los presentes poder divisar el cielo, y al ejército aéreo que se les venía encima. Un contingente de enormes criaturas marinas que encima volaban. Entre las que podían contarse medusas inmensas, tiburones y hasta langostas.
Todo el ejército entró en pánico ante aquella inmensa emboscada. Todos menos Aarón, que se relamía, con su nuevo espadón entre las manos.
-Que bien, esta noche toca cenar mariscada –dijo-. ¡Vamos! ¡Empezad a machacar bichos! –Ordenó.
Pero nadie se movió. Ni tan siquiera los soldados que la Cábala le había prestado a Aarón, que deberían estar curados de espanto.
Al ver que sus órdenes no eran acatadas, el bárbaro se dio la vuelta y les encaró con la más furiosa de sus miradas.
-¡U os movéis u os muevo!
Hubo otro brevísimo instante de vacilación por parte del ejército aliado pero… Tras sopesar si era peor lanzarse a las garras de la muerte o enfrentarse a Aarón…
No tardaron en colocarse todos en guardia, de manera mecánica, justo cuando el ejército de bestias se les echaba encima.
Aquella era una batalla perdida. No se enfrentaban a soldados, sino a bestias de proporciones exageradas, rápidas y terriblemente fuertes. Los soldados de la Cábala y los mutantes raros de Froxá aguantaban como podían. Menos mal que tenían a Aarón con ellos…
El bárbaro, esgrimiendo a Segadora Letal, el arma forjada para matar ángeles y otros estúpidos seres, estaba dando buena cuenta de todas las bestias. Haciendo alarde de su brutal estilo de combate, el amo de Froxá dio un enorme salto y aterrizó sobre una de las medusas voladoras que descendían para tragarse a algún pobre incauto y la usó como punto de apoyo para saltar hacía otra. Así, poco a poco, una lluvia de enormes criaturas marinas que caían fulminadas bajo la espada de Aarón llenó el claro del bosque. Muchos de aquellos enormes cadáveres caín encima del ejército del propio Aarón.
-¡¿Quiere hacer el favor de tener más cuidado?! –Demandó Cara Pedrusco, desde el suelo.
Pero Aarón no escuchaba, estaba muy ocupado cargándose a cuanto se le ponía por delante.
Marcos, que junto con Murga, se había quedado atrás de la contienda, con la gente que había pagado para ver el espectáculo, comentaba animadamente la refriego. O mejor dicho, la masacre que se estaba trayendo el bárbaro.
-¡Observen, damas y caballeros, Aarón, el ex campeón de los fosos y ahora líder de Froxá y general del ejército aliado están arrasando con el ejército enemigo! ¡Hagan sus apuestas! ¡¿Cuánto tardará esto en terminar?!
Murga le dio un toquecito.
-¿Hace una birra?
-Hace.

No pasó mucho tiempo cuando Aarón se los había cargado a todos… Hasta a algunos de los suyos.

Desde la terraza en la torre más alta del palacio de Olus, Oli observaba la batalla desde una bola de cristal.
-¡Pero mira que es animal el tío este! –Tocó la bola con su dedo índice y cerró los ojos, concentrándose-. Bien, que entre en escena el segundo escuadrón –sonrisa siniestra-. Es hora de que os enfrentéis a vuestro propio reflejo.
En el campo de batalla todos celebraban su aplastante victoria. Cara Pedrusco se deshacía en halagos hacia su señor, que no paraba de decirle que cerrase esa boca que tenía. Barquín salía de entre los arbustos entre los que se escondió para llorar de miedo. Marcos y Murga brindaban. Y, muy lejos de allí, Juan, tumbado sobre un mar de monedas de oro, hacía un ángel entre ellas mientras reía sin parar ante la fortuna que estaba ganando.
Sí, todo era felicidad entre los miembros del ejército aliado. O eso pensaban…
-¿Qué es eso que viene por ahí? –Dijo Cara Pedrusco, oteando en la lejanía.
Un contingente de… aparentemente humanoides grises que parecían hechos de arcilla se acercaba a ellos.
-¡Bah! Monigotes de plastilina –escupió Aarón-. Ahora mismo les chafo a todos.
Los guerreros de masilla de Oli ya estaban casi frente a ellos cuando de entre los árboles y del cielo una enorme ola de pequeñas lucecillas azules se lanzó sobre ellos. Aquellos rápidos destellos se mentían dentro sus cabezas, traspasando sus frentes.
-¡Apartaos, luciérnagas estúpidas! –Gritaba Aarón, lanzando mandoblazos a diestro y siniestro y cargándose a varios de sus seguidores en el proceso.
-¡¿Señor, quiere dejar de cargarse a los nuestros?! –Protestó de nuevo Cara Pedrusco.
-¡Lo haré cuando tú te calles! ¡Pesao!
Pero aquel instante de distracción hizo que uno de esos destellos penetrase en la frente de Cara Pedrusco. El centauro sintió como aquello, fuese lo que fuese, espiaba su mente impunemente. Aquel destello salió a los pocos segundos por su boca y Cara Pedrusco trotó tras él.
-¡No puedo dejarte vivo, sabes demasiado!
Pero el discípulo de Oli no tenía intención alguna de huir. Se pegó a la frente de uno de los soldados de masilla y este comenzó a cambiar de forma hasta que resultó ser una copia exacta del centauro.
Este proceso se repitió con todos los presentes en la batalla. Incluso Aarón, que se quedó algo extrañado observando la escena, recibió a uno de los discípulos de Oli dentro de su cabeza. Aarón no fue consciente de ello hasta que escapó por su boca.
-¡¿Pero serás…?!
Corrió detrás de él. Pero el discípulo, al igual que el resto de sus compañeros, se fijó a la frente de uno de los soldados de masilla. Ahora Aarón estaba frente a frente de… Otro Aarón… Y eso no le gustó nada. 

Capítulo 21: Se Inicia La Guerra


¡Destruiremos al ángel y someteremos a ese reino maldito! ¡Esto es una guerra…!
El mando a distancia destrozó la pantalla de la nueva tele de plasma.
-Creo que debería dejar de hacer eso… -se dijo Oli, enclaustrado en su sillón. Hecho una furia se levantó-. No se saldrán con la suya… ¡Willy! ¿Willy…?
El ángel ya se disponía  a salir por la puerta, llevaba una maleta en la mano con una pegatina en la que podía leerse “Abu Dabi”.
-¡Eh! ¡¿A dónde crees que vas?!
-¡¿Cómo que ha donde voy?! ¡Lejos! ¡Muy lejos!
-Vamos, ni que fuese tan grave.
El ángel dejó caer la maleta, alucinado de la gilipollez que acababa de escuchar.
-¡¿Que no es tan grave?! ¡¿Es que no lo has visto?! ¡Esos cabrones han convencido a todo el mundo para acabar conmigo! ¡Hasta han forjado un arma para matarme! ¡Y por tu culpa! ¡Por mandarme ir a matar a comosellame!
-No te preocupes, tengo un plan.
-Y yo. Me iré a vivir a otro continente. Me cambiaré el nombre y empezaré una nueva vida. Con las pintas que tengo ahora quizá me den trabajo en un circo o algo así.
-Joder, mira que eres melodramático.
-¡¿Y qué ostias sugieres que haga?!
-Primero dejar de preocuparte. ¿Es que no lo ves? Ellos vendrán aquí, a mi territorio. Un territorio que yo mismo he creado y en el que soy invencible.  Aquí tengo material suficiente para crear lo que quiera. Además ¿Para qué coño te piensas que creé un ejército?
-Porque te aburrías.
-En parte. Pero también por si esto pasaba. Bien, esos pobres infelices pronto estarán aquí. Yo mismo saldré a darles a la bienvenida y a hacerles una advertencia (que eso le dará más chicha a la historia). Y como Aarón es tan cabezota no me escuchará y entrarán en Olilandia y entonces… -risa retorcida de malo cabrón-. ¡Entonces se darán de morros con mi ejército! ¡Mi ejercito de seres invencibles! ¡Es fantástico! ¡Acabaré con la Cábala y con Aarón de un solo golpe! ¡Y sin moverme de casa! ¡Esta vez mi pueril venganza carente de sentido será consumada! ¡Acabaré con Barquín!
Willy, que había hecho como que escuchaba muy atentamente con una fingida sonrisa, ladeo la cabeza y frunció el ceño.
-¿Con quién?

(Tres días después…)
-Pues si que tardan los chiquillos… -murmuró Oli, que llevaba tres días sentado sobre una roca en los lindes del bosque de Olilandia.
-¡QUE VAYAIS MÁS RAPIDO HE DICHO!
Aquel atronador ladrido llegó a oídos de Oli. Esos estridentes alaridos solo podían provenir de dos sitios: De una panchonera pejina en pleno ataque de histeria, o de Aarón.
Oli se quitó las telarañas de encima y se levantó de un salto.
-¡Ya están aquí! ¡Ja! ¡Están perdidos!
El ejército de la alianza entre Froxá y la Cábala se cernía ya sobre las Tierras de Pesadilla, vulgarmente conocidas como Olilandia.
Aarón abría la marcha, montando a Jerry (Tom seguía de baja por empacho). Cara Pedrusco iba a su lado. Detrás de ellos, Tiburón, el burro gigante, tiraba del carromato con la jaula de Barquín, en la cual el susodicho se entretenía haciendo un collar de macarrones. Murga, caminaba delante de Tiburón, tirando de sus riendas y calmándole cada vez que la compañía de su “carga” se volvía demasiado difícil de sobrellevar. Varios metros más atrás (lo más lejos que podían de Barquín), desfilaba el resto del ejército y, por detrás de este, iba Marcos, liderando la caravana de carromatos que transportaban a todos aquellos que habían pagado por ver la batalla en primera fila (Sí, iba a ser una guerra con público y puestos de comida rápida…). Marcos hacía gala de su labia para animar a sus clientes, haciendo de guía turístico y animador a través de aquellas tierras (que por cierto no conocía). La única persona que no acudió a la guerra fue Juan, que se había quedado en el Coliseo contando el dinero que habían recaudado con su brillante idea de cobrar entrada para ver la masacre.
Aarón tiró de las riendas de Jerry y la serpiente gigante se detuvo, frente a los lindes del bosque de Olilandia.
Aarón, haciendo gala de su delicadeza y su don con las palabras tomó aire y…:
-¡EH, TÚ, EL QUE HA CREADO EL ESTÚPIDO REINO ESTE! ¡SAL INMEDIATAMENTE PARA QUE TE DÉ UNA PALIZA A TI A TU ESTÚPIDO ÁNGEL! ¡VAMOS! ¡NO ME HAGAIS ENTRAR O SERÁ PEOR!
-Evocadoras palabras… -dijo Cara Pedrusco, con el dedo metido en su ensordecida oreja.
-¡Gracias!
A los pocos segundos una figura emergió de entre la espesura. Un tío con rizos y una larga túnica azul se acercaba a ellos flotando sobre una especie de nube, a ras de suelo, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro.
Marcos se acercó.
-Vaya, vaya, mira por donde, es Oli –dijo, con una sonrisa. Y usó el hechizo de proyección de voz para que todo el público lo escuchase-. ¡Damas y caballeros, parece ser que Oli, ex campeón de la Cábala y creador y soberano de las tierras de pesadilla ha hecho su entrada en escena! ¡La batalla es inminente!
Aarón le dio un capón.
-¡Deja de graznar, comentarista estúpido!
Oli se detuvo ante ellos, flotando sobre su nube mágica. Le dedicó a Barquín la más desdeñosa, asqueada y furiosa de las miradas. Por su parte, Barquín le saludó cariñosamente con la mano desde su jaula.
-Sed bienvenidos a mi reino –saludó Oli, con una burlona sonrisa y leve reverencia-. Antes de que cometáis el inmenso error de adentraros en mis tierras, dejad que os advierta de…
-¡Que te calles!  -Le cortó Aarón-. ¡Ven aquí para que pueda darte un par de buenas bofetadas!
El bárbaro se acercó a él con paso decidido, pero la nube de Oli se elevó lo suficiente para que Aarón no pudiese alcanzarlo.
-Bien, como os decía –prosiguió Oli-, Si os atrevéis a entrar en mis dominios os espera una serie de terribles…
El creador detuvo lo que iba a ser una arenga al ver que el líder del ejército invasor no le hacía el menos caso. Aarón estaba muy ocupado tratando de darle alcance a saltos.
-¡Baja! ¡Baja aquí! ¡Ya verás la somanta de guantazos que te voy a dar! ¡Que bajes he dicho!
Oli dio suspiro.
-Haced lo que queráis.
Y su nube retrocedió, perdiéndose entre la oscura espesura del bosque.
-¡Bien, lao habéis oído! –Rugió Aarón-. ¡Ha dicho que hagamos lo que queramos! ¡Así que, desfilando todo el mundo pa dentro! ¡Apalead a todo el que os encontréis!
Cara Pedrusco se acercó a él.
-Señor, creo que sería conveniente que antes trazásemos un…
Un minuto después Cara Pedrusco, con un chichón en la cabeza, y el resto del ejército entraban en las Tierras de Pesadilla.

viernes, 17 de febrero de 2012

Capítulo 20: El Pacto

Barquín, Aarón, Cara Pedrusco, Murga y Marcos se hallaban en la sala de audiencias del Patriarca, donde el susodicho ocupaba su trono de negro y retorcido metal.

-Bien, hablaré claro –dijo Juan-. Aarón, quiero que tú y yo nos unamos.

-¡Y yo quiero un castillo hecho de oro, no te jode!

-Ahora tenemos un enemigo común, necesitamos unir fuerzas para derrotarle.

-¡No necesito ayuda!

-Deja de ser tan obstinado. Nos enfrentamos a un enemigo muy fuerte. Debemos unirnos y destruir al ángel.

-¿Pero de dónde ha salido? –Preguntó Murga.

-He estado mirando en mi bola de cristal y he dado con sus orígenes –respondió el Patriarca-. En el norte ha emergido, en cuestión de un día, todo un reino.

-¿Pero cómo? –Quiso saber ahora Cara Pedrusco-. ¿Acaso allí hay otro Gitani?

-O eso o ahora venden semillas instantáneas de reinos –rió Murga.

-Ni lo uno ni lo otro –habló de nuevo Juan-. Todo es obra de Oli.

Aquel nombre pareció ser familiar para todos los presentes, excepto para Aarón, que se distraía mirando mal a todos los presentes.

-¿De qué me suena ese nombre? –Se preguntaba Murga.

-Fue el anterior campeón de la Cábala –contestó Marcos-. Hasta que Barquín lo derrotó a él y a su… pelele…

-¿Y cómo es que tiene semejante poder?

-No lo sé –respondió ahora el Patriarca-. Pero ha sido capaz de crear un ser que ha logrado colarse en mi nuevo Coliseo y darles una buena zurra a los dos campeones.

-¡Me pilló distraído! ¡Y encima mi palo se volvió loco! ¡Ya verás cuando le vuelva a pillar! –Estalló Aarón, furioso.

-Sea como sea, debemos acabar con Oli para que no siga extendiendo su reino –declaró Juan-. Y para eso debemos acabar primero con el ángel.

-¿Y cómo hacemos eso? –Preguntó Marcos.

Juan mostró una siniestra sonrisa.

-No os preocupéis, lo tengo todo pensado.

De nuevo, en las arenas del Coliseo, había una gran conmoción. El Patriarca había salido a escena, acompañado de los dos campeones y sus hombres. Al parecer iban a dar una noticia de suma importancia.

Unos ogros enormes hicieron acto de presencia, portaban una enorme fragua, que depositaron en el centro de la arena y encendieron con una antorcha. Después, dos goblins, portando cada uno un enorme estuche negro, los depositaron junto a la fragua.

Juan se situó junto a la ardiente fragua y hablo, proyectando mágicamente su voz a todo el Coliseo:

-Mi querido público. Hoy es un día que pasará a formar parte de nuestra historia. Hoy, en este día, la Cábala y el bosque de Froxá se unirán para hacer frente a un enemigo común.

-¡Eh! ¡Que yo he dicho que no! –Gritó Aarón, pero Juan le ignoró.

-En el norte ha crecido una amenaza como nadie se imagina. Pero no debéis preocuparos. Nosotros la destruiremos.

Aunque no entendían muy bien de qué iba la cosa, el público vitoreaba al Patriarca. Juan prosiguió con su discurso.

-Nuestro enemigo es inmortal pero… -Juan abrió un de los estuches, y extrajo de él una espada negra y retorcida-. He aquí a Espina del Diablo, la espada maldita con la que en su día fui campeón de las arenas –la gente aplaudía, eufórica. Juan abrió el otro estuche y extrajo otra espada, más grande y basta-. Y he aquí a Mata Estúpidos, la espada con la que Aarón se convirtió en una leyenda viva de los fosos.

-¡Eh, mi otra espada! ¡Así que la tenías tú! ¡Ladrón! ¡Dámela!

Pero los ensordecedores gritos del público taparon las sonoras demandas de Aarón.

Juan arrojó ambas espadas al interior de la ardiente fragua. Una columna de luz roja y sombras salieron eyectadas del interior, como un geiser. El público enmudeció ante tan increíble espectáculo.

A los pocos segundos, una nueva y enorme espada negra emergió del interior de la fragua, flotando frente a Juan, rodeada de un aura de fuego y sombras.

Juan la tomó por la empuñadura y la alzó.

-¡Observad a Segadora Letal! ¡En esta espada están aunados el ardiente poder rojo de las montañas y el negro poder de los pantanos de los que emergió la Cábala! ¡Juntos, eclipsaran y destruirán la luz del ángel asesino!

Más gritos de satisfacción por parte del público.

-¡Ahora, la Cábala y Froxá partirán al norte, a las Tierras de Pesadilla, llamadas también Olilandia, el enemigo de esta tierra! ¡Destruiremos al ángel y someteremos a ese reino maldito! ¡Esto es una guerra, mí querido público! Y… ¡Todo el que quiera podrá asistir para verlo en primera fila!

Ahora sí que el griterío se hizo ensordecedor. Aquello sí que merecía la pena ser alabado. Solo al Patriarca podría ocurrírsele convertir una guerra en un espectáculo abierto para los curiosos y los amantes del riesgo.

-¡Señor, esta vez se ha superado a sí mismo! –Saltó Marcos-. ¡Este espectáculo si que será toda un éxito!

-Sí –coincidió el Patriarca, con una sonrisa-. Y no será nada barato. ¡Marcos! ¡Empieza a prepararlo todo!

-¡A sus órdenes!

-¡¿Y yo qué?! ¡¿Qué hago?! –Gritaba Barquín.

-¡A tú jaula!

-Jo…

Todos se marcharon a preparar aquel gran evento. Pero alguien no se movió de allí. Juan sintió la penetrante mirada de Aarón sobre él.

-¿Qué ocurre?

Aarón le mostró su amenazador puño.

-¡Dame mi espada!

Juan sonrió.

-Desde luego, aquí la tienes –y le tendió la espada al bárbaro-. ¿Quién mejor que tú para acabar con el ángel? La gente pagará una fortuna por ver ese encuentro.

-¡Calla! –Aarón miró hacia el cielo, con su amenazadora mirada entrecerrada-. Ahora solo me falta recuperar mi otra espada…

Capítulo 19: Renacer

-¡Que increíble final, damas y caballeros! ¡Los dos hermanos, luchando codo con codo, han logrado hacer retroceder al ángel vengador! ¡Un fuerte aplauso!

Con un gruñido, Oli lanzó el mando a distancia contra su enorme tele de plasma, reventándola.

-¡Vaya mierda! ¡¿Cómo se atreven a hacerle eso a mi creación?! Ese maldito Aarón… ¡Hermano de Barquín tenía que ser! ¡¿Pero qué diablos le he hecho yo a esa familia?!

Se levanto de su sillón, hecho una furia y salió a su enorme balcón, donde observó el cielo del atardecer. Un punto se acercaba. Oli entrecerró los ojos para verlo mejor. Algo revoloteaba torpemente hacía él. Pronto fue adquiriendo forma, conforme se acercaba. Era Willy. Oli retrocedió un poco y el ángel aterrizó, pesadamente, sobre el impoluto suelo de mármol blanco. No tenía piernas, y había comenzado a dejar un charco de sangre a su alrededor.

-¡¿Pero qué estás haciendo?! –Gritó Oli-. ¡Mira cómo me estás poniendo el suelo!

El semblante del ángel pasó del dolor a la sorpresa y luego… a la más absoluta ira homicida.

-¿El suelo…? –Masculló, entre dientes.

Asustado, Oli veía como su creación avanzaba hacia él, con cara de asesino, impulsándose con los brazos, arrastrando sus alas y esparciendo su sangre tras él.

-Qui… Quieto… que estás poniendo el suelo peor… -decía Oli, cada vez más nervioso, al ver esos ojos inyectados en sangre.

-Lo mato… -gruñía el ángel.

-¡Vale, vale, perdona! Vamos, que no es para tanto.

-¡¿Que no es para tanto?! ¡Mírame! ¡Ahora en vez de ser el ángel vengador seré el ángel vendedor de cupones! ¡Por tu culpa, mamón!

-¡¿Por mi culpa?!

-¡Sí, por tu culpa! No me dijiste nada del tipo ese, del… como se llame… del… hermano de este otro… este… ¿Cómo era…?

-Barquín…

-Sí, eso. ¡No me dijiste nada de él! ¡Es una mala bestia! ¡Y tampoco me hablaste del poder que tenía! ¡No me dijiste nada!

-¡¿Cómo iba a saber yo que no sabía nada?!

-¡Tío, que nací ayer!

Oli dio un suspiro.

-Bueno, no es el fin del mundo. Podrás llevar una vida más o menos digna.

-¡ARGH!

Willy agitó las alas y se lanzó sobre él, estrangulándole.

-¡Va… vale…! ¡Te arreglare…! ¡Pero suéltame, que me ahogas…!

El ángel le liberó de su agarre y Oli se puso en pie.

-Está bien. Supongo que aún no eras perfecto, pero eso voy a arreglarlo ahora mismo –miró a su tullida creación, con serio semblante-. ¿Estás dispuesto a…?

-¡Que lo hagas de una puta vez!

-¡Vale, vale, joder! Solo quería darle más dramatismo a la historia. Bien, veamos… -el artista dio un silbido y, al cabo de un par de minutos, un jaguar blanco se presentó en la terraza-. He aquí tus nuevas piernas.

El ángel paseó su mirada del jaguar al creador, con una ceja alzada.

-¿Perdón?

-Si quieres estar completo. Si deseas ser perfecto, toma lo que necesites de ese animal.

-¿Me estás diciendo que le arranque las patas a ese pobre bicho? ¡Tú estás mal!

-No solo las patas. El cuerpo. Todo, menos la cabeza. Vamos.

El ángel observó durante unos segundos al artista con una fría mirada para, a continuación, alzar un puño y tensar sus alas, preparado para arremeter contra su creador y reventarle la cabeza.

-¡Vale, de acuerdo! No hagas nada. Ya me ocupo yo…

Oli se sacó hoja y carboncillo de uno de los bolsillos de su túnica, se sentó en el suelo y comenzó a garabatear en ellas.

-Sitúate junto a él –le indició a su creación.

Willy obedeció y se arrastró hasta el sumiso jaguar, al que acarició la cabeza.

Oli terminó de su dibujo, cerró los ojos y se concentró, aunando todas sus fuerzas en aquel deseo.

Cuando los abrió tenía ante él a su obra definida. Más alto, más letal. Willy, de cintura para arriba seguía igual, pero de cintura para abajo poseía un enorme cuerpo de jaguar. Para haceros una idea… Era como un centauro pero con cuerpo felino.

-Ya está… -dijo Oli, en un suspiro. Aquello le había agotado-. Ahora sí que eres perfecto. El arma perfecta. Contigo como guardián estaré a salvo.

Willy se miraba de arriba abajo, ceñudo.

-Sí, lo que quieras, pero… ¿Qué coño se supone que soy ahora?

-Bueno, pues… Un especie de… ángel-jaguar-centauro… Aunque, de perfil, tiras más a esfinge.

-Y tú tiras a tonto. A tonto del culo.

Oli se puso en pie.

-Bien, ahora sí que serás invencible. ¡La próxima vez matarás a Barquín!

-¿A quién?

Capítulo 18: Un Enemigo Común

Marcos llegó dando saltos hasta el palco de honor del Patriarca, desde donde el absoluto dirigente de la Cábala estaba observando el combate.

-Señor ¿Y ahora qué hacemos? –Preguntó el invocador, que se había quedado sin ideas.

Juan observaba la blanca figura que había osado irrumpir en su Coliseo, con neutro semblante.

-Que el espectáculo continúe –declaró.

-Pero…

Juan le fulminó con la mirada y Marcos se marchó de allí como una flecha, entre nerviosas risitas.

Mientras, en la arena, el ángel seguía observando, con curiosidad, al público, que aún le miraba en completo mutismo. Nadie entendía que había pasado.

-¡Eh, tú!

Dándose por aludido, el ángel plegó sus alas y se volvió hacia Aarón, mirándole como si acabara de reparar en su presencia.

-¡Nadie le pega a mi hermana!

El ángel sonrió.

-He venido a matar a… a… -pareció quedarse en blanco.

-¡Señoras y señores, tenemos a un nuevo luchador! –Marcos pegó un saltó y aterrizó sobre la arena. Luego corrió hasta el ángel-. ¿Puede decirme su nombre?

-Willy.

-¡Willy, el ángel! ¡Que acaba de darle un buen golpe a nuestro capeón, Barquín!

-¡Sí, eso, Barquín! –Saltó de pronto Willy, que parecía haber logrado desentrañar una gran incógnita personal. Observó el maltrecho cuerpo que se retorcía a unos metros de él con una sonrisa-. Menos mal que no me equivoqué.

Con un suspiro de alivio y recuperando su sonrisa, el ángel desenvainó su enorme espadón y camino hacía Barquín. Marcos hizo mutis de allí y regresó a las gradas.

-¡Parece que el ángel está dispuesto a rematar su tarea!

Cuando Willy ya se cernía sobre él, Barquín se movió y el ángel pudo verle bien. Rápidamente retrocedió de un salto y dejó caer su espada, espantado.

-¡Oh, dios! ¡¿Qué es eso?! –Se hincó sobre una rodilla y comenzó a frotarse la pierna-. ¡Qué asco! ¡Le he tocado! ¡Tendré que desinfectarme con lejía!

Barquín aprovecho ese momento para ponerse en pie y mirar mejor a su agresor.

-¿Quién eres…? –Preguntó, aún dolorido-. ¿Y por qué me has hecho eso?

Con un gesto de sumo asco, el ángel recogió su espada y se puso en pie.

-Verás, como ya habrás oído de ese que anda graznando por ahí yo soy Willy. Y… Me han creado para matarte –concluyó, con una sonrisa.

-Oh… pues vaya… -respondió Barquín, retrocediendo poco a poco. En la perrera donde le criaron no le habían enseñado a combatir contra ángeles y se sentía un poco descolocado.

Willy se acercaba a él conforme este retrocedía.

-Créeme, no es nada personal. Es más, preferiría no tener que acercarme a ti pero… así están las cosas.

El ángel agitó su espadón frente a él, haciendo un par de cabriolas, para luego alzarla, preparada para segar la vida de aquel a quien debía matar.

Pero un súbito y devastador golpe por la espalda lo hizo caer de morros al suelo.

-¡Que a mi hermana no la pega nadie excepto yo! ¡Y a mí no se me ignora!

Aarón, vara en mano, había irrumpido en la escena, y lucía más que cabreado.

El ángel se levantó y se hizo crujir los huesos del cuello. Miró a Aarón con cara de pocos amigos.

-Au…

-¡¿Qué les parece eso?! ¡Menudo cambio de trama! ¡Ahora los dos hermanos están unidos para hacer frente a un enemigo inmortal! ¡Hagan sus apuestas!

-¡Hermano, me has salvado! ¡Te quiero! –Gritó Barquín, con lágrimas de felicidad.

-¡Tú a callar! En cuanto me encargue de este verás la que te espera.

-¿Y quién eres tú? –Preguntó el ángel.

-¡Tú peor pesadilla!

Aarón tenía la costumbre de no contestar nunca a las preguntas que se le hacían…

-Él es mi hermano –respondió entonces Barquín-. Aarón, el campeón de los fosos y ahora señor de los bosques de Froxá.

El ángel se volvió ahora hacia Barquín, algo confundido.

-Aha… ¿Y tú eras…?

-Barquín…

-Sí, eso, Barquín, es verdad. Aquel al que debo matar. En fin… Vamos a ello.

Y volvió a alzar su espada. Pero Aarón, cada vez más harto de que ese sujeto le ignorase, volvió a descargar su vara sobre él. Pero esta vez el ángel se giró de improvisto y detuvo la vara con la mano para, a continuación, propinarle a Aarón una patada que lo lanzó por los aires (Lo sé, difícil de creer que esto le pase a Aarón, pero hay que darle interés a la historia…).

Willy, que se había quedado con la vara del bárbaro en la mano, la arrojó lejos y volvió a centrar su atención en Barquín, que ya estaba arrodillado en el suelo rezando un padre nuestro.

Con un grito de furia, el bárbaro se levanto y se lanzó a por el ángel, que volvió a girarse sobre sí mismo para hacerle frente.

-Oye, que a mi nadie me ha mandado matarte ¡Deja que acabe mi trabajo, leches!

-¡Y un jamón! ¡Que a mi hermana solo la pego yo!

Y se lanzó sobre Willy. Ambos rodaron por el suelo, el bárbaro logró quedar encima pero el ángel no tardó en zafarse du su agarre. Se levanto de un salto y abrió sus imponentes alas, que lo alzaron lo suficiente para pasar sobre Aarón y propinarle otra patada que lo derribó.

Barquín aprovechó el momento en que aterrizó para acercársele y… abrazarlo.

-¡Ja! Siente el abrazo de la muerte.

-¡Argh! ¡Suéltame! ¡Qué asco!

De un manotazo se lo quitó de encima. Barquín rodó por el suelo y Willy comenzó a tratar de limpiarse con las manos, entre arcadas. Pero Aarón aprovecho ese momento para ir hasta él y propinarle una serie de golpes que lo derribaron. Entonces el bárbaro recuperó su vara, justo en el momento en que el ángel se ponía de nuevo en pie, espada en mano. Aarón cargó de nuevo contra él, pero Willy batió las alas, levantando una ola de arena que cegó al señor de Froxá. Aprovechando esto, el ángel se elevó un poco y se lanzó de nuevo sobre Barquín, con la espada preparada para matar. El campeón de la Cábala soltó un chillido histérico, viendo su inminente final. Pero entonces Aarón se tiró sobre ángel, agarrándole de las piernas y haciéndole caer al suelo justo en el momento en el que este iba a descargar su espada sobre su hermano. Aunque no pudo evitar que la afilada punta del arma rozase el hombro de Barquín, haciéndole un arañazo.

Cada vez más cansado de la situación, Willy se sacudió a Aarón de una patada y se puso de nuevo en pie, ahora ya cabreado. Barquín se retorcía en el suelo, taponándose aquel rasguño del que apenas habían salido dos gotitas de sangre.

-¡Ay, qué dolor! ¡Me muero, me desangro! ¡Adiós mundo cruel!

Willy miró su espada, en la punta aún había restos de la sangre de Barquín.

-¡Puaj! Esto ya es para tirar…

Y dejó caer la espada.

-¡Ahá! –Gritó entonces Aarón-. ¡Mala jugada! ¡Tontolculo!

Y arremetió contra él, vara en mano. Willy volvió a frenar aquella brutal embestida con sus propias manos. Ahora ambos contrincantes sujetaban la vara y luchaban por hacerse con ella.

-Que pesadito eres –gruñó el ángel.

-¡Deja a mi hermana en paz!

-¡Si me encantaría! ¡¿Tú sabes el yuyu que da?! ¡Pero es que me han creado para matarle!

-¡Entonces acabaré contigo!

-Qué cruz…

De pronto las manos del ángel, que asían con fuerza la vara de Aarón, comenzaron a destilar una luz blanca, mientras que la propia vara refulgía con su luz verde. Ambas energías habían colisionado. La energía de luz del maná blanco que insuflaba la vida, y la energía vital del maná verde, que hacía crecer la vida. Ambas fuerzas eran afines por lo que, por ende, hacían que Willy se hiciese cada vez más fuerte.

-¡Anda! ¡Esto no está tan mal! –Dijo el ángel.

-¡Devuélveme mi palo de mierda! ¡O esa estúpida voz no me devolverá mi espada!

Aarón hizo acopió de todas sus fuerzas para arrancarle su vara de las manos al ángel, pero este cada vez se hacía más fuerte gracias al poder de la misma.

-Me tienes hasta las narices con tu palito –dijo el ángel-. ¿Lo quieres? ¡Pues para ti!

Lo soltó de una mano y, con la misma, partió la vara en dos.

Gran error…

Hubo un tremendo fogonazo de luz verde que hizo que Aarón volase a varios metros de allí. El bárbaro, mascullando improperios, se puso de nuevo en pie, para darle a ese ángel un buen escarmiento. Pero al parecer eso no iba a ser necesario.

Willy estaba atrapado dentro de una fuente de llamas verdes que emergían de los dos extremos de vara partida. Sin habérselo propuesto había fusionado su propia energía con la energía del bosque de Froxá y ahora no lograba despegarse de ella. Maldijo para sus adentros a su creador por no darle una nociones básicas sobre la energía de los distintos manás.

El ángel trataba de elevarse en él aire, de escapar de esas llamar que se retorcían en torno a su cuerpo y tiraban de él. Agitó sus alas con todas y sus fuerzas y, tras un esfuerzo final, logró alzar el vuelo. Pero se dejó algo por el camino…

Las piernas del ángel se habían quedado ahí, arrancadas de cuajo. Con una maldición a pleno pulmón, el tullido ángel se perdió de vista en el cielo.

Aarón se acercó hasta los vestigios de lo que fue su vara, que se consumieron entre llamas verdes juntos a las extremidades perdidas del ángel, hasta desaparecer.

Silencio absoluto. El público ni pestañaba. Aún estaban alucinando con el espectáculo que acaban de presenciar.

Tuvo que ser Marcos el que avivara de nuevo las llamas del show.

-¡Que increíble final, damas y caballeros! ¡Los dos hermanos, luchando codo con codo, han logrado hacer retroceder al ángel vengador! ¡Un fuerte aplauso!

Y ahora sí. El público estalló de nuevo en gritos y alabanzas hacia los campeones.

Pero había alguien que no sonreía. Juan, el Patriarca de la Cábala, estaba realmente preocupado. Al parecer Aarón y Barquín no eras los únicos baches en su camino.

Llamó mentalmente a Marcos, que se presentó de inmediato en el palco de honor.

-¿Señor?

-Tengo que hablar con Aarón…